Lo que pasó en mi cabeza

All Rights Reserved ©

Summary

Lo que pasó en mi cabeza es un relato íntimo sobre la espera, el silencio y las preguntas que quedan cuando alguien se va sin explicaciones.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
16+

La mañana en que no me reconocí

Las mañanas eran todas iguales.

El despertador sonaba y yo lo apagaba casi sin abrir los ojos, como si un día nuevo no fuera una promesa sino una carga. El cuerpo me pesaba, no de sueño, sino de cansancio acumulado. Ese cansancio que no se va durmiendo, porque vive más adentro.

Caminaba hasta el baño arrastrando los pies. El espejo estaba ahí, puntual, esperando. Me miré. O mejor dicho, intenté hacerlo. Porque lo que veía no terminaba de ser yo. Mis ojos estaban apagados, la piel sin brillo, la postura vencida. No era solo una cuestión física: era la sensación de haberme perdido en algún punto del camino y no saber exactamente cuándo.

Me pregunté, como tantas otras veces, en qué momento había dejado de cuidarme. Cuándo había empezado a conformarme con sobrevivir en vez de vivir. El trabajo me había ido consumiendo de a poco, como una gota constante. Cumplía horarios, respondía mensajes, sonreía cuando correspondía. “Todo bien”, decía. Y nadie preguntaba más.

Por dentro, no estaba bien.

Había una frustración silenciosa, una tristeza que no hacía escándalo pero tampoco se iba. Me sentía invisible. Prescindible. Como si mi existencia fuera una suma de obligaciones sin espacio para mí. Ni para mis ganas, ni para mis sueños, ni siquiera para mi propio cuerpo.

Esa mañana, frente al espejo, pensé que lo único que necesitaba era algo muy simple y a la vez muy difícil: que alguien me viera de verdad. Que alguien me preguntara cómo estaba y se quedara a escuchar la respuesta, incluso si no sabía qué decir.

Y entonces apareció alguien que hizo exactamente eso.

No llegó con promesas ni con discursos salvadores. Llegó con atención. Con presencia. Con preguntas que no eran automáticas. Me decía “buen día” todas las mañanas, y por primera vez en mucho tiempo sentí que esas palabras tenían peso. No eran un saludo vacío: eran una forma de decir “te registro, existís”.

A veces me hacía preguntas que me descolocaban. Yo pensaba: “¿Cómo se le ocurre eso?”. Y sin embargo, esa curiosidad me daba ternura. Porque nadie antes se había detenido a mirarme así, sin apuro, sin juicio, sin querer cambiarme.

No me salvó —hoy sé que nadie puede salvar a nadie—, pero me escuchó. Y cuando alguien te escucha de verdad, algo adentro empieza a acomodarse. Empecé a sentirme importante en los detalles: un mensaje sin motivo, una respuesta que no llegaba tarde, una palabra justa en el momento exacto.

De a poco, casi sin darme cuenta, algo cambió.

Volví a mirarme al espejo con menos dureza. Empecé a arreglarme otra vez, a cuidarme, a elegir ropa que me gustara y no solo la que “zafaba”. No porque alguien me lo pidiera, sino porque al sentirme vista, volví a verme. Como si esa mirada ajena me hubiera recordado que yo también merecía la mía.

No fue magia. Fue presencia. Fue sentir que mis palabras tenían un lugar donde caer.

Este libro empieza ahí. No en una historia idealizada, ni en una transformación perfecta, sino en un momento profundamente humano: cuando una persona rota se siente escuchada y, por primera vez en mucho tiempo, se permite pensar que tal vez todavía hay algo en ella que vale la pena.

Esa mañana frente al espejo no lo sabía, pero estaba en el inicio de algo.

El mío.