La pérgola

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Summary

La vida de Federico Darsen parece tranquila hasta que una observación de la administración del barrio privado donde vive convierte su casa en el centro de una disputa inesperada. Una pérgola demasiado alta, apenas unos centímetros fuera del reglamento, desata una batalla entre obedecer y resistir. Federico deberá decidir hasta dónde está dispuesto a llegar para defender una estructura que, poco a poco, deja de ser una simple pérgola y se convierte en el símbolo de insurgencia. Entonces toma una decisión radical: se encadena a la pérgola a modo de protesta pacífica e inicia una huelga de hambre, tomando solo agua, que nadie sabe cuánto tiempo podrá sostener.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Cuarenta centímetros: esa era la medida del conflicto, apenas dos hojas de papel o el equivalente a una pizza familiar. Esa era la diferencia entre una pérgola aceptable y una pérgola que incumplía las normas del country Tierras Altas. Un problema de ricos, habría dicho cualquier porteño. La pérgola ya llevaba varios meses construida sin que nadie hubiera dicho nada. Por eso, la primera vez que me señalaron que estaba excedida en altura, creí que era una de esas observaciones administrativas que nacen en WhatsApp y, con el tiempo, mueren solas.

Estaba en medio de un torneo de ajedrez online cuando me llegó el mensaje:

“Buen día, Luciano. Quería comentarte que pasé por tu casa y observé que la pérgola que realizaron está excedida en altura.”

Respondí:

“Buen día. Por lo que puedo observar, la diferencia de altura de mi pérgola no parecería ser significativa. Al tratarse de una diferencia mínima, en principio no tendría intención de modificar la estructura. La hice de esa manera porque con la pérgola anterior tuve un problema: una vez entré con la bicicleta cargada en el portabicicletas, golpeó contra la estructura y se rompieron tanto parte de la bici como parte de la pérgola. Por eso decidí darle un poco más de altura, simplemente para evitar que vuelva a pasar lo mismo.

Estuve averiguando y vi que existen antecedentes judiciales en casos de obras observadas por reglamentos internos, donde no siempre se ordena la demolición o modificación automática. En algunos casos, los tribunales evaluaron si la obra generaba un daño concreto, si afectaba a terceros, si alteraba de manera relevante la estética o seguridad del conjunto, y si la medida de demoler o modificar resultaba proporcional. En mi caso, la pérgola está construida y ubicada en una zona central del terreno, no sobre una esquina ni sobre un sector lindero inmediato con vecinos. Por ese motivo, entiendo que no afecta de forma directa a terceros ni genera un perjuicio concreto. Quiero dejar aclarado que la estructura no fue realizada con intención de alterar la estética del lugar, generar una ampliación encubierta ni afectar a terceros. La diferencia de altura responde a una necesidad funcional concreta: permitir el ingreso y uso seguro del espacio, especialmente teniendo en cuenta que con la estructura anterior ya tuve inconvenientes y daños al ingresar con la bicicleta cargada en el portabicicleta. En ese sentido, aun si existiera una diferencia respecto de la altura prevista, considero que debe evaluarse en su contexto real: no se trata de una construcción habitable, ni de un cerramiento. Es una pérgola abierta, de uso funcional, y la diferencia de altura no genera, hasta donde puedo advertir, un perjuicio concreto a vecinos, visuales, seguridad, circulación ni espacios comunes. Por eso, antes de adoptar cualquier medida extrema o desproporcionada, entiendo que correspondería analizar si existe un daño real y verificable, y si una eventual modificación resulta razonable en relación con la entidad de la diferencia observada. Mi intención es resolverlo de manera razonable y de buena fe, pero también dejar asentado que no considero proporcional exigir una modificación si no existe una afectación concreta.”

Su respuesta fue:

“Voy a pasar tu consulta al gerente técnico.”

Al día siguiente me quedé reflexionando: sabía que mi pérgola estaba lejos de ser una torre de vigilancia apuntando al living del vecino. ¿Hasta dónde estaba dispuesto a transformar un litigio simple por cuatro columnas y unas vigas en la defensa de Constantinopla? ¿No sería más fácil agarrar una amoladora, recortar cuarenta centímetros y seguir adelante con mi vida?

Era una mañana fresca de otoño, casi irreal de tan tranquila. El pasto del frente todavía estaba húmedo; los pájaros cantaban sin apuro, libres de todo reglamento; mi auto dormía bajo la estructura. Y las columnas de hierro parecían más firmes que cualquier cosa que yo hubiera logrado sostener en mi vida durante los últimos años. Pero no más firmes que aquella vez que fui a nadar veintiún kilómetros al río Paraná. Ni más firmes que el día en que logré sostener doscientos días seguidos nadando cinco mil metros cada día. Ni más firmes que cuando hice tres mil seiscientos kilómetros en bici durante ciento ochenta días. Pero sí más firmes que mis últimas relaciones de pareja.

“Excedida en altura”: así la describieron, usando esa palabra de oficina, una palabra con sello, con alguien sentado detrás de un escritorio decidiendo que la estética visual del barrio empieza a romperse cuando un hierro sube cuarenta centímetros más de lo autorizado.

Miré hacia afuera. Ahí estaba ella, quieta, inocente en su desmesura mínima. Casi tres metros. Dos ochenta y pico, según mi cálculo. La altura máxima permitida era dos metros con cuarenta centímetros. Me parecía ridículo que el máximo de altura para una pérgola compitiera con la altura de un jugador de básquet. ¿Quién había establecido esas medidas, un liliputiense o un consejo de umpa-lumpas? Incluso Sultan Kösen, el hombre vivo más alto del mundo, con sus dos metros cincuenta y uno, se chocaría la cabeza si yo hubiera construido la pérgola con los dos metros cuarenta reglamentarios. ¿En qué mundo una pérgola tiene que ser más baja que un hombre? ¿En qué cabeza cabe? Al menos en mi pérgola sí cabría.

Ella había nacido así, sin haber dado consentimiento para ser creada, como nacen casi todas las cosas en este mundo: empujadas por una necesidad ajena. No había venido a romper la armonía del barrio ni a desafiar reglamentos. Solo estaba ahí, quieta, guardiana de un auto, sosteniendo la pequeña esperanza de que una bicicleta pudiera entrar sin lastimarse contra el techo. Un puñado de hierro en paz, en el banquillo de los acusados, juzgada por haber crecido cuarenta centímetros más de lo permitido. Sin esperarlo, apareció una pregunta perturbadora, casi siniestra: ¿acaso no seremos iguales nosotros, los seres humanos, que llegamos a este planeta sin haberlo pedido? ¿Acaso no fuimos también construidos por una necesidad ajena? ¿Será que, cuando nos excedemos, también hay una administración celestial que intima a nuestro creador para que nos cercene y corrija el exceso?

Mi pérgola nunca tuvo la intención de burlarse del reglamento ni de invadir el cielo ajeno. Pero la administración no veía una pérgola: veía a alguien saliéndose de la norma. En Tierras Altas Country Club todo tenía una manera correcta de existir. La velocidad de los autos. La altura de los cercos. La poda de los árboles. El horario del ruido. Las obras. Los camiones. Los perros. Los invitados. Las luces exteriores. La basura. Incluso el silencio parecía tener reglamento propio, una forma aceptable de no molestar.

No me parecía mal convivir con reglas. Nadie compra una casa en un barrio privado para descubrir después que cada vecino puede hacer lo que se le canta. Lo entendía. Lo había entendido siempre. Pero otra cosa era aceptar que una diferencia de altura en una pérgola pudiera transformarse en el desembarco a Normandía.

Me di cuenta de que se puede estar en falta y tener razón al mismo tiempo. Ahora, de ser el vecino normal que nunca se metía con nadie, estaba por convertirme en el mártir de la cochera, cuando simplemente no quería cortar algo que cumplía su función, algo que no le quitaba nada a nadie.

Afuera pasó un jardinero empujando una máquina. El ruido del motor cortó la mañana en pedazos. Por la calle pasó una camioneta blanca. Avanzó despacio, como avanzan las camionetas dentro de un barrio donde todo el mundo sabe que puede ser visto.

Pensé en dos escenarios: cortar las columnas o entrar en el otro camino, el de las cartas documento, las multas, las reuniones, los vecinos opinando desde la vereda moral de siempre. Alguno, por supuesto, diciendo que las normas son normas. Otro diciendo que la administración siempre se mete con pavadas. Un abogado escribiendo frases más caras que el hierro. Un juez, algún día, leyendo mi nombre en un expediente y preguntándose cómo había llegado hasta ahí una pérgola. Me dio risa. Después no.

En los barrios privados, el silencio suele parecer paz, pero muchas veces es solo gente consultando qué hacer con vos. Nadie levanta la voz. Nadie golpea una puerta. Todo ocurre con educación y con buenos días.

A la tarde salí a mirar la pérgola desde la vereda. Quería verla como la veía la administración. Me paré enfrente y levanté la vista. Sí, era alta. No podía negarlo. Tenía una presencia que las otras no tenían. No se excedía demasiado, pero sí lo suficiente para que alguien con ganas de mirar encontrara algo.

Una vecina pasó caminando con su perro, Roco.

—Te quedó linda —me dijo.

—Sí, está buena.

Miró la estructura un segundo más.

—¿Te dijeron algo?

Ahí entendí que el tema ya había salido del mensaje privado.

—Que estaba excedida un poco de altura.

La mujer hizo una mueca, mitad sonrisa, mitad cansancio.

—Siempre algo encuentran.

No dijo más. Siguió caminando. El perro olfateó el borde del pasto y tiró de la correa. Me quedé viendo cómo se alejaban. El tema me molestaba, pero no al punto de quitarme el sueño. Cuarenta centímetros de hierro estaban alterando mi conducta. No quería convertirme en el vecino loco de la pérgola.

A la semana siguiente llegó la respuesta formal. Esta vez no era un mensaje amable. Era una intimación. Con una frase final que decía, sin decirlo del todo, que la desobediencia podía traer consecuencias.

Afuera, la pérgola proyectaba una sombra larga sobre el auto, una sombra perfecta, fresca, inútilmente hermosa. Entonces sentí algo raro. Una decisión empezó a cerrarse dentro de mí. No iba a cortarla. Todavía no sabía qué significaba eso. No sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar, ni cuánto podía costarme, ni qué parte de mí iba a quedar atrapada en esa negativa. Solo sabía que no iba a llamar a nadie para que bajara esas columnas. Apoyé la intimación sobre la mesa, agarré una botella de agua de la heladera y salí.

Me quedé debajo de la pérgola un rato más. Pensé en la palabra excedida. No aplicada al hierro, sino a una persona. Alguien que, mientras no levantara demasiado la voz, mientras no incomodara a nadie en la empresa ni en la familia, podía seguir ahí, tolerado, sostenido, más o menos aceptado. Pero bastaba crecer unos centímetros fuera de plano para que empezaran lps estudios. Los informes. La pregunta fría sobre cuánto había que recortar para que todo volviera a parecer normal.

Miré las columnas. Cuatro hierros verticales, quietos, obedientes, esperando que alguien decidiera si merecían seguir enteros. Entendí algo que no me gustó entender: a veces no te castigan por derrumbarte. Te castigan por pasarte de altura.