Salomónica

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Summary

Sin nombres, sin títulos, solo dos cuerpos buscando calor contra la barandilla mientras el barco cortaba las olas. Nathaniel e Isafel compartieron una conexión que trascendió las palabras, una promesa silenciosa de que la universidad no sería tan solitaria. Pero al amanecer, el mundo se partió en dos. Nathaniel es el orgullo de la Iglesia: un futuro sacerdote destinado al Pacto Celestial. Su cuerpo debe permanecer puro, un recipiente inmaculado para la luz divina. Isafel es el desprecio de la jerarquía: un exorcista que se prepara para el Pacto Demoníaco, condenado a ensuciarse las manos con la oscuridad y a ser humillado por aquellos que se creen superiores. En los pasillos fríos de la Universidad Salomónica, donde los sacerdotes y los exorcistas se desprecian por ley, su mutua atracción es una blasfemia. Mientras Nathaniel entrena para invocar ángeles, Isafel se hunde en las sombras de los infiernos. Pero el deseo es un demonio que no entiende de bandos, y cada encuentro a escondidas se convierte en un ritual de placer y humillación que amenaza con destruir sus votos. Obligados a elegir entre el poder de sus pactos o el hambre de sus cuerpos, deberán decidir si están dispuestos a arder juntos. Porque en el juego de la fe y el pecado, la caída es más dulce cuando se hace en los brazos del enemigo.

Genre
Fantasy
Author
Mebahiah
Status
Ongoing
Chapters
35
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1


La isla de Salomónica no aparecía en las cartas de navegación civiles. Para el resto del mundo, no era más que un punto ciego en el océano, pero para los elegidos, era el epicentro de un nuevo orden. Desde la cubierta del ferri, el Castillo Salomónico se imponía con fuerza. Lo más impresionante, sin embargo, no era la arquitectura gótica, sino la barrera: un domo de energía púrpura que envolvía la isla, distorsionando el aire con un zumbido eléctrico que se sentía en la base de los dientes.

Era el brillo de la contención. El muro que separaría a los jóvenes más excepcionales del mundo del resto de la humanidad.

Nathaniel se mantenía firme junto a la barandilla, con su equipaje impecable a los pies. El viento marino agitaba su cabello blanquecino, pero su expresión permanecía imperturbable, casi como una estatua de mármol. Para él, ese resplandor púrpura era una promesa de santidad. Su mirada, clara y enfocada, buscaba en las torres del castillo el lugar donde, eventualmente, pronunciaría sus votos de Sacerdocio.

—Es una jaula preciosa, ¿no crees?

La voz, cargada de una ironía que llevaba molestándolo todo el viaje, rompió la meditación de Nathaniel. A su lado, apoyado con una desidia irritante contra el metal del barco, estaba un joven de cabello azabache y ojos que parecían analizarlo todo en busca de una falla.

Isafel no vestía con la pulcritud de los demás aspirantes. Su abrigo era largo, oscuro, y llevaba las manos hundidas en los bolsillos como si estuviera esperando un autobús en lugar de entrar en la academia más peligrosa del planeta.

—Es una barrera de protección —respondió Nathaniel sin mirarlo—. Y si tuvieras un poco de respeto por el sacrificio de los maestros que la mantienen, no estarías haciendo bromas.

Isafel soltó una carcajada seca, un sonido corto que apenas ocultaba el desprecio.

—Respeto... claro. Porque encerrar a un montón de adolescentes con demonios hambrientos en una roca en medio de la nada es la definición de “sacrificio altruista” —Isafel se enderezó, invadiendo ligeramente el espacio personal de Nathaniel. Exhaló un suspiro dramático—. El humor es lo único que te mantiene cuerdo cuando un demonio de clase tres intenta masticar tu sombra. Pero supongo que tú prefieres rezar hasta que te sangren las rodillas. "Por favor señor Demonio, no me coma".

Nathaniel finalmente giró la cabeza.

—Voy a ser Sacerdote para guiar, no para hacer payasadas. Si buscas especializarte en exorcismo solo para tener un público para tus chistes, me compadezco del demonio que tenga la mala suerte de pactar contigo.

Isafel sonrió de lado.

—Oh, no te preocupes por el demonio. Preocúpate por ti. Con esa rectitud, te harás encima cuando tus oraciones no sirvan contra los que en verdad necesitan nuestra ayuda.

El ferri chocó suavemente contra el muelle de piedra negra. Las puertas se abrieron, revelando la inmensa escalinata que conducía al corazón de la Universidad Salomónica. Eran la primera generación; los pioneros de un proyecto ambicioso que prometía domar lo sobrenatural.

Sin decir una palabra más, Nathaniel recogió su maleta y avanzó con paso firme, dejando atrás a Isafel. Pero mientras caminaban bajo el arco de entrada, ambos sintieron lo mismo: un tirón magnético, una fricción inexplicable en el aire.

El internado había comenzado. Y en Salomónica, los odios más profundos suelen ser el preludio de los pactos más peligrosos.


La entrada al castillo no era menos imponente que su fachada. Al cruzar el umbral, el aire se llenaba de un fuerte olor a incienso. En el gran vestíbulo, los estudiantes fueron divididos de inmediato, como si el mismo suelo del castillo supiera separar el trigo de la cizaña.

El grupo de aspirantes se detuvo frente a dos figuras que parecían talladas en la misma piedra del edificio. A la izquierda, un hombre de uniforme oscuro y mirada felina esperaba a los futuros exorcistas; a la derecha, aguardaba quien guiaría a los Sacerdotes.

—Aspirantes al Sacerdocio, conmigo —la voz del profesor Lázaro era un susurro rasposo y pesado.

Nathaniel se colocó inmediatamente detrás de él, con la espalda recta y el paso rítmico. Mientras caminaban por los pasillos de techos infinitos, no pudo evitar observar las facciones del hombre. Lázaro era un monumento a la longevidad y al peso del deber. Su piel, pálida y surcada por arrugas, envolvía un rostro de pómulos afilados. Lo más inquietante era su mirada: sus ojos no se fijaban en el pasillo, sino que permanecían perdidos en un punto invisible, con la cabeza ligeramente inclinada como si estuviera descifrando una frecuencia de radio que nadie más podía captar.

Cuando Lázaro levantó la mano para señalar el ala este, Nathaniel vio el Sello. Grabado a fuego en el dorso de su mano derecha, el símbolo del Arcángel Uriel resplandecía con un brillo tenue y cobrizo. Era una marca de propiedad divina que parecía latir al ritmo del corazón del anciano.

—Caminen con cuidado —advirtió Lázaro sin girarse—. Las paredes del ala angelical son... no tiene caso, lo entenderán más tarde.

El ala de los Sacerdotes era un despliegue de minimalismo sagrado. Los pasillos eran de mármol blanco con acabados de una textura similar a la porcelana mate, tan impecables que resultaba intimidante pisarlos. No había adornos innecesarios, solo la luz cenital que caía desde claraboyas circulares en el techo.

Finalmente, llegaron a un corredor flanqueado por puertas de madera clara, casi plateada.

—Estas son sus estancias. El aislamiento es el primer paso hacia la comunión —sentenció Lázaro, deteniéndose frente a la primera habitación—. Encuentren sus nombres. Mediten. Mañana, la luz de la verdad empezará a quemar sus impurezas.

Nathaniel avanzó por el pasillo hasta que sus ojos dieron con la placa metálica en una de las puertas:

NATHANIEL AURIEL - Primer Año - Sacerdocio

Al entrar, el espacio lo recibió con una frialdad reconfortante. La habitación era pequeña pero perfectamente funcional: una cama estrecha de sábanas blancas, un escritorio de metal pulido y un ventanal que ofrecía una vista directa a la barrera púrpura que vibraba en el horizonte. Era un lienzo en blanco, el lugar donde Nathaniel se convertiría en el recipiente de un ángel.

Sin embargo, a pesar de la paz absoluta del cuarto, el joven no podía sacarse de la cabeza la imagen de aquel pelinegro perdiéndose en las sombras del ala opuesta. Se preguntó si las habitaciones de los exorcistas serían tan puras como la suya, o si ellos ya estaban durmiendo con el enemigo.


Mientras el grupo de los Sacerdotes se perdía en la inmaculada luz blanca del ala este, el resto de los estudiantes —aquellos con la mirada más afilada y las manos inquietas— seguían al profesor Rhast hacia las entrañas de la zona oeste.

A diferencia de la rigidez de Lázaro, Rhast caminaba con una soltura casi felina. Su tez oscura contrastaba con la vibrante energía que emanaba, y sus dreadlocks, largos y finos, oscilaban sobre sus hombros imponentes con cada paso. No parecía un hombre que cargara con el peso de los infiernos, sino alguien que disfrutaba del desafío.

—Hace mucho que no te veía, Rhast —dijo Isafel, rompiendo la formación de los alumnos para caminar a la par del profesor. Su tono era más relajado, despojado de la acidez que había usado con Nathaniel—. Mi padre me dijo que estabas de viaje. Quién iba a pensar que te encontraría aquí, de niñero.

Rhast soltó una carcajada vibrante que resonó en las paredes de piedra del pasillo. Con un gesto lleno de afecto, pasó su mano pesada por el hombro de Isafel, sacudiéndolo un poco.

—¡Isafel! Mírate, ya estás de mi altura, hombre —exclamó con una sonrisa radiante que mostraba unos dientes blanquísimos—. Cómo has crecido. Te dije que terminarías bajo mi cuidado algún día. El destino tiene un sentido del humor bastante retorcido, ¿no crees?

—Supongo que Astaroth no se equivoca... —suspiró Isafel con fuerza, aunque una pequeña chispa de satisfacción cruzó sus ojos—. Qué demonio más suspicaz el tuyo. Siempre metiendo las narices en el futuro de los demás.

En ese momento, el dorso de la mano de Rhast se iluminó. Un sello complejo, de líneas entrelazadas que parecían formar una corona de espinas y alas caídas, brilló con un fulgor carmesí intenso. El sello pulsaba, como si un corazón de fuego latiera bajo la piel del profesor. Era la señal de que el Gran Duque Astaroth estaba escuchando, aprobando o quizás burlándose desde el otro lado del velo.

—Él tiene sus razones, Isafel. Y créeme, está muy interesado en ver qué tipo de pacto lograrás tú —Rhast guiñó un ojo, mientras el brillo del sello se desvanecía lentamente—. Bienvenidos al Ala demoníaca, muchachos.

Si el área de Nathaniel era minimalista y pulcra, el sector de los exorcistas era puro contraste. Las paredes eran de una piedra oscura, casi como obsidiana, que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.

—Aquí no buscamos la paz, buscamos el control —explicó Rhast, deteniéndose ante una serie de puertas de madera de ébano con refuerzos de hierro—. Sus habitaciones están diseñadas para que empiecen a familiarizarse con la soledad. Los demonios no atacan en grupo, como bien sabrán algunos de ustedes, atacan cuando creen que estás solo.

Rhast dejó a Isafel frente a su puerta. A diferencia de la placa de Nathaniel, la de Isafel parecía haber sido grabada con ácido:

ISAFEL ALIGHIERI - Primer Año - Exorcismo

—Descansa, muchacho —le dijo Rhast, recuperando por un segundo una expresión más seria—. Mañana empieza el verdadero trabajo. Y trata de no pelearte con los del ala angelical el primer día... aunque sé que es mucho pedir. Recuerda que ambos están del mismo lado.

Isafel entró en su habitación. Era oscura, con texturas de cuero y metal, y una iluminación tenue que nacía del suelo. Se dejó caer en la cama, mirando hacia el techo negro. La imagen de la mirada fría y perfecta del peliblanco cruzó su mente por un instante.

—El sacerdocio y su eterna ingenuidad —murmuró para sí mismo con una sonrisa cínica—. No tienes idea de la oscuridad que te va a morder los talones en este lugar.