Me enamoré de una mujer imaginaria
Me enamoré de una mujer etérea,
de mirada tierna que en mi alma encendió un altar.
Me sentí, yo, este ser que guarda un nido de ruiseñores en el pecho,
este ser al que nadie antes eligió aferrarse,
por un instante, el eje de su universo,
más vital que el primer aliento, más dulce que el fruto prometido.
Me enamoré de una mujer de silencios,
cuyos movimientos pausados tejían la ilusión de su disfrute al pasar por mi lado.
Sus piernas avanzaban, sí, pero su cuello traicionero
se giraba, con un efímero adiós, con un deseo oculto
de grabar en su memoria la mía, la sonrisa que le ofrecía.
Me enamoré de una mujer que me buscaba,
que danzaba cerca de la tierra que mis pasos hollaban,
que retorcía las horas, las doblaba, solo por el fugaz saludo.
Me enamoré de una mujer que, se anidó en mi pecho,
Y así, sin aviso, tambien dejó de pronunciar mi nombre.
Entonces, la cruda aurora rompió el encanto,
revelando la extensión de su irrealidad.
Porque la mujer que amé, la que contaba los días,
se desvaneció, y esta, su sombra, cruza la semana sin detenerse en mis noches.
Me enamoré de una mujer imaginaria....
Y con el eco de esa verdad, descubrí
que el corazón a veces, con desesperada magia,
se inventa el amor para no morir de hambre.
Sentí demasiado, sí, un torrente inmenso que desbordó el cauce de dos.
Y no me arrepiento de esa plenitud.
Pero ahora, cada encuentro con su ausencia,
cada vez que su indiferencia me alcanza, un frío acero, me lacera las venas,
Y bajo la cabeza,
derrotada por la verdad que no se inventa.
Me enamoré de una mujer imaginaria.