Capítulo 1: Tras la máscara del noble
Era el año 1535.
Lucía era una chica de la alta sociedad. Tenía vestidos a la medida, un patio enorme y una educación de primera calidad.
Lo único que no tenía era libertad.
Su padre, el rey, le prohibía salir del castillo.
Una noche, después de darle las buenas noches, Lucía se quedó mirando la ventana.
De pronto vio una paloma que tenía un papelito.
Lucía tomó el papel y leyó:
"Estás cordialmente invitado a la fiesta anual del pueblo. Te esperamos."
Lucía suspiró.
Lucía: —Sería bueno ir a la fiesta… pero si voy, las personas me reconocerán como la princesa.
Se tiró sobre la cama.
Mientras miraba el techo recordó su disfraz.
Se levantó, se puso una túnica con capucha y su máscara de gato.
Luego se escabulló del castillo en silencio.
Al bajar a las afueras del pueblo, vio la fiesta llena de alegría y música. Había puestos de comida y joyería hecha a mano.
Lucía se acercó a un puesto de joyas y tomó un collar para verlo.
Vendedor: —Disculpe, ese collar me pertenece.
Lucía se sorprendió.
Lucía: —Perdón, no debí agarrarlo sin antes pedir permiso. De verdad lo siento.
El vendedor sonrió con calma.
Vendedor: —No se preocupe, señorita misteriosa. Este collar perteneció a alguien muy importante… a mi mamá. Pero ella ya no está aquí.
Lucía bajó la mirada.
Lucía: —Yo también perdí a mi mamá al nacer. Pero tuve personas que me cuidaron desde pequeña.
El vendedor se quedó en silencio un momento.
Vendedor: —Oh… lo siento. Discúlpeme, bella chica. ¿Cómo se llama usted?
Lucía se puso nerviosa.
Si decía su verdadero nombre, la descubrirían.
Lucía: —Mi nombre es Sol… ¿y el tuyo?
El vendedor sonrió.
Mateus: —Es un placer conocerte, Sol. Yo me llamo Mateus.
Lucía sonrió.
Lucía: —Mateus es un lindo nombre… y muy original.
Mateus se rió un poco.
Mateus: —Te doy las gracias por tan bellas palabras.
Ambos sintieron un calor en el pecho, como si algo creciera entre ellos.
Mateus tomó el collar.
Mateus: —¿Sabes algo? Te voy a dar el collar. Creo que te quedará muy hermoso.
Lucía se sorprendió.
Lucía: —¿De verdad? Pero era de tu mamá.
Mateus negó con la cabeza.
Mateus: —Tengo muchas cosas para recordarla.
Lucía dudó.
Lucía: —¿No te importa? Soy una desconocida enmascarada… podría perderlo o dañarlo. Ni siquiera sabes quién soy.
Mateus sonrió.
Mateus: —No importa. Yo sé que tú lo vas a cuidar más de lo que yo lo he cuidado.
Lucía sonrió emocionada.
Lucía: —En serio, muchas gracias. Desde que lo vi me encantó.
Lucía se puso el collar.
Mateus la miró sorprendido.
Mateus: —¡Wow! Está muy lindo en ti. Fue una gran decisión dártelo.
Lucía sonrió.
Lucía: —Te aseguro que estará a salvo conmigo.
Lucía se acercó para abrazarlo, pero tropezó con unas rocas resbalosas.
En el suelo había un trincho.
Sintió que iba a caer sobre él.
Pero un brazo la detuvo.
Mateus.
El trincho se clavó en su brazo.
La sangre cayó al suelo.
Lucía se quedó paralizada.
Lucía: —Gracias por salvarm—
Lucía vio cómo Mateus, una persona que recién había conocido, se había herido por salvarla.
Mateus no gritó.
Solo la miró con una sonrisa dolorosa.
Mateus: —No te angusties… estaré bien.
Lucía empezó a llorar.
El miedo y la culpa la invadieron.
Salió corriendo hacia el castillo.
Llegó a su habitación mientras su padre dormía.
Lucía: —Por mi culpa ese chico se hizo daño… nunca más voy a salir de aquí.
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Al día siguiente
Lucía caminaba por los pasillos del castillo con un sentimiento de culpa en el pecho.
Mientras bajaba las escaleras escuchó a dos mujeres del servicio hablando.
Lucía se escondió tras una columna.
Sirvienta 1: —Esta mañana fui a comprar cuchillos para la cocina… y no estaba el guapote Mateus.
Sirvienta 2: —¿No supiste lo que le pasó anoche?
Sirvienta 1: —¿Qué le pasó? Si ayer estaba bien.
Sirvienta 2: —Se clavó un trincho en el brazo. Perdió mucha sangre.
Lucía sintió que el aire le faltaba.
Sirvienta 1: —¿Por qué lo dices tan segura?
Sirvienta 2: —Porque mi vecino lo auxilió. Pero Mateus no quiere decir qué pasó.
Lucía salió de su escondite.
Lucía: —Buenos días, damas. ¿Qué están haciendo?
Las mujeres se sobresaltaron.
Sirvienta 1: —N-nada, señorita. Solo estamos barriendo.
Sirvienta 2: —Será mejor que vaya al comedor. El rey la espera.
Lucía asintió.
Lucía: —Muchas gracias por mantener limpio el castillo.
Lucía caminó hacia el comedor.
El rey estaba sentado en la mesa.
Rey: —Hija mía, buenos días. ¿Cómo amaneciste?
Lucía ocultó sus sentimientos.
Lucía: —Estoy bien.
El rey continuó hablando.
Rey: —Hoy viajaré a otro continente para firmar tratados. Como no estaré aquí, te dejaré las llaves del castillo.
Lucía bajó la mirada.
Lucía: —Está bien, padre. Haré lo que usted diga.
El rey se levantó satisfecho.
Lucía lo vio partir.
Sin saber que el destino… una vez más… ya había decidido por ella.