Prólogo
Yo estaba allí.
A pleno día, ahogándome entre el humo de las bombas de gases Kharaya que atascaban mi garganta y provocaban ardor en mis ojos. Corrí y peleé contra los Vigilantes de armadura Ónix que se cruzaban en mi camino, luchando por la libertad de hogar, por mi futuro y por el de muchos jóvenes. Entre gritos e insultos encontré muertos por doquier, había llantos de suplicas de parte de los protestantes que pedían de rodillas unos segundos más de vida, segundos para apreciar el oxígeno que, solíamos ver y experimentar como algo habitual, hasta que una bala los silencia sin darles una oportunidad de terminar sus oraciones.
Yo lo escuché, lo vi todo.
Vi como la luz del sol se fue apagando en cuanto empezaron los disparos y las explosiones, las nubes grises llenas de agua comenzaron a chocar entre sí, provocando una lluvia que parecía no tener fin, mientras el barro y la sangre eran purificado por el agua que caía del cielo.
Todo me parecía un infierno sobre la tierra, solo veía el humo en un tono de rojo escarlata, las sombras de los verdugos sosteniendo sus rifles, y del lamento de las almas arrepentidas de haber participado en dicha guerra, o incluso de haber nacido.
Lo sentí.
Sentí el miedo de todos, la impotencia de no poder hacer nada, no solo por la cantidad, porque eramos muchos, es que teníamos la Ley pisándonos como cucarachas, teníamos solo pistolas, ellos tenían metralladoras, escopetas, granadas, y hasta un tanque que disparaba agua y pisaba a todos sin piedad.
Pero sobre todo sentí rabia.
Rabia de sentirme pequeño frente a unos Demonios disfrazados de Ángeles. La esperanza hirvió en mi sangre y seguí peleando hasta el final, sintiendo mis venas bombear y palpitar en mi piel, protegiendo a quienes alcanzaba con mis manos desnudas o una piedra.
Y, de repente, todo era frío.
Ya no sentía el calor del sol quemando la piel por horas, dejándome sudado y sediento, no sentía los gases tóxicos que parecían asfixiarme y quemar mi garganta. Era mucho peor. Ahora estaba ahogándome de estar encerrado en cuatro paredes de concreto, la luz artificial era de un verde triste a través de la orilla de la puerta de hierro, no ayudaba a mis ánimos de seguir despierto, de eso no cabía duda. Solo escuchaba el llanto de mujeres y hombres por igual a lo lejos, como fantasmas o espectros que cumplen con su condena en la tierra de los vivos. Cada noche escuchaba los pasos de una persona en el pasillo que me congelaban la piel por lo pesados que eran al acercarse a mi celda, de vez en cuando cubría mis oídos para ignorarlo, pero también me forzaba a escucharlos, así tener más razones para descuartizar a la Legión de Cuervos.
Dolía.
Me dolía cada centímetro de mi cuerpo, incluyendo el hueso más pequeño. Cada músculo de mi anatomía estaba tenso, sin poder moverme o estirarme porque estaba sentado todo el maldito día, ni siquiera podía estirar mi cuello.
El estómago me gruñía por comida, y la garganta me exigía agua, pero estaba más hambriento y sediento de una sola palabra; Venganza.
Usar las mismas armas para ejecutar a todos como hicieron con los Pyrineos en la Independencia; obligarlos a mirarse en el espejo mientras les corto el cuello; golpearlos con anillos de Umbranio sin descanso; colgarlos boca arriba hasta que sus caras estén moradas y pierdan la consciencia.
Ese tipo de fantasía me hacían seguir vivo, me motivaban a seguir despierto y sentirme vivo.
Sin embargo, cuando creí vivir un día más, el golpe final llegó, y morí.
Así sin más, mis oídos dejaron de escuchar, mi visión falló y no pude enfocar nada de lo que estaba frente a mí, solo las imágenes de mi familia, de mi amada y rota familia.
Me di cuenta de que lo tenía todo, aunque no era perfecto ni lujoso, tenía un cálido amor maternal, tenía juguetes que me hacían sonreír, un cuarto con balcón con una hermosa vista panorámica de la Favela, un padre que pese a su apariencia y su pasado es el mejor que pude tener, aunque para ese momento no lo aprecié, un hogar que me enseñó de valores como la lealtad, la empatía y la honestidad que, afortunada o desafortunadamente, me llevaron hasta donde estoy, en una oscuridad mucho más negra que la realidad de Karondia.
Lo último que recuerdo antes de cruzar al Limbo, fueron las historias de mi padre, cuentos que alimentaron mi amor por la libertad y la justicia, relatos sobre la leyenda de cierta Deidad Karondiana que estaba al nivel de Dios; Amara, una Diosa que protegía y cuidaba a los Karondianos del Draukor y las bestias de la noche; sobre los árboles de Ambaris que florecían con una luz dorada bioluminiscente en cada rincón del Reino para alejar a los monstruos.
Me resultaba maravillosa la idea de que había algo que nos cuidaba a todos del mal de la vida, pero con el tiempo acepté que no son más que cuentos y leyendas.
Allí sintiendo una neblina cubrir todo mi cuerpo y con el deseo de ser un Ánima y vagar sin descanso, pensé.
— Qué hermoso sería... que Amara nos salvara de la Oscuridad...