PRÓLOGO
Grimhollow nunca fue un lugar especial.
Era un pueblo pequeño, olvidado, con menos de siete mil habitantes y más días grises que claros. El sol rara vez aparecía, como si también evitara ese lugar. La lluvia era constante, silenciosa la mayoría del tiempo, insistente cuando caía por las noches.
Había dos escuelas, una universidad mediocre… y un centro comercial nuevo que intentaba disfrazar el vacío del pueblo con luces artificiales.
Pero nada cambiaba realmente.
En Grimhollow, todo parecía detenido. Ahí nacieron Chloe y Emily.
Vecinas desde siempre.
El primer recuerdo claro de Chloe era el quinto cumpleaños de Emily. Un pastel sencillo, globos mal inflados… y una niña de cabello negro corto mirándola fijamente, como si ya supiera que iban a ser inseparables.
Y lo fueron.
Crecieron juntas.
No porque el pueblo les ofreciera algo mejor que hacer, sino porque solo se tenían la una a la otra.
Mientras los demás niños jugaban cosas normales, ellas buscaban algo distinto.
Algo… más oscuro. Películas de terror. Historias de fantasmas.
Libros de ocultismo que no deberían haber leído. Casos reales, rituales, símbolos.
Lo que empezó como curiosidad se convirtió en una obsesión compartida. Y esa obsesión las llevó a la cabaña.
Escondida cerca del río, en un pequeño bosque que todos conocían pero nadie visitaba
realmente, la cabaña era vieja, olvidada… perfecta.
La limpiaron.
La llenaron.
La hicieron suya.
Ese lugar se volvió su mundo. Su secreto.
Su refugio.
Y con el tiempo…
su altar.
A los dieciséis años, ya no estaban jugando. Ya no querían solo leer o imaginar.
Querían hacer algo real.
El tatuaje no fue un impulso. Fue un proceso.
Durante semanas, incluso meses, lo diseñaron en un cuaderno viejo. Dibujaban, borraban, corregían, volvían a intentar. No copiaban exactamente de ningún lado: mezclaban todo lo que habían aprendido, todo lo que creían entender del mundo oculto.
Hasta que quedó perfecto.
Era un tatuaje de exactamente 10 centímetros de diámetro, trazado con la precisión de un ritual, pensado para existir como un símbolo completo, cerrado en sí mismo.
Ambas eligieron colocarlo en el mismo lugar exacto: Sobre el hueso de la cadera.
En esa curva suave donde la piel se tensa sobre el ilíaco. Un punto íntimo.
Oculto.
Invisible para cualquiera. No se vería con ropa normal. Ni con uniforme.
Ni siquiera con bikini.
Solo podía verse si ellas decidían mostrarlo.
O si alguien cruzaba un límite que nadie debía cruzar. Era su secreto más sagrado.
El diseño comenzaba con un círculo perfecto, limpio, cerrado, sin interrupciones. Ese círculo no era decorativo.
Era una frontera.
Todo lo que existía dentro de él… les pertenecía.
A lo largo del borde interior, distribuidas con una precisión casi obsesiva, estaban
todas las fases de la luna, colocadas como las horas de un reloj. En la parte superior, exactamente en las doce, la luna nueva.
Negra.
Vacía.
Absorbente.
Luego la creciente.
La llena.
La menguante.
Y otra vez la nueva.
Un ciclo continuo.
Eterno.
Sin principio ni final.
En el centro del círculo, perfectamente alineado, descansaba un pentagrama invertido.
No torcido.
No improvisado.
Invertido de forma intencional.
Para ellas no era “maldad”.
Era ruptura.
Era negarse a ser lo que todos esperaban.
Era elegir el caos antes que la obediencia.
Encerrada dentro del pentagrama, como si estuviera atrapada o invocada, estaba la figura más importante de todo el diseño:
Una polilla de alas abiertas. Grande.
Simétrica.
Hipnótica.
Sus alas no eran simples.
Cada lado tenía patrones delicados, casi rituales… pero lo más perturbador eran los
ojos humanos dibujados en cada ala. Dos miradas fijas.
Directas.
Como si observaran desde otro lugar.
En el centro del cuerpo de la polilla, justo donde todo convergía, había una estrella de cinco puntas.
Pequeña. Precisa.
Como una chispa en medio de la oscuridad.
Y en la parte baja de cada ala…
dos pequeñas lunas.
Una a cada lado.
Ellas.
Todo el diseño no era solo un símbolo. Era una declaración.
El círculo: su mundo cerrado.
Las lunas: el tiempo que no podían controlar… pero querían dominar.
El pentagrama invertido: su rechazo a lo normal.
La polilla: su transformación, su obsesión con la luz aunque las destruyera. Los ojos: su creencia de que podían ver más que los demás.
La estrella: su guía.
Las dos lunas pequeñas: ellas, unidas. La noche que lo hicieron, llovía.
Como casi siempre en Grimhollow.
Su amigo temblaba mientras sostenía la máquina de tatuar que había comprado usada.
Ellas no.
Chloe fue primero.
El zumbido de la aguja llenó la cabaña. La tinta negra se incrustó en su piel.
Las líneas no fueron perfectas. Temblaban.
Se desviaban ligeramente. Pero eso no importaba.
Emily fue después.
En el mismo lugar.
Con el mismo diseño.
Cuando terminaron, no hubo celebración. No hubo risas.
Solo silencio.
Se miraron.
Y supieron que habían hecho algo que no podían deshacer.
Debajo de la ropa, oculto del mundo…
el símbolo existía.
No como un dibujo.
Sino como un pacto.
Chloe rompió el silencio primero.
—Si una cae en las sombras…
Emily respondió sin dudar.
—La otra irá a buscarla. No lo dijeron jugando.
No lo dijeron riendo.
Lo dijeron como si ya supieran… que algún día tendría que cumplirse. Afuera, la lluvia seguía cayendo.
El río avanzaba lento.
El pueblo dormía.
Y en Grimhollow…
sin que nadie lo notara…
algo acababa de empezar.