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La Casa Olvidada

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Summary

Finalista del concurso "Casas Malditas" de Editorial Nueva Bestia

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Arreció la lluvia en Septiembre, bruna; en ella me interné como en un pozo abyecto, no a sus entrañas, pero a las de mi casa, mi refugio… Mi fortaleza. Contemplé en lontananza y a través del cristal: un desvelo de estelas removidas, sus fulgores cálidos y pálidos también, entre gotas negras y vientos hinchados de agua fría. Ardió vaporoso el incienso de mezcal, y en ese ponzoñoso estupor encarcelado reparé en el inventario de mi morada. Muebles de melamina, unos contra otros, las superficies compartidas para sostener pilas de cuadernos, recibos vencidos, envoltorios ahuecados y biromes sin tinta. El enorme televisor refulgía calmo, rumiante, como una bestia que dormita; ni siquiera recuerdo qué es lo que veía en él, porque ya poco me importaba entonces. Un paliativo para el silencio, todavía. Un cazador de perturbaciones nocturnas. Y de día era mi compañero; él, mi dispositivo celular, y mi computadora. Las mantenía encendidas en el día, a ellas todas; y en la noche me acompañaban en el ardor de mis retinas.

Fue aquella velada tormentosa, previa a la primavera, que asoló a nuestros hogares el desperfecto eléctrico y las sombras ahogaron todas las viviendas. El horror hundido en mis huesos surgió como un manantial, y por reflejo hallé en un momento la salvaguarda de mi linterna guarnecida bajo pilones de trastos desvencijados y maltrechos. Me costaba de costumbre abrirme paso entre mi atrincherado establecimiento, donde la sala de estar se superponía con la cocina, el dormitorio y el comedor. Era yo capaz de verle así los cuatro rostros, cada trinchera ortogonal: la puerta a un mundo chato ahí fuera, y encajonada mi ratonera con todo bien a mano.

Mas… Algo se me apareció, y fue muy extraño de veras. Ya que creí notar, entre la enorme pantalla y la anquilosada biblioteca, una obscura cárcava entre la calima de mi hogar: un agujero no, por cierto, empero el suspiro de un pasillo ignoto mas familiar. Y como mi luz fue tragada por las superficies irregulares que le surcaban, naturalmente mis ojos le siguieron, y me descubrí desarmando los parapetos con pesadez aciaga. Me aparté así para hallarme en el principio de aquel sendero fifiriche: y apenas a unos pasos de distancia me encontré una vieja puerta.

Supe que era vieja puesto que le recubrían telarañas y groseras capas de polvo; lo sentí antes de verlo, el escozor juguetón en mi laringe llevándome a estornudar. El estruendo sacudió una fragilidad antes imperceptible, y no pude hacer más que detenerme brígido con el aire atorado en la garganta, solo capaz de escuchar el gruñido atónito de mi corazón. Era como andar por un estupor, pero al tiempo desandar un olvido esquivo. Las tinieblas eran una marisma tibia, liviana, con cada paso meciéndome como cuando era un bebé y dormía sobre una falda.

Con esa atmósfera rara y agria me adormecí hacia la lisonja nigerrima, y habité no el resguardo de cuatro paredes lacónicas pero de seis, ocho, diez, ¿en qué momento surqué la puerta? Creería no haberla visto nunca. Empero anduve, y reparé en las tablas irregulares, destartaladas, que ensamblaban el piso bajo mis pies y temblaban. Una raída alfombra le cubría, pero estaba más que nada podrida e hinchada de polvo, una porquería más que una cosa que alguna vez pudo ser bellísima.

El aire era crudo, y el rumor de la tormenta bruna había sido agotado contra la avalancha de esa atmósfera infausta: un silencio crepitante, crujiente, ignoto y hostil. Era más un claustro que mi casa: un templo, o tal vez un santuario, de ritos previos a la conformación del Leviatán. Mas se trataba de un sitio reconocido, ambiguo, casi reminiscente contra otra cosa. De una familiaridad vestigial, frondosa pero raquítica, como la pelusa infestada de la basura podrida. Esto es decir que le deseaba allende; un recuerdo vasto pero inaccesible, frío pero que adviene, y no me atreví a mirar hacia atrás de vuelta a mi recoveco conocido porque todas las vacuas perturbaciones de estas olvidadas habitaciones eran de una calidad más vil pero verdadera que cuanto hubiera acaparado y rendido en las cuatro paredes de mi actual hogar.

Los muros estaban vencidos pero enhiestos, y las tinieblas se apiñaban en particular sobre sus vértices, como si la configuración geométrica invocara un comportamiento lejos de ser estocástico. Me pareció notar las vigas que sostendrían el cielo… Pero era negro. Y el aire estaba en particular poblado por telarañas. No, me desdigo, pero era algo aprehensible por cierto. Un asir lacónico. Tal vez de una melancolía semejante al color de esos libros viejos, casi ámbar, empalados por los colmillos del tiempo ¿Cuánto de esto era mi hogar? ¿Cuántos salones, cuántas salas, bodegas y pasillos y alacenas vacías? ¿Cuánto del polvo sobre cortinas gris cadáver, antaño diáfanas? ¿En qué medida el vacío del ladrillo y su cáliz ablandado en la calima?

Me parecieron estos sitios propios, pero engullían ávidos la luz de la linterna renuente, y me transpuso a un territorio liminal: puesto que todo era mío, mas ya no me pertenecía. Más allá estaba de nuevo la puerta, ¿sería de caoba, de roble o de ombú? O, quizás, ¿de ladrillo? ¿De acero macizo, de un hierro crudo y cruel… intencionado para apresar fantasmas?

¡Ah! Alcancé por cierto la garganta de aquel sendero, pero dejar atrás la oscuridad se sintió invadido por una población ignota, demasiado cómoda y a sus anchas para mi alivio. Y las tinieblas eran más cerúleas que canela, la frialdad propia de tal olvido, y en cuanto me aproxime al canto y contemplé la rendija me pareció notar que estaba no bloqueada, pero entreabierta. A pesar del horror desesperante que ahogaba mi respiración a un mero hilo —o es que acaso llevaba conteniendo así la respiración toda mi vida—, penetré pérfido ese oscuro olvido, y mis ojos anonadados reposaron con estremecimiento sobre el visaje elusivo que yacía más allá.

Creí haber visto, entre la negrura y el azul como un monstruoso océano, una mesita ratona endeble y una lámpara de otro tiempo: si iluminaba, no emitía más que una luz fatua y fantasmal, dedicada a un contraste revelador y grosero que no era capaz de atisbar. Se trataba de una sala desahuciada, y en el fondo se paseaba ese visaje; era pálido y crudo pero no definitivamente vil. Me paralicé; no pude mover el cuerpo, y si continué respirando no fue gracias a mí. El terror hinchó cada fibra de mi ser y mi piel se habría arrancado hecha jirones para serpentear como una culebra lejos de allí si no fuera porque mi carne era todavía, aunque apenas, mía. Quise apartarme, pero mi cuerpo no respondía. No deseaba entender, y es por eso que fui incapaz de apartarle los ojos de encima, aunque su semblante no era otra cosa más que lo que apenas era capaz de ver. Se deslizó hacia la bisagra, hacia la puerta entreabierta, y diría yo que no fue exactamente un movimiento. El frío recorrió gélido mi cuerpo, y el corazón me daba unos tumbos violentos que apenas si me sacudían de mi carosis. Pero me sentí inclinado, comalido hacia ese semblante sombrío y parco, y le presté mi oído.

Carajo… Si solo hubiera sido capaz de escuchar. Sus susurros penetraron hondamente, no en mis oídos pero en mis venas regadas en negro, y fue lento y compasivo en el modo de expresarse, pero también apocado y tímido. Me sentí de pronto injusto con mi miedo, pues no se trataba sino de una figura tenebrosa con una condición penosa. Pero el bruno azul ahogaba su silueta contra la puerta entreabierta, y no fui capaz acaso de aprehender los susurros que me encomendó. A todo momento mi mente se entrometió: como una orquesta que no paraba de tocar… O mejor dicho, como una batucada grotesca, como el retumbe de unos tambores que se oponían a cualquier música que no fuera el repiqueteo de graves estallidos, de alaridos incoherentes, de las más estúpidas incongruencias.

El terror me abandonó sólo después de que algo se me encendió: y para el momento que reconocí la importancia de esas espectrales palabras, la puerta ya había retrocedido para hallarse cerrada. El horror me aprehendió puesto a que había perdido mi oportunidad; ahora el aire estaba enrarecido, ¿o es que acaso solo se había agudizado mi antes anonadada percepción? Y desandando mis pasos advertí en que la oscuridad de mi casa olvidada estaba podrida, infestada, odiosa. Cada paso parecía crujir sobre huesos astillados, y juraría que la alfombra andrajosa había sido sumergida en lodo. Mi vista se había adaptado, o tal vez recordé cómo surcar lo lóbrego, y me pareció que las vigas se retorcían y perecían para formar no dientes pero si desfiguraciones, destrucciones anquilosadas, paralizadas solo por la tiranía de la sombra que las poseía.

Yo no quería regresar a mi habitación: me hundía y hundía en esta casa, en estos salones y pasillos desahuciados, pero una sensación elusiva les invadía. Tal vez… Aquello de lo que se supo propio, incluso aún reclamado, pero en definitiva poseído por un elemento extraño. Como cuando se ve a una amada en los brazos de otro. O, más preciso aún, cuando se revisita desde la vereda la casa de la infancia, ahora convertida mas en sus ladrillos, en su estructura… Reminiscente.

Pero este sitio no había sido abrazado por el amor del tiempo: yacía paralizado, o acaso hendido, y me entrometí a pesar de su hostilidad hacia sus tinieblas más austeras, más profundas, porque percibí aunque fuera por un instante que las palabras del semblante habían sido insonoras pero de advertencia y súplica, y yo me daba cuenta de que había andado durante muchos años de mi vida como un fantasma… Echado de mi propia casa. Pues, ¿cuándo fue que la había dejado? ¿Cuándo me retiré, cuándo vacié, cuándo rendí estos salones abandonados?

Fue esa lucidez prematura la que me arrastró como un clavo contra la madera negra; me torcí patético contra el alumbramiento de una sombra raquítica producto de mi linterna pordiosera. Toda la negrura de la casa se acumuló como convocada sobre la figura, y si tenía forma solo fue porque es el modo en el que los humanos entendemos estas cosas. Yo lo condensé en unas pocas palabras: invasor, tirano, embustero, espía, ladrón. Un terror es lo que era, y supe que el viejo le temía, ¿quién era? Pero su alarido infausto chilló por todo el vacío como si las maderas se pudrieran y vencieran en consonancia, el horror noctívago lacerando los espacios que eran míos mas ya no me reconocían. Creí que se alzarían para recibir y defender al señor de la casa: mas ninguna luz vino al rescate, la única en existencia una cosa fatua y grosera, eléctrica, elevando la figura de la horrenda oscuridad hasta ser un esqueleto, un exánime apofántico, el tenebroso estremecimiento, leche fermentada de pesadillas ruines. Y este era sino un portento, un heraldo de cosas viles: pues mientras más verdadera era mi casa, mientras con más claridad le veía, más siniestra y negra se tornaba… Hasta ser un agujero, un hoyo fétido, con la silueta de ese bruno senescal que encima se me echaba en maldiciones umbrías.

El terror me instó a escapar. Abandoné renuente esos espacios, ¿podría acaso volver a olvidar? Porque el horror de ese visaje umbral hundió mis ánimos en una solución aciaga, sabiendo que mi llanto era el pasto de la maldad que había robado mi lugar. No supe determinar cuándo había movido cada mueble. Cuándo descolgué los cuadros. Cuándo eché llave a cada cerrojo. En cada habitación negra se había asentado una ruina atenta, y entre ellas se habían dado un festín de infamia, profanado cuanto dejé atrás sin siquiera saberlo, persiguiendo yo qué sé.

Y de regreso en mi ratonera procuré tapar mejor esta vez ese pasadizo… No fuera cosa que terminara como aquellos otros, que vivían no más que contemplando el mundo a través del cristal, las espaldas sumergidas en el negro que como la nada ahogaba todas las habitaciones de sus moradas. Supe ver, así, que más allá de mi ventana había claro, tantas otras: y en cada una de ellas brilló de nuevo la luz que premeditada ocultaba lo que había sido perdido, cedido, forzosamente olvidado. Vivía cada uno en su propia habitación, una cosa acumulada y graciosa, divirtiendo la mirada hacia la pantomima del televisor para así guardar, en el espacio vacío de la mirada, ese pasillo aciago que conduciría, desde hace rato y a lo largo de toda la nación, a esos sitios invadidos por formas terribles de un mundo tildado de imposible. A esos lindes malformados, a los umbrales del horror que se filtraba como una vil enfermedad.

¿Cuándo mierda es que vino la tiniebla a mi morada, y por qué nadie hizo nada para dilucidar una luz vigil que la mantuviera alejada? Me sentí tentado a creerme especial, particularmente maldito, pero no podía ignorar cómo la oscuridad devoraba así no solo los espacios vacíos sino también el brillo en las miradas y los corazones. Como engullía, oculta y poco a poco, nuestra lucidez y nuestra razón. De a poco, siniestra, nuestras casas olvidadas.

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