SOLO POR EL ALCOHOL

All Rights Reserved ©

Summary

Diego tiene novia, una vida ordenada y cero interés en complicarse la existencia. Mario es arrogante, provocador y el compañero de trabajo al que menos soporta. Apenas se hablan, se evitan siempre que pueden… hasta que una noche, entre copas y malas decisiones, cruzan una línea imposible de ignorar. Lo que debía quedar en un error empieza a repetirse. Miradas que duran demasiado, discusiones cargadas de tensión y una atracción que ninguno está dispuesto a reconocer. Porque odiarse resulta más fácil que aceptar lo que sienten. Entre orgullo, deseo y secretos, Diego tendrá que enfrentarse a una verdad que lleva demasiado tiempo evitando. A veces lo más peligroso no es caer… sino descubrir que nunca quisiste levantarte.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

(Narra Mario)

Quedé con mi grupo de amigos. Hacía tiempo que no nos veíamos, más o menos desde que empecé mi nuevo trabajo. Tienen ganas de que les cuente sobre mi vida y no paran de hacerme preguntas. Ellos han seguido quedando con frecuencia, pero por unas cosas y otras yo no he podido quedar. Por eso estuvieron especialmente insistentes para que quedara hoy.

—Háblanos de la empresa.

—¿Qué has estado haciendo?

—¿No me van a dejar cenar tranquilo? —pregunto antes de comerme una papa frita.

—¡No! —me responden todos a una.

—Venga, les cuento. —Bebo un sorbo de cerveza y refresco la garganta—. La empresa es pequeña. Las oficinas ocupan una planta entera del edificio. Las demás plantas pertenecen a otras empresas. En la zona en la que trabajo hay gente de contabilidad, compras, diseño y ventas. Aunque somos de distintos departamentos, se nos considera un equipo. Todos tenemos que ayudarnos y se fomenta el espíritu de equipo.

—Parece una buena empresa.

—Sí, hay buena atmósfera en el trabajo. Tienen ciertas reglas no escritas que todos acatan para mantener esa unidad. Los cumpleaños se celebran y vamos todos a tomar alguna copa. La semana en la que cae uno o varios cumpleaños, ese viernes todos, sin excepción, han de ir. Solo puedes faltar por algo muy importante. Una vez al año hacemos una escapada en grupo.

—¡Demonios! Ni que trabajaras para Google.

—Pero, en verdad, ¿te llevas bien con todos?

—Ahora más o menos sí. Pero cuando entré, uno de los contables me resultaba detestable.

—¿Y eso?

—No bromea con nadie, es soso, aburrido, serio —digo encogiéndome de hombros—. No entendía por qué a los otros les cae bien. Aunque no se relaciona mucho.

—¿No va a los cumpleaños?

—Sí va. Hay dos o tres personas con las que se siente cómodo. No se mueve de su lado cuando salimos. —Doy un largo trago de cerveza antes de seguir explicando la situación—. Después me enteré de que ayuda a cualquiera en lo que necesite. Si tienen problemas, aunque no sean laborales, los escucha y apoya. Nunca critica ni se burla de nadie. Todos lo consideran un buen compañero y le tienen mucho cariño.

—Un momento.

—Espera ahí.

—Tú lo detestabas.

—¿Qué pasó para que hables con cariño y hasta con tristeza de él?

Se interrumpen unos a otros, tratando de saber lo mismo, aunque cada uno lo pregunta de diferente manera. Es divertido verlos tan interesados, así que suelto la bomba no sabiendo cómo reaccionarán.

—Me lo follé —respondí evitando mirarles a la cara.

—¡¿¿Qué??! —todos me gritaron, y a mí me dio la risa.

—Era mi quinto día en el trabajo y hubo un cumpleaños. Me emborraché y él también —comienzo a contarles. Todos me escuchan atentamente, dejando que la comida se enfríe frente a nosotros—. Llevábamos toda la semana a punto de golpearnos, pero no llegó a suceder nada. Esa noche, borrachos y tras unos comentarios nada agradables, salimos del local para pegarnos y no sé cómo terminamos besándonos y completamente calientes. Mi casa está pegada al local. Subimos y sucedió. Al día siguiente, cuando me desperté, ya no estaba. Se había marchado. No lo vi hasta el lunes en el trabajo. Me dijo que hiciéramos como si nunca hubiera pasado.

—Lo tuyo es muy fuerte. No sabía que eras gay.

—No lo soy.

—¿Bi?

—Tampoco —respondo y me bebo casi toda la cerveza y hago unas señas al camarero para que me traiga otra. Necesito más alcohol para seguir con esta conversación.

—¿Entonces?

—Venga, chicos, paren. Fue una vez y borracho, no le den más vueltas —dijo uno de ellos, defendiéndome.

—Volvió a ocurrir —dije yo, sorprendiéndolos más.

—¿Qué?

—Semanas después, otro cumpleaños. Y los dos borrachos. Otra vez iba a golpearle y otra vez acabamos en mi cama. Pero a la mañana siguiente seguía allí, dormido. Yo estaba sobrio y totalmente caliente por él. —Los rostros interesados de mis amigos hacen que les cuente más de lo que debería, pero no logro parar. Llevo mucho conteniendo todo esto y necesito sacarlo de mí—. Le dije que lo hiciéramos. Él es el mejor polvo que he echado nunca y quería saber si era por el alcohol. También necesitaba saber si era gay. Pensé que follando sobrios obtendría respuestas.

—¿Y qué pasó? —me preguntan. Todos inclinados hacia delante, sin perderse una palabra. El silencio es palpable en nuestra mesa, en contraste con el ruido del resto del restaurante.

—Pues lo hicimos. No es soso ni aburrido en la cama —sentencio antes de contarles cómo son las cosas ahora entre nosotros—. Esto fue hace dos meses o por ahí. También dijimos que no volvería a ocurrir y que nos mantendríamos alejados si nos veíamos borrachos. En el trabajo no hablamos, no nos aguantábamos y, aunque ahora no siento que me deteste, tampoco se va a acercar a mí.

—Así que un chico gay te ha hecho caer por él.

—Él no es gay —respondo, casi aburrido de que todo tenga que ver con nuestra orientación sexual.

—¡No jodas!

—Es verdad. Tiene novia y es preciosa.

—¿Y entonces por qué deja que le folles?

—Solo por el alcohol —me encogí de hombros y seguimos comiendo.


〰〰〰 ✒ 〰〰〰


Tras cenar fuimos a un bar a beber. Entre bromas pedimos unas copas, aunque ya llevaban bastante encima. Estaban algo chistosos, burlándose de las cosas que me pasaban.

Miré hacia la barra para buscar al camarero y entonces lo vi. Con la cabeza gacha y una expresión de infinita tristeza en la cara. Si no me equivoco, lloraba.

—Disculpe —le digo al camarero que se acercó para traernos más bebida.

—¿Señor?

—¿Desde cuándo lleva ahí? —le pregunto, haciendo un gesto hacia el hombre de la barra.

—¿Le conoce?

—Sí.

—Debería hacer algo —me dice y parece deshincharse un poco, aliviado de que alguien le pueda ayudar—. No ha parado de beber y llorar. No sabemos qué le sucede, nunca le habíamos visto así. No nos atrevemos a preguntar.

—¿Le conocen? —pregunto extrañado, no parece alguien que salga de copas a no ser que se le obligue.

—Claro. Vive por aquí cerca. Suele venir con su novia y sus amigos.

Todos mis amigos escuchaban la conversación con mucho interés.

—¿Qué pasa, Mario?

—¿Estás preocupado?

—Ese chico es del que les hablé —respondo sin quitar los ojos del hombre que se desmorona en la barra—. Algo malo le sucedió. Lo siento, quedamos otro día. Voy a ver qué le ocurrió.

—De acuerdo.

—No te preocupes.

—Nosotros seguimos de fiesta.

—Ten cuidado —Raúl palmea mi espalda.

—¿Por? —pregunto extrañado.

—Aunque no lo creas, es muy obvio —todos asentían—. Estás enamorado.

Los miré como si estuvieran locos. Ninguno se reía, estaban serios y no apartaban la mirada, esperando a que asimilara la información.

Somos amigos de toda la vida. Son mi familia. Así que, por supuesto, me conocen muy bien. ¡Mierda! Puede que tengan razón.

Con suavidad me empujan para que me acerque a Diego, al que miran con obvio interés, queriendo saber cómo es el hombre que me gusta.

—¿Qué haces aquí y por qué lloras? —le pregunto al acercarme.

—Tienes que irte, estoy borracho —me responde nada más reconocerme—. Nuestro trato.

—No puedo dejarte —le pongo una mano en el hombro y se relaja levemente—. Te ves triste.

—Vete, por favor. —Se seca las lágrimas con el brazo y mi corazón sufre por él.

—Yo no estoy borracho. Nada va a pasar entre nosotros —trato de tranquilizarle—. Deja que te lleve a tu casa. Estás mal.

Se levantó con cuidado de la banqueta. Lo sujeté al ver que se tambaleaba. Es mucho más pequeño que yo y, sin embargo, siento cómo su cuerpo se adapta al mío como un guante. Todos mis amigos lo miran y veo sonrisas de aprobación, aunque el pobre chico está fatal.

Salimos del bar tras despedirme con un guiño. El aire de la calle parece que le hace bien.

—¿Dónde está tu casa?

—Es este portal. Vivo en el séptimo D.

—Vivimos muy cerca.

—Lo sé. Los del trabajo van a aquel bar, cerca de tu casa, porque para mi primer cumpleaños en la empresa decidí cambiar el sitio para estar cerca de la mía —comienza a divagar, hablando casi sin sentido—. Has visto cómo se me va la cabeza borracho. Les gustó el local y desde entonces lo celebran todo allí. Yo no he dicho que vivo cerca. Piensan que es porque me gusta y es barato.

Estaba muy hablador y la historia resultaba algo graciosa. Consiguió que todos cambiaran de lugar por él y no se da cuenta de que es porque todos sus compañeros le quieren de verdad.

Caminamos lentamente y, aunque parece más tranquilo, su mirada sigue triste. No quiero preguntarle nada para evitar que se eche a llorar de nuevo, así que le dejo que continúe hablando de lo que quiera. Poco a poco parece despejarse y calmarse.