1. Un beso bajo la tormenta
Llegó el verano, llegaron las vacaciones, y llegó la fantástica aventura de volver a casa. Alistair le había propuesto a Raven pasar a recogerla en la universidad para volver a Lemon Falls, pero ella se había negado. Quería ser una más, una chica normal. El ofrecimiento de Alistair le parecía un detalle precioso, pero no lo quería. Sabía que el coche de su novio sería mucho más cómodo que el autobús provincial, pero Raven sentía que había llegado el momento en el que debía ganarse todo con su propio esfuerzo. Así cargó su pesada maleta en aquel autobús viejo y gris, así soportó las tres horas de viaje, con paradas continuas en los pueblos repartidos por la ruta hasta su destino final, y así soportó el calor insoportable del vehículo con un aire acondicionado prácticamente inexistente, averiado según el conductor.
Al fin, llegaban a Lemon Falls. Era fácil averiguarlo, pues una cuajada niebla lo cubría todo. Skylar y Hunter también se bajaban allí. A ellos les habían ido a recoger sus padres en la parada de Lemon Falls, mientras que apoyado en su Lamborghini negro, a Raven le esperaba Alistair. Hunter se quedó mirando con cara de pocos amigos la escena, cuando Raven salió corriendo, saltando del vehículo, disparada hacia Alistair, dejando su maleta en el olvido.
—¡Epa! Pareciera que no nos hubiéramos visto en años… —le dijo él mientras sostenía en el aire a su novia girando sobre sí.
—Da igual. Da igual que nos hayamos visto hace unos días. En el viaje en pensado muchas cosas. Hay que aprender a valorar todas las cosas.
Empezó entonces a llover a cántaros. Aquel caluroso bochorno había llegado a su límite, rompiendo el techo del cielo en una intensa tormenta. La lluvia torrencial se hacía presente empapando a los dos enamorados que eran los únicos que aún no habían buscado un refugio. Alistair no pudo evitar besar a su novia bajo la lluvia.
—Señorita, me gusta su modo de pensar —le dijo él mientras recogía la gran maleta de Raven y la introducía en el coche—. ¿Quieres que te lleve a ver a tus padres?, ¿o prefieres que te lleve a mi casa?
—Creo que mis padres pueden esperar… —le dijo ella con una amplia sonrisa.
—¡Perfecto!
Por fin se metieron en el coche, empapados como estaban. En unos cinco minutos llegaron a la mansión de Alistair. Esta vez, bajo el paraguas que portaba Bernard, quien también arrastraba la maleta con la otra mano, avanzaron por el sendero que separaba el aparcamiento de la casa.
—Cómo llueve… —dijo Alistair mientras se reía, al ver la poca elegancia que ambos conservaban.
—Creo que no he visto llover así nunca antes.
—Y va para largo… No para de tronar, y de llover.
—Alis… Me temo que no podremos salir a la calle a pasear… —le dijo ella sugerentemente.
—¿Y qué propones? —le preguntó Alistair siguiéndole el juego, abrazándola.
—Bueno…, se me ocurre que quizá sea buena idea que me enseñes la casa si al final me voy a venir a vivir aquí…
Es que la última vez que se habían visto, Alistair le había propuesto a Raven realizar tal mudanza. El verano podía ser una buena época del año para acostumbrarse a aquel hogar, y también le había propuesto que durante el resto de sus años universitarios fuera y volviera de la universidad cada día, fijando así su residencia definitivamente en Lemon Falls.
—¿Eso quiere decir que…?
—Quizás.
—Está bien, te enseñaré la casa. Aunque no sé si quizá lo que tú quieres que te enseñe es sobre todo mi dormitorio.
—¿Por qué no me lo enseñas todo? —le decía enredando los dedos entre su propio cabello.
—Porque la casa es muy grande y no sé si seré capaz de mantenerme tranquilo tanto tiempo… Recuerda que soy un hombre lobo…
—Y un vampiro a la vez.
—Y un vampiro, eso es.
Entraron por el umbral de la casa y Alistair, entonces, la besó sin ningún tipo de control, haciendo gala de las dos especies entremezcladas en su naturaleza. Entonces se separó de golpe y se dio la vuelta.
—¿Qué pasa? —le preguntó ella.
—Que no puedo.
—¿Cómo que no puedes? ¿Qué te pasa?
—Es demasiado… Lo siento. Es demasiado. Por favor, cámbiate de ropa —le dijo aún de espaldas, evitando mirarla—. No puedo perder el control y estoy a punto de hacerlo. Tú…, y tú con esa ropa mojada adherida a… Tú… Te amo tanto, Raven… Eres demasiado…
—Alistair, ¿estás bien? —dijo ella sin atreverse a acercarse a su amado.
—Sí, pero cámbiate. Vuelvo en seguida. Tengo que calmar mi sed —dijo él sacando su termo de la cartera que llevaba consigo, subiendo por las escaleras bebiendo.
Una hora más tarde, Raven se encontraba esperando a Alistair, en el sofá de época que se ubicaba en el recibidor. Se preguntaba cuánto tiempo más tardaría él en aparecer, y si su vida con él sería siempre así. Al fin apareció con un tono mucho más sereno. Ese sí que era él, con su porte templado y tranquilo, tan dominador de la situación como siempre.
—Raven, perdóname por lo de antes. ¿Quieres que te enseñe la casa entonces?
—Lo que se pueda enseñar en un día, tal vez.
—Está bien, aunque también he de decirte que hay lugares de mi casa que están vetados.
—¿Vetados? ¿Para mí también?
—Sí, son lugares peligrosos, de los que ni siquiera mi amor puede protegerte.
—¿O sea que me propones irme a vivir contigo para luego hacerte el interesante prohibiéndome la entrada a algunos lugares de tu casa? ¿De qué va esto?
—Mi casa es tuya, y todo lo que yo tengo es tuyo. ¿No tienes tú la llave de mi caja fuerte en Zúrich? Todo lo mío es tuyo, pero hay algún lugar que no te voy a enseñar porque creo que es mejor para ti no entrar ahí.
—Está bien, como quieras, hombre del misterio.