Catedral en la oscuridad

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Summary

Daniel Drake recibe la noticia de la muerte de su tío, un reconocido arqueólogo, y hereda todas sus pertenencias. Entre ellas, una misteriosa caja que contiene notas, recortes y una inquietante carta. A través de estos documentos, Daniel descubre la última investigación de su tío: una extraña catedral oculta en el desierto de El Cairo, rodeada de leyendas sobre cultos, desapariciones y una entidad conocida como “la madre informe”. Mientras las notas revelan sucesos cada vez más perturbadores —rituales, presencias inexplicables y un oscuro pasado ligado a una secta violenta—, Daniel comienza a sospechar que la muerte de su tío no fue un simple suicidio. Lo que empieza como una herencia se convierte en el inicio de un misterio que podría cambiar todo lo que creía conocer… y poner su vida en peligro. Aclaración del autor Este es mi primer intento escribiendo una historia. No tengo formación en escritura ni en gramática, así que es posible que encuentres errores o partes que puedan mejorar. La historia aún no está terminada, iré actualizándola poco a poco conforme avance. Agradezco mucho cualquier comentario, sugerencia o crítica que me ayude a mejorar.

Genre
Horror
Author
Christian
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Mi nombre es Daniel Drake, nieto del fallecido arqueólogo Alastor Drake. Hoy me encuentro en el despacho de su abogado, intentando procesar la noticia de su sorpresiva muerte.

Según los informes, mi tío se quitó la vida la noche del 13 de Noviembre de 1994, al lanzarse desde el sexto piso del hotel donde se hospedaba. La idea me resulta difícil de aceptar. Jamás pensé que mi tío haría algo así. Siempre lo vi como un hombre alegre, fuerte, alguien capaz de enfrentar cualquier adversidad. Incluso tras la muerte de mi madre, fue mi mayor apoyo. Me guió en mis momentos más oscuros y, gracias a él, descubrí mi pasión por la arqueología.

Como su único familiar cercano, el abogado me contactó para informarme que mi tío había dejado todas sus pertenencias a mi nombre: una pequeña casa, sus vehículos y sus investigaciones. Pero también mencionó algo más: una pequeña caja había sido enviada directamente a su despacho.

-Es una terrible noticia, sin duda -dijo el abogado con un suspiro, mientras buscaba entre los documentos-. Su tío era como un hermano para mí. Su trágica muerte ha sido un golpe muy duro, pero debemos seguir adelante.

Asentí, aunque el nudo en mi garganta apenas me dejaba hablar. Sus palabras resonaban, pero mi mente seguía atrapada en la imagen de mi tío, el hombre que siempre había sido una roca en nuestras vidas, el último al que imaginaría tomando una decisión tan drástica.

-Cambiando de tema... -continuó el abogado tras un breve silencio-. Respecto al papeleo y la documentación legal para el traspaso de sus bienes, ya está todo listo. Solo falta tu firma y todo su patrimonio será oficialmente tuyo.

Hizo una pausa, como si lo que estaba a punto de decir cargara un peso especial.

-Sin embargo, hay algo más.

Levantó una pequeña caja de madera desde un rincón de su escritorio y la colocó frente a mí con cuidado. Sus manos temblaron apenas perceptiblemente al soltarla.

-Hace unos días me llegó este paquete. Era de tu tío.

Mi curiosidad aumentó, pero algo en su tono me inquietó.

-Cuando lo recibí, también venían dos cartas. Una estaba dirigida a mí, contenía su testamento e instrucciones específicas. En ellas indicaba que esta caja debía ser entregada personalmente a ti y a nadie más. Además, dejó en claro que debía abrirse en completo secreto.

Sentí que un escalofrío recorría mi espalda. ¿Qué podía haber en esa caja que mi tío guardaba con tanto recelo?

-¿Le dijo algo más al respecto? -pregunté, con la voz apenas más firme que un susurro.

El abogado negó con la cabeza.

-Nada más. Solo insistió en que fuera entregada tal como llegó, y que tú sabrías qué hacer.

Miré la caja con desconfianza, como si de alguna manera pudiera desentrañar su contenido con solo observarla. Era pequeña, apenas del tamaño de un libro, pero su aspecto antiguo y el aire de misterio que la envolvía parecían llenarla de un peso invisible.

Mientras mis pensamientos divagaban, el abogado sonrió con suavidad, intentando aliviar la tensión.

-La última vez que te vi, eras un niño inquieto y travieso. Ahora eres todo un hombre.

-Y usted sigue igual de joven y amable que siempre -respondí, esforzándome por devolverle una sonrisa apacible, aunque teñida de melancolía-. Realmente es un placer verlo, aunque hubiese preferido que fuera en otras circunstancias.

La tarde transcurrió lentamente mientras firmaba los documentos necesarios. Me despedí amablemente del señor abogado, aunque sentía una pesadez que me oprimía el pecho. Estaba agotado, tanto física como emocionalmente.

Tomé un taxi hasta el hotel para recoger mis pertenencias antes de dirigirme a la vivienda de mi tío. Sin embargo, durante todo el trayecto, mi mente no dejaba de pensar en la caja que había dejado para mí. ¿Qué podría contener para que mi tío fuera tan escrupuloso en cuanto a su entrega? ¿Por qué insistió en que solo yo debía abrirla, y con tanto secreto?

El peso del misterio me acompañaba como una sombra, y a medida que el taxi avanzaba por las calles, sentía cómo crecía la tensión en mi interior. Algo en mi estómago me decía que lo que encontraría cambiaría por completo lo que creía saber sobre mi tío.

El taxi llegó de noche. Bajé las pocas cosas que llevaba conmigo y me dirigí a la casa pequeña, un poco alejada de la ciudad. Mi tío nunca fue muy bueno con la vida ajetreada de la ciudad.

Procedí a entrar, sin olvidar la curiosidad que me invadía por la misteriosa caja. Al abrirla, encontré las notas de mi tío sobre la investigación que estaba realizando sobre una antigua y desconocida catedral que fue descubierta en los desiertos del Cairo. La caja también contenía unos recortes de periódicos sobre un culto y sobre su posterior caída en manos de las autoridades locales.

No comprendía qué tenían que ver esos recortes con la investigación de mi tío; él nunca fue una persona supersticiosa ni influenciable por temas esotéricos o paganos. No fue hasta que vi un pequeño ídolo de piedra amarillento que cuidadosamente estaba en la caja que comencé a entender algo.

Seguía sin entender su relación con mi tío y con sus notas. No fue hasta que leí la carta que supe por qué me envió esto y por qué insistió en que debía abrirse en secreto.

Carta de Alastor Drake

"Mi nombre es Alastor Drake, arqueólogo y supervisor de la excavación y análisis de las ruinas conocidas por los lugareños como la Catedral de las Dunas. Este monolito, perdido en el desierto, es quizás el hallazgo más desconcertante de mi carrera."

"Hoy, 11 de octubre de 1994, comenzamos la excavación. A mi cargo están Oscar Padilla, un joven brillante recién graduado, y Francisco Ortiz, nuestro forense y traductor. El entusiasmo entre nosotros es palpable: la catedral no parece haber sido tocada por el tiempo. Sus muros, hechos de una piedra extrañamente pulida, no muestran signos de erosión ni marcas del clima del desierto."

"Dentro de la estructura encontramos una vasta colección de vasijas y estatuillas, todas dedicadas a una figura central. Esa figura… me cuesta describirla. Es como si al observarla, los ojos no pudieran captar completamente sus detalles. La estatua principal, tallada en un material amarillento que no he podido identificar, posee una forma humanoide, pero sus proporciones son inquietantes. Parece casi viva, como si aguardara algo."

"Los lugareños nos han advertido sobre este lugar. Hablan de sombras que susurran y de noches en las que las estrellas parecen desaparecer sobre la catedral. Aunque no soy hombre de supersticiones, confieso que he sentido algo… extraño. Al acercarme a la estatua, un frío inexplicable recorrió mi espalda, y por un instante, sentí que el aire pesaba más. Pero puede que solo sea mi imaginación."

"A pesar de estas extrañas sensaciones, el trabajo continúa. Este lugar podría reescribir nuestra comprensión de las civilizaciones del pasado. Pero, mientras escribo estas palabras, no puedo sacudirme la sensación de que hemos despertado algo que debió permanecer en el olvido."

"Daniel, si estás leyendo esto, quiero que sepas que lo que encontrarás en la caja tiene un propósito. No sé cuánto tiempo me queda, pero te ruego que tengas cuidado. Hay cosas que no deben ser comprendidas. Cosas que te perseguirán si las buscas."

Día 13 de octubre

excavación de la catedral marchaba de forma excelente, pero esta mañana enfrentamos un problema inesperado.

Francisco, un hombre reservado pero eficiente, acudió a mí con evidente preocupación.

—Señor Alastor —dijo con seriedad—, tenemos un problema.

—¿Qué pasó? —pregunté, confundido.

—Algunos lugareños están lanzando piedras al equipo. Una de ellas golpeó al joven Oscar —respondió, inquieto.

Sin dudarlo, salí rápidamente de la tienda para enfrentar la situación. Afuera, encontré a nuestro guía, Malao, intentando calmar a un grupo de aldeanos exaltados que hablaban en voz alta y señalaban hacia la catedral.

—¡Malao! —grité con firmeza—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué están actuando así?

Malao, un joven astuto y de carácter amable, solía manejar estas situaciones con destreza, pero esta vez lucía tan preocupado como los aldeanos.

—Señor Drake, los lugareños dicen que la catedral está maldita, que si seguimos aquí enfureceremos a la Gran Madre —me explicó con un tono tenso.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, pero intenté mantener la calma.

—¿La Gran Madre? ¿De qué están hablando? Por favor, pregúntales exactamente a qué se refieren.

Malao intercambió palabras rápidas con los lugareños, quienes finalmente cedieron a explicarle su temor. Cuando regresó, su rostro reflejaba inquietud.

—Dicen que este lugar no debe ser perturbado. Creen que algo terrible pasará si continuamos con la excavación.

Observé a los aldeanos y luego volví la vista hacia la catedral. Había algo en su estructura, en su inexplicable perfección y en la inquietante estatua amarillenta que encontramos dentro, que me hacía sentir una opresión en el pecho.

"Daniel, lo que voy a contarte ahora te ayudará a entender el miedo de estas personas… y la razón por la que sé que pronto moriré".

En las dunas del desierto, los lugareños cuentan historias inquietantes sobre ciertos días en los que la luna y las estrellas desaparecen del firmamento, y la noche parece devorar el desierto por completo. Durante esas noches, la catedral emerge con un brillo malsano, una luz amarillenta y maliciosa que hiere la oscuridad.

Dicen que en esas ocasiones se han visto figuras altas y delgadas, de piel pálida como el mármol, vestidas con túnicas de patrones extraños que parecen cambiar con cada movimiento. Estas figuras cruzan el desierto en un silencio espectral, marchando en dirección a la catedral. Tras ellas avanza una caravana de pequeños carros tirados por criaturas deformes, seres de proporciones grotescas cuyos rostros están siempre cubiertos por telas del color de la arena.

Cuando esa caravana fúnebre alcanza su destino, sonidos extraños comienzan a brotar desde el interior de la catedral. Ecos inhumanos, como susurros y lamentos entremezclados con notas discordantes, llenan el aire. Según las historias de los lugareños, lo que ocurre allí es un ritual macabro en honor a "la madre informe", una deidad deforme y ancestral. Nadie ha sido capaz de presenciar el evento completo, pero quienes se han atrevido a acercarse hablan de cielos teñidos de rojo y de un desierto que ruge como si estuviera vivo. Y al final, cuando el ritual concluye, la catedral desaparece, devorada por la arena, hasta el siguiente llamado a la diosa de las mil caras y los mil brazos.

Esta fue la historia que escuché aquel día, Daniel. Los locales la relataron con un miedo indescriptible mientras yo contemplaba, absorto, la catedral en la distancia. Había algo en su forma, en su inquietante perfección, que me hacía sentir observado. ¿Qué maldad ancestral aguardaba en sus entrañas? ¿Qué era ese ritual, y quiénes eran los integrantes de la caravana?

Los comerciantes que nos guiaban no quisieron hablar más al respecto. Su única respuesta fue un silencio cargado de temor, mientras evitaban a toda costa mirar en dirección a la estructura.

Ese día fue imposible convencer a los trabajadores de que continuaran con la excavación. Lo entiendo. Incluso yo, que nunca he creído en cuentos de supersticiones locales, no pude mantener la mirada fija en la catedral por mucho tiempo. Una presencia indescriptible parecía emanar de ella, algo que desafiaba toda lógica y que helaba la sangre.

Esa misma noche no pude dormir. Salí de la tienda de campaña, buscando algo de aire fresco que calmara mis nervios. El paisaje estaba sumido en una oscuridad absoluta, salvo por la imponente figura de la catedral, que se alzaba como un espectro bajo el cielo sin estrellas. La estructura parecía rodeada de sombras que parecían moverse al ritmo de un silencio opresivo.

Mientras la contemplaba, un ruido extraño llegó desde su interior. Era un sonido tenue, pero perturbador, como un susurro que resonaba en la inmensidad del desierto. Sentí cómo mi curiosidad comenzaba a vencerme, impulsándome a acercarme, pero mis piernas no respondían. Era como si algo invisible me atara al suelo. Después de unos instantes, volví a la tienda, sintiéndome impotente y asustado.

No pude dormir. Durante horas, permanecí tumbado, pero la tranquilidad no llegaba. De pronto, una nueva sensación se apoderó de mí: alguien, o algo, estaba rodeando mi tienda. El aire se volvió pesado, y aunque intenté moverme, era incapaz de hacerlo. Ni siquiera podía abrir los ojos, pero lo sentía. Fuera lo que fuera, estaba ahí, observándome. El pánico me paralizó hasta que, con las primeras luces del alba, esa presencia finalmente se desvaneció.

Sin embargo, el temor permanecía.

Más tarde, Oscar y Francisco pidieron hablar conmigo. Me confesaron que la historia de los lugareños había encendido su curiosidad. Por la mañana, visitaron el pueblo cercano y encontraron viejos periódicos relacionados con la catedral y su oscuro pasado.

Uno de los artículos narraba la desaparición de varias personas en el centro de la ciudad, casos que quedaron sin resolver durante décadas. Pero fue otro periódico el que realmente llamó nuestra atención: relataba cómo, hace más de treinta años, una turba de aldeanos enfurecidos se alzó contra una secta extremista conocida como La Estrella Sangrienta.

Según el artículo, esta secta practicaba rituales paganos y sacrificios humanos en honor a una entidad a la que llamaban "la madre informe". Los lugareños, hartos de los secuestros y asesinatos, tomaron justicia por mano propia: incendiaron la sede de la secta, ejecutaron a sus líderes empalándolos y luego quemándolos vivos en la plaza central. Entre los objetos confiscados, se mencionaba una extraña estatuilla amarilla, tallada en un material desconocido.

Esa descripción me resultó aterradoramente familiar: era igual a la estatuilla qué poseía.

Otro artículo relataba los extraños disturbios que precedieron a la caída de la secta: desapariciones masivas, sonidos inexplicables en la noche y avistamientos de figuras sombrías alrededor de la ciudad.

Mientras revisaba esos periódicos, un ruido me sacó de mis pensamientos. Fue algo súbito, como si algo golpeara la puerta . Me levanté, pensando que se trataba de un animal, pero al asomarme por la ventana todo estaba en calma. Aun así, no podía sacudirme la sensación de que algo me observaba, escondido entre las sombras.

La carta de mi tío, los periódicos y la propia catedral parecían piezas de un rompecabezas macabro. ¿Estaban realmente conectados? ¿Qué descubrió mi tío en ese lugar? Y, más importante aún, ¿qué secreto guardaba la catedral que lo llevó a la muerte?

La carta de Alastor: En busca de la oscuridad

Después de la nueva información de los periódicos, tomé la decisión de investigar un poco la catedral. Debido a los disturbios de los días anteriores, los trabajadores habían detenido las excavaciones, lo que dejaba el lugar completamente desierto y lleno de un extraño silencio.

Antes de dirigirme allí, Francisco, Oscar y Malao se ofrecieron a acompañarme. Caminamos juntos por un tiempo, explorando la zona. No parecía haber nada fuera de lo normal, pero el ambiente tenía algo inquietante, una calma que resultaba casi antinatural.

—Señor Alastor, ¿no cree que esos relatos que escuchamos sean reales, verdad? —preguntó Oscar, su voz temblorosa, como si temiera la respuesta que podría darle.

Lo miré con una leve sonrisa, tratando de tranquilizarlo.

—No seas tonto —le respondí—. En lugar de creer en tanto misticismo, recuerda que los desiertos siempre inspiran historias así. El calor y la deshidratación pueden ser la explicación de las ilusiones que la catedral evoca. Además, al estar tan pulida, la forma en que refleja la luz podría confundir a cualquiera, sobre todo en las noches oscuras.

Oscar asintió lentamente, aunque sus ojos seguían reflejando duda. Malao y Francisco guardaron silencio, intercambiando miradas como si tampoco estuvieran del todo convencidos.

—Así que no te preocupes —añadí, con un tono calmado y sereno, aunque, en el fondo, no podía ignorar la ligera inquietud que comenzaba a invadirme. Algo en esa catedral parecía querer desafiar mi lógica, como si cada paso que daba hacia ella me adentrara más en un territorio que no comprendía del todo.

La tarde siguió con normalidad. Cuando la noche estaba por llegar, todo estaba tranquilo. Estábamos en el gran salón, frente a la estatua de ese ser que aún no lograba reconocer. No parecía haber nada más. Sentí un alivio enorme; no podía creer que yo, un hombre de ciencia, me hubiera dejado llevar por tontos cuentos de fantasmas y relatos viejos. Me sentía un poco apenado, pero al mismo tiempo aliviado.

Con alegría, le dije a Malao:

—Amigo, sabes, creo que hemos trabajado mucho. ¿Qué te parece si tomamos una o dos cervezas y algo de buena comida? No estaría mal, ¿verdad? —dije con tono amigable.

Malao respondió con su característico carisma y picardía:

—No, señor, no estaría mal. Conozco un pequeño bar en la ciudad. Buena comida, lindas mujeres… ¿Qué dice, señor? Les aviso a los demás, si usted invita, claro.

—De hecho, es un buen plan. Dile a Oscar y Francisco que se preparen, que nos vamos —respondí de forma tranquila y alegre.

Sin embargo, antes de que pudiera terminar de hablar, escuché a Francisco llamarme. Con gran entusiasmo, me dijo:

—¡Señor! Encontramos algo detrás de una pared, creo que es una cueva.

Intrigado, fui a ver de qué se trataba y descubrí que era una cueva natural que se conectaba directamente con la catedral.

—Rápidamente, le dije a los chicos que trajeran algunas linternas y material para explorar la cueva.

Ya listos, Francisco, Oscar y Malao y yo nos adentramos en la cueva.

A medida que avanzábamos, me di cuenta de algo extraño: marcas en el suelo, largas y delgadas, como si muchas personas hubieran caminado por allí. Al continuar, llegamos a un lugar que, al recordar, me alegra que las linternas que llevábamos no fueran muy potentes.

Era un pequeño altar de piedra negra, y sobre él yacía un cadáver con una forma extraña. Parecía un sacrificio o parte de algún ritual antiguo. Al observar el altar con más detalle, me percaté de que tenía extraños grabados que mostraban rituales de naturaleza terrible. Los grabados representaban seres de cuerpos altos y delgados, tal como los describieron los aterrorizados comerciantes días atrás.