Prólogo
En la ciudad de Buenos Aires, las deudas nunca desaparecen.
Solo cambian de manos.
Las calles brillaban bajo la lluvia de la madrugada. Las luces de los autos se reflejaban en el asfalto mojado mientras la ciudad seguía respirando su caos habitual: negocios, apuestas, favores... y promesas que tarde o temprano alguien tenía que pagar.
Mateo Romano sabía muy bien cómo funcionaba ese mundo.
En su oficina, ubicada en el piso más alto de su mansión, el silencio era absoluto. Desde el enorme ventanal podía ver gran parte de la ciudad extendiéndose ante él. Un territorio que, directa o indirectamente, ya había aprendido a respetar su nombre.
Un golpe suave en la puerta rompió el silencio.
—Jefe... tenemos un problema con la deuda de Mooncrest.
Mateo no apartó la mirada de la ventana.
—¿Desapareció? —preguntó con calma y un cigarro sujetado con sus labios.
—Sí. Se fue hace dos noches. Vació el departamento y nadie lo ha vuelto a ver.
Eso no era algo nuevo. La gente solía pensar que podía escapar. Casi nunca funcionaba.
Mateo giró lentamente en su silla.
—Entonces busquen algo que sí haya dejado atrás.
El hombre dudó un segundo antes de responder.
—Dejó a alguien. —Mateo alzó ligeramente una ceja. —Su hija.
El silencio llenó la habitación por unos segundos.
No era raro que las deudas arrastraran a otros... pero aquello era diferente. La chica no tenía nada que ver con los negocios de su padre.
Aun así, en ese mundo las reglas eran simples: si alguien desaparecía dejando una deuda...algo tenía que quedar como garantía.
—Tráiganla —dijo finalmente Mateo, con voz tranquila.
No preguntó su nombre. No preguntó cómo era.
Para él, en ese momento, solo era una pieza más en un problema que debía resolverse.
Pero lo que Mateo aún no sabía... Era que esa chica —Koralie— estaba a punto de entrar en su vida. Y algunas presencias cambian más que el curso de una deuda.
Cambian destinos.