Error 404: Esposa no encontrada.
El café en la mansión Astorga siempre sabía a éxito, pero esa mañana, Elena sentía que sabía a traición.
—César, ni lo pienses —dijo ella sin levantar la vista de su tableta, donde una línea de código se resistía a compilar—. Si intentas enviarme ese almuerzo de tres tiempos de Le Meurice a mi cubículo, juro que hackearé tu cuenta de banco y donaré todo tu presupuesto de trajes a una fundación de rescate de gatos callejeros.
César, impecable en un traje gris marengo que costaba más que la casa de la mayoría de sus empleados, se detuvo a mitad de camino con una mano extendida hacia ella. Suspiró, dejando que sus hombros se relajaran solo un milímetro, un lujo que solo se permitía frente a su esposa.
—Es tu primer día de trabajo "oficial", Elena. Solo quería asegurarme de que mi mejor ingeniera no muriera de hambre comiendo esas barras de cereal rancias que tanto te gustan.
—Se llaman snacks de supervivencia, Presidente. Y las reglas son las reglas —Elena se levantó, ajustándose la sudadera de Overwatch que ocultaba perfectamente su figura. Se puso las gafas de pasta gruesa y lo miró con una sonrisa desafiante—. A partir de que crucemos el umbral de esta puerta, no soy la mujer que te gana en el Mario Kart todas las noches. Soy la nueva técnica de soporte de nivel uno. Si me hablas, que sea para preguntarme por qué tu Excel no abre.
César soltó una carcajada baja, una de esas que hacían que las secretarias en la oficina se olvidaran de respirar. Se acercó a ella, rompiendo la distancia de seguridad, y le plantó un beso rápido en la frente.
—Mucha suerte en el nivel uno, ingeniera. Pero ten cuidado... he oído que el Jefe Final de esa empresa es un tipo realmente difícil de impresionar.
Elena le guiñó un ojo mientras tomaba su mochila llena de cables y parches decorativos.
—No te preocupes. He oído que tiene un punto débil: su esposa. Y más te vale recordar las reglas.
—Si, nada de besos en el ascensor, nada de miradas intensas en las reuniones y, lo más importante según tú, no enviar comida gourmet al departamento de IT.
—Muy bien—. Dijo antes de salir de la gran mansión.
Ambos se fueron a la empresa en vehículos diferentes a petición de Elena ya que su plan era entrar al edificio por la entrada de empleados, su esposo se dirigió como siempre al estacionamiento privado de la presidencia.
Luego ambos se reencontraron en la recepción brevemente. César, rodeado por secretarios y ejecutivos, dónde cruzó mirada con ella por un segundo. Él mantenía la típica cara de “Jefe de Hierro” que intimida a todos, pero ella notó que llevaba un calcetín de diferente color (un detalle que solo ella sabría). Elena le guiñó un ojo discretamente y él casi tropieza con el escalón.
Media hora después, Elena respiraba el aire viciado y glorioso del sótano del edificio corporativo. El Departamento de IT era un laberinto de servidores zumbantes y luces parpadeantes donde el sol era un mito urbano, y el aroma a café recalentado era su combustible favorito.
A primera vista divisó a un chico flacucho con una camiseta grafica holgada peleando con una impresora; por detrás, un señor mayor se reía disimuladamente del más joven. Conteniendo la risa que le causaba la situación, Elena hizo un sonoro carraspeo para llamar la atención.
—¿Eres la nueva? —preguntó una voz detrás de una montaña de monitores viejos.
Elena pudo fijarse más detalladamente en su nuevo compañero. Era un chico de unos veinte años; la camiseta decía "Keep Calm and Reboot". Era Nico. La miró de arriba abajo, deteniéndose en sus zapatillas desgastadas.
—Soy Elena. Soporte técnico —respondió ella con su mejor voz de "no sé qué hago aquí".
—Soy Nico. Bienvenida al búnker, Elena. Prepárate —susurró él, señalando el techo con un gesto dramático—. El Olimpo está arriba, y el dios que lo preside, el señor Astorga, no tiene piedad con los que cometemos errores. Aquí abajo somos hermanos de armas contra el sistema... y contra el CEO.
Elena sonrió, ocultando la risa tras su mano. Si Nico supiera que el "dios del Olimpo" roncaba abrazado a una almohada de Star Wars todas las noches, probablemente el sistema colapsaría de verdad.
—Entendido, Nico. Hagamos que este sistema funcione.
—Escucha bien, Elena. Aquí la única ley es la del Clan Astorga. César Astorga es como un tiburón blanco en una piscina de niños. No lo mires a los ojos si subes al piso 50, o sentirás que te está auditando el alma.
Y Elena, mientras tanto, piensó en que ese mismo "tiburón" anoche se quedó dormido viendo una película animada con ella.
Luego Nico le presentó al resto del equipo. Le señaló a dos jóvenes más que se encontraban cerca: uno usaba unas gafas gruesas y sujetaba una tablet con gráficos de rendimiento; el otro cargaba en sus brazos un monitor de 27 pulgadas como si nada.
—Elena —dijo Nico con solemnidad—. Estos son Leo y Tobi. Somos los guardianes del ancho de banda.
—Si el sistema cae, nosotros caemos con él —añadió Leo dramáticamente. Esto le sacó una pequeña risa a Elena.
—Y si el jefe Astorga intenta intimidarte —rugió Tobi mientras abría una bolsa de papas fritas y le ofrecía un poco—, tendrá que pasar sobre nuestros teclados mecánicos.
A Elena ya empezaba a encantarle este equipo. Tenía el presentimiento que trabajar con ellos iba a ser muy divertido e, incluso tal vez la ayudarían a molestar a su querido esposo de muchas maneras.
Luego de aquella cómica presentación de los autoproclamados "Los tres mosqueteros", el hombre mayor, que hasta el momento solo observaba desde lejos, se le acercó con una sonrisa y le extendió la mano. Elena se la estrechó con un semblante un poco más serio.
—Bienvenida al búnker, señorita Elena. Soy Fabián Morales, los chicos me dicen el Capi, yo solo los dejo ser —lo último lo dice con voz cansada—. Como jefe del departamento, si necesitas ayuda no dudes en venir a mi. Ya conociste a nuestros soportes JR, ahora te presentaré a los veteranos.
—Gracias señor. Es realmente un gusto poder trabajar con usted —la voz de Elena sonaba llena de respeto y admiración. El mayor no entendía el porqué, ya que no tenía la menor idea de que ella ya conocía la trayectoria de todos gracias a su esposo.
—Esta chica con apariencia ruda es Samantha Vega, nuestra especialista en Hardware. Y el hombre de al fondo es nuestro experto en seguridad, Ricardo.
—Pueden llamarme solo Elena, espero contar con ustedes desde hoy.
—¡Por fin otra chica! —exclamó Samantha, que lucía mechones de color neón, mientras le sonreía. —Todos me llaman Samy, cualquier cosa que necesites no dudes en hablarme. Y te aconsejo que ignores por completo al "Abuelo" —dijo señalando a Ricardo, quien no había dicho ninguna palabra —, es un paranoico total.
—Elena, ese será tu escritorio —El Capi le señaló un lugar cerca de una de las pocas ventana —. Encima están tus tareas designadas para hoy. Cualquier duda, puedes consultarle a tus compañeros.
—Muchas gracias señor.
Así comenzó su primer día de trabajo. Las primeras horas transcurrieron de forma normal. Las tareas asignadas eran relativamente fáciles para sus habilidades; aun así, decidió tomarse su tiempo y hacer preguntas ocasionales a sus compañeros para no levantar sospechas.
El ambiente en la oficina era una sinfonía de clics mecánicos y el tarareo de los servidores. Todo parecía marchar bien hasta que el teléfono rojo en la oficina del Capi comenzó a sonar. Era el timbre de un teléfono antiguo que solo sonaba cuando la planta 50 —el "Olimpo"— tenía una crisis.
—¿Qué pasa? —le susurró Elena a Samy, pero esta la hizo callar con un gesto.
El caos habitual se congeló. Nico que estaba a punto de celebrar una victoria en su pantalla, dejó el mouse como si quemara. Leo se quedó petrificado con una bolsa de snacks a medio abrir y Tobi ocultó su consola bajo una pila de cables. Incluso Samy dejó de golpear el chasis de un servidor y se puso los auriculares, fingiendo una concentración absoluta.
Fabián salió de su oficina con la cara pálida y el auricular en la mano, como si sostuviera una granada.
—Es él —susurró Fabián, y un escalofrío colectivo recorrió el equipo.— El señor Astorga dice que su sistema tiene un "error crítico" y exige soporte presencial... Ahora mismo.
Los Tres Mosqueteros intercambiaron miradas de terror.
—Yo... yo tengo que monitorear el firewall. Es una cuestión de seguridad nacional —balbuceó Leo, ajustándose las gafas con nerviosismo.
—Mi espalda... Creo que me dio un tirón cargando ese monitor —añadió Tobi, encogiéndose tras su escritorio.
Fabián suspiró, buscando una víctima, y su mirada aterrizó en la cara tranquila de Elena. Para el equipo, ella era la “novata” que aún no conocía el verdadero miedo.
—Elena —dijo el Capi con voz solemne, entregándole una tarjeta de acceso dorada—, eres nueva, tienes el aura limpia y no has sido corrompida por el odio de este sótano. Ve tú. Si logras que el tiburón no te despida antes del almuerzo, te invitaremos la pizza por un mes.
—Solo es una computadora, chicos. No es un dragón —respondió Elena, ocultando una sonrisa mientras guardaba un destornillador en el bolsillo de su sudadera.
—Para nosotros, Elena, él es el dragón —sentenció Nico con dramatismo, haciendo una señal de la cruz con dos cables USB mientras ella caminaba hacia el ascensor.
Elena entró al elevador bajo la mirada fúnebre de sus compañeros, quienes la veían como si marchara hacia su perdición. Mientras las puertas se cerraban, ella solo podía pensar en qué tontería habría inventado César esta vez para obligarla a subir.
El ascensor privado se abrió en el piso 50 con un ding que sonó a sentencia de muerte en los oídos de Elena. El pasillo de la planta presidencial era un desierto de mármol y silencio, custodiado por Hugo, quien estaba sentado tras su escritorio de nogal, tan impecable que parecía parte del mobiliario. Hugo levantó la vista y, al ver a Elena con su sudadera ancha y su caja de herramientas, una chispa de diversión cruzó sus ojos grises.
—La ingeniera Díaz, supongo —dijo Hugo con voz flemática—. El señor Astorga está... “muy alterado”. Ha estado a punto de lanzar su laptop por la ventana porque dice que el cursor se mueve “con arrogancia”. Pase, por favor.
Elena rodó los ojos.
—¿Con arrogancia, Hugo? ¿En serio?
—Es lo malo que tiene ser un genio de las finanzas, señora Elena. La tecnología es el único idioma que no puede comprar.
Elena entró a la oficina. Era un espacio inmenso, con ventanales que dominaban toda la ciudad. César estaba de pie frente a su escritorio, con la chaqueta del traje tirada sobre una silla y la camisa con los primeros botones desabrochados. Tenía el cabello revuelto, dándole un aire de león enjaulado.
En cuanto la puerta se cerró, César se transformó. El “Tiburón Astorga”, el hombre que hacía temblar a los bancos, desapareció en un parpadeo.
—¡Elena! Gracias al cielo —exclamó, rodeando el escritorio en dos zancadas—. Este aparato me está haciendo gaslighting. Estoy seguro de que el software cambió de idioma solo para molestarme.
Elena se acercó a la computadora mientras César la rodeaba por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro con una vulnerabilidad que haría que Fabián se desmayara del susto.
—A ver, “Jefe Final”... —Elena miró la pantalla—. César, tienes el teclado bloqueado y activaste accidentalmente el modo de contraste alto. No es un complot tecnológico, es que te sentaste sobre el teclado mientras hablabas por teléfono, ¿verdad?
César guardó un silencio culpable y la estrechó más fuerte.
—Tal vez. Pero funcionó, ¿no? Estás aquí. En mi oficina. A plena luz del día.
De repente, la voz de Hugo sonó por el intercomunicador, recuperando su tono profesional y frío.
—Señor Astorga, la directora de Marketing, la señorita Verónica, está subiendo. Dice que es urgente y que no necesita cita.
El cambio fue instantáneo. César se tensó, sus ojos se volvieron fríos y su postura recuperó esa rigidez aristocrática que intimidaba a cualquiera. Se alejó de Elena, recuperando su máscara de CEO en menos de un segundo.
—Ingeniera Díaz —dijo con una voz tan gélida que Elena casi siente que el aire se congelaba—, proceda con la reparación de inmediato. No toleraré más retrasos en mi equipo de trabajo.
Elena parpadeó, impresionada por el cambio de “Skin”.
—Sí, señor Astorga —respondió ella, siguiendo el juego mientras se arrodillaba bajo el escritorio para fingir que revisaba los cables.
Justo cuando Verónica abría la puerta con su habitual aire de superioridad, Elena soltó un suspiro mental. El nivel 1 acababa de subir de dificultad.