Bajo el sol
Mi abuela y yo vendemos tortas frente al bacho19, en el camellón de la R1. Desde que tengo memoria, mi vida ha sidomilanesas, teleras y rolas de los Tex-Tex.
Delunes a sábado, a las cinco en punto, Doña Carmen, mi abue, ya está dándoleduro: rebana salchicha, fríe pierna, empaniza milanesa, deshebra queso. Yo,entre sueños, escucho el chisporroteo del aceite. Esa es mi alarma. Me hagopendejo una hora más, aferrado a la cobija, hasta que truena su voz:
—¡Órale, ya párate, huevón!
Entoncessí, a chambear.
Cuandosiente que vamos tarde, lanza mentadas al aire. Ya me hice de orejas depescado. Sólo trato de hacerlo bien, aunque a veces, la neta, no me salen chidolas cosas.
Amí me toca preparar el licuado, agua, leche en polvo, amaranto y frutasdeshidratadas de las despensas que nos da el gobierno. Una vez le pedí unabolsa de chocomilk. Ella negó con la cabeza.
—Esto ya parece capricho tuyo, abue, nomás pa’ joderme —le solté, encabronado.
Nodebí decirlo. Me lo echó en cara por días. Y claro, acabé siendo un pinchemalagradecido. Lo peor no fue eso, sino el chingadazo que me soltó directo alhocico.
Perobueno, sabía que en algún punto del día caería mi torta especial: pierna, piña,queso, un chingo de aguacate entre dos panes dorados con Iberia. Con mi Boingde guayaba bien pinche frío. Porque mi abue no decía “te quiero”. Ella lodemostraba con comida.
Undía, mientras montábamos el puesto, se acercó un tipo a hablar con ella. Alprincipio, muy amable, incluso demasiado. Ya nos habían advertido que un grupollamado “La Alianza” estaba cobrando cuotas. Según ellos, pa’ evitar broncascon los municipales. Nosotros ni permiso teníamos pa’ vender en la víapública. Así que tocó unirnos. Aunque, eso no evitó los pagos semanales a la tesoreríaque ya hacíamos.
Cadaquince días se le pagaba su respectiva cuota a los de “La Alianza”. Y cada dosmeses se renovaba una credencial pedorra de papel. Además, teníamos que usarunas batas de color verdemalgusto conla imagen del grupo. Horribles. Y para acabarla de chingar, teníamos que ir aunas reuniones de puro rollo político.
Peroera eso o nos chingaban el puesto.
Elmero chingón se hacía llamar el “Pelos”. Un cuate mamoncito, bien moreno ypelón. Cagado el vato. Ya éramos varios vendiendo frente al bacho. Paraganar más dinero, el “Pelos”, trajo más gente al camellón. Las ventas bajaronen chinga. Pero las cuotas, se pagaban puntuales. Si te atrasabas, teamenazaban con un chingo de groserías.
Unavez, por ese estrés, mi abue dijo que sintió “que algo se le rompió en lacabeza”. Desde entonces empeoraba a diario. Hasta que un día, cayó en cama.
El“Pelos” ya nos había agarrado de sus pendejos. Ya muchos estaban hartos y mejorpensaban dedicarse a otra cosa. Nos sacaban lana por todo: que si el refrendo, quesi el pago de las copias. Todo era puro pinche dinero. Y a nosotros, hastatortas gratis. Eso ya era un abuso. Sin contar la situación en la que seencontraba mi abue por culpa de esos weyes.
Yono podía dormir. Pensaba que quizá un día, mi abue, ya no despertaría. No séqué haría solo.
Aúnrecuerdo aquel día, yo estaba a cargo del puesto. Las ventas no iban mal. Ya mehacía contándole a mi abue que todo iba pa’rriba.De repente, todo estaba tranquilo. Demasiado, tal vez.
Supongoque andaba distraído en el celular cuando el “Pelos” se acercó. Ni me saludó.Sólo dijo:
—Tres de milanesa, una de pierna, con chilpocle yrajas aparte.
Sabíaa qué venía. Preparé las tortas, las metí en una bolsa y de mi pantalón saquéun billete de quinientos. “Allá se fue la ganancia”, pensé. Antes de irse,preguntó por mi abue.
—Todo bien —le dije.
Serió.
—Ahora que tu abuela se vaya al hoyo, más vale que tepongas verga.
Sedio media vuelta y le chifló a un mototaxi.
¿Ysi eso fuera cierto?, pensé por un instante. Entonces… algo tronó dentro de mí.Mi sangre hirvió. Mis manos temblaban. Saqué un tubo del puesto. Corrí. Loalcancé. Le solté un golpe. Luego otro, y otro después. No sé cuántos. Todopasó en chinga. Sólo recuerdo la sangre. El “Pelos” se retorcía. Luegoconvulsionó. El del mototaxi me gritó:
—¡Pélate, cabrón!
Sentíun chingo de miradas clavadas en mí. Solté el tubo. Corrí. Crucé la avenida sinvoltear a ver a los lados. En un puño apreté el poco dinero que sobró del día.Sabía que no podía volver. Pensé en mi abue. Un nudo estrujaba mi estómago, medieron muchas ganas de vomitar. Todo valió madres, me repetía. Mis lágrimas semezclaron con el sudor. Seguí corriendo sin mirar a dónde.
Corríy no dejé de correr por las calles de Ecatepec, bajo el sol quemante de latarde.








