Entre las Tinieblas
Tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac, tic, tac.
Ese sonido era el único que se escuchaba en la sala de espera del Hospital Universitario Austral, en el Partido de Pilar.
Pero ese ruido no era producido por algún reloj colocado en la pared, sino que era el reloj de mano que llevaba Teresa Chesterton en su muñeca.
El silencio que reinaba en la poco concurrida sala de espera era tenso. La única presencia de vida evidente se hallaba concentrada en la persona de Tere.
La señora Chesterton tenía 36 años para ese entonces. Se había casado a los 24 con un exitoso empresario y su familia ya había sido bendecida con tres vidas nuevas. Ella había empezado a estudiar derecho, sin embargo, decidió cambiarse de carrera cuando descubrió su pasión por los libros.
Años más tarde, consiguió el título de licenciada en literatura. Buscó por mucho tiempo un buen trabajo y lo obtuvo en un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Todavía seguía trabajando en el mismo colegio, en el mismo pueblo, en el mismo puesto.
Aun así, la vida no le resultaba monótona a Teresa. Vivía sus días con alegría y entusiasmo, sin caer en la vagancia. Su esposo era un hombre bueno y honrado. Se esforzaba mucho para que su familia tuviera todo lo necesario, quizás demasiado.
—¡Teresa Chesterton! —llamó una voz que le pareció distante.
Se levantó de la silla y se dirigió a donde provenía la voz. Entró en una habitación más blanca que la nieve, pero más fría que un glaciar. Un hombre vestido con una bata blanca cerró la puerta tras de ella. Se produjo un sonido seco, tajante, sentencioso.
—Buenos días, Teresa.
—Buenos días, doctor. ¿Cómo estuvieron los análisis?
El médico se sacó los anteojos y empezó a limpiarlos con un pañuelo. Se sentó en una silla detrás de un escritorio y le señaló a ella otra exactamente igual.
—Sabe..., a mí una vez me hicieron una pregunta muy curiosa. Me dejó pensando.
Tere arrugó el entrecejo.
—¿Qué harías si te dicen que vas a morir en una semana?
—¿Qué se supone que...? Me estás asustando...
Una sonrisa que quería expresar benevolencia apareció en el rostro del doctor. No obstante, a ella le pareció todo lo contrario, era una sonrisa perturbadora.
—Esté usted tranquila, señora. Por nada del mundo la asustaría yo de esa manera. Usted solo vino por un simple dolor de pecho, nada de que preocuparse. Solo que... tenía curiosidad...
—Si esto es un chiste o algo por el estilo, quiero avisarle que no me causa la menor gracia.
Por un segundo, creyó ver algo así como una chispa en los ojos del doctor. Seguía teniendo esa espeluznante sonrisa de oreja a oreja.
—Mi pregunta es sencilla, señora. Muchos responden que harían fiestas alocadas, derrocharían dinero o pasarían el tiempo con su familia antes del final.
—Por favor, deje de hablar. Me está poniendo nerviosa, señor.
—¿No le parece divertido, señora Chesterton? Le aseguro que esta pregunta es un simple juego psicológico, nada más.
—¡No, no es divertido! ¡Deme los malditos resultados del análisis! —exclamó ella con un evidente tono de ansiedad y nerviosismo.
De pronto, la mirada del facultativo se clavó en los ojos de Teresa con una fijeza aterradora.
—¿Es que no lo ve? Ese es el resultado, señora Chesterton.
El mundo entero se frenó en seco. Esa blanca habitación ahora estaba oscura, el aire frío se tornó gélido. La pequeña habitación ahora era una prisión, en donde solo se oía el acelerado latir de un corazón que lo ha perdido todo en un suspiro.
—Yo no creo...
—Yo le creo más a las máquinas que a su intuición. Estoy seguro de que el análisis es correcto.
La sonrisa del doctor se ensanchó, su semblante formó una mueca diabólica. Sus ojos estaban abiertos de par en par y la luz del cuarto titiló.
—¡No! ¡Es imposible! —alcanzó a decir ella con desesperado acento.
—Se trata de cáncer. Entonces, la pregunta ahora se vuelve interesante. ¿Qué hará con lo último que le queda, señora Chesterton? ¿Qué hará antes de que el cáncer de hueso terminal la consuma por dentro antes de una semana?
Trató de gritar, pero el aire viciado no llegó a sus pulmones. Se levantó de su asiento, se agarró el pecho con ambas manos. La habitación empezó a dar vueltas a su alrededor, no era capaz de pensar ni de moverse.
El doctor la seguía mirando con aquella mirada espeluznante y aterradora. La luz empezó a parpadear una y otra vez, las hojas del escritorio empezaron a volar por el aire. Las agujas del reloj de mano giraban a una velocidad vertiginosa. La oscuridad lo envolvió todo.
Un sonido seco se escuchó, cuando el cuerpo de Teresa Chesterton cayó inerte en el suelo.
***
La mujer levantó la cabeza con brusquedad. Al abrir los ojos, se encontró rodeada por una niebla gris con tonos verdes. Se frotó los párpados, intentando sacudir el sentimiento de oquedad que la llenaba.
Aquella niebla era tan espesa, que no podía ver más allá de unos pocos metros. Lo único que arrojaba algo de claridad en aquella lúgubre escena era un antiguo farol que yacía a su lado.
Miró a su alrededor confundida, intentando vislumbrar algo tangible entre las tinieblas. No obstante, todo era igual: niebla, silencio y oscuridad. Lo peor de todo era la sensación de vacío que cubría su alma. No sabía ni donde estaba, ni porque estaba allí. No podía recordar nada.
Era una sensación bastante extraña, porque ella se acordaba del ruido de los pájaros, del viento, de la lluvia. Sin embargo, no podía evocar ninguna escena de su vida. Era como si todos sus recuerdos estuvieran cubiertos por un sudario, ocultándolos de su vista.
Se levantó poco a poco. Sus movimientos eran medio torpes y bruscos. Se quedó viendo el farol, que todavía estaba en el piso, como hipnotizada. Lo tomó con cautela de la parte de arriba y lo elevó hacia arriba. El blanco fulgor del farol iluminó un poco más su entorno. Pero la niebla seguía cubriéndolo todo.
Comenzó a caminar, sin saber a donde se dirigía. La luz iluminaba sus pasos, como única guía en aquella desesperante soledad. El silencio de aquel lugar no era tranquilo o pacífico, sino que generaba un ambiente tenso.
De repente, escuchó un sonido débil, como un susurro lejano. Se detuvo, aguzando el oído, tratando de escuchar mejor. El sonido parecía venir de todas partes y de ningún lado al mismo tiempo.
La luz del farol empezó a vacilar, la niebla parecía vibrar como si una fuerza invisible la estuviera encrespando. Un desconocido temor la invadió, sus piernas empezaron a estremecerse bajo el peso de su cuerpo y el farol se agitaba en su temblorosa mano.
De súbito, una parte de la niebla se disipó, como si el viento hubiera soplado con gran fuerza en ese preciso lugar. Delante de ella aparecieron un sinfín de tumbas, lápidas, cruces de piedra. En todas ellas se llegaban a leer las siglas «Q.E.P.D»: “Que en paz descanse”.
La mujer sintió la intensa y perturbadora sensación de estar siendo observada. Podía percibir una presencia como si fuese un peso en su espalda, aun así, no podía verla. Miró en todas direcciones con ademanes inquietos.
En el tiempo en que una vela se apaga, unas sombras emergieron de la niebla. No tenían rostros, ni cuerpos, ni extremidades, pero había algo en ellos que sugería una esencia humana, un vestigio de lo que una vez fueron.
—¿Un alma nueva?
—¿De qué habrá muerto esta mujer?
—¡No! Fíjense, aún conserva su cuerpo.
—¡¿Cómo?! ¡Un humano vivo! ¡¿Acá?!
—¡Es imposible!
Las voces de aquellos espíritus se entremezclaban formando un caos de sonidos. Sus voces tenían un tono ronco y bajo, que hacía imposible distinguir si se trataba de un hombre o de una mujer.
Pero aquellos espectros no parecían formar formas definidas, sino que la niebla parecía adherirse a ellos, como si estuvieran hechos de la misma sustancia. El interés de esas figuras era evidente, miraban a la mujer como si la estudiaran con una curiosidad mórbida.
—¿Qué haces aquí, mujer? —le preguntó por fin una de las voces con profundo acento ronco y con calculada lentitud.
—Yo... no sé, no recuerdo nada.
—¿Acaso eres un enviado del de Arriba?
—¿Vienes a llevarnos a la Gloria?
La confundida y nerviosa mirada de ella hacía evidente la respuesta.
—No, esta mujer no sabe nada de nada —afirmó una de las figuras con desprecio.
—¿Qué es lo que hace aquí entonces? —preguntó otra alma con cierto tono amenazador.
—¿Acaso no lo ven? Nosotros ya no podemos hacer nada para llegar a la Gloria... pero ella en cambio...
—¿Para qué podría servirnos una persona viva?
—¿Eres estúpido? Si a ella la... No importa, no tengo por que explicarte nada.
La mujer escuchaba todos estos diálogos como en una pesadilla, sus ojos miraban con inquietud la densa neblina.
—Hola, señora. ¿Cómo está usted? —dijo la última voz que había hablado con una amabilidad que resultaba perturbadora.
—Eh... Bien, supongo. ¿Tendría la generosidad de decirme qué es este lugar?
De pronto, una de las siluetas se separó de la niebla y se posó al lado de una sencilla cruz de piedra. El alma se transformó en algo más similar a un humano. Seguía teniendo un poco de niebla rodeándolo, pero se podía distinguir los dos brazos y algo parecido a un rostro.
El semblante de aquel espíritu tenía un aspecto mortecino, cansado, espeluznante. Los huesos y los músculos se transparentaban en sus lánguidas facciones, dando una sensación de náuseas mezclado con repugnancia.
—Este lugar es difícil de explicar, simplemente porque no es un lugar. Es un estado del alma, un proceso para alcanzar la Gloria. Es el punto medio entre la Perdición y la Salvación. Imagínate lo peor que te pueda pasar en la tierra: que se mueran todos tus seres queridos, que te torturen hasta la muerte, que te crucifiquen... este proceso es mil veces peor que todas esas cosas juntas. Es... imposible de describir... te puedo dar un ejemplo vago, pero que ni se compara con la realidad. Este estado es como que festejen tu cumpleaños con una fiesta colosal, inmensa, gloriosa, eterna, y que tú no puedas entrar; que las cadenas de tus errores cometidos en vida te impidan traspasar el umbral de la Gloria, hasta que termines de limpiarte.
Ella oyó con atención las palabras de aquella alma. A pesar de que el miedo y el terror la llenaban, no pudo evitar sentir un poco de lástima hacia aquellos espíritus torturados por sus propias faltas.
—La única diferencia —añadió el alma—es que en la Perdición no hay redención posible, significa ser atormentado y sufrir por tus pecados durante toda la eternidad. Nosotros, en cambio, se nos prometió que algún día veríamos al de Arriba, pero antes debemos prepararnos adecuadamente. Nuestros espíritus sufren con paciencia, porque se nos dio la esperanza de llegar. Aun así, el proceso sigue siendo terrible.
Ella se acercó con cautela a la cruz de piedra.
—¿Quién eres? —exclamó mientras se doblaba para ver la inscripción con más claridad.
Acercó el farol y pasó la mano por la inscripción para desempolvarla. Debajo del tradicional Q.E.P.D, se leía un nombre: Julio López.
—Así me nombró mi madre, mujer. Cuando vivía en la tierra, yo era un hombre simple. Trabajaba de electricista en Victoria, una ciudad de la provincia de Entre Ríos. Nunca salí de mi provincia natal, yo me ocupaba de lo mío y de nada más. Mi familia me inculcó la fe desde mi niñez, me llevaban a misa y me enseñaban mediante su ejemplo. Yo me volví muy devoto de la Virgen de Aránzazu, la patrona de Victoria, y fui a visitarla incontables veces a la basílica. No obstante, cuando me casé y tuve mi primera hija, de a poco me fui olvidando de la religión. Me concentré de lleno en el trabajo, para poder darle a mi hijita todo lo que merecía. ¡Ay de mí! Pensé que me quedaban muchísimos días de mi existencia. ¡¿Cómo pude ser tan ciego?! Me enfoqué tanto en darle a mi niña cosas materiales, que me olvidé de lo más importante: la fe.
Aquellas palabras conmovieron el corazón de la mujer hasta tal punto, que las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. Pero el rostro del espectro permaneció impertérrito.
—Sucedió un sábado. Me llamaron a arreglar un circuito de alta tensión que ya no funcionaba. Fui a cortar la corriente para no quedar electrocutado, sin embargo, no me di cuenta de que el interruptor no funcionaba. Así que me puse a arreglar el circuito, sin siquiera molestarme en ponerme los guantes de caucho. Tantas veces había hecho ese tipo de trabajos que me confié. Primero un fuerte dolor en todo el cuerpo, luego un terrible sacudón y después esto —exclamó extendiendo las manos hacia la espesa niebla.
—¡Eso es terrible, Julio! —dijo la mujer reprimiendo un sollozo— ¿Hay algo que pueda hacer para curar tu pena y tu dolor?
—De hecho..., sí hay algo. Todavía usted está viva, señora. Le ruego que, cuando regrese a la tierra, visite a mi hijita. Quiero que usted le transmita la fe y la devoción que no pude transmitirle yo. No lo haga por mí, hazlo por ella. Para que recuerde el amor desinteresado que le tuvo su desgraciado padre.
Ella asintió con la cabeza, incapaz de articular una palabra. La emoción llenó su corazón y la invadió un sentimiento de compasión. De repente, la figura humana se volvió a transformar en una sombra neblinosa y se reunió con las demás.
—¡No se vaya, señora! —dijo otra voz, pero con un tono apagado y profundo.
Otra silueta se separó de la niebla y se posó cerca de una gran lápida. De nuevo apareció un rostro esquelético y carnoso a la vez. La lápida decía: Fernando Sosa.
—No te cuento mi historia para que me llores o para que me compadezcas. Así que ahórrate las lágrimas, mujer. Yo nací en una familia que no era ni pobre, ni rica, en la ciudad de Córdoba. Yo era el último de ocho hermanos, pero mi familia no era religiosa. Fui a un colegio laico y nunca aprendí nada sobre el cristianismo. No obstante, cuando salí del colegio, me enamoré de una mujer que profesaba esas creencias. A pesar de que ella también me amaba, quería casarse con un católico practicante. Por eso, empecé a ir a misa, a frecuentar los sacramentos y a rezar en mis ratos libres. Logré ganar su corazón y Cristo también se ganó el mío. Al principio, fuimos un matrimonio feliz y muy unido. Sin embargo, poco a poco me fui alejando de la fe, hasta dejarla completamente de lado. Me enfrasqué demasiado en mi día a día y no me interesé por la vida de mis hijos y de mi mujer. Me volví egoísta y lo único que me motivaba a seguir viviendo era ganar más y más dinero. Logré montar una gran empresa y empecé a ganar millones. No me divorcié de mi esposa porque sabía que iba en contra de su fe, pero me mudé a una lujosa casa y la dejé a su suerte con nuestros hijos. Yo consideraba que no había obrado mal porque seguía pagando los impuestos de la familia, pero el resto lo pagaba mi esposa. Un día me llegó una llamada de un desconocido, diciendo que habían secuestrado a mi familia. Al principio creí que era una mera estafa telefónica, no obstante, no tardé en darme cuenta de que era verdad. Me exigieron un rescate impagable, todo por lo que había trabajado con esfuerzo y dedicación se me escapaba por culpa de unos miserables. Mi codicia pudo más que mi sentido común, así que decidí entregarles la mitad de la suma que habían pedido. Al día siguiente... en mi oficina encontré un papel que decía: “La mitad por la mitad, un trato es un trato”. Ese mismo día encontré unas bolsas de papas en el contenedor de basura de mi casa. No es necesario mencionar lo que contenían en realidad...
Ella se tapó la boca con la mano y el farol casi se le cae. Un estremecimiento de horror recorrió cada rincón de su cuerpo.
—Desde ese momento, las cosas cambiaron. Intentaba trabajar con todas mis fuerzas, pero mi espíritu estaba demasiado turbado como para obedecerme. No encontraba consuelo en nada y aborrecía todo lo relacionado con la felicidad. Un día, mientras caminaba por la Plaza San Martín, decidí entrar en la catedral de Córdoba: Nuestra Señora de la Asunción. Allí encontré el consuelo que necesitaba, volví a gozar de la paz de mi juventud, me sentí renovado. A pesar de que empecé a practicar la religión una vez más, una espina seguía clavada en mi corazón haciendo que la cicatriz de mi alma no terminara de sanar. Lo intenté una y mil veces, pero no podía perdonar. Juré que me vengaría de los asesinos que me habían arrebatado a una familia que no supe valorar. Gracias a unos buenos contactos y una buena cantidad de dinero, logré encontrar a los cinco secuestradores. No me animaba a manchar mis manos con sangre de otro ser humano, así que contraté a unos sicarios para que hicieran el trabajo sucio. Sin embargo, volvieron con la mala noticia de que uno de ellos había escapado. La ira me invadió hasta tal punto, que me negué a pagarles hasta que no me trajeran la cabeza del quinto criminal. En ese mismo instante, me agarraron entre todos y, a pesar de mi fiera resistencia, me colgaron con una soga al cuello de una lujosa lámpara de plata bruñida que estaba colgada del techo de mi casa. Yo morí, pero ese sucio secuestrador sigue vivo en algún lugar. ¡¿En serio quieres dejar que los inocentes sufran por culpa de un asqueroso criminal?! Tú también sigues viva, mujer. ¡Impone la justicia en el mundo cuando vuelvas! ¡Mata al sinvergüenza que asesinó a miles de personas a sangre fría! ¿Acaso el mismo Jesús no dijo: el que a hierro mata a hierro muere? ¡Termina mi venganza y la de toda mi familia!
Ella se espantó de tal manera, que estuvo a punto de echar a correr entre la niebla. Pero una fuerza desconocida la contuvo y la sostuvo. El miedo la paralizaba, ella no quería matar, no quería repartir más odio en un mundo plagado de injusticias.
La sombra de Fernando se evaporó y volvió a unirse a la niebla, mientras otra figura se posaba al lado de una tumba. Su sepultura era un engalanado y lujoso panteón, aunque la niebla le daba un aspecto más bien tétrico. La gastada inscripción decía: Miguel Castillo.
—No la retendré mucho, señora, intentaré ser breve —exclamó otro rostro pálido como el papel—. Yo nací en la ciudad de Salta. Desde chico fui cristiano y durante toda mi vida lo fui. Me dediqué a la política con todo el entusiasmo de la juventud. Nunca abandoné mi fe, pero nunca la viví como era debido. Para mi, la religión era algo secundario, lo que más ansiaba en mi vida era el poder. Empecé a subir en la jerarquía política de nuestro país. Ese año estaba preparando una gran campaña para postularme de presidente, pero la envidia hizo mella en mis enemigos. Supuestamente morí de indigestión. Mi dolorida alma solo le pide una cosa, señora. ¡Dígale a mi hijo que su padre le ordena dedicarse a la política! ¡Debe dejar su estúpido sueño de ser pintor!
La mujer no sabía como reaccionar, el temor invadió su ánimo. De súbito, miles de brazos se alzaron por todas partes. Desde el suelo y desde la neblina salieron cientos de manos que se extendieron hacia ella.
—¡Ayúdanos! ¡Hazlo o lo pagarás caro! ¡Ten misericordia, o no la tendremos contigo! —dijeron millares de voces enojadas y desesperadas a la vez.
Gritó con todas sus fuerzas, pero su voz se fue apagando poco a poco, mientras la luz de su farol se extinguía.
***
—Eh... ¿Señora? ¿Me escuchó?
Teresa sintió como si acabara de despertar de un sueño, o más bien de una terrible pesadilla.
—¿Qué debería haber escuchado?
—¿Qué harías si te dicen que vas a morir en una semana?
Ella se quedó helada. Pero una sonrisa llena de paz y de infantil felicidad iluminó su rostro.
—Seguiría haciendo lo que estoy haciendo.
Y diciendo estas palabras, se levantó y se fue.
***
En la ciudad de Victoria, en Entre Ríos, una mujer esperaba sentada en la estación del colectivo. Tenía alrededor de 30 años, el pelo teñido de verde y varios tatuajes en el brazo izquierdo.
Estaba escuchando música con sus audífonos, cuando una mujer pasó cerca de donde ella se hallaba. Mientras estaba pensando en la letra de la canción que oía, pudo notar como un objeto se caía de la cartera de la señora.
Se quitó los audífonos y se levantó de su asiento para ir a recoger lo que se había caído. Estaba a punto de llamar a la mujer para devolverle lo que era suyo. Sin embargo, reconoció al dueño de aquel objeto apenas lo vio. Era el rosario de su padre.
De repente, las campanas de la Basílica de Nuestra Señora de Aránzazu empezaron a repicar.
La mujer sonrió. Era hora de volver a casa.