Pasiones Prohibidas

All Rights Reserved ©

Summary

Hannah O’Farrell vive atrapada en una familia donde el amor, el poder y la traición se entrelazan como un juego peligroso. Obligada a convivir con Roger O'Farrell (Brenes) —el hombre que ama— y Antonella Rousseau, Hannah deberá enfrentar mentiras, secretos oscuros y manipulaciones que amenazan con destruirlo todo. Mientras las apariencias se mantienen, las pasiones prohibidas arden en silencio. Pero en una casa donde nadie es quien dice ser, la verdad siempre tiene un precio… y descubrirla puede costarlo todo. Entre conspiraciones familiares, amores imposibles y traiciones inesperadas, Hannah tendrá que decidir: ¿luchar por lo que ama… o sobrevivir a lo que la rodea?

Genre
Drama/Romance
Author
Yazmin
Status
Ongoing
Chapters
53
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1 - La tarde que lo cambió todo

El sonido del mar siempre me había dado paz… hasta ese día.


—Hannah, ¿puedes sostener esto? —me pidió Vanessa, lanzándome una cinta dorada sin siquiera mirarme.


—¿Y si mejor sostienes tú tu drama? —respondí, atrapándola en el aire—. Ya llevas cinco cambios de opinión en menos de una hora.


Vanessa soltó una risa ligera.

—Es el cumpleaños de Nani. Tiene que ser perfecto.


Giré la mirada hacia el jardín. Todo brillaba. Mesas elegantes, flores blancas, luces colgantes que comenzaban a encenderse con el atardecer… y el mar extendiéndose como un fondo perfecto.


Perfecto… y sofocante.


Toda la familia O’Farrell reunida era sinónimo de tensión y amor disfrazada de elegancia.


Hasta que…


—Mira quienes vienen—dijo Vanessa, acercándose a mí con esa sonrisa que siempre significaba chisme—.


—¿Quienes?


No respondió. Solo levantó la barbilla hacia la entrada.


Y entonces los vi.


Primero, la tía Charlotte… impecable, como siempre. Fría. Calculada. Cada paso parecía medir el terreno.


Después el tío Gregory, su esposo… igual de imponente. Igual de insoportable.


Pero no fue ninguno de ellos quien hizo que el aire se me quedara atorado.


Fue él.


Roger.


El niño serio que recordaba… ya no existía.


El hombre que caminaba ahora hacia nosotros parecía sacado de otro mundo. Alto, no más de un metro y noventa. Seguro. Con una presencia que no pedía atención… la exigía. Sus ojos claros combinaban perfectamente bien con el color de su piel clara y sus cejas densas, su cabello igual oscuro que le daba más presencia, su cuerpo parecía tallado por los propios ángeles. Iba vestido de una manera casual ideal para la ocasión.


—¿Ese… es Roger? —susurró Vanessa.


No podía apartar la mirada.


Su forma de caminar… lenta, firme. Como si supiera exactamente el efecto que causaba.


Y lo peor…

Era que sí lo sabía.


—Está… —Vanessa empezó—


—No lo digas —la interrumpí.


—Guapísimo.


La fulminé con la mirada.

Pero no pude negar nada.


Roger levantó la vista… y por un segundo, nuestros ojos se encontraron.


Y juro que sentí algo.

Algo que no debía.


Desvié la mirada de inmediato.


—Es tu primo —le dije en voz baja.


—¿Y qué? —contestó Vanessa —Eso no mata la vista. Es más no lo es.


—Vanesa.


Le dije con un tono bajo reprendiendola.


—¿No va a saludar o qué? —murmuró Tony, uno de mis primos. Acercándose a nosotras


—Seguro se cree mucho por haberse ido al extranjero —dijo Marcos, su hermano, mi otro primo. Igual caminando hacia nosotras.


—Siempre fue así —añadió Rafael. Mi otro primo.


Los ignoré.

Roger no se acercó a nosotros.

Ni siquiera lo intentó.


Se quedó con los tíos, organizando, moviendo cosas, dando indicaciones como si ya mandara en todo.


—Míralo —susurró Vanessa—. Ni nos voltea a ver.


—Mejor —respondí, cruzándome de brazos—. Menos problemas.


Pero mentí.

Porque no dejaba de mirarlo.


—¡Todos arriba! —la voz de la tía Katia cortó el ambiente—. Vayan a arreglarse, la fiesta empieza en una hora.


Subí a mi habitación con el corazón inquieto.

No entendía por qué.

No quería entenderlo.


Cuando bajé…

Todo cambió.


Las luces estaban encendidas. La música suave. El mar empezaba a verse oscuro detrás de nosotros.


Y las miradas… Las miradas estaban sobre mí.


—Hannah… —susurró Vanessa, apareciendo a mi lado—. Estás… impresionante.


—No exageres.


Pero entonces lo sentí.

Esa mirada.

Levanté los ojos.


Roger.

Mirándome.

Fijo.


Sin disimulo esta vez.

Mi respiración se volvió inestable.

Y él… no apartó la mirada.


—¿Te está viendo o me lo estoy imaginando? —susurró Vanessa con esa chispa traviesa que tenía para contar las cosas.


—Cállate —dije, nerviosa. —Te lo estas imaginando.


—No, en serio… eso no es normal. Te está mirando desde que saliste de la casa.


No.

No lo era.


Y no era para menos, el vestido que traía en color vino resaltaba en mi color de piel clara, me hice un chongo con unos cuantos mechones de cabello colgados. Me puse maquillaje más de lo normal, la apertura del vestido dejaba al descubierto mi pierna, y los tirantes del vestido adornaban mis hombros.


Y en cuanto me acerqué…


Roger cambió.

Su expresión se endureció.


—No sabía que aquí también organizaban desfiles —dijo con tono frío arrogante y una media sonrisa, al pasar junto a mí.


Me quedé helada.

—¿Perdón?


Pero ya se había ido.


Vanessa abrió los ojos.

—¿Qué fue eso?


Apreté los labios.

—Es un imbécil.


Pero mi corazón…

seguía latiendo demasiado rápido.


Intenté ignorarlo.

De verdad lo intenté.


Incluso cuando un chico se acercó a hablar conmigo.

—¿Hannah, verdad? —sonrió—. Soy Daniel.


—Sí… hola.


—No te había visto antes.


—Casi no sólo como antes.


—Pues deberías hacerlo más seguido.


Sonreí.

Y por un momento… funcionó.


Hasta que sentí esa presencia otra vez.


Roger.


Mirando Observando. Como si analizara cada movimiento, no sabía si de mi o de todos en la fiesta.


Me alejé.

Necesitaba aire.

Caminé hacia la barra donde estaban los meseros y les pedí una Margarita.


Pero apenas estuve sola… lo sentí detrás de mí.

—Se ve que está interesado en ti.


Me giré.


El estaba cerca, demasiado cerca. Podía sentir como mi cuerpo temblaba.

—¿Qué haces aquí?


—Lo mismo podría preguntarte.


—Vine por una bebida.


—Lo veo.


Su mirada bajó apenas un segundo.

Y ese gesto…

me desarmó.


—No deberías estar con él. — Dijo con ese tono de voz grave que había olvidado y Dios…lo hacía aún más atractivo.


Fruncí el ceño.

—¿Perdón?


—No te conviene—dijo, con voz grave.


Solté una risa incrédula.

—¿Y a ti qué te importa?


No terminé.


Porque en un segundo…me acercó.

Y me besó.


Sentí como su boca se apoderaba de la mía, sus labios reclamaban los míos, no con urgencia, no con posesión, con una fuerza como disfrutara el sabor de mis labios. Su mano en mi cintura, y mi cuerpo lo atrajo hacia él.


Mi cuerpo se tensó.

—Roger… —intenté apartarlo.


Pero algo en mí… no quiso hacerlo. No debía…No debería, pero cedí.


El mundo desapareció.

Solo quedó ese instante.


Ese error.

Ese impulso.

Ese fuego que no debía sentir.


Pude sentir que mis mejillas ardían, mi cuerpo reaccionaba ante su beso. Hasta que reaccioné que estábamos en la fiesta.


Cuando me separé, respiraba agitada.

—¿Por qué hiciste eso? —susurré.


Roger no respondió.

Solo miró detrás de mí.

Seguí su mirada.


Y lo vi.

Daniel.

Observándonos.


Vi cuando bajó su mirada y caminó nuevamente hacia donde estaba la fiesta.


Mi estómago se contrajo.

—¿Qué te pasa? —le reclamé, furiosa—. ¿Estás loco?


Roger volvió a mirarme.

Tranquilo.


Con esa mirada que hipnotiza y con una media sonrisa, que se podía ver lo arrogante que era.

—Te hice un favor.


—¿Un favor? —pregunté molesta.


—No te convenía.


Apreté los puños.

—No eres nadie para decidir eso.


Se inclinó un poco hacia mí.

—Créeme… sí lo soy.


Mi respiración se volvió inestable otra vez.


—Eres un arrogante. Lo empujé ligeramente. —Aléjate de mí.


Y me fui.

Caminé hacia la mesa.

Pero no pude escapar de lo que sentía.


—¡Hannah! —Vanessa me sacó de mis pensamientos—. ¿Dónde estabas?— Alcanzándome.


—Por ahí…


—¿Te pasa algo?


—No nada, volvamos a la mesa.


Pero era mentira.


Vanesa me miró sabiendo que mentía. Pero no insistió.


Porque mientras la música seguía…y las risas llenaban el jardín… yo solo podía pensar en una cosa.


En ese beso.

En su mirada.


En la forma en que me hizo sentir… como si algo hubiera despertado dentro de mí.


Algo peligroso.

Algo prohibido.