Único
Después de un fin de semana perfecto, lleno de sol y playa, Jeon Wonwoo entró a su oficina con una sonrisa brillante y perfecta. Mayo era el mes perfecto para comenzar de nuevo, justo cuando las flores de cerezo colgaban en la ciudad y lo teñían todo de un rosa palo muy bonito. Saludó a algunos miembros de la revista con una sonrisa, y al abrir la puerta de su oficina, se quedó congelado y sorprendido a partes iguales.
Justo detrás de su escritorio colgaba una fotografía en blanco y negro de su rostro y parte de su cuerpo. Era hermosa, cual obra de arte capturada en el ángulo perfecto, asemejándose bastante a los tonos neutros de su estudio. Dejó la taza de café y los papeles que cargaba encima del escritorio, cautivado por lo que ve. Él, quién se encargaba siempre de fotografiar, ahora fungía como el modelo principal de alguien.
-- Oh, vaya.
La voz de Seungyeon lo sobresaltó al colarse dentro del estudio y cerrar la puerta después. Seungyeon lo observaba con asombro, desviando la mirada entre él y el cuadro, arqueando la ceja al instante.
-- ¿Quién realzó tu poca belleza? – pinchó Seungyeon, aligerando el ambiente tenso un poco, pero Mingyu gruñó con disgusto -- ¿Qué?
-- Sé que debería ofenderme por eso, pero estoy un poco más interesado en quién colgó la fotografía aquí.
Ninguno de los trabajadores se atrevía a entrar a su oficina, a menos que él estuviera ahí presente, a excepción de Seungyeon, quién era su mano derecha. Mingyu lo miró con el ceño fruncido y la sospecha de que él había ayudado al intruso se vio reflejada en su mirada. Seungyeon alzó las manos al instante y negó con inocencia.
-- No tengo ni la menor idea de quién fue – afirmó Seungyeon y alzó la bolsa indicando que acababa de llegar como él.
-- Entonces, ¿cómo llegó ahí y porqué?
-- Le estás preguntando a la persona equivocada, amigo. – se burló Seungyeon y rodó los ojos – Tal vez te dejaron una nota o algo así. Revisa por los alrededores o que se yo. Yo me voy a trabajar que en menos de quince minutos, tenemos una reunión de alto nivel.
Con un bufido, lo despidió con la mano sin dejar de mirarse a si mismo. Por más que se esforzaba en recordar exactamente cuando él había llevado esa camisa específicamente, no le venía a la mente ese momento. Solo sabía que fue reciente. Suspiró sin saber que más hacer y rodeó el escritorio listo para sentarse cuando notó el papel en el suelo. Aún sabiendo que aquello le distraería, lo leyó al reconocer la letra y la más brillante de las sonrisas partió su rostro por la mitad. Sus mejillas se tiñeron de un rosa muy sutil y negó. Al instante, sacó el teléfono del bolsillo de su pantalón y marcó el número que sabía de memoria desde la primera vez que habían hecho clic.
-- Me preguntaba cuándo sabría de ti.
Mingyu se derritió al escuchar la ronca voz en su oído. Mordisqueó su labio con fuerza y se aclaró la garganta.
-- ¿Cuándo la tomaste? – preguntó yendo directo al grano como a ambos les gustaba, y fue recompensado con una risa baja y seductora – Mis compañeros pensarán que soy narcisista al tener mi cara enmarcada en mi propia oficina.
-- No sabía que te importaba tanto la opinión de los demás, Mingyu. – el hombre bufó y Mingyu supo que estaba rodando los ojos – Iré a verme esta tarde. – avisó y colgó el teléfono al mismo tiempo, sin permitirle replicar o protestar al respecto.
-- Maldito seas, Jeon. – bufó a la nada y suspiró con fuerza – Maldito seas.
Recuperó la compostura después de largo rato mirándose a si mismo. Debía de admitir que se veía bien, modestia aparte, y tal como Seungyeon le había dicho, la persona detrás del lente sacó partido a su figura con el mismo cariño que le expresaba en la vida real.
Alejando los pensamientos del hombre que lo visitaría esa tarde, sorbió lo poco que quedaba del café en su termo y se dispuso a trabajar. Se puso al día, revisando y firmando documentos que debían entregarse a otras agencias, entrevistándose con modelos que pertenecían a la agencia y otras nuevas captaciones de las últimas semanas. A Mingyu le gustaba su trabajo, tanto que convertirse en fotógrafo terminó siendo su segunda pasión, y ahora ayudaba de vez en cuando cuando estaban cortos de personal.
No fueron pocos los que se fijaron en el cuadro. Algunos alternaban la mirada entre la persona en la foto y quién los recibía en la vida real, como si fueran dos personas completamente diferentes, y allí aclaraba avergonzado que había sido un regalo de alguien importante para él y era la razón por la que no lo bajaba para llevárselo a casa.
El reloj marcó las tres y media de la tarde y el toque en su puerta interrumpió la concentración en la que se había sumido al editar y programar las entrevistas y las agendas de los demás. Permitió que la persona pasará sin desviar la vista de la pantalla. El olor a chocolate acarició su nariz y le hizo fruncir el ceño confundido. La taza fue colocada con cuidado encima de la mesa y Mingyu miró al invitado con sorpresa, conteniendo a duras penas la sonrisa que amenazaba con salirse y delatar sus emociones.
-- Sr. Jeon. – saludó con ironía y una ceja arqueada -- ¿A qué debo el placer de su visita?
-- Te traje algo dulce – ofreció el hombre – Tenía ganas de verte.
-- Nos vimos hace dos días – bufó Mingyu y probó el chocolate que le habían traído – Delicioso como el mensajero.
La risa ronca del hombre frente a él recorrió su piel como una caricia sabrosa y le devolvió la sonrisa.
-- ¿Qué haces aquí, Wonwoo?
Wonwoo se ajustó el traje y le miró detrás de sus gafas oscuras. Se veía espectacular. Cada vez que usaba esos trajes negros, le robaba el aliento y despertaba partes en su cuerpo que anhelaban reclamar el suyo y sumirlos en una espiral tan dulce como la mirada que le estaba dando. No podía recordar cuánto tiempo llevaban en aquel tira y afloja de coqueteo poco sutil, miradas acarameladas en las mesas e reuniones, y encuentros cortos en su oficina como ese.
-- Tenía ganas de verte, Mingyu. – repitió el pelinegro y sonrió agitando su corazón – También quería ver como había quedado mi obra de arte.
Mingyu se abstuvo de mirar el cuadro, pero la vergüenza se asentó en su rostro y cuello. Gimió dejando la cabeza golpear el escritorio y Wonwoo rió ante su reacción. Verla en persona fue diferente de lo que le habían comentado por mensaje, y no se arrepentía de caer en la oficina y disfrutarla en primera plana.
-- Basta.
-- Debo decir que fue tomada en el momento exacto y perfecto. – Wonwoo se reclinó en el asiento y devolvió la vista a Mingyu -- ¿Quién fue el autor, Sr Kim?
-- Esperaba que usted mismo me lo dijera, por supuesto. Dado que tiene tanto conocimiento de los ángulos y las luces, pensé que podría haber sido usted el autor de este precioso retrato.
-- Quizás pueda decírtelo esta tarde cuando hagamos la sesión para la revista RS. – Mingyu parpadeó y revisó su agenda ante el recordatorio – Se te olvidó.
-- Hemos estado cortos de personal esta semana, y tuve que dividirme en ocho sesiones diferentes – explicó Mingyu con un suspiro – Mandaré a Seungyeon a preparar el estudio trece para ti.
-- La haremos en mi casa, Mingyu.
-- Eso no es apropiado, Wonwoo.
-- Lo que haremos después tampoco – rió Wonwoo – Nos vemos a las 6, Sr Kim. Sabes como llegar.
-- Wonwoo…
Wonwoo cortó sus propuestas al inclinarse por encima de la mesa y rozar sus narices juntas. El cerebro de Mingyu hizo cortocircuito, como cada vez que estaban tan cerca el uno del otro, y se dejó llevar por el calor abrasador de Wonwoo en sus labios. La dureza y la exigencia se mezclaron en un beso que lo dejó sin aliento y con ganas de más, deseando que el maldito reloj avanzara hasta la hora justa de una vez por todas.
-- Ya entiendes porqué debe ser en mi departamento – susurró Wonwoo mordiendo su labio inferior con posesividad – Será mejor que no llegues tarde, Mingyu, no soy una persona muy paciente.
Wonwoo se desvaneció dejando a Mingyu con el corazón acelerado y el cuerpo respondiendo a su seducción. Mingyu tragó saliva, vacilando la amplia espalda que salía de su oficina y el trasero respingón que se marcaba en el traje. Tomo una respiración profunda y observó lo que quedaba de chocolate en la taza, tragándolo de una vez, mientras intentaba que la parte ansiosa de su mente se apagara hasta las cinco de la tarde.
Mingyu era de los que se esforzaba en mantener las relaciones personales separadas y definidas de las profesionales. Su padre se lo recordaba siempre que tenía oportunidad, y es que no importaba que te enamoraras y sufrieras por el compañero de al lado, todas las relaciones que se mezclaban estaban condenadas a terminar. Siendo el jefe, sabía de varias parejas que en el estudio habían comenzado y terminado tan rápido que apenas daba tiempo a preguntar demás. Él separaba los proyectos de esas personas para evitar encuentros incómodos frente a los clientes potenciales y a otros, pero en su caso propio, no sabía como gestionar aquello de manera sana.
Primero, porque Wonwoo y él no trabajan juntos directamente, solo en las ocasiones en las que necesita un fotógrafo. Segundo, porque por más que intente alejarse del hombre que lo atrae como una polilla a la luz, los lazos que los unen van más allá. La hermana de Mingyu y el hermano de Wonwoo llevan doce años de relación y cinco de matrimonio, lo que los volvía familia de cierta manera, y a eso ambos se habían aferrado con uñas y dientes. No dar el paso no les ha impedido dispararse miradas tontas o admirarse mutuamente desde cierta distancia.
Tampoco ha importado cuando las luces del departamento de Wonwoo se apagan y Mingyu abre los brazos para que se meta entre ellos.
La alarma de su teléfono suena avisándole de que, si quiere llegar a tiempo, el momento es este. Toma la cámara que el pelinegro le regaló por su cumpleaños de la segunda gaveta de su escritorio, sus pertenencias regresan a su bolso y baja con rapidez hacia el estacionamiento. Le sorprende no ver a nadie en la oficina, ni siquiera a Seungyeon coqueteando con alguno de los modelos, pero decide que es mucho mejor así. No tiene ganas de explicarle a dónde va y porqué.
Conduce con sumo cuidado, aunque para la hora que es, no hay casi tráfico. Parecía que el destino se había puesto de acuerdo con el universo para mejorar su puntualidad y avivar sus nervios con un solo gesto. Aparcó en el estacionamiento del condominio de Wonwoo, aplacó sus nervios a duras penas y tomó todo lo que usaría esa tarde para la sesión. Avanzó hasta el hogar del otro y tocó el timbre con una respiración profunda. De solo escuchar los pasos rechinar en la madera mientras avanzaba hacia él, las manos le temblaron y se le aceleró el corazón.
Wonwoo abrió la puerta para él con una sonrisa y le invitó a entrar. Había ido tantas veces allí que ya consideraba el sitio su hogar, pero aún así respetaba los límites del otro.
-- Justo a tiempo – elogió Wonwoo y Mingyu asintió levantando la cámara -- ¿Gustas una copa?
-- No bebo cuando trabajo. – negó Mingyu y Wonwoo los condujo hacia el segundo piso dónde tenía su propio estudio – Oh.
El set estaba montado. Las luces apuntaban al centro dónde una silla esperaba por la presencia del artista, y Mingyu terminó de acomodarlo todo, sin mirar demasiado a Wonwoo. Sabía que el otro lo estaba observando, tratando de descifrar su próximo movimiento, pero no podía permitírselo. Primero, cumpliría su parte laboral y después, podrían tomarse esa copa en la amplia bañera de la habitación del otro.
-- ¿Ese es el primer conjunto de ropa? – inquirió Mingyu y Wonwoo asintió tomando asiento en la silla – Empecemos.
Mingyu alzó la cámara y Wonwoo se dejó llevar por el momento presente. Los flashes atrapaban las micro-expresiones de su rostro y la fluidez de su cuerpo al moverse. La ropa parecía haber sido hecha para él. La tela blanca se le pegaba a la piel como una segunda capa sedosa que invitaba al espectador a mirar más de cerca, realzando su figura más ancha en la parte superior y en la inferior. La cintura estrecha de Wonwoo era perfecta para ser sujetada y el cinturón se pegaba a ella como todo lo demás.
-- ¿Ya me dirás cuándo me tomaste la foto? – preguntó Mingyu mientras Wonwoo terminaba su segundo cambio de ropa y sorbía la copa de vino tinto que este le había subido minutos atrás – Me sorprendiste bastante.
-- Tienes la memoria pésima, Kim. – rió Wonwoo – Hace un mes y medio, fuimos a cenar con nuestra familia en común y llevabas esa camisa. Te pedí hacerte una foto antes de que colapsaras todo borracho en mi sofá y dijiste que si.
-- Pensé que estaba dentro de la carpeta que insistes en no mostrarme – pinchó Mingyu – Esa que tiene mi cara en los 6900 archivos.
-- Es para mi consumo, no para el tuyo. – bufó Wonwoo y regresó al set – Estoy listo.
Listo para matarlo, supo Mingyu. La ropa estaba hecha para que todo Mingyu se sacudiera como si le hubiera caído un rayo fuerte. Los primeros botones de la sudadera estaban desabrochados y develaban el pecho tonificado que sus manos habían rozados varias veces. Piel pálida se reveló mientras Wonwoo caminaba y se situaba en medio de la habitación. Maldijo interiormente. Parecía que cada cosa que se ponía era para presionar un botón, o peor aún, desatar el deseo pasional que terminaría con ambos rebotando encima del colchón más cercano. Todavía no estaba seguro.
-- Lo estás haciendo a propósito, Jeon – regañó Mingyu y Wonwoo soltó una risita – Estoy trabajando.
-- Yo también. – añadió Wonwoo -- ¿Cómo crees que terminará nuestra sesión, Mingyu?
-- Cuidado, Jeon. No quisiera que no pudieras trabajar mañana por mi culpa.
-- Mentiroso.
Mingyu bajó la cámara y la colocó sobre la mesa al terminar. Con dos palmadas, dio por terminada la sesión y murmuró que se las enviaría más tarde. Organizó las cosas encima de la mesa y esperó pacientemente a que Wonwoo dejara las ropas que le habían enviado y se envolviera en la bata oscura propia. Cuando finalmente se unió a él, extendió una mano amplia hacia él, invitándolo como siempre. Wonwoo se acercó con lentitud, temiendo que al estar frente a él, Mingyu dijera que no. Sus palmas se rozaron la una encima de la otra y sus labios se encontraron en el medio.
Fuegos artificiales explotaron en sus párpados cerrados ante el contacto. El cuerpo de Wonwoo se amoldó al suyo a la perfección. Brazos fuertes se apegaron a su cuello enjaulándolo allí y Mingyu sintió que todo su cuerpo volvió a la vida al instante. Coló su mano por debajo de la tela sedosa y encontró piel caliente que lo llamaba.
-- ¿Hasta cuándo negarás esto, Mingyu? – susurró Wonwoo encima de sus labios – No sé si podré seguir negando lo que siento por ti.
-- Entonces, no lo hagas. – pidió con emoción, atrapando el rostro del hombre entre sus manos y sonrió – No lo hagamos más.
Era una promesa silenciosa de permitirse sentir todo lo que los embargaba. De repente, todo se transformó. El deseo pasajero que prevalecía dio paso al romanticismo y a los sentimientos que los unían de verdad. Las mariposas revolotearon en su pecho ante el renovado ánimo y dejó que la esperanza los envolviera al besarse. La habitación de Wonwoo fue el refugio que los abrigó la primera vez que el fuego consumió todo lo que ante ellos yacía. Esta vez, la cama de Wonwoo fue el escenario dónde el amor era gritado a todo pulmón. Mingyu besó cada cacho de piel, reclamándolo como suyo. Mordisqueó con cariño el estómago y los muslos de su amante y se zambulló más allá de lo conocido por los demás. Las manos de Wonwoo se enredaron en su cabello mientras se deleitaba con todo él. Los más deliciosos sonidos cayeron de sus labios enrojecidos y su cuerpo se arqueó en sintonía con el placer eléctrico que lo recorría. Se le doblaron los dedos de los pies y jadeó el nombre de su amante en voz alta.
Mingyu adoró su cuerpo como solo él podía. Agarró una de las almohadas del cabecero y alzó la parte baja de su pareja para mayor comodidad.
-- No hay vuelta atrás, Wonu – murmuró en su oreja en voz baja y este movió la cabeza en afirmación – Después de esto, tenemos que hablar.
Aunque la típica frase no era dicha para un buen contexto, ambos sabían que no era el ejemplo suyo. Hablarían mucho después, cuando saciaran esa ansia de pertenecerse finalmente. Con una estocada ligera y lenta, Mingyu entró en Wonwoo. Sus ojos volaron hacia atrás ante el tenso y apretado abrazo y gimió al llegar al final. Besó el cuello sudado del otro y enterró el rostro en ese espacio.
-- Haz que valga la pena, bebé. -- murmuró Wonwoo, y Mingyu ejecutó la orden hasta que ambos yacían enredados, sudados y jadeantes.
El paraíso no se había sentido nunca tan cercano y tan lejos al mismo tiempo. Se movieron juntos durante largo tiempo, en busca de la felicidad efímera del orgasmo y al encontrarla, se dejaron caer con los ojos cerrados. Wonwoo soportó el peso de Mingyu en su espalda cuando sus brazos cedieron y se recostaron en su cama con un jadeo. Mingyu lo abrazó por detrás, dejó un beso en su hombro y se retiró con delicadeza, yendo a buscar algo húmedo para limpiarlos a ambos. A duras penas, cambiaron las sábanas manchadas y se recostaron en las nuevas. Las piernas de Wonwoo fallaron y se carcajeó ante eso.
-- Volviste mis piernas gelatina – se burló Wonwoo y Mingyu lo besó apretándolo en un abrazo fuerte -- ¿Te quedas?
-- Por largo tiempo. – aseguró Mingyu enredando sus dedos y juntando sus frentes en un gesto cuidadoso – Descansa un poco.
Wonwoo cayó dormido en cuestión de segundos y Mingyu le admiró. Acarició su mejilla con los dedos, peinó sus cabellos y besó su frente. Wonwoo era tan hermoso que era perfecto para él y le quería de vuelta. Se acomodó a su lado, y sabiendas de que estaría a su lado al despertar, descansó junto al hombre que se había convertido en su hogar.
“Me haces sentir como una mariposa que besa el sol por primera vez, y ser descubierto valdrá la pena, solo si es contigo”.