Capítulo 1: El rugido del motor
El motor ronroneaba con una suavidad insultante, como si no recordara el olor a gasolina derramada y el crepitar de las llamas de hace apenas unas semanas. Tammara apretó el volante de cuero, sintiendo el frío del aire acondicionado chocar contra su piel perfectamente maquillada. Sus padres no decían nada; el silencio en el habitáculo era denso, cargado de esa decepción que el dinero intenta ocultar pero no logra borrar.
Ellos habían pagado por la limpieza del desastre, no por su redención. Miró por la ventana el paisaje de la zona pública, sintiéndose como una "Vixen" en el exilio. Su chaqueta de la Academia Sanford, con esas letras bordadas que antes le daban estatus, ahora le pesaba como una armadura de plomo. El auto rosa, impecable y brillante bajo el sol, parecía un grito de guerra en un barrio que no aceptaba prisioneros de lujo. Se sentía ridícula, una mancha de color pastel en un mundo de cemento gris.
Al apagar el motor, el silencio fue reemplazado por el murmullo de la escuela. Tammara bajó del auto, intentando ignorar cómo las miradas de los estudiantes se clavaban en ella como alfileres. Se sentía un pez rosa en un estanque de tiburones. Buscó refugio en su teléfono, revisando compulsivamente los mensajes de Ben, esperando una señal de que su antigua vida aún existía.
Iba tan absorta en la pantalla, reviviendo mentalmente el eco de los aplausos en Sanford, que no vio la sombra que se proyectaba frente a ella.
¡PAM!
El impacto la mandó directo al suelo. El sonido del vidrio del teléfono estrellándose contra el pavimento fue lo último que escuchó antes del zumbido en sus oídos. Humillada y en el suelo, levantó la vista. Frente a ella se alzaba una chica alta, de aspecto rudo, vestida con pantalones cargo y unas botas militares que habían visto mejores días. Tammara esperaba un insulto, una burla cruel, pero en su lugar vio una mano extendida y una sonrisa ladeada que derrochaba una confianza que ella acababa de perder.
—Vaya entrada, Barbie. ¿Estás entera? —preguntó Caroline mientras ayudaba a Tammara a recoger sus cosas.
Tras revisar los horarios y descubrir con una mezcla de alivio y pánico que compartirían clases, Caroline decidió escoltarla. El "tour" no fue como los folletos de Sanford; fue una inmersión en la selva. Caroline señalaba a los grupos con una naturalidad casi clínica.
—Aquellos son los Gamers y Otakus; hacen mucho ruido pero son los más leales que conocerás —dijo Caroline saludando a un chico de mochila colorida—. Y allá… bueno, los populares aquí no usan suéteres de cachemira, Tammara. Usan miedo y algo más fuerte que el tabaco.
Tammara observó a los "reyes" de esta nueva escuela. No eran como sus antiguos amigos; se veían crudos, peligrosos. Sintió un escalofrío al darse cuenta de que aquí su apellido y su auto rosa no servían como escudo.
—No suelo encajar en grupos —mintió Tammara suavemente cuando Caroline le preguntó por su pasado—. Me llevaba bien con todos, supongo.
—¿Ah sí? ¿Y en cuántas escuelas has tenido que "llevarte bien" antes de caer aquí? —lanzó Caroline. La pregunta quedó en el aire, un anzuelo que Tammara prefirió no morder.
Finalmente llegaron al casillero asignado. Cuando Tammara lo abrió, el aire se le escapó de los pulmones. En el interior, alguien había dibujado con marcador permanente un pene eyaculando, una obra de arte grotesca y explícita que parecía reírse de ella en su propia cara.
El asco le revolvió el estómago, seguido de una punzada de vergüenza que le calentó las mejillas. Era el insulto final a su dignidad, la corona de espinas para su caída de la realeza. Se quedó paralizada, esperando la carcajada de Caroline que terminara de romperla.
Sin embargo, Caroline solo soltó un suspiro de fastidio y sacó un bote de spray de su mochila.
—Vaya falta de originalidad tienen estos idiotas —comentó Caroline sin una pizca de burla—. No te quedes ahí parada, ayúdame a tapar este horror antes de que pase el director.
Tammara la miró, sorprendida por esa alianza inesperada. Quizás, después de todo, el exilio no sería una ejecución solitaria.
Tammara cerró la puerta del casillero con un golpe seco, como si intentara dejar encerrado aquel dibujo obsceno y el recuerdo de su antigua vida. Solo se quedó con lo esencial: su cuaderno de notas y el libro de texto, apretándolos contra su pecho como si fueran un escudo.
—Camina derecha —le indicó Caroline, comenzando a avanzar por el pasillo—. No dejes que huelan tu pánico.
Al llegar a la puerta del aula, Tammara inhaló el aire viciado del instituto. Caroline entró primero con su paso pesado y seguro, pero en cuanto Tammara cruzó el umbral, el murmullo de la clase se extinguió como una llama bajo el agua. Fue un silencio súbito, pesado y cargado de juicio.
Las miradas la recorrieron de arriba abajo: su ropa impecable, su cabello perfecto, su aura de "chica de sociedad" que gritaba que no pertenecía allí. Sintió que sus pies flaqueaban y que el rubor subía por su cuello.
—Ignóralos —le susurró Caroline al oído, tan cerca que solo ella pudo oírla—. Si te ven los nervios, te han ganado. Pon cara de que este es tu castillo y ellos solo son el paisaje.
Caroline caminó hacia el fondo, golpeando con nudillos distraídos un par de mesas al pasar, marcando territorio. Se detuvo frente a dos pupitres desgastados y señaló el que estaba justo a su lado.
—Siéntate aquí —ordenó con una sonrisa ladeada, mientras se dejaba caer en su silla con una pierna cruzada sobre la otra.
Tammara se sentó, sintiendo todavía el peso de los ojos de sus nuevos compañeros, pero al ver la postura relajada de Caroline, soltó un poco de aire. No estaba sola en medio de la fosa, y por primera vez en todo el día, el libro que sostenía entre sus manos dejó de temblar.
El chirrido de la puerta al abrirse de golpe cortó el murmullo que empezaba a renacer en el aula. Un hombre de hombros caídos y cabello canoso despeinado entró arrastrando un maletín de cuero que parecía haber sobrevivido a varias guerras. Se detuvo frente al escritorio, soltó el maletín con un golpe seco que levantó una pequeña nube de polvo y se giró hacia la pizarra sin mirar a nadie.
Escribió su nombre con una caligrafía afilada y rápida: GORDON.
—Para los que aún no han reprobado conmigo: soy el profesor Gordon —dijo con una voz rasposa, girándose finalmente para barrer el salón con la mirada—. Y para los que ya me conocen, asuman que mi paciencia no ha crecido durante el verano. Sigue siendo nula.
Sus ojos se detuvieron un segundo extra en Tammara. No fue una mirada de bienvenida, sino de curiosidad clínica, como quien observa un espécimen extraño que ha caído en el frasco equivocado. Tammara sintió un nudo en la garganta y apretó su cuaderno contra el pecho.
—Saquen sus libros. Página cuarenta y dos. No quiero oír ni el vuelo de una mosca —sentenció Gordon, sentándose pesadamente mientras abría su registro.
Tammara obedeció de inmediato, pero mientras buscaba la página, sintió un roce en el codo. Era Caroline, que le pasaba un papelito doblado por debajo de la mesa mientras mantenía la vista fija en el frente, fingiendo una seriedad absoluta.
Tammara lo abrió con cuidado. La letra de Caroline era grande y desprolija:
"No le tengas miedo al viejo. Ladra mucho, pero si entregas todo a tiempo, te deja en paz. Bienvenida al infierno, Barbie."
Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomó en los labios de Tammara. Por primera vez en años, el rugido del motor rosa en el estacionamiento ya no era el sonido más fuerte en su cabeza; ahora era el rascado de los lápices sobre el papel y la extraña seguridad de tener a Caroline cubriéndole la espalda.
El aula estaba en un silencio sepulcral, solo roto por el rítmico rasgueo de los lápices. Tammara estaba completamente absorta, volcando toda su ansiedad en la caligrafía perfecta de su cuaderno. Estaba tan concentrada que el mundo exterior había dejado de existir... hasta que ocurrió.
¡PRRRRRRFFFFFFFFT!
Fue una flatulencia larga, vibrante y exageradamente sonora que pareció rebotar en las cuatro paredes del salón. Tammara no reaccionó con el asco refinado que habría mostrado en su antigua escuela; en cambio, dio un salto en su silla, abriendo los ojos de par en par con una mezcla de asombro y susto genuino, como si hubiera estallado una granada de mano junto a su oreja. Se quedó congelada, con el bolígrafo suspendido en el aire.
Las risitas ahogadas estallaron de inmediato. En la fila de los populares, una chica de piel canela oscura y rizos definidos llamada Lulu, se giró con una sonrisa cargada de veneno.
—Vaya, vaya... —soltó Lulu, elevando la voz para asegurarse de que todos la oyeran—. Bonita forma de empezar el primer día, "nueva". ¿Es así como saludan en las escuelas privadas? ¿Con gases de diseñador?
Tammara sintió que la sangre se le subía a la cara. Abrió la boca para defenderse, pero la humillación la dejó muda. Caroline, a su lado, apretó los puños, lista para saltar, pero el profesor Gordon fue más rápido.
Gordon ni siquiera levantó la vista de su libro, pero su voz cortó el aire como un látigo.
—Señorita Lulu, empaque sus cosas. Fuera de mi clase. Ahora.
Lulu se quedó de piedra, con la boca abierta.
—¿Qué? ¡Pero si ha sido ella! Yo solo...
—Usted ha interrumpido mi lección para calumniar a una compañera y fomentar el desorden —sentenció Gordon, señalando la puerta con un dedo huesudo—. Fuera. Y llévese su mala actitud al pasillo.
Lulu, bufando y fulminando a Tammara con la mirada, recogió su bolso con brusquedad y salió dando un pisotón. El silencio regresó, pero Gordon no había terminado. Lentamente, levantó la vista y fijó sus ojos en Sander, el chico más popular del salón, que intentaba ocultar una sonrisa de suficiencia tras su mano.
—Y usted, Sander... —Gordon lo señaló con la tiza—. La próxima vez que tenga un problema de presión interna, le sugiero que se quede encerrado en el baño hasta que aprenda a comportarse como un ser humano y no como una cañería rota. Si escucho un solo ruido más que no sea su respiración, lo acompañará a detención.
Sander bajó la cabeza, aunque sus amigos seguían codeándose. Tammara soltó un suspiro tembloroso, bajando finalmente la mano. Caroline le dio un codazo suave y le guiñó un ojo.
—Bienvenida al barrio, Barbie —le susurró—. Aquí las guerras empiezan por un pedo.
El timbre anunció el fin de la clase con un estridencia metálica. Tammara se quedó unos minutos más en su casillero, tratando de organizar sus libros y calmar el latido errático de su corazón. El silencio del pasillo, que empezaba a vaciarse, le dio una falsa sensación de seguridad.
Justo cuando cerraba la puerta metálica, una sombra se proyectó sobre ella. No era una, sino cuatro.
Lulu estaba en el centro, con los brazos cruzados y una expresión que destilaba veneno puro. A sus flancos, como guardaespaldas de una corte decadente, estaban Claudette, Sanya y Payton. Eran el retrato de la intimidación coordinada.
—Vaya, la princesita tiene un casillero —soltó Lulu, dando un paso hacia el espacio personal de Tammara—. Por tu culpa el viejo Gordon me echó de clase. ¿Te crees muy lista, no? Llegando aquí con tu auto rosa y tus modales de cristal.
Tammara retrocedió hasta que su espalda chocó contra el metal frío de los casilleros. Sanya y Payton se acercaron más, cerrando el círculo, mientras Claudette se mantenía un paso atrás, con la mirada esquiva.
—Yo no dije nada, Lulu. El profesor se dio cuenta solo... —intentó explicar Tammara, pero su voz sonó más quebradiza de lo que deseaba.
—¡Me importa un bledo lo que digas! —escupió Lulu, acortando la distancia—. En esta escuela, las como tú no duran ni una semana si no aprenden quién manda. Y yo...
—Y tú estás ladrando demasiado alto, Lulu. ¿No te cansa el oído?
La voz de Caroline cortó el aire como un hacha. Apareció de la nada, apoyada contra un casillero cercano con una manzana en la mano y una expresión de aburrimiento absoluto. El cuarteto de víboras se tensó al instante. Caroline no era alguien a quien pudieran intimidar con números; ella conocía el terreno mejor que nadie.
—Vámonos, chicas. No vale la pena perder el tiempo con basura —masculló Lulu, dándose la vuelta con un movimiento dramático de su cabello.
Sanya y Payton la siguieron de inmediato, como si estuvieran unidas por un hilo invisible. Claudette, que se había quedado un segundo más mirando a Tammara con una mezcla de curiosidad y miedo, se apresuró a seguirlas.
—¡Muévete, Claudette! —le gritó Payton sin siquiera mirarla—. Siempre eres la última, pareces tonta.
—¡Es que mi bolso se enganchó! —se excusó Claudette, trotando para alcanzarlas.
—Cierra la boca y camina, estúpida —le espetó Lulu desde el frente—. Si no puedes seguir el ritmo, mejor quédate en el baño con Sander.
Tammara observó la escena con un nudo en la garganta. Vio cómo Claudette bajaba la cabeza ante los insultos, esforzándose por sonreír a pesar del maltrato verbal, buscando desesperadamente la aprobación de quienes la estaban humillando.
Caroline se acercó a Tammara y le dio un toque en el hombro.
—No las mires mucho, se alimentan de la atención —dijo Caroline con una mueca de disgusto—. Esa pobre de Claudette no sabe que está en una jaula de oro... bueno, de plástico barato en este caso. ¿Estás bien, Barbie?
Tammara asintió lentamente, pero no pudo evitar sentir una extraña punzada de lástima por la chica que acababan de arrastrar entre insultos.
Tammara todavía procesaba los insultos que Lulu le lanzaba a Claudette cuando esta última, antes de desaparecer por el pasillo, se giró un segundo. Sus ojos se encontraron con los de Tammara. Por un instante, hubo una chispa de culpa, pero Claudette la sofocó de inmediato.
—¡Y deja de mirarnos así, rarita! —gritó Claudette, forzando una voz chillona y cruel que no le salía natural—. Tu auto rosa da asco, ¿me oyes? ¡Asco!
Se dio la vuelta rápidamente para alcanzar al grupo, riendo de forma nerviosa mientras buscaba la aprobación de Sanya. Tammara suspiró, cerrando su casillero con un clic metálico.
—No te lo tomes personal —dijo Caroline, dándole un mordisco a su manzana—. Claudette vendería a su propia madre por un asiento en la mesa de Lulu. Es el precio que paga por no ser la que recibe los golpes.
Caminaron juntas hacia la siguiente clase, cruzándose en el camino con Sander. Él estaba rodeado de un par de chicos que reían de sus bromas pesadas. Al ver a Tammara, Sander enderezó la espalda y abrió la boca, probablemente con algún comentario sobre "el evento" de la clase del profesor Gordon, pero sus ojos se desviaron hacia Caroline.
Caroline ni siquiera se detuvo. Solo le sostuvo la mirada con una frialdad letal, una advertencia silenciosa que decía: “Ni se te ocurra”.
Sander tragó saliva y desvió la vista hacia sus zapatos, fingiendo que estaba muy interesado en un cordón desatado. Era el bully oficial, el que todos temían en los pasillos, pero frente a Caroline, su bravuconería se desinflaba como un globo pinchado. Había una historia ahí, un respeto ganado a pulso que Tammara aún no comprendía, pero del que estaba inmensamente agradecida.
—Vaya —susurró Tammara cuando estuvieron fuera de su alcance—. Realmente te tienen miedo.
—No es miedo, Barbie —respondió Caroline con una sonrisa críptica—. Es memoria. Algunos aquí olvidan rápido, pero Sander sabe que no juego limpio cuando tocan a los míos.
Tammara sintió un calor extraño en el pecho. "Los míos". En menos de un par de horas, la chica de las botas militares la había incluido en su pequeño círculo de protección.
Entraron a la siguiente aula. El ambiente era distinto; menos cargado que la clase de Gordon, pero con esa electricidad que siempre precede al almuerzo. Tammara se sentó, colocando su cuaderno sobre la mesa. Al abrirlo, una pequeña nota cayó de entre las páginas. No era de Caroline.
Era un papel arrugado con una caligrafía temblorosa que solo decía: "Cuidado con Lulu en la cafetería. No perdona lo de hoy."
Tammara miró alrededor. A unas cuantas filas de distancia, Claudette estaba sentada, fingiendo escribir con mucha intensidad, pero sus hombros estaban tensos y no levantaba la vista.
Tammara leyó la nota con el ceño fruncido. La advertencia sobre la cafetería le aceleró el pulso por un segundo, pero luego recordó la seguridad con la que Caroline se movía por los pasillos. Arrugó el papel y lo guardó en el fondo de su bolso, restándole importancia. En Sanford había lidiado con dramas de pasillo; esto no podía ser mucho peor.
—Olvida eso y ven conmigo —dijo Caroline (a quien Tammara ya empezaba a identificar como su guía oficial)—. Es hora de que conozcas a la gente que realmente vale la pena en este vertedero.
La cafetería era un caos de bandejas metálicas y gritos, pero Caroline caminó con paso firme hacia una mesa situada en una esquina, cerca de los grandes ventanales. Allí, un grupo dispar de chicos las esperaba.
—Chicos, esta es la chica del auto rosa —anunció Caroline a modo de presentación—. Intenten no asustarla.
Tammara se sintió observada, pero a diferencia de la mirada de Lulu, estas no tenían veneno.
—Hola, soy Colton —dijo un chico rubio, ajustándose las gafas con un gesto nervioso—. Ignora lo del auto, a mí me gusta. Es un tono muy... específico.
Colton tenía una sonrisa tímida pero genuina. Se notaba que era el tipo de chico que prefería los libros de cálculo a los partidos de fútbol.
—No le hagas caso, Colton solo está feliz porque alguien más atrae las miradas ahora —gruñó un chico sentado a su lado—. Soy Nolan.
Nolan vestía una chaqueta de cuero desgastada y tenía una expresión de pocos amigos, pero le extendió una mano con respeto. Su aspecto rudo recordaba un poco al de Caroline, como si el mundo le hubiera dado un par de golpes y él hubiera decidido devolverlos.
—¿Te gusta Pokémon? —preguntó de pronto un tercer chico, Frederick, quien ni siquiera levantó la vista de su consola portátil—. Porque si vas a sentarte aquí, tienes que saber que en esta mesa respetamos el set competitivo. Por cierto, soy Frederick.
Tammara parpadeó, un poco aturdida por la mezcla.
—Yo... no sé mucho de Pokémon —admitió con una pequeña risa—, pero gracias por dejarme sentar con ustedes. Soy Tammara.
—Bienvenida a la isla de los desajustados, Tammara —dijo Nolan, señalando un espacio libre en el banco de madera—. Aquí nadie te va a tirar un batido encima... al menos no a propósito.
Tammara se sentó, sintiendo por primera vez desde que salió de su casa que sus hombros se relajaban. Colton empezó a hablar sobre un proyecto de ciencias, Nolan hacía comentarios sarcásticos y Frederick celebraba un movimiento crítico en su juego. Era un ambiente extraño, ruidoso y totalmente ajeno a la elegancia fría de su antigua escuela, pero se sentía extrañamente real.
Sin embargo, mientras intentaba abrir su almuerzo, Tammara sintió un escalofrío. Al otro lado de la cafetería, en la "mesa real", Lulu la observaba fijamente mientras susurraba algo al oído de Payton. Claudette estaba allí también, riendo de algo que no parecía tener gracia, con la mirada perdida en su bandeja.
Tammara estaba intentando procesar la cantidad de información que Colton soltaba sobre la tabla periódica cuando Frederick, con un suspiro dramático, cerró un poco su consola y se la extendió.
—Mira, Barbie, esto es más importante que la química —dijo Frederick, señalando la pantalla—. Ese de ahí es un Gengar. Es de tipo fantasma. Si vas a sobrevivir aquí, necesitas una estrategia.
Tammara tomó la consola con curiosidad. Al principio le pareció un montón de luces y ruidos, pero a medida que Frederick le explicaba cómo funcionaban las debilidades y los tipos, algo en su mente de estratega (la misma que usaba para escalar en Sanford) hizo clic.
—¿Entonces ese pequeño de fuego le gana al de planta? —preguntó Tammara, sus ojos brillando con un interés genuino mientras sus dedos se movían torpemente por los botones—. ¡Oh, le acabo de ganar! ¡Frederick, lo vencí!
—¡Sí! ¡Un golpe crítico! —exclamó Frederick, chocando los cinco con ella.
La risa de Tammara resonó en la mesa, y Nolan, que hasta entonces había estado sumido en su propio silencio rudo, soltó una carcajada corta y se inclinó hacia ella.
—No está mal para ser tu primer combate —dijo Nolan, con una media sonrisa que suavizaba sus facciones—. Si logras que este obsesivo de Pokémon te deje su consola más de cinco minutos, es que realmente le caíste bien. ¿De dónde dijiste que venías, Tammara?
Nolan la miraba con una curiosidad directa, sin los filtros de superioridad que ella estaba acostumbrada a ver en los hombres. Era una mirada honesta.
Al otro lado de la cafetería, el ambiente en la mesa de los populares era tóxico. Lulu sentía que la sangre le hervía. No le importaba el juego de Frederick ni las tonterías de Colton, pero ver a Nolan —el chico que siempre la ignoraba, el que ella deseaba en secreto por esa aura de rebeldía que nadie más tenía— inclinado hacia Tammara, escuchándola y sonriéndole, era más de lo que podía soportar.
Lulu apretó el tenedor con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Mírala —siseó Lulu, sin apartar la vista de Nolan—. Ni siquiera lleva una hora aquí y ya está intentando meterse con la gente de Caroline. Es una trepadora.
—Solo están hablando, Lulu... —susurró Claudette, intentando calmar las aguas.
—¡Cállate, Claudette! —le espetó Lulu, lanzándole una mirada de fuego—. ¿No ves cómo le sonríe a Nolan? Se cree que porque tiene ese estúpido auto rosa puede venir a quitarle la atención a los que realmente mandamos.
Payton y Sanya asintieron rápidamente, alimentando el ego de su líder, pero Claudette guardó silencio, mirando de reojo hacia la mesa de "los desajustados". Veía a Tammara riendo con Frederick por un videojuego y, por un segundo, sintió una punzada de envidia pura. Allí no había jerarquías, no había insultos cruzados para mantenerse en la cima. Solo había amigos.
—Esa nueva de plástico va a aprender que Nolan no es para ella —juró Lulu en voz baja, levantándose de la mesa con la bandeja llena—. Y lo va a aprender hoy mismo.
Al terminar el almuerzo, Tammara se separó un momento del grupo de Caroline para ir al baño. El buen humor que le había dejado la partida de Pokémon con Frederick se desvaneció en cuanto entró al pasillo solitario. La realidad de su cuaderno mojado, el olor a metal quemado que juraba seguir sintiendo y la presión de su nueva vida le cayeron encima de golpe. Estaba cansada, frustrada y con los nervios a flor de piel.
Justo antes de llegar a la puerta del baño, una figura le bloqueó el paso. Lulu estaba allí, sola, con los brazos cruzados y una expresión de superioridad ensayada.
—¿Te crees muy especial, no? —soltó Lulu, bloqueando el pasillo—. Primero te haces la víctima con Gordon y ahora vas de mosquita muerta con Nolan. Te lo voy a decir una sola vez, "Barbie" de pelo oscuro: aléjate de él. No eres su tipo y aquí no tienes a tus sirvientes de la escuela privada para protegerte.
Tammara se detuvo. Inhaló profundamente, pero no fue una respiración para calmarse, sino el tipo de aire que se toma antes de lanzar un ataque. Sus ojos negros brillaron con una frialdad que hizo que Lulu parpadeara, sorprendida.
—¿Nolan? —Tammara soltó una risa seca y carente de alegría—. ¿De verdad crees que mi mayor preocupación ahora es un chico con chaqueta de cuero y problemas de actitud?
Dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal de Lulu, quien retrocedió instintivamente.
—Escúchame bien, Lulu. No sé qué clase de reina de basurero crees que eres aquí, pero tu inseguridad es tan ruidosa que me da dolor de cabeza —continuó Tammara, con una voz baja y afilada—. Si Nolan te ignora, no es por mi culpa. Es porque eres tan predecible y básica que probablemente se aburre solo de verte respirar. Así que hazme un favor: busca un hobby, cómprate una personalidad que no sea una copia barata de una película de adolescentes, y quítate de mi camino antes de que pierda la poca paciencia que me queda.
Lulu se quedó con la boca abierta, el rostro pasando del café al rojo en segundos. Nadie le había hablado así nunca; nadie se había atrevido a diseccionar su carácter con tanta crueldad y elegancia al mismo tiempo.
—Tú... maldita... —balbuceó Lulu, temblando de rabia.
—"Maldita" es un adjetivo muy pobre, Lulu. Esfuérzate más la próxima vez —remató Tammara, pasándole por el lado con el hombro firme, dejándola sola en el pasillo.
Lulu se quedó mirando la espalda de Tammara, con los puños tan apretados que las uñas se le clavaban en las palmas. El odio que sentía antes era un juego comparado con esto. Esto ya no era solo por Nolan o por la clase de Gordon; era una guerra personal.
Desde la esquina del pasillo, Claudette había observado toda la escena escondida. Tenía el corazón acelerado. Había visto a la "nueva" destruir a Lulu sin despeinarse, y por primera vez, sintió que el reinado de terror de su "amiga" no era tan indestructible como pensaba.
Tammara entró al baño y se apoyó contra el lavabo, mirando su reflejo. Sus manos temblaban ligeramente por la adrenalina. Sabía que acababa de declararse la guerra a sí misma, pero en ese momento, con el sabor amargo de su cuaderno perdido todavía en la boca, se sintió mejor que nunca.
Tammara caminaba por el pasillo central, todavía con la adrenalina quemándole las venas tras su encuentro con Lulu. A lo lejos, vio al cuarteto de "víboras" avanzando hacia la salida principal. Lulu iba a la cabeza, marchando con una furia rígida, seguida de cerca por Sanya y Payton, quienes no dejaban de parlotear para alimentar el ego herido de su líder.
Unos metros atrás, casi trotando para no perderles el rastro, iba Claudette.
—¡Lulu, espera! —gritó Claudette, cargando con su bolso y lo que parecía ser la chaqueta de Sanya—. ¡Solo decía que tal vez no deberíamos...!
—¡Cierra la boca, Claudette! —le espetó Payton, girándose apenas un segundo—. Nadie te pidió tu opinión. Camina más rápido, pareces un lastre.
Tammara se detuvo cerca de los casilleros y observó la escena en silencio. Vio cómo Lulu ni siquiera se molestó en mirar atrás cuando Claudette tropezó ligeramente con el umbral de la puerta. Sanya soltó una carcajada burlona y Payton simplemente la empujó por el hombro para que se quitara de en medio.
Era una dinámica cruel, casi mecánica. Claudette agachó la cabeza, aceptando los insultos con una sumisión que a Tammara le revolvió el estómago. No era una amistad; era una servidumbre voluntaria nacida del miedo a la soledad.
Tammara salió finalmente al estacionamiento. El sol de la tarde rebotaba en la pintura impecable de su auto rosa, que ahora parecía más un faro de resistencia que una marca de vergüenza. Se subió, cerró la puerta y el silencio del habitáculo la envolvió como un abrazo frío.
Mientras sacaba el auto del estacionamiento, vio por el retrovisor a Claudette caminando sola hacia la parada del autobús, después de que las otras tres se subieran a un deportivo brillante sin esperarla.
Tammara apretó el volante. Su primer día en la escuela pública no había sido el desastre que sus padres esperaban ocultar con dinero, ni la humillación que Lulu pretendía imponerle. Había sido algo distinto. Había sido el rugido de un motor que empezaba a avanzar por un camino que ella misma, y no su pasado, estaba empezando a trazar.