Encuentro en la Quinta Avenida

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Summary

Solo Lee

Genre
Drama
Author
Elbuscado1
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El reloj de la biblioteca de la escuela secundaria St. Jude marcaba las tres y cuarto de la tarde. El sol de otoño se filtraba por las altas ventanas, bañando las estanterías de roble en un tono dorado. En el pasillo más apartado, en la sección de literatura europea donde nadie entraba jamás un viernes por la tarde, Maureen Stabler estaba atrapada, apenas sin poder moverse.

Técnicamente, no era un secuestro. Pero cuando Satoru Gojo te acorralaba contra un estante, el espacio personal dejaba de existir.

—Satoru, tienes que dejar de hacer esto —susurró Maureen, mirando nerviosamente hacia el final del pasillo—. Si el padre Thomas nos ve...

—El padre Thomas está medio sordo y tiene cataratas, Maurie —respondió Satoru, arrastrando las palabras con esa sonrisa perezosa y arrogante que lo caracterizaba—. Además, ¿qué nos va a hacer? ¿Excomulgarnos por un besito?

—No es un chiste —Maureen apoyó las manos en el pecho de Satoru, intentando empujarlo débilmente, aunque el latido acelerado de su propio corazón la delataba—. Mi padre me matara. Literalmente, me arresta y luego me mata, y también lo mismo contigo.

—Tu padre es detective de la policía, no un dictador militar. —Satoru bajó un poco el rostro, su aliento rozando los labios de la chica—. Además, no le tengo miedo al viejo Stabler.

—Eso es porque no lo conoces —replicó ella, aunque cerró los ojos cuando la nariz de Satoru rozó su mejilla.

—Mmm... —Satoru acortó la distancia y la besó.

No fue un beso casto. Fue uno de esos besos que robaban el aliento, cargado de la intensidad desmedida que Satoru ponía en todo lo que hacía. La mano libre del chico bajó hasta la cintura de Maureen, atrayéndola hacia él. Ella dejó escapar un pequeño suspiro, rindiéndose a la calidez de su boca, deslizando sus dedos por la nuca de Satoru, enredándolos en ese cabello blanco que era tan suave como parecía.

Llevaban tres meses así. Escondiéndose en armarios de limpieza, robando momentos detrás de las gradas del campo de fútbol, enviándose mensajes encriptados a las dos de la mañana. Maureen era la hija mayor de una familia numerosa, católica y estructurada de Queens; Satoru era el hijo de un magnate japonés radicado en Manhattan, un chico que parecía vivir bajo sus propias reglas, obscenamente rico, brillante sin esfuerzo y exasperantemente guapo.

Nadie entendía cómo habían terminado juntos. Maureen era responsable, pragmática y cuidaba de sus hermanos. Satoru era el caos encarnado. Pero él la hacía reír hasta que le dolía el estómago, y debajo de esa capa de arrogancia insufrible, Satoru la miraba como si ella fuera lo único real en su mundo de superficialidades.

Satoru rompió el beso, pero no se alejó. Bajó un poco sus gafas oscuras con el dedo índice, revelando esos ojos azules. No era un azul normal; era un azul cristalino, eléctrico, casi irreal. Maureen siempre sentía un vértigo extraño cuando la miraba directamente.

—Estoy harto de los estantes de libros polvorientos, Maurie —murmuró él, dándole un rápido beso en la punta de la nariz—. Quiero llevarte a cenar. A un lugar donde los platos cuesten más que el auto de tu papá. Quiero caminar contigo por Central Park sin tener que soltarte la mano si vemos a alguien de tu barrio.

Maureen suspiró, arreglándose la falda de cuadros del uniforme.

—Sabes que mis padres tienen reglas...

—Entonces preséntame —la interrumpió Satoru, con una sonrisa desafiante—. Dile al detective Stabler que su primogénita está saliendo con el chico más increíble, guapo y modesto de todo Nueva York.

—Estás loco. Te va a odiar.

—Nadie me odia. Soy un encanto.

Maureen soltó una carcajada seca. —Eres un cretino presumido. Y mi papá tiene un radar para los cretinos presumidos.

—El viernes —sentenció Satoru, enderezándose y ajustándose las gafas—. Diles que iré a cenar el viernes. Si no lo haces tú, me presentaré en la comisaría 16 y me anunciaré por el altavoz.

Maureen se palmeó la frente. Sabía que él era perfectamente capaz de hacerlo.

—Bien —cedió, sintiendo que una úlcera comenzaba a formarse en su estómago—. Bien. Se los diré esta noche. Pero si mi padre saca su arma reglamentaria, yo no me interpondré.

Satoru sonrió de oreja a oreja. —Esa es mi chica.

El comedor de la familia Stabler era el epicentro del caos organizado. Kathleen y Dickie se estaban peleando por el último trozo de pan de ajo, la pequeña Elizabeth lloraba en su silla alta, Kathy servía una montaña de espaguetis, y Elliot Stabler leía un informe policial con el ceño fruncido mientras mecánicamente se llevaba comida a la boca.

Maureen removió los fideos en su plato, sintiendo que el corazón le latía en la garganta. Había practicado esto en su cabeza mil veces. Mamá, papá, hay un chico. Es de mi clase de Historia AP. No. Padre, he conocido a un muchacho. Muy victoriano.

—¡Mamá, Dickie me pateó bajo la mesa! —gritó Kathleen.

—¡Mentira! ¡Ella me robó el pan! —se defendió Dickie.

—¡Basta los dos! —ladró Elliot sin levantar la vista de su informe—. Coman en silencio o ambos se van a sus cuartos sin postre.

El silencio que siguió fue tenso. Era ahora o nunca.

—Tengo novio —soltó Maureen.

Las palabras cayeron en la mesa con el peso de un yunque. Dickie se atragantó con el jugo. Kathleen abrió los ojos de par en par. Kathy detuvo la cuchara a medio camino de su plato.

Y Elliot... Elliot se congeló.

Lentamente, como un depredador que ha escuchado un ruido en el bosque, cerró la carpeta del informe de la UVE. Levantó la mirada, sus fríos ojos azules enfocándose directamente en su hija mayor.

—¿Qué dijiste? —La voz de Elliot era baja, controlada, mucho más aterradora que cuando gritaba.

—Que... que tengo novio —repitió Maureen, forzando su voz a sonar firme, aunque sus manos temblaban debajo de la mesa—. Llevamos saliendo un par de meses. Y... y me gustaría invitarlo a cenar el viernes para que lo conozcan.

Kathy, siempre la mediadora, intentó suavizar el ambiente con una sonrisa forzada. —¡Oh, Maureen! Eso es... es una sorpresa. ¿Por qué no nos habías dicho nada? ¿Cómo se llama? ¿Es de St. Jude?

—Se llama Satoru —dijo Maureen—. Satoru Gojo. Sí, va a mi escuela. Está en mi curso.

Elliot se reclinó en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho ancho. —¿Satoru Gojo? ¿Es japonés?

—Su familia es de allí, sí, pero él ha vivido aquí casi toda su vida.

—¿Saliendo un par de meses, dijiste? —El tono de Elliot era el mismo que usaba en la sala de interrogatorios—. ¿A dónde van? ¿Quién paga? ¿Tiene auto? ¿Conduce él? ¿A qué se dedican sus padres?

—¡El! ¡Por Dios! —intervino Kathy, dándole un golpe en el brazo a su esposo—. Es un chico de secundaria, no un sospechoso de asesinato. Maureen, cariño, nos encantaría conocerlo. Dile que venga a cenar este viernes a las siete.

Elliot gruñó algo ininteligible y volvió a clavar la mirada en su plato. —Viernes a las siete. Si llega siete y un minuto, cierro la puerta con cerrojo. Y quiero ver sus calificaciones.

Maureen respiró hondo. Había superado la fase uno. Ahora solo faltaba que Satoru sobreviviera a la fase dos.

El viernes a las seis y media de la tarde, la tensión en la casa de los Stabler era palpable. Maureen se había cambiado de ropa cuatro veces y finalmente optó por unos jeans limpios y un suéter de punto modesto. Estaba parada frente a la ventana de la sala, mirando hacia la calle.

En el sillón, Elliot Stabler estaba viendo un partido de béisbol, pero no le prestaba atención. Tenía un trapo de microfibra en la mano y estaba, para absoluto horror de Maureen, puliendo el estuche de sus esposas policiales.

—Papá, ¿es en serio? —Maureen se cruzó de brazos—. Vas a asustarlo.

—Si se asusta por un par de esposas limpias, entonces no tiene la fortaleza para salir con una Stabler —respondió Elliot con naturalidad.

—El, guarda eso, por el amor de Dios —regañó Kathy saliendo de la cocina, secándose las manos en un delantal. Olía a pollo asado y papas—. Sé civilizado. Es solo un chico.

Es solo un chico, pensó Maureen con pánico. Si tan solo supieran. Satoru no era un chico normal. Maureen le había enviado tres mensajes de texto antes: 1. Llega puntual. 2. NO TE PONGAS LAS GAFAS DE SOL. 3. Compórtate como un ser humano humilde, te lo ruego.

Satoru había respondido con un simple emoji de un fantasma.

A las 6:58 p.m., un elegante sedán negro con vidrios polarizados se detuvo frente a la casa de los Stabler en Queens. Un chofer uniformado salió, abrió la puerta trasera, y de ella emergió Satoru Gojo.

Maureen quiso morirse allí mismo.

Satoru no llevaba un traje formal, lo cual era un alivio, pero su ropa casual costaba más que la hipoteca de la casa de los Stabler. Llevaba unos pantalones negros de sastre que se ajustaban perfectamente a sus largas piernas, un suéter de cuello alto de cachemira oscura, y un abrigo largo y elegante. Su cabello blanco parecía brillar bajo la luz de las farolas. Y, por supuesto, llevaba puestas unas estúpidas gafas oscuras de montura circular.

Caminó hacia la puerta con las manos en los bolsillos, silbando, moviéndose con una gracia suelta y perezosa que gritaba "soy el dueño del mundo".

El timbre sonó exactamente a las 7:00 p.m.

—Yo abro —dijo Elliot, levantándose como si fuera a ejecutar una orden de allanamiento.

Maureen se apresuró a seguirlo. Elliot abrió la puerta.

La primera sorpresa de Elliot fue física. Stabler era un hombre corpulento y alto, acostumbrado a intimidar con su sola presencia. Pero este chico... este chico era más alto que él. Fácilmente superaba el metro noventa. Y aunque era más delgado, no parecía frágil. Había una confianza absoluta en su postura.

La segunda sorpresa fue el cabello blanco como la nieve.

La tercera, las gafas de sol de noche.

—Buenas noches —dijo Satoru, con una sonrisa amplia y relajada que mostraba dientes perfectos—. Usted debe ser el famoso detective Stabler. Soy Satoru.

Satoru sacó una mano de su bolsillo y se la ofreció. Elliot miró la mano por un segundo, luego al rostro de Satoru, y finalmente apretó la mano del chico. Satoru no se inmutó ante el agarre triturador de Elliot; de hecho, su sonrisa pareció ensancharse.

—Gojo —gruñó Elliot—. Pasa. Y quítate las gafas. Adentro no llueve.

—Oh, disculpe, señor. Tengo los ojos un poco sensibles a la luz artificial —respondió Satoru, mintiendo con la misma facilidad con la que respiraba, pero aún así se quitó las gafas y se las guardó en el bolsillo del abrigo.

Cuando abrió los ojos, Elliot parpadeó, sorprendido a su pesar. Eran del color del hielo, tan claros que resultaban desconcertantes.

Maureen se adelantó, nerviosa. —Hola, Satoru.

Satoru se volvió hacia ella y, frente a su padre, se inclinó y le dio un beso suave en la mejilla, demasiado cerca de la comisura de los labios. —Hola, preciosa. Estás hermosa.

Elliot carraspeó fuertemente. —Al comedor. Ahora.

La cena comenzó en un ambiente que recordaba a las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Kathy, ignorando la tensión eléctrica en el aire, se esforzó por ser una excelente anfitriona.

—Entonces, Satoru —dijo Kathy, pasando el tazón de puré de papas—, Maureen nos dijo que van juntos en la clase de Historia. ¿Te gusta la materia?

—Me fascina, señora Stabler —respondió Satoru con encanto absoluto—. Aunque debo admitir que Maureen es quien me salva en los exámenes. Es la chica más inteligente del aula. Además de la más linda, claro.

Dickie hizo un sonido de asco y simuló vomitar en su plato. Kathleen rió por lo bajo. Maureen sintió que sus mejillas se ponían de color rojo cereza, le dio una patada a Satoru bajo la mesa, pero él ni siquiera parpadeó.

Elliot cortó su pollo con más fuerza de la necesaria. El cuchillo chirrió contra la porcelana.

—Así que, Gojo —comenzó Elliot, masticando—. Tu familia. ¿A qué se dedican? Maureen dijo que son de Japón.

—Mi padre maneja un conglomerado internacional, sí. Inversiones inmobiliarias, tecnología, ese tipo de cosas aburridas. Yo prefiero vivir aquí. Nueva York tiene más... sabor.

—Negocios internacionales —repitió Elliot—. ¿Y tus padres te dejan vivir aquí solo?

—Tengo un tutor legal en la ciudad y un apartamento en Tribeca. Me las arreglo bien.

El silencio de Elliot fue elocuente. Un chico rico, mimado, viviendo sin supervisión en un penthouse en Manhattan. Era literalmente el estereotipo de todo lo que Elliot Stabler detestaba.

—¿Y cuáles son tus planes para el futuro, hijo? —preguntó Elliot, inclinándose hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa—. ¿Aprovechar la fortuna de papá o tienes alguna ambición real?

—¡Papá! —exclamó Maureen, horrorizada.

Satoru levantó una mano, calmándola. No parecía ofendido en absoluto. Al contrario, parecía estar divirtiéndose muchísimo.

—Es una pregunta justa, Maureen —dijo Satoru, mirando a Elliot a los ojos con una intensidad que hizo que el experimentado detective se sintiera, por una fracción de segundo, evaluado—. No me interesa el negocio familiar, detective. Creo que el mundo es demasiado grande para encerrarse en una oficina. Quizás me dedique a la enseñanza. O quizás simplemente me dedique a cambiar el mundo un poco. Las estructuras viejas tienden a pudrirse, ¿no cree? A veces necesitan que alguien las derribe.

Elliot entrecerró los ojos. Había algo en ese chico. No era la típica arrogancia de los niños ricos de Manhattan. Había una seguridad salvaje, casi peligrosa, detrás de esos ojos de hielo.

—¿Cambiar el mundo, eh? —murmuró Elliot—. Muchos dicen eso hasta que el mundo los golpea de vuelta.

—Oh, yo nunca dejo que me golpeen, señor Stabler —sonrió Satoru, inclinando la cabeza—. Soy intocable.

Maureen se atragantó con su agua. Tosió, tratando de disimular.

—Intocable —repitió Elliot con una risa seca y carente de humor—. Ya veremos. Mientras salgas con mi hija, estás bajo mi jurisdicción. Toque de queda a las diez. Cero de estar a solas en su cuarto. Y si alguna vez la haces llorar, no me importan los abogados de tu padre ni en qué barrio vivas. Te encontraré. ¿Entendido?

La sonrisa de Satoru se suavizó un poco, volviéndose más genuina. Miró a Maureen, y por un momento, toda la arrogancia desapareció, dejando ver a un chico que realmente estaba cautivado por la chica a su lado.

—Detective —dijo Satoru, su voz bajando de tono, volviéndose completamente seria—, le prometo que mi única intención es hacerla sonreír. Maureen es... —hizo una pausa, buscando la palabra—. Ella es mi cable a tierra. La cuidaré. Lo juro.

El comedor quedó en un silencio sepulcral. Kathy sonrió con ternura. Maureen sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas; Satoru nunca era así de sincero frente a los demás.

Incluso Elliot se quedó sin palabras por un momento. Tragó grueso, su postura defensiva relajándose solo una fracción de milímetro. Aclaró su garganta ruidosamente.

—Bien. Pásame las papas. Y si vuelves a usar gafas de sol dentro de mi casa, te las confisco.

Satoru soltó una carcajada alegre, la tensión disipándose en un instante. —Trato hecho, suegro.

—¡No me llames suegro!

El resto de la cena transcurrió con relativa normalidad. Satoru resultó ser un comensal encantador. Respondió a las preguntas impertinentes de Dickie sobre si conocía a algún ninja en Japón (Satoru respondió que sí y que él mismo sabía usar una katana, lo cual Maureen supo que era una mentira para impresionar al niño). Ayudó a Kathy a recoger los platos y elogió su cocina de manera tan efusiva que la mujer quedó encantada.

A las nueve y media, el chofer de Satoru regresó.

Maureen lo acompañó hasta el porche delantero. La noche estaba fría y el vaho salía de sus bocas al respirar. A través de la ventana de la sala, Maureen podía ver la silueta de su padre de pie, vigilando como un halcón.

—¿Sobreviviste? —preguntó ella, abrazándose a sí misma por el frío.

Satoru se desabrochó su abrigo de cachemira y lo colocó sobre los hombros de Maureen, envolviéndola en el calor de su cuerpo y en el aroma a sándalo de su colonia.

—Pan comido —presumió él, ajustando el abrigo alrededor del cuello de ella—. Tu mamá me adora. Los niños me idolatran. Y tu padre... bueno, tu padre secretamente cree que soy genial, solo que su orgullo de macho alfa no le permite admitirlo.

Maureen rodó los ojos, incapaz de evitar una sonrisa. —Eres imposible. Estaba a punto de sacar las esposas.

—Habría sido interesante intentarlo —murmuró Satoru. Dio un paso hacia ella, acorralándola suavemente contra la baranda del porche, fuera del ángulo de visión directo de la ventana—. Pero valió la pena. Ahora soy tu novio oficial. Con permiso y todo.

—Estás en periodo de prueba, Gojo. No te emociones.

—Me encantan los retos. —Satoru bajó la cabeza. Maureen se alzó de puntillas, y sus labios se encontraron en un beso suave, sin prisas, en la penumbra del porche. Era diferente a los besos escondidos en la escuela; este se sentía real, público, como una promesa.

Satoru acarició la mejilla de Maureen con el pulgar antes de separarse con una sonrisa pícara.

—Nos vemos el lunes, Maurie. Trata de no extrañarme demasiado.

—Cállate y vete ya, idiota.

Satoru le guiñó un ojo, se volvió a poner sus gafas de sol oscuras en plena noche —algo que a Maureen le seguía pareciendo ridículo— y bajó las escaleras hacia su coche.

Maureen entró a la casa. El calor del hogar la recibió, junto con la presencia imponente de Elliot, que la esperaba en el pasillo.

Elliot la miró de arriba abajo. Miró el carísimo abrigo de hombre que le quedaba enorme. Suspiró profundamente, pasándose una mano por su escaso cabello.

—Es demasiado engreído —dictaminó Elliot.

—Lo sé —sonrió Maureen.

—Tiene demasiado dinero y nada de sentido común.

—Lo sé.

—Y usa gafas de sol de noche, lo cual es de idiotas o de personas que ocultan algo. O ambas.

Maureen soltó una pequeña risa y se acercó a su padre, dándole un abrazo. Elliot, sorprendido, tardó un segundo en devolverle el gesto, envolviéndola con sus fuertes brazos.

—Pero te hace feliz —murmuró Elliot en la cima de la cabeza de su hija. No era una pregunta, era una observación. Como detective, Elliot leía a las personas, y nunca había visto los ojos de su hija brillar de esa manera.

—Sí, papá. Me hace muy feliz.

Elliot asintió lentamente, soltándola. —Bien. Pero sigo teniendo mis ojos sobre él. Y la próxima vez que venga, le voy a hacer lavar los platos. A ver si ese suéter de cachemira sobrevive al agua y al jabón.

Maureen subió a su cuarto con una sonrisa que no se le borró en toda la noche. Satoru Gojo era un desastre andante, un chico de otro mundo que había chocado directamente contra su vida normal. Pero mientras se quitaba el abrigo y lo abrazaba contra su pecho, supo que no cambiaría ese choque por nada del universo.