Marea Boreal

Summary

Takemichi siempre creyó que su final feliz era Hina. Es lo único que conoce, lo que siempre imaginó. Pero un amuleto, una extraña advertencia y un naufragio inesperado lo dejarán varado en una isla con la única persona que siempre estuvo ahí. El mar no habla, pero a veces... arrastra.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Pt 1 : El amuleto

Takemichi había olvidado cuántas veces lo había intentado. Cuántas veces había regresado, sangrado, llorado, perdido. Pero aquella última vez, en el momento exacto en que la espada de Manjiro atravesó su abdomen, lo supo con una claridad absoluta: no importaba el precio. Era capaz de cualquier cosa con tal de salvarlo.


Por suerte, esa fue la última vez.


Sí, se sorprendió cuando despertó en su cuerpo de niño otra vez. Pero estaba tan aliviado... tener la oportunidad de arreglarlo todo desde el principio, de evitar cada muerte, cada error. Sin embargo, su felicidad terminó por ser absoluta en el instante en que volvió a ver esos profundos ojos negros y Mikey le dijo: "Yo también volví".


Ambos habían regresado juntos.


No hubo preguntas entonces. Solo un abrazo en medio de un parque cualquiera, con Takemichi llorando desconsolado y Mikey riendo entre dientes, como si el universo entero hubiera hecho clic en su lugar.


Y era así, con esa certeza callada, que ahora podía disfrutar de esta vista.


El pueblo olía a sal, a pescado frito y a ese silencio dulce de los lugares donde el tiempo parece haberse quedado dormido. Takemichi caminaba por el malecón con un cono de helado en la mano y el sol pegándole en la nuca. A su alrededor, el grupo reía: Draken cargaba a Emma en broma, Chifuyu discutía con Kazutora sobre qué puesto de comida era mejor, y Hina... Hina estaba ahí, sonriente, tomando fotos del atardecer.


Era perfecto. Debía serlo.


Entonces, ¿por qué su mirada se iba siempre hacia el mismo punto?


Hacia el chico de cabello rubio que caminaba solo unos pasos atrás, con las manos en los bolsillos y una expresión que alternaba entre el aburrimiento y una ternura que Takemichi se negaba a nombrar.


Quería convencerse de que era porque aún tenía miedo de que cualquier tropiezo volviera a arruinar todo y volviera a perder al rubio. Así que lo miraba. Una y otra vez. Para asegurarse de que seguía ahí, a su lado.


Mikey notó la mirada del ojiazul.


-Takemichi -dijo sin dejar de caminar, con esa media sonrisa que usaba cuando estaba a punto de ser insoportable-. Ya van tres veces en cinco minutos. ¿Quieres una foto o qué? Así me llevas en la cartera y dejas de mirar como un acosador.


Takemichi sintió cómo las orejas le ardían hasta las puntas.


-¡¿Q-que?! ¡Claro que no! -dijo de forma nerviosa.


Mikey soltó una risa corta, de esas que ya no eran huecas como antes, pero que igual le recordaban todas las líneas de tiempo donde esa risa había estado ausente.


-Bueno, si no es eso... entonces será que estabas esperando que te robe un beso.


-¡N-no es eso, idiota! -tartamudeó, desviando la mirada de golpe.

Mikey volvió a soltar una risa corta.


-Lástima. La playa da para eso, ¿no? Besos al atardecer y todo el cuento romántico.


Takemichi abrió la boca para responder, pero solo salió un sonido ahogado. Su cara era un tomate.


-Tranquilo -Mikey le dio un golpecito en el hombro, como si nada, con esa sonrisa de "me divierte verte sufrir"-. No voy a hacer nada. Pero deja de mirarme tanto o la gente va a pensar mal de nosotros.


Takemichi se limitó a observarlo mientras una sonrisa juguetona se formaba en sus labios.


-Bueno, basta de miradas cursis -anunció Mikey de golpe, cambiando el tono-. Chifuyu dijo que hay un puesto de takoyaki más allá. Si no corremos, Draken se lo come todo.


Y sin esperar respuesta, enganchó su brazo al de Takemichi y lo arrastró calle abajo, entre las risas del grupo y el sol que empezaba a teñirse de naranja.


El grupo se dispersó alrededor del puesto de takoyaki. Un caos ordenado de risas, empujones y reclamos por las últimas órdenes.

Takemichi estaba a punto de acercarse cuando Hina lo tocó suavemente en el brazo.


-Takemichi-kun -dijo, con su sonrisa dulce de siempre, el cabello moviéndose con la brisa del mar-. ¿Podemos hablar un momento? Solos.


Él asintió, confundido, pero asintió. Dejó que ella lo tomara del brazo y lo llevara unos metros más allá, cerca de la baranda que daba al mar. El ruido del grupo se fue diluyendo hasta convertirse en un murmullo lejano.


No vio cómo, desde la fila del takoyaki, Mikey se quedó inmóvil.

Sus ojos negros siguieron a la pareja. Takemichi y Hina. Juntos. Como siempre "debían" estar.


-¿Pasa algo? -preguntó Takemichi.


Hina jugueteó con el borde de su vestido antes de mirarlo a los ojos.


-Nada malo -respondió, con una sonrisa pequeña-. Solo que te he notado raro estos días. Como si estuvieras aquí... pero pensando en otro lado. ¿Estás bien?


Takemichi parpadeó, desconcertado. ¿Raro? Él se sentía bien. Feliz, incluso. Tenía a todos sus amigos vivos, a Mikey a su lado, el mar, el sol...


-¿Raro? -repitió-. No, no creo. Estoy bien, Hina. De verdad.


Hina lo miró un par de segundos más, como si buscara algo en su rostro. Luego asintió, aunque sin del todo convencerse.


-Si tú lo dices -murmuró, y regresó al grupo con una pequeña sonrisa que Takemichi no supo interpretar.


Pero algo le quedó dando vueltas. Hina se preocupa por mí, pensó. Siempre ha sido tan amable... Tal vez debería darle las gracias de alguna manera. Algo pequeño. Un detalle.


Y fue entonces cuando sus ojos recorrieron el pueblo costero y se posaron, casi sin querer, en un pequeño puesto callejero al final del malecón. Telas de colores, velas, baratijas... y joyas que brillaban.


-Ahí voy -se despidió rápido, sin dar explicaciones, mientras el grupo seguía discutiendo por los takoyakis.


Mikey lo siguió con la mirada. Sus ojos se entristecieron por un segundo al verlo alejarse hacia el puesto, supuso que tenía que ver con Hina.


-No pongas esa cara -dijo Draken a su lado, sin mirarlo, ocupado en contar el dinero-. Pareces un perro mojado.


Mikey no respondió. Solo desvió la mirada hacia el horizonte.


-No estoy poniendo cara de nada -murmuró.


Draken resopló, guardó las monedas y le dio un golpecillo en la nuca con los nudillos.


-Por algo eres mi mejor amigo, Manjiro. Puedo oler tu miseria a kilómetros.


Mikey soltó una risa corta, más por costumbre que por diversión.

-Déjalo ya, Ken-chin.


-Lo dejo -Draken se encogió de hombros, tomando su bandeja de takoyaki-. Pero no creas que no me doy cuenta.


Y se alejó, dejando a Mikey con el ruido de fondo del grupo: Chifuyu y Baji discutiendo por las últimas piezas, Sanzu observando desde la sombra de una palmera, Mitsuya ayudando a Yuzuha con las servilletas.


Takemichi, mientras tanto, ya estaba frente al puesto.


No era un puesto como los demás. No tenía mantel de plástico, ni precios escritos con marcador. Era más bien una mesa vieja de madera, cubierta por un paño desteñido de color azul añil, y sobre ella objetos que parecían sacados de otro tiempo: conchas talladas, piedras con brillos extraños, cadenas de plata oxidada... y algo que relucía.


Takemichi se acercó, atraído por ese brillo como un imán. La mujer que atendía levantó la vista cuando él se detuvo frente a la mesa. Tenía el pelo largo y oscuro, casi negro, y unos ojos de un verde tan claro que parecían iluminarse solos. O tal vez era un reflejo del mar, que detrás de ella se extendía infinito.


-¿Busca algo especial, joven? -preguntó. Su voz sonaba como un oleaje lejano.


Takemichi tragó saliva. Por alguna razón, sentía que debía tener cuidado con lo que decía.


-Solo... estoy buscando un regalo -respondió, y sus dedos ya estaban rozando el objeto que brillaba.


Era un amuleto pequeño, del tamaño de una moneda, redondo y liso. De color negro, pero no un negro mate ni opaco. Era profundo, como un pozo sin fondo, y cuando Takemichi lo movió apenas un poco bajo la luz del sol, algo ocurrió. Un reflejo azul recorrió su superficie, brillante y frío, como un destello de electricidad en medio de la tormenta.


Pero lo que realmente lo cautivó fue el tallado.


En el centro del amuleto, alguien había grabado dos líneas onduladas que se cruzaban una y otra vez, como ríos que se encuentran y se separan y se vuelven a encontrar. En la parte superior, las curvas se unían formando un círculo abierto. Abajo, se fundían en una sola línea.


Takemichi no sabía mucho de símbolos antiguos, pero algo en ese dibujo le hacía sentir que representaba algo importante.

-¿Qué significa? -preguntó en voz baja.


La mujer inclinó la cabeza, y por un momento, sus ojos verdes brillaron como el mar de noche.


-Musubi -dijo-. La unión del verdadero amor. Los lazos que el tiempo no puede romper. Las personas que están destinadas a encontrarse, sin importar cuántas veces se pierdan en el camino.

Takemichi sintió un escalofrío.


Volvió a mirar el amuleto. El reflejo azul apareció de nuevo, bailando sobre el negro profundo. Y entonces, sin quererlo, sin poder evitarlo, pensó en unos ojos que conocía demasiado bien. Esos ojos negros que a veces, cuando la luz les daba de cierto ángulo, se llenaban de destellos azules.


Los ojos de Mikey.


Pensó en cómo se veían cuando el rubio se reía de verdad. Pensó en cómo brillaban en las mañanas de pelea, en las tardes de silencio, en los momentos previos al llanto o a la risa. Pensó que era el color más bonito que había visto nunca.


Es precioso, pensó.


Y luego negó con la cabeza, sacudiendo el pensamiento como si fuera una mosca molesta.


"No. No estoy pensando en eso. Este amuleto es para Hina. Tiene que ser para Hina."


Porque Hina... Hina era lo correcto. Lo sabía desde antes de que existieran los viajes en el tiempo.


En todas las líneas anteriores, ella había sido su novia. Su primer amor. Su final feliz predeterminado. Y sí, en esta línea todavía no habían oficializado nada porque primero había que salvar a todos, primero había que asegurarse de que Mikey no cayera en la oscuridad, primero había que sobrevivir...


Pero ahora estaban a salvo. Todos vivos. El futuro abierto como un regalo.


Y Takemichi ya llevaba meses sin dar el siguiente paso.


Ya debería habérselo pedido, pensó, con una mezcla de culpa y urgencia que no sabía muy bien de dónde venía. Después de todo lo que ella esperó... después de lo mucho que se preocupó por mí en el pasado... sería un idiota si no lo intentara.

Hina era preciosa. Hina era dulce. Hina era todo lo que siempre quiso.


¿O no?


Sí, se obligó a pensar. Sí, claro que sí.


Entonces, ¿por qué el amuleto en su mano seguía brillando azul cada vez que el sol le daba? ¿Por qué su mente volvía una y otra vez a esos ojos negros que a veces se llenaban de destellos?


Casualidad, decidió. Solo es casualidad.


-Es perfecto -dijo en voz alta, convenciéndose a sí mismo-. Para ella.


La mujer lo observó. No sonrió, pero sus ojos se entrecerraron con algo parecido a la diversión. O a la lástima.


-¿Para ella? -repitió, como si saboreara las palabras antes de escupirlas-. El amuleto no es para quien tú elijas, joven. Es para quien el mar elija.


Takemichi parpadeó, desconcertado.


-No entiendo.


La mujer suspiró, como si hubiera explicado esto mil veces y estuviera cansada de hacerlo.


-Escúchame bien, que no lo repetiré.


Se inclinó sobre la mesa, acercando su rostro al de él. Takemichi contuvo el aliento. Olía a sal. Solo a sal.


-Ese amuleto solo puede entregarse al verdadero amor -dijo, señalando el tallado con un dedo pálido-. Esa es su única función. Su única razón de existir. Si se lo das a la persona correcta, los unirá para siempre. Lazos que ni el tiempo ni la muerte pueden romper.


Hizo una pausa.


-Pero si se lo das a quien no es... si se lo entregas a una persona que no lleva tu nombre escrito en el alma y es correspondido...

Su voz se volvió un susurro.


-El mar cobrará su precio.


Takemichi sintió un escalofrío real, de los que recorren la espalda y se instalan en la nuca.


-¿Qué... qué precio?


La mujer lo miró fijamente. Sus ojos verdes brillaron como dos faros en medio de la noche.


-No lo sé -respondió-. El mar no me lo ha dicho. Pero siempre cobra. A veces se lleva algo pequeño. Un recuerdo. La sonrisa de alguien. Otras veces... -su voz se quebró apenas-. Otras veces se lleva algo que no se puede recuperar. Y no parará hasta que el amuleto llegue a su verdadero destino. Porque el mar no olvida.


Y el mar no perdona.

Takemichi tragó saliva.

-¿Y... y si nunca se lo doy a nadie?

La mujer sonrió, pero era una sonrisa triste.

-Entonces el amuleto te reclamará a ti. Porque ya lo elegiste, ¿No es asi joven? Ya lo aceptaste. Ya te pertenece. Y lo que el mar da... el mar termina pidiendo de vuelta.

Se enderezó, y por un momento, el sol se ocultó detrás de una nube. Su rostro quedó en sombras.

-Así que piensa bien a quién se lo vas a dar -dijo-. Porque si te equivocas... no serás tú quien sufra las consecuencias. Será ella. O él. O alguien que amas. El mar no distingue. Solo cobra.

Takemichi quiso preguntar algo más. Quiso saber cómo identificar al verdadero amor, cómo estar seguro, cómo evitar que todo saliera mal.

Pero cuando abrió la boca...

La mujer ya no estaba.

O tal vez nunca lo había estado.

Abajo, a sus pies, una pequeña concha marina se mecía con el vaivén de una ola que subía un poco más de lo debido.

Takemichi se quedó quieto, el amuleto apretado entre los dedos, el corazón latiéndole demasiado rápido.

Pensó en Hina. En que era lo correcto.

"Pero si me equivoco... si ella no es..."

Negó con la cabeza. No. Hina era su destino. Siempre lo había sido. En todas las líneas de tiempo.

-No va a pasar nada -se dijo en voz baja-. Ella es... ella tiene que ser...

No terminó la frase.

Guardó el amuleto en el bolsillo y volvió caminando hacia el grupo.

-Para Hina -murmuró, como si repetirlo lo hiciera cierto.

Una gaviota pasó volando.

El mar, detrás de él, rugió suave.