Prologo.
Dicen que el amor te salva.
A mí me destruyó primero.
Y aun así lo elegiría otra vez.
Seis meses.
Ciento ochenta y dos días desde la última vez que la vi cruzar una puerta sin mirar atrás. Desde la última vez que su voz se quebró con mi nombre. Desde la última vez que fui lo suficientemente estúpida como para creer que podía controlarlo todo… incluso a ella.
Lucía.
Su nombre sigue teniendo el mismo efecto.
No importa cuánto beba. No importa cuántas noches intente perderme en el ruido, en el alcohol. Siempre regreso al mismo punto.
A ella.
Al momento exacto en que la perdí.
Hay cosas que no se pueden arreglar con poder. Ni con dinero. Ni con amenazas.
Lo aprendí demasiado tarde. Porque cuando decidí traicionarla, no solo la perdí a ella.
Me perdí a mí.
Apoyo el cigarrillo contra el cenicero sin siquiera darme cuenta de cuándo lo encendí. El humo se eleva lento, casi elegante, como si no perteneciera a este lugar… como si no perteneciera a mí.
Yo tampoco pertenezco a ningún lado ya.
No desde que ella se fue.
Pero hay algo que sí tengo claro.
No fue el final.
No puede serlo.
Porque el problema con amar a alguien como Lucía… es que no es algo que puedas apagar. No es una decisión que puedas revertir. No es un error que puedas archivar y olvidar.
Es una condena.
Y yo nunca he sabido vivir a medias.
Me incorporo lentamente y camino hacia la ventana. La ciudad se extiende frente a mí, indiferente. Fría. Llena de vida y completamente vacía al mismo tiempo.
Ahí fuera está ella.
Respirando el mismo aire. Viviendo una vida en la que yo ya no existo. O al menos, eso es lo que quiere creer.
Mis labios se curvan apenas. Porque yo ya sé algo que ella todavía no.
No me fui.
Nunca me fui.
Solo estoy esperando el momento adecuado. Y esta vez no voy a cometer el mismo error. Esta vez no voy a dudar, no voy a preguntar. No voy a dar un paso atrás.
Si tengo que convertirme en la peor versión de mí misma para mantenerla a salvo… lo haré.
Si tengo que destruir todo lo que se interponga entre nosotras… lo haré.
Incluso si eso significa destruirla a ella un poco más en el proceso.
Cierro los ojos un segundo.
Su rostro aparece de inmediato.
Su risa.
Su voz.
La forma en que me miraba… como si yo fuera suficiente.
El recuerdo me golpea más fuerte de lo que debería pero ya no retrocedo. Ya no.
Abro los ojos. Fría otra vez. Decidida. Porque esto ya no se trata solo de amor. Se trata de supervivencia.
Don Ray sigue ahí afuera.
Esperando.
Moviendo piezas.
Y Lucía, está mucho más cerca del peligro de lo que cree. Mucho más de lo que yo voy a permitir.
Exhalo lento.
No importa si me odia, si intenta alejarse. No importa si ahora hay alguien más ocupando mi lugar.
Eso… también lo voy a arreglar.
Lucía es mía. Siempre lo ha sido. Y esta vez, no voy a perderla.