Limón y seda negra

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Summary

"Limón y seda negra" es una novela que combina elementos de fantasía urbana, romance juvenil y misterio sobrenatural. La historia sigue a Raven Lily-Rose Winterbourne, una adolescente adoptada con un origen misterioso, quien se muda con su familia al enigmático pueblo de Lemon Falls. La narrativa comienza con la mudanza de Raven a una lujosa mansión heredada de su tía abuela Hanna. Al llegar, Raven empieza a notar cambios físicos en sí misma y descubre que posee habilidades inusuales, como una fuerza sorprendente y la capacidad de emitir gritos ultrasónicos. En el instituto, conoce a Alistair Sterling Nightshade, el joven y apuesto CEO de una importante empresa local. Pronto descubre que Alistair oculta un secreto: es un hombre-vampiro-licántropo. A medida que su relación se desarrolla, Raven se ve envuelta en un mundo de profecías y peligros sobrenaturales, enfrentándose a amenazas como Lucius (el hermano gemelo de Alistair), descubriendo su propio papel como "portadora de una nueva luz".

Status
Complete
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. Despertar en medio de la niebla


Raven Lily-Rose Winterbourne, o mejor, sencillamente Raven, como todos la conocían, salió del coche de sus padres cansada por el largo viaje. Solo quería tumbarse en su nueva cama y descansar, sin embargo, sospechaba que el destino no se lo pondría tan fácil. Quizá tuviera que limpiar o ayudar en casa con cualquier cosa antes de que su único deseo se hiciera realidad.

Ella y su familia se estaban mudando a Lemon Falls —un pueblo atrapado en un valle—, a una casa que solo conocían por la dirección de un testamento. Su tía abuela Hanna se la había dejado en herencia. Hanna era su último eslabón con su familia biológica, una mujer de la que solo sabía una cosa por las cartas que a veces recibía de ella: que estaba loca.

Raven era adoptada. Sus actuales padres, Arthur y Martha, la encontraron en la puerta de su casa, en una cesta muy brillante, tejida con hilos de plata, con una nota que decía «Protéjanla de la oscuridad, ella es la portadora de una nueva luz». Sus padres siempre le recordaban que, además, aquel día, se produjo un eclipse total. Ellos, científicos optimistas antes que místicos, lejos de suponer que el hecho estaba rodeado de un halo de misterio, supusieron que su madre biológica sería una hippie sin recursos, sin dinero, pero con un gran tono poético. Desde ese momento la trataron con cariño, como una más, como su propia hija.

Más tarde llegaría Leo, siete años más pequeño que Raven, para completar la familia. Allí estaban los cuatro, sacando las maletas del viejo Volvo. Arthur y Martha eran arqueólogos, pero cuando la gente les confundía con dos románticos, ellos lo desmentían de inmediato. Se consideraban científicos, científicos optimistas, pero científicos, buscadores de la verdad.

A sus padres les costó mucho convencerse para mudarse a la casa recién heredada por su hija, pero finalmente dieron su brazo a torcer. La suma de las deudas del alquiler les estaba comiendo vivos, y el traslado parecía la alternativa más práctica, a fin de cuentas.

—Mamá, debiste de meter mal la dirección en el GPS, aquí no hay ninguna casa… —decía Raven tirando de su maleta, buscando insistentemente con la mirada— A no ser que nuestra nueva casa sea esta… —bromeaba señalando la amplia fachada que se dibujaba frente a ella, toda ella pintada de verde, excepto por el tejado y las jambas de puertas y ventanas.

—Pues sí que debe de ser esta… —confirmaba Martha, su madre, revisando la dirección en el GPS.

—Me parece que solo hay un modo de corroborarlo —dijo su padre, apresurándose a intentar encajar la llave en la cerradura—. Va a ser esta… ¡Se abre! ¡Raven, Leo! ¡Mirad qué casa tenemos!

—¿Somos ricos? —preguntó Leo.

—No, Leo… Solo tenemos una casa grande y…, ¡guau! —Raven enmudeció al entrar y percatarse del mobiliario. Aquello parecía la casa de un noble.

Había multitud de plantas llenas de una vitalidad refrescante, y una luz que multiplicaba el espacio por doquier. La escalera principal parecía no tener fin, y los muebles, a pesar de no ser ninguno de ellos expertos en la materia, mostraban una calidad inconfundible.

Cada uno se perdió por la casa descubriendo los entresijos de la misma: el sótano, la cocina, la despensa, el gran salón coronado por una chimenea monumental, las siete habitaciones… Cada uno eligió una, y Raven, una vez dentro de la suya, se miró en el gran espejo colgado de una de las paredes. Se sentía pletórica. Al principio del viaje, no estaba segura de si las cosas le saldrían bien en Lemon Falls. Le tenía miedo al cambio, a no caer bien, pero ahora se llenaba de confianza. Aquello empezaba definitivamente con un muy buen pie.

Se miraba en el espejo, continuaba mirándose, y era incapaz de reconocer en él a la chica adolescente acomplejada de sí misma, por no saber encajar con los demás, que hasta entonces era ella. Lejos estaba la época en que las espinillas propias de la adolescencia cubrían su cara. Ahora, más bien, su piel parecía de porcelana, lisa, regular, sin manchas. Le parecía bonito también su pelo negro azabache. Seguía mirándose más de cerca. Sus ojos… ¿Sus ojos eran verdes? Eso parecía. Siempre le habían dicho de pequeña que eran marrones, juraría que así eran, pero ahora le parecían claramente verdes. Le gustaba ese color.

Salió de su habitación y fue hacia la de su hermano Leo.

—¿Qué tal hermanito?

—No me llames hermanito, ¿vale? Ya tengo diez años.

—Es verdad, es que esas gafas te hacen parecer más pequeño —le decía ella para chincharle.

—¿Me puedes dejar en paz? ¿No te ha dicho nadie que eres muy pesada?

—Está bien, ya te dejo… Pero parece mentira que el día que nos trasladamos a esta increíble casa, en vez de investigar por aquí, vayas a pasarte las horas jugando a tu consola como siempre…

—Raven, ¿me meto yo con tus cosas? ¡Déjame en paz!

—Ok, ok… Tranquilo… —decía ella mientras cerraba su puerta, no alimentando más el pique que se traían entre manos.

—Cariño, ¿has visto esto? —le preguntaba su padre, Arthur, al encontrarse con ella mientras caminaba por el pasillo con un hueso en la mano.

—¿Qué es eso papá?

—No sé, estaba colgado en una habitación… Parece de mamut… Claro, será una réplica, pero… No me dirás que no es una perla.

—Bueno…, una perla no sé… Yo lo que veo es solo un hueso —Arthur se rio.

Raven pasó lo que le restaba a la tarde colocando sus cosas en el armario. Luego cenó algo y se fue a la cama. Estaba nerviosa. Los primeros días de curso nunca le gustaban. Desde que recordaba, siempre habían ido mal. Se consideraba muy torpe. Su único objetivo para el día siguiente era al menos no resbalarse, no caerse. Durmió mal. Concilió el sueño muy tarde, dando vueltas en la cama sin parar, y para colmo, cuando lo consiguió, tuvo una pesadilla donde aparecían múltiples monstruos que al día siguiente a duras penas podía recordar. Después de ducharse, se miró al espejo. Tenía un aspecto pésimo.

—Espejito, espejito… ¿Quién es la más bella del reino? —dijo mientras se peinaba, no pudiendo evitar sonreír ante su ocurrencia— Está bien, no respondas, lo entiendo.

Desayunó con el resto de la familia, y después de lavarse los dientes, fue a buscar a su hermano Leo, le metió prisa, no quería llegar tarde aquel primer día, y por fin salieron a la calle. Una niebla cerrada lo inundaba todo. Apenas podían ver más allá de unos metros. En la misma calle, un par de manzanas más abajo, se encontraba el instituto y el colegio de Leo. Ella se quedó sola frente a la puerta de su centro. Miraba con desconfianza, sin atreverse a reanudar su marcha.

—Hola, ¿no vas a entrar? —le dijo una chica con el pelo teñido con mechas de todos los colores del arcoíris.

—¡Hola! Bueno, me lo estaba pensando.

—¿Vas a hacer pellas el primer día? —preguntó la otra levantando ambas cejas— Por cierto, soy Skylar, puedes llamarme Sky.

—Hola, Sky. Yo soy Raven. Acabo de mudarme aquí y… —Suspiró— Digamos que no soy buena en esto.

—¿En estudiar?

—En sociabilizar.

—Pues de momento ya tienes una amiga. No es que yo sea gran cosa. Sí, soy una friki, pero algo es algo —Raven se rio.

—Gracias. ¿Entramos?

Aquel era el primer día de curso para todos, pero a la mayoría no se les notaba ni el menor rastro de nerviosismo o ansiedad. Parecían estar contentos de volver a verse tras el verano. Había besos, abrazos, muchas risas y, sobre todo, tonos de conversación tan altos que hacían que el ambiente se llenara de un ruido ensordecedor. Raven caminaba junto a su nueva amiga, mirando al suelo. Solo quería que aquel día se acabara, que el instituto fuera cada vez más serio, más académico, y menos el mejor lugar para poner en práctica las artes sociales.

Se encontraba ensimismada, pensando en todas estas cosas, cuando chocó con una chica con una melena rubio platino que le llegaba hasta la cintura, a la que hizo desestabilizarse de sus tacones, cayendo esta al suelo.

—Perdona… ¿Estás bien? —le preguntó ofreciéndole una mano.

—Vale. No me toques. Estoy bien, estoy bien. Pero, por favor, mira por dónde vas… —Cuando ella ya se encontraba de nuevo en pie, le echó una mirada de desprecio y se giró hacia sus dos amigas que la acompañaban, se rio, y después les habló en un tono lo perfectamente audible para Raven— ¿Habéis visto a la nueva? Es una cutre…

—¿Quién es esa? —le preguntó Raven a Skylar cuando se hubieron separado lo suficiente de las otras chicas.

—Es Britanny, Britanny Van, una creída… Se cree mejor por vivir por y para la ropa, bueno, y para los chicos. Es una zorra —Raven miró a Skylar sorprendida del empleo de tal lenguaje—. ¿Qué? ¡No me mires así! ¡No estoy diciendo nada que no sepa todo el mundo! Se ha liado con medio instituto.

—Vaya…, pues parece que no le he caído muy bien.

—Mejor, así no tienes la tentación de ser de las suyas. Es la jefa de las animadoras. Yo quise serlo una vez, pero ya pasó, todas esas son unas víboras.

—Menudo ambiente que hay en Lemon Falls…

—Como en todas partes, supongo. Por cierto, Raven, tengo que ir al baño, ¿nos vemos directamente en el salón de actos? Será allí la inauguración del curso. Sabes ir, ¿verdad?

—Sí, no te preocupes, nos vemos allí… —le dijo Raven despidiéndose levantando la mano— ¡Y gracias por todo, Sky!

Raven se apesadumbró porque su nueva amiga la dejara sola. No le gustaba nada la soledad, sobre todo cuando la experimentaba allí donde había gente, mucha gente. Decidió ir lo más rápido posible al salón de actos. Creía saber el camino, pero no era así, se perdió. Vagó por pasillos por donde ya no había nadie, definitivamente no iba bien. Se dio la vuelta, intentando reorientarse de nuevo, caminando sobre sus pasos y, entonces, chocó contra él.

¿Con quién? Con Alistair Sterling Nightshade. Saltaron chispas. Raven las vio al mismo tiempo que sintió el calambre en los puntos de contacto de su piel.

—Perdona —le dijo él.

Sus ojos eran grises, tanto como el acero. A pesar de que vestía un traje de tres piezas, y una camisa de seda negra, no era difícil intuir su complexión, fuerte, llena de poder. Su barba definía su mandíbula como si hubiera sido perfilada por el pintor más versado en el uso del carboncillo. A Raven le parecía que una fragancia muy intensa a limón se desprendía de él. Le resultaba raro como perfume, pero al mismo tiempo encantador.

—No, perdóname a mí.

—Perdonados los dos —dijo él, intentando que aquella conversación no se convirtiera en un bucle infinito, levantando la mano derecha y dándose la vuelta.

Raven le siguió como hipnotizada. Ambos se dirigían al salón de actos. Una vez dentro, ella iba a tomar asiento al final del todo, pero entonces divisó a Skylar que le hacía señas llamándola desde una butaca situada en el centro de la sala. No le quedó más remedio que acercarse a ella.

—¿No estamos muy delante? —preguntó Raven.

—Desde aquí se ve mejor. Y hoy hay mucho que ver, va a salir al escenario el macizorro de Alistair, el CEO de Nightshade Industries.

—¿El CEO de qué?

—¿No conoces la empresa? Es la más importante de la zona. Muchos de nuestros padres trabajan ahí.

—No tenía ni idea.

El director del instituto comenzó a hablar entonces. Daba la bienvenida a los alumnos, y decía no querer robarle protagonismo al invitado estrella. Salió entonces al escenario Alistair. Se levantó desde su asiento y caminó con toda la elegancia de un modelo en un desfile profesional.

—Bienvenidos… Para mí es un honor estar hoy aquí. Pero el hecho de que ya no tenga que sufrir el instituto no hará que quiera hoy aburriros más que vuestros profesores —El público se rio—. Vayamos al grano. Supongo que el director querrá que os explique algo sobre la donación que Nightshade Industries ha realizado para construir la nueva ala que será dedicada para el departamento de ciencias del instituto. Yo creo que es mejor que la descubráis vosotros mismos. Solo os pido una cosa, que aprovechéis los recursos. Ya sé que está muy manida esta idea, pero en África no hay nada de esto. Tenéis una oportunidad de oro, aprovechadla.

—¿Ese es el CEO de Nightshade Industries?

—Sí, Alistair Sterling. ¿A que está bueno? —A mí no me dio tiempo a contestar, cuando Skylar continuó hablando— Pues hasta este ha estado entre las garras de Britanny.

—¿En serio? —Aquello sí que me parecía que no tenía sentido.

—Totalmente, aunque duraron poco. Mi padre dice que todo lo organizó el padre de Britanny. Es un accionista muy potente de esa empresa.

—Pero… ¿No hay mucha diferencia de edad entre ellos?

—Depende, él tiene 24 años. Le tengo bien fichado… Britanny tiene los mismos que nosotras. Tampoco es tanto.

—A mí me parece una gran diferencia. Al menos de rol social. ¡Este tipo es el CEO de una compañía que le hace donaciones al instituto!

—Pues no veas cómo presumía ella. Se creía la reina del lugar. Les hablaba a los profesores como si fuera la dueña de todo esto.

—No sé, es que no puedo entender como un tipo como él pueda estar con esa Britanny.

—Yo tampoco, tía, pero…, ¿qué le vamos a hacer? Pero tranquila, vuelve a estar libre, duraron muy poco. Quizá algún día se fije en una de nosotras —dijo Skylar cerrando los ojos simulando que se encontraba sumergida en un dulce sueño.

La presentación del curso siguió con una breve intervención de cada uno de los profesores, indicando cómo serían sus respectivas asignaturas y el material que había que llevar a clase. Raven, sin embargo, no podía dejar de pensar en aquel hombre. No le quitaba el ojo de encima. Miraba cómo sacaba eventualmente un termo forrado en cuero y bebía de él mientras las voces de los diferentes profesores seguían sonando de fondo.