I
“Legionarios que
empañaron con sus gestas
los grandes nombres de Troya
Legionarios que
forjaron con su sangre y acero
la gloria de Roma desde
Zama hasta Macedonia”
Anónimo
El joven Claudio Marcio Silano agradeció a los dioses cuando el estrecho bajel que había sido su hogar durante los últimos diez días tocaba tierra en el puerto de Éfeso, en la provincia de Asia. Sin embargo, la tripulación de la pequeña embarcación estaba más que agradecida por haberse librado al fin del pedante muchacho romano que los había tratado como a unos simples esclavos durante la accidentada travesía desde Brundisium hasta Asia.
El sol del mediodía golpeó el rostro anguloso y apuesto del joven patricio, arrancando destellos furiosos de sus ojos verde amarillos, mientras ladraba ordenes desde el puente del navío para que los criados que le acompañaban bajaran su equipaje. Para los pobladores y mercaderes que deambulaban por el puerto en aquellos momentos, fue una verdadera sorpresa el espectáculo ofrecido por aquel romano y su exótica comitiva. Ni siquiera el gobernador de la provincia había traído un séquito tan numeroso tras de sí, cuando había desembarcado allí mismo unos cuantos meses antes.
El atractivo muchacho se pavoneaba por el puente de la nave luciendo la faldilla y el peto de cuero de los legionarios romanos, mientras un afilado gladius pendía de un tahalí apretado al costado derecho. Cargaba el casco ático propio de los tribunos bajo el brazo izquierdo,al tiempo que su cabello ensortijado, amarillo como el fuego, contrastaba con la capa escarlata que flotaba a sus espaldas impulsada por el viento bajo el inmenso cielo azulado.
— ¿Quién demonios creéis qué sois? —preguntó con desprecio el etnarca de Éfeso, cuando el impetuoso jovenzuelo entró en el despacho obviando todo protocolo y plantándose enfrente de él ante la atónita mirada de sus colaboradores. El chico se mesó la rubia cabellera ensortijada y colocó su yelmo sobre el escritorio de cedro barnizado y marfil del magistrado del puerto, antes de dejarse caer sobre una silla y recorrer el elegante recinto con la mirada asqueada como si se tratara de una pocilga.
—Me llamo Claudio Marcio Silano y soy el sobrino del senador, Quinto Aurelio Cota —afirmó, lanzando un pergamino sellado sobre la mesa con una mueca despectiva.
El anciano midió sus palabras al ver la expresión de arrogancia que brillaba detrás de aquella enérgica mirada verdosa. Sin duda se trataba de alguien importante, de lo contrario no se hubiera atrevido a irrumpir de esa manera en su despacho; esto fue lo que pensó el griego antes de romper el sello carmesí del pergamino.
El semblante del etnarca pasaba de la curiosidad a la incredulidad mientras recorría la misiva con los ojos abiertos de par y par y el ceño fruncido. Al terminar levantó la cabeza y examinó al arrogante muchacho con curiosidad, mientras éste lo observaba con un aire de suficiencia que consiguió molestarle. Tragó saliva y se mesó la barba con antes de hablar.
—Sois bienvenido a Éfeso, Claudio Marcio Silano —señaló con una falsa sonrisa.
—Sin embargo, debéis entender que es un poco irregular que un tribuno de los soldados de paso por el puerto, venga a mi despacho portando una carta como la que acabo de recibir.
El romano enlazó sus dedos ensortijados y frunció el ceño antes de hablar.
—Creo que por esa misiva os habéis dado cuentade que no soy un vulgar tribuno de los soldados como pretendéis afirmar —apostilló, despidiendo fuego de sus orbes esmeraldinos.
— ¡No, no era eso lo que pretendía decir! —replicó el anciano horrorizado, lo último que quería era hacerse de enemigos poderosos en el Senado de Roma.
—Soy un noble romano y como tal espero ser tratado y respetado por los habitantes de las provincias —apostilló en tono altanero, levantando la mano con desdén.
—Por supuesto que así será Claudio Marcio —replicó el etnarca bajando el tono de su voz y sonriendo con desasosiego.
El imponente jovenzuelo se puso de pie y antes de salir por la puerta se dio la vuelta y fulminó al anciano con la mirada.
—A propósito, necesitare un lugar para pasar la noche antes de emprender el viaje hacia el campamento del Procónsul —agregó con una extraña sonrisa que desconcertó al funcionario griego —.Creo que aquella villa que corona la colina será ideal para albergar a toda mí comitiva con relativa comodidad.
El rostro del magistrado se convulsionó y luego palideció al descubrir que el romano había elegido su propio hogar para pasar la noche; no obstante, no había nada que él pudiera hacer en contra del poder soberano de Roma, del cual se estaba aprovechando aquel mocoso insolentesin ningún reparo.
— Estará preparada para vos antes del anochecer, Claudio Marcio—apuntó lamentándose en su interior por la mala fortuna de ser súbdito de Roma.
