LOS CUATRO JINETES
UBICACIÓN: Club Ivory (The Tsar’s Vault) - Área VIP, Chicago.
FECHA: 05 de diciembre.
HORA: 02:30 AM.
NARRADOR: Nicolái "Kolya" Volkov.
Existe un silencio en este mundo que solo el dinero viejo, el poder y la sangre derramada pueden comprar. Es un silencio denso, pesado y absoluto, que se asienta sobre los hombros como una capa de plomo fundido. Aquí abajo, en las profundidades subterráneas del Club Ivory, el ruidoso y patético mundo exterior deja de existir. Todo queda borrado por metros de concreto reforzado y paredes acústicas diseñadas específicamente para tragarse cualquier sonido: desde el eco metálico de un disparo a quemarropa, hasta los susurros traicioneros que podrían derrocar gobiernos enteros o condenar almas al infierno.
The Tsar’s Vault no es simplemente una sala VIP para idiotas con dinero; es mi santuario personal, el útero de piedra donde los monstruos como nosotros podemos respirar sin usar nuestras máscaras de sociedad. De día, soy el inalcanzable CEO de Volkov Industries, el rostro del dinero antiguo y legítimo, el hombre de negocios de traje impecable que mueve los hilos de la economía. Pero de noche, en lugares como este, soy el Pakhan (Jefe supremo). Soy el rey de esta maldita ciudad y el futuro heredero del trono de San Petersburgo.
Esta noche he ordenado cerrar las pesadas puertas de acero y sellar la entrada con doble cerrojo. Sin escoltas dentro de la sala. Sin música electrónica ensordecedora. Y, por primera vez en semanas... sin mujeres. Ni modelos rusas dispuestas a vender su alma por un diamante limpio, ni actrices desesperadas buscando protección, ni las putas de lujo dispuestas a cualquier depravación por un fajo de billetes.
El aire aquí huele a algo muchísimo más puro y honesto: humo denso de tabaco cubano que se enreda en el techo negro como nubes de una tormenta inminente, el roble quemado y la vainilla dulce de un Macallan 1964 servido en un vaso de cristal pesado, y ese aroma metálico, casi eléctrico, de la pólvora que siempre parece adherirse a las fibras de nuestros trajes a medida, por más miles de dólares que cuesten.
Debajo de mi camisa de seda negra y el chaleco de mi traje, mi piel arde ligeramente con su propia historia. Soy un hombre enorme, de un metro noventa de puro músculo forjado en el infierno, con el cabello rubio rapado casi al ras, sin un solo rastro de barba que suavice mi mandíbula cuadrada. Mis ojos son de un azul tan claro y frío que quienes me miran suelen apartar la vista sintiendo que se congelan. Y mi piel... mi piel es un puto lienzo del inframundo. Mi pecho, mi abdomen, mis nudillos y mi cuello están completamente cubiertos de tinta negra. Santos ortodoxos, catedrales de cúpulas bulbosas, calaveras y letras cirílicas. Justo sobre mi estómago, el nombre de mi linaje, VOLKOV, y cruzando mi pecho, la ley absoluta de nuestra manada: БРАТ ЗА БРАТА (Hermano por hermano).
Levanto mi vaso, haciendo girar el líquido ámbar que brilla como aceite de lujo.
—Por los veintisiete años del bastardo más sanguinario que ha pisado Washington —brindo, alzando la copa. Mi voz es grave, rasposa y monótona, cortando la atmósfera pesada como una hoja de acero frío—. Por ti, Misha. Que la muerte te siga buscando, pero que nunca tenga los cojones de alcanzarte.
A mi derecha, Misha Volkov suelta una carcajada que le retumba en el pecho, profunda, gutural e incómoda, recostándose como un depredador satisfecho en el sofá Chesterfield de cuero oscuro. Choca su vaso contra el mío con una violencia desmedida, como si quisiera romper el cristal, como si quisiera dejar una puta marca en todo lo que toca.
Él es mi sangre. El nieto de Yuri, mientras yo soy el nieto de Sasha. Nuestros abuelos fueron hermanos, nosotros somos hermanos. Él es el gemelo del caos, mi espejo distorsionado. Tiene mi misma maldita estatura, pero es más pálido, menos fornido, con el cabello negro y ligeramente largo cayéndole sobre esos ojos azules idénticos a los míos. A diferencia de mí, su lienzo de tatuajes está perfectamente oculto bajo su impecable traje; un monstruo camuflado. Su lengua es afilada como un bisturí, siempre escupiendo verdades incómodas con esa sonrisa cínica que crispa los nervios de cualquiera. Fuimos pulidos y forjados en la misma fragua de sangre por nuestro tío Nikita, el hermano de mi padre Levka, el actual Pakhan que gobierna desde San Petersburgo junto a mi madre, Abril.
—¡Por seguir vivos para gastarnos hasta el último puto centavo del Pentágono! —responde mi primo, con esa sonrisa afilada que nunca abandona sus labios, una sonrisa psicótica que promete muerte y diversión en igual medida.
Frente a nosotros, Gianni Ferraro y Zeki Çelenk levantan sus copas en un asentimiento silencioso, solemne y oscuro. Zeki es un capo turco, familia política por el lado de Misha, y Gianni... Gianni es el diablo vestido de Armani.
Los Cuatro Jinetes.
Ese es el maldito nombre con el que nos temen en las sombras, el nombre que hace temblar los cimientos del crimen organizado mundial. Hace apenas unas semanas estábamos en la capital de este país podrido, respirando el mismo aire enrarecido que senadores corruptos y generales comprados. Fue la noche del 21 de noviembre. Vestíamos esmóquines hechos a medida y caminábamos entre la supuesta "élite" americana, quienes se apartaban a nuestro paso bajando la mirada, oliendo el peligro. Y en cierto modo, tenían razón en temernos. Llevábamos la muerte en las manos y el contrato de tráfico de armas más grande de la década en los bolsillos. El General King nos abrió las puertas de su fortaleza, y nosotros entramos no como invitados, sino como los lobos hambrientos que entran al redil para reclamar lo que es suyo.
Esa noche, el tablero de ajedrez mundial cambió para siempre. Y nosotros somos los únicos que dictamos cómo se mueven las piezas.
—Aún no me creo que los estirados de D.C. nos hayan entregado las llaves del reino tan fácilmente —comenta Zeki, aflojándose el nudo de su corbata de seda con dedos tranquilos. El turco parece el único medianamente cuerdo aquí, anclado a una paz familiar que el resto de nosotros envidia en secreto pero que jamás comprenderíamos. Zeki tiene un hogar, una mujer... algo que para Misha y para mí suena a puta ciencia ficción, a un maldito cuento de hadas para débiles y civiles.
Gianni da un sorbo lento a su vino tinto, cruzando una pierna con la elegancia letal de un aristócrata venenoso. Parece un príncipe de la mafia, no el Don más despiadado de Sicilia, capaz de degollar a un hombre mirándolo a los ojos sin que se le arrugue el traje.
—No nos entregaron absolutamente nada, Zeki —corrige el italiano, y sus ojos oscuros brillan con una frialdad calculadora—. Nosotros lo tomamos a la fuerza. Y el trato con King es solo un puto puente de plata. La conquista real apenas empieza.
Suelto una risa seca, áspera, que me sabe a hiel en la garganta, y doy una profunda calada a mi puro. El humo me llena los pulmones, calmando temporalmente a la bestia homicida que siempre araña mis costillas por dentro.
—Blake King Kinusai —pronuncio el nombre despacio, saboreando las sílabas como si fueran veneno puro—. Sangre de la élite militar americana y sangre azul de la Yakuza japonesa. Eres un puto suicida, italiano. Esa mujer no es un trofeo para exhibir, es una maldita bomba de relojería.
—Soy un estratega, Kolya —sonríe Gianni, afilado como una navaja de afeitar—. Esa mujer es la llave de Asia. No me interesa su puto corazón, me interesa su imperio. Si para fusionar a L’Ombra Nera con la Yakuza tengo que fingir que estoy perdiendo la maldita cabeza por ella, jugaré este juego de seducción hasta el final. Follársela es solo otro calibre de arma. Y te aseguro que ella caerá. Porque nadie se resiste a lo que desea de verdad.
Misha niega con la cabeza, riéndose abiertamente, divertido por la infinita arrogancia italiana.
—Te va a degollar mientras duermes, Gianni. Esas japonesas no juegan con las mismas reglas sucias que nosotros. Ellas tienen honor... o lo que sea que llamen honor los putos locos con katanas.
—Que lo intente —replica el italiano, encogiéndose de hombros, inmutable—. Al menos moriré en una cama de seda y no en un callejón lleno de ratas y orines. —Nos mira de nuevo, fijando la vista en mí con curiosidad, y luego en mi primo—. ¿Y tú, Kolya? Veintiocho años, el mundo a tus putos pies, el imperio de "dinero viejo" de Volkov Industries respaldándote, la Torre Volkov es tu fortaleza... y sigues poniendo esa cara de sociópata asesino. Pensé que con esa rusa que tenías... ya sabes, Shannon, la que parecía una maldita muñeca de porcelana, te habías ablandado un poco.
El nombre, o más bien el asqueroso recuerdo de su existencia, hace que la temperatura en la sala VIP caiga bajo cero de golpe. Mis nudillos tatuados se ponen blancos alrededor del cristal, apretando tan fuerte que creo que el vidrio grueso va a estallar y cortarme la piel. El whisky caro en mi boca de repente sabe a ceniza amarga, a bilis y a odio puro.
—Esa сука (perra) está fuera de mi territorio. Para siempre —sentencio. Mi voz no suena humana; suena como el crujido del hielo bajo una pesada bota de combate en pleno invierno siberiano, fría y destructiva.
Zeki arquea una ceja, intrigado por la furia oscura y repentina que emano de cada poro.
—¿Problemas en el paraíso, Kolya?
—No existe el puto paraíso, блядь (mierda) —gruño, inclinándome hacia adelante, apoyando los codos sobre las rodillas abiertas, dejando ver por un segundo a la bestia psicótica que llevo dentro—. Cometió el estúpido y letal error que cometen todas. Creyó que con abrir las piernas podía domesticar a un lobo salvaje. Creyó que porque le di un techo de cien millones de dólares y le puse diamantes en el puto cuello, era algo más que un simple pasatiempo desechable. Al principio era manejable, una distracción... silenciosa, obediente, sumamente buena para follar. Pero luego... luego empezó la asquerosa invasión.
Trago un trago largo de whisky, dejando que el alto grado de alcohol queme mi garganta para ahogar la rabia posesiva y territorial que se acumula en mi pecho.
—Quería cambiar el color de las putas paredes de mi ático, hermanos. ¡Mis paredes! —repito, incrédulo, con la mandíbula tensa—. Dejó sus cosas de mujer esparcidas por todos lados como si estuviera marcando territorio, como si mi casa fuera suya. Quería saber dónde estaba yo cada maldita hora del puto día. Quería putas charlas sobre el futuro. Quería... cariño. Pero lo peor... lo imperdonable fue querer convertir un arma de asalto en un maldito perro faldero. Quería besos en la frente, caricias después de follar, quería que le abriera mi mente para ver qué traumas guardaba. ¡Se volvió sofocante! ¡Me asfixiaba con su maldita necesidad de poseerme!
Gianni hace una mueca de disgusto, entendiendo perfectamente esa sensación de invasión. Ninguno de nosotros aquí fue creado para el amor o los finales felices. Fuimos pulidos por hombres despiadados como Nikita para la guerra total. Fuimos creados para tomar, para destruir y conquistar, jamás para compartir. Somos una manada: muerden a uno de nosotros, y toda la jauría entera se te lanza encima para arrancarte la yugular.
—Yo soy el Pakhan —espetó, golpeándome el pecho con el puño cerrado con fuerza, justo sobre los tatuajes de las cúpulas ortodoxas—. Yo no le rindo cuentas a nadie. No doy putos abrazos después de vaciar mis cargadores en la cabeza de mis enemigos, y definitivamente no soy un decorador de interiores para complacer caprichos. Le di lujos, le di mi cama para que gimiera mi nombre, le di la protección de mi apellido... pero ella quería una marioneta con sentimientos. Y Nicolái Volkov no usa correa. Absolutamente nadie me pone límites. Nadie.
—¿Así que la echaste a la calle? —pregunta Misha con una sonrisa torcida, sabiendo exactamente cómo termina mi falta de paciencia.
—La saqué a putas patadas de mi vida —respondo con frialdad matemática, encendiendo un nuevo puro con dedos que son precisos, dedos que no tiemblan, dedos que solo saben matar y contar dinero—. Le congelé todas las malditas cuentas, le quité hasta el último vestido que le compré y le dejé muy claro que si vuelve a poner un solo pie cerca de mi territorio, la enviaré de regreso a Moscú en una caja de pino cerrada con clavos. No necesito esa mierda emocional en mi sistema. Somos armas, señores. Y las armas no se abrazan. Se disparan.
Misha levanta su vaso de nuevo. Esta vez no hay risas incómodas ni bromas afiladas. Solo nuestra verdad cruda, sangre fría y acero.
—¡Кровь за кровь (Sangre por sangre)! ¡Por ser armas! Sin correas. Sin domesticar jamás —brinda mi gemelo del caos.
—Por el imperio de los Cuatro Jinetes —murmura Gianni, uniendo su copa al centro.
—Por nosotros —concluye Zeki.
El choque de cristal resuena como un disparo solitario en la bóveda insonorizada.
Afuera, la nieve empieza a caer con fuerza, enterrando la ciudad de Chicago bajo un espeso manto blanco y silencioso, limpiando la sangre de las calles, pero nunca borrando nuestros pecados. Gianni prepara su conquista silenciosa e implacable en Japón con L'Ombra Nera. Zeki regresa a su equilibrio aburrido y seguro en Estambul. Misha celebra otro año de esparcir el caos y la muerte. Y yo... yo acabo de amputarme la única debilidad humana que amenazaba con ablandar mi estructura gris. Me siento ligero. Me siento jodidamente poderoso.
No hay mujeres esta noche. No hay piedad. Solo cuatro monstruos trajeados sentados en la cima del puto mundo, decidiendo qué continente va a arder en llamas mañana por la mañana.
Llevo el vaso a mis labios de nuevo, dispuesto a saborear el lujo excesivo y mi soledad calculada. El whisky caro baja despacio, calentando el hielo que recubre mi pecho.
Y entonces, ocurre.
No es un sonido estridente ni una alarma escandalosa. Es una vibración sutil, un zumbido electrónico encriptado que nace de mi bolsillo interior de la chaqueta del traje. Un tono muy específico. Una frecuencia silenciosa que yo mismo programé en el sistema de seguridad de mi edificio.
No me sobresalto. No apuro mis movimientos. No muestro debilidad.
Soy Nicolái Volkov. Los monstruos de mi calibre no tiemblan.
Bajo el vaso de cristal muy lentamente, depositándolo sobre la mesa de caoba pulida con una calma exasperante, casi ritualista. El cristal toca la madera con un clic suave y definitivo que atrae la mirada de Misha. Extiendo mi enorme mano derecha, saco el teléfono móvil encriptado y lo sostengo frente a mí con la misma fría indiferencia con la que sostendría mi pistola semiautomática antes de ejecutar a un traidor.
La pantalla negra se ilumina, reflejando su luz en mis ojos azules.
ALERTA DE SEGURIDAD - NIVEL: OMEGA
UBICACIÓN: PENTHOUSE DE LA TORRE VOLKOV - SECTOR PRIVADO.
CÓDIGO DE ACCESO UTILIZADO: SHANNON.
Mis dedos se detienen sobre la pantalla. Mis ojos se entrecierran, afilándose hasta volverse dos rendijas de hielo puro y calculador.
Shannon.
Ese era el maldito código de seguridad personalizado que le di. La única puta persona viva en este continente, aparte de mis hermanos de sangre, que tenía permiso biométrico para entrar en mi sanctasanctórum. O... que lo tenía. Hasta hace exactamente una semana que la eché a la calle como a un perro.
¿Qué mierda hace ella ahí? ¿Cómo se atreve a volver a pisar mi suelo?
Deslizo el pulgar para abrir las cámaras de vigilancia en vivo del ático. La imagen aparece en alta definición tras ajustarse a la visión nocturna. Y ahí está. La reconozco al instante incluso de espaldas, incluso en la penumbra del inmenso salón. Su cabello rubio, su forma delicada de caminar, esa asquerosa arrogancia de sentirse la dueña intocable de algo que ya le fue revocado. Está ahí. Está parada en mi casa. Está tocando mi caja fuerte secundaria.
Una frialdad absoluta, más oscura y profunda que la muerte misma, empieza a llenar y a congelar cada rincón de mi ser. Mi cerebro estratégico de CEO y Pakhan se activa. No siento sorpresa. No siento la ira ciega de un amante despechado, porque yo no amo. Lo que siento es algo mil veces peor. Es la certeza de un estratega paranoico.
Ella no volvió porque me extrañe en su cama. Ella no volvió porque se arrepintió de asfixiarme y quiere perdón.
Ella volvió porque la eché, porque su frágil ego descubrió que no podía manipularme ni controlarme, y ahora... ahora está buscando algo con qué destruirme. Información corporativa. Pruebas de la Bratva. Rutas de lavado de dinero. O peor aún, le está vendiendo mis putos secretos a los cárteles rivales o a los federales.
La traición. Ese afilado cuchillo que te clavan directamente por la espalda justo cuando crees que tu perímetro está seguro.
—¿Kolya? —la voz de Misha llega desde mi derecha, sacándome de mis pensamientos. Sus ojos azules escudriñan mi rostro de piedra, cargados de una repentina tensión de alerta—. Что происходит? (¿Qué cojones pasa?)
No levanto la vista todavía. Sigo mirando fijamente la pantalla, viendo cómo ella se atreve a sentarse en mi sofá de cuero italiano, cómo osa respirar el aire de mi espacio sagrado.
Confianza. Eso es lo que la estúpida tenía. Y ahora mismo se ha evaporado por completo, reemplazada por una desconfianza psicótica y paranoica. Ella sabe demasiado. Conoce mis rutinas, conoce los puntos ciegos de la guardia, conoce dónde duermo. Y si ella logró vulnerar el perímetro de la Torre Volkov, significa que alguien más, alguien con recursos, la está usando como un puto peón. O peor... ella siempre fue una espía, la cabeza de la serpiente enviada para infiltrarse en mi cama.
Apago la pantalla del móvil de golpe, apretando el aparato en mi puño, devolviendo la oscuridad al dispositivo.
Finalmente, levanto la mirada y clavo mis ojos en mis hermanos. Y sé perfectamente que lo ven. Lo ven en la tensión de mi mandíbula y en el vacío de mi mirada. La poca humanidad corporativa que me quedaba se ha ido por el desagüe. Solo queda el verdugo de la mafia rusa.
—Nada que no pueda arreglar con mis propias manos —murmuro, poniéndome en pie con una lentitud amenazante. Me ajusto la chaqueta del traje a medida, sintiendo cómo la adrenalina fría y asesina empieza a bombear violentamente por mis venas—. Una sucia rata ha vuelto a colarse en la madriguera pensando que el lobo estaba ciego.
—¿Necesitas apoyo de limpieza? —pregunta Gianni, poniéndose tenso, listo para desatar el infierno si se lo pido. Misha ya tiene la mano discretamente sobre la funda de su arma bajo el saco.
—No —respondo, y una sonrisa lenta, sumamente peligrosa, posesiva y carnívora se dibuja torcida en mis labios; una sonrisa psicótica que definitivamente no llega a mis ojos de hielo—. Pensé que había cerrado la puerta para siempre, pero parece que olvidé echarle llave al candado. Voy a ir a recordarle a esa шлюха (puta) por qué la eché a patadas de mi imperio. Y esta vez... no va a haber advertencias ni segundas oportunidades. Solo silencio.
Me giro hacia la pesada puerta de caoba, dándoles la espalda, con cada paso firme resonando como una sentencia de muerte.
Vas a pagar con sangre esta intrusión, Shannon. Pensaste que porque te dejé calentar mi cama, conocías al hombre de negocios. Pero no sabes absolutamente nada del monstruo. Y esta noche, cometiste el último y más estupido error de tu vida: me despertaste.