El deseo que te trajo a mí

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Summary

Ariel siempre creyó que estaba sola. Hasta que una noche, en medio de la desesperación, pidió un deseo. Y alguien respondió. Natch no es humano. No debería sentir. No debería quedarse. Pero entra en su vida como una presencia silenciosa, distante al principio… inevitable con el tiempo. Mientras Ariel descubre un mundo oculto lleno de verdades imposibles, también empieza a comprender que aquel deseo no fue un milagro. Fue un trato. Y algunos deseos no vienen para salvarte. Vienen a mostrarte cuánto estás dispuesto a perder. Porque cuando la verdad salga a la luz, Ariel deberá enfrentar algo peor que la soledad: el precio de haber deseado no estar sola nunca más.

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Cruzando el umbral

El círculo mágico zumbaba con un murmullo grave, casi vivo.

La luz violeta que emanaba de los sellos grabados en el suelo del ático latía como un corazón enfermo, proyectando sombras irregulares sobre las vigas antiguas. El aire dentro del anillo se doblaba, ondulándose como si la realidad estuviera siendo forzada a adoptar una forma que no le pertenecía.

El polvo acumulado durante años se desprendió de las tablas, elevándose en espiral, atrapado en una tormenta invisible que giraba hacia el centro del ritual.

Ariel no respiraba.

No era así como debía verse.

Entonces ocurrió.

Con un sonido seco —como el crujido del hielo al quebrarse bajo presión— la luz colapsó hacia su núcleo. El resplandor fue absorbido en un solo punto y desapareció de golpe, dejando tras de sí un silencio violento y un olor intenso a ozono y salvia quemada suspendido en el aire.

El ático quedó en penumbra.

Algo había cambiado.

El espacio dentro del círculo ya no estaba vacío.

Un instante antes no había nada.

Al siguiente…

Una figura.

Sólida.

Real.

El corazón de Ariel dio un golpe brutal contra su pecho. Retrocedió un paso torpe, su mano temblorosa voló hacia su boca mientras sus ojos violetas, abiertos de par en par, reflejaban una mezcla imposible de horror y fascinación.

No era una ilusión.

Había alguien dentro del círculo.

Y la estaba mirando.

* * *

La figura no se movió de inmediato.

Durante un latido eterno, permaneció de pie en el centro del círculo, envuelta en la penumbra del ático como si la oscuridad misma la hubiera reclamado.

Luego respiró.

Un sonido suave. Humano.

La silueta dio un paso al frente y la luz de la luna, filtrándose por la pequeña ventana inclinada del techo, rozó su rostro.

Cabello blanco, ligeramente desordenado, cayendo en mechones suaves sobre su frente. Piel pálida, casi luminosa bajo el tono frío de la noche. Rasgos definidos pero serenos, como tallados con precisión.

No había cuernos.

No había alas.

No había llamas.

Solo un joven de apariencia perfectamente humana, de estatura promedio, vestido con ropas negras que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla.

Pero sus ojos…

Cuando los abrió por completo, el aire volvió a tensarse.

No eran normales.

En ellos no había reflejo de luna ni de sombra. Solo una profundidad insondable, como si detrás de esa mirada existiera algo demasiado vasto para caber en una forma humana.

Ariel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No… —susurró, apenas audible—. Esto no es posible…

El joven inclinó ligeramente la cabeza, como si la estuviera evaluando.

Como si la estuviera reconociendo.

Y entonces habló.

* * *

—…¿Qué es este lugar?

No había autoridad en su voz. Había desconcierto.

Sus ojos recorrieron el ático con lentitud calculada, evaluando cada sombra, cada grieta en la madera, cada símbolo mal trazado bajo sus pies.

El silencio se volvió denso.

Ariel tardó un segundo en comprender que le hablaba a ella.

—Y-yo… esto es mi casa…

Natch giró el rostro hacia la pequeña ventana. La luna. El cielo. El aire distinto.

Su ceño se frunció apenas.

—No reconozco este mundo.

No fue una exclamación. Fue un diagnóstico.

El corazón de Ariel dio un vuelco.

—¿Tu… mundo…?

Él bajó la mirada al círculo. Observó las líneas irregulares. Las runas desalineadas. El trazo inseguro de tiza mezclado con sal.

Una pausa.

Luego otra.

Algo en su expresión se volvió más frío.

—Esto… es un ritual de invocación defectuoso.

Ariel sintió el calor subirle al rostro.

—N-no está incompleto… yo seguí las instrucciones…

Natch alzó la vista.

Y por primera vez la observó de verdad.

Una humana.

Temblando. Sola. Con polvo en las manos y miedo en los ojos.

Silencio.

Su expresión se endureció.

—Fuiste tú.

No era una pregunta.

—Tú me trajiste aquí.

La presión en el aire aumentó apenas, suficiente para hacer vibrar las tablas del ático.

—Yo no… —balbuceó ella—. Solo intentaba invocar a alguien que me pudiera entender… una entidad menor… o alguien que me pudiera acompañar.

La palabra menor quedó suspendida entre ambos.

Natch parpadeó.

Una vez.

Lentamente.

El desconcierto desapareció.

Fue reemplazado por algo más afilado.

—¿Menor?

La temperatura descendió.

Su voz perdió toda neutralidad.

—Humana… ¿tienes siquiera idea de lo que has hecho?

Ariel negó con la cabeza.

Natch dio un paso hacia el borde del círculo. La barrera mágica chisporroteó al contacto, rechazándolo.

Sus ojos rojos brillaron con una ira contenida.

—No soy una criatura menor. Ni un espíritu errante que puedas convocar para mitigar tu soledad.

El ático crujió bajo una presión invisible.

—Soy uno de los tres guardianes del reino demoníaco. Miembro de la élite. Servidor directo del Rey Demonio.

Una sombra pareció extenderse tras él, aunque no había ninguna fuente que la proyectara.

—Y he sido arrancado de mi plano… por un ritual torpe… ejecutado por una humana débil que no sabe a quién llamó.

La palabra débil no fue gritada.

Fue pronunciada con un desprecio tan frío que resultó peor que cualquier alarido.

El libro cayó de las manos de Ariel.

El golpe seco resonó en la habitación.

Natch volvió a mirar el círculo.

Luego a ella.

Su expresión ya no era furia.

Era juicio.

—Explícate… humana.

* * *

La palabra no fue pronunciada con ira abierta. Fue peor. Fue dictada como una sentencia.

Ariel tragó saliva. Sentía la garganta seca, áspera, como si hubiese inhalado toda la salvia del ritual.

—Y-yo… no sabía que… —sus dedos se aferraron a la tela de su chaqueta—. El libro decía que podía invocar… una entidad compatible… alguien que respondiera al llamado…

Natch no apartó la mirada.

Ella continuó, apresurada, tropezando con sus propias palabras.

—No quería hacer daño. Ni interrumpir nada… yo solo… —su voz titubeó— solo pensé que… tal vez… alguien podía escucharme.

El silencio se volvió pesado.

La luz de la luna delineaba el círculo, marcando con claridad la frontera entre ambos.

—No sabía que podía ser alguien real… —susurró—. No quería molestarte… Solo quería compañía.

Las palabras flotaron frágiles en el aire.

Natch entrecerró los ojos ligeramente.

—¿Invocaste un ser demoníaco… por compañía?

No había burla en su tono. Solo incredulidad analítica.

Ariel bajó la cabeza.

—No esperaba que fuera alguien… como tú.

El eco de “como tú” quedó suspendido.

Sus manos comenzaron a temblar con más fuerza. Intentó contenerlo. Enderezarse. Mantener algo de dignidad.

No pudo.

—Yo no… —su respiración se quebró—. No tengo a nadie.

El ático pareció hacerse más pequeño.

—Mis padres… no están. Mi hermana… ya no está conmigo… y yo… —Las palabras empezaron a salir sin control, atropelladas—. Y esta casa… es tan silenciosa que duele. Solo quería saber si algo… alguien… podía responderme.

El rubor en sus mejillas ya no era timidez.

Era vergüenza.

Era dolor.

Sus ojos violetas, antes firmes, ahora brillaban con lágrimas que luchaban por no caer.

—No quería molestarte… no sabía que podía salir alguien… importante…

La última palabra se rompió en su garganta.

El libro en el suelo parecía un testigo mudo de su estupidez.

Y entonces ocurrió.

Las lágrimas cayeron.

Una.

Luego otra.

Silenciosas. Sin dramatismo.

Su postura colapsó levemente, hombros encogidos, manos cubriéndose el rostro como si pudiera esconderse del juicio en esos ojos carmesí.

—Lo siento… —susurró—. De verdad lo siento…

El aire dejó de vibrar.

Natch la observó sin decir nada.

No estaba acostumbrado a ser invocado.

Y mucho menos… por un humano tan frágil.

Pero aquello…

No era hostilidad. No era desafío.

Era soledad.

Su expresión no se suavizó.

Pero algo en su mirada cambió apenas.

Desvió la vista hacia el borde del círculo.

Necesitaba confirmar algo.

Se acercó nuevamente a la línea trazada en sal y tiza.

Extendió la mano.

La barrera respondió de inmediato.

Un destello violeta chisporroteó al contacto, formando una pared invisible que rechazó su palma con una descarga sutil pero firme.

El ático crujió.

Natch frunció el ceño.

Apoyó la mano con mayor presión.

La energía vibró con más intensidad, como si el círculo estuviera defendiéndose.

Retrocedió un paso.

Analizó las runas.

Inclinó ligeramente la cabeza.

—Interesante…

Ariel alzó la vista entre lágrimas.

Natch extendió ahora ambas manos hacia el límite del círculo. Su energía se condensó alrededor de sus dedos, una presión invisible que hizo temblar las vigas del techo.

La luna pareció opacarse por un segundo.

Empujó.

La barrera brilló con fuerza, las líneas mal trazadas del suelo resplandecieron en violeta intenso, sellando el perímetro.

Un sonido agudo atravesó el ático.

Pero el círculo no cedió.

Natch retiró las manos lentamente.

Sus ojos rojos se estrecharon.

—Imposible…

Miró nuevamente los símbolos.

Las imperfecciones.

Los errores.

Las líneas torcidas.

Su lógica no encajaba con el resultado.

—Este ritual es defectuoso —murmuró—. Incompleto… mal alineado… ejecutado sin precisión…

Se detuvo.

La conclusión se formó con frialdad quirúrgica.

—Y aun así… funciona.

Levantó la mirada hacia Ariel.

Ya no había furia.

Había algo peor.

Comprensión estratégica.

—Humana…

El silencio se tensó.

—Al parecer… No puedo salir.