​La Doctora de Beacon Hill

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Summary

​La novela narra la vida de Elena Castillo, una brillante neuróloga de 40 años afincada en Boston, cuya existencia es un delicado equilibrio entre la excelencia profesional y el sacrificio personal. Tras ser abandonada a los 27 años, Elena crió sola a su hijo Daniel, convirtiendo su corazón en un "órgano estrictamente biológico" para sobrevivir a la soledad y a un entorno hospitalario tóxico liderado por el Dr. Harrison. ​La trama se dispara cuando Elena cruza su mirada con la de Julian, un arquitecto de 45 años que llega al hospital para diseñar un ala oncológica infantil. Lo que comienza como una serie de encuentros accidentales se transforma en un viaje de redescubrimiento personal, donde Elena debe aprender que su valor no reside solo en sus títulos o en su capacidad de sacrificio, sino en su derecho a ser amada.

Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1El Ruido de la Memoria.

El monitor de la Unidad de Cuidados Intensivos emitía un pitido rítmico, un metrónomo plateado que marcaba la diferencia entre la vida y el silencio. Elena deslizó la tableta gráfica, analizando las ondas del electroencefalograma del paciente de la cama 4.

—Dra. Castillo, el director quiere verla en su despacho. Ahora —la voz de Susan, la jefa de enfermeras del turno de tarde, cortó el aire con la amabilidad de un bisturí oxidado.

Elena no levantó la vista. Sus dedos, finos y pálidos, ajustaron la escala de la pantalla.

—Dile que iré en cuanto termine de valorar esta posible muerte cerebral, Susan. Mi tiempo clínico tiene prioridad sobre sus estadísticas de presupuesto.

Con sus apenas metro cincuenta y cinco de estatura, a veces sentía que el hospital la devoraba, que los techos eran demasiado altos y los pasillos demasiado largos para su figura menuda y delgada.

Se ajustó un mechón de su pelo rubio, que llevaba recogido en una coleta tirante. A contraluz, bajo las inclementes luces LED del techo, se alcanzaban a ver las primeras canas que asomaban como hilos de plata, testigos silenciosos de las noches en vela y los años de sacrificio.

‐ Dra Elena el Jefe dijo que la reunion era urgente, lo espera toda la junta directiva.

—Dile que iré en cuanto termine aquí, Susan —respondió con voz suave pero firme.

Cuando la enfermera se retiró, Elena se permitió un segundo frente al reflejo de un cristal. A pesar de las guardias interminables y el peso de ser madre soltera desde los veintisiete, su piel se conservaba cuidada, casi intacta, como si el estrés hubiera decidido pasar de largo por su rostro. Su cuerpo mantenía unas curvas suaves, el eco de una juventud que había sido hermosa, aunque ella ya no se sintiera dueña de esa belleza. Sin embargo, al mirarse a los ojos, el engaño terminaba. Sus ojos ámbar, grandes y profundos, no podían esconder la tristeza acumulada. Eran ojos que gritaban una vulnerabilidad que su bata blanca intentaba, en vano, camuflar.

Salió de la unidad y caminó hacia el despacho del director. Al pasar por la sala de espera, lo vio.

En un hospital, la gente suele estar en movimiento o sumida en la angustia; sin embargo, aquel hombre parecía habitar una dimensión distinta, una donde el reloj no dictaba las reglas.

Se detuvo un momento antes de girar hacia el ala de administración, con la excusa de ajustar su estetoscopio. Desde su posicion , tuvo que elevar la mirada para procesar la figura que se acababa de poner en pie para dejar paso a una camilla.

Era un hombre alto, de al menos un metro ochenta, con una constitución atlética que sugería una vida activa, lejos de los escritorios y las luces de oficina. Vestía con una sencillez elegante, pero lo que delataba su madurez eran sus sienes: el pelo oscuro estaba salpicado de canas que brillaban como hilos de acero, dándole un aire de sabiduría serena, de quien ya ha librado sus propias batallas y ha decidido firmar la paz.

En ese momento, él volvió a buscarla con la mirada.

Elena se quedó sin aliento. No fue su físico lo que la golpeó, sino sus ojos azules. No eran un azul gélido de invierno de Massachusetts, sino un azul profundo, tranquilo y asombrosamente sincero. Era una mirada que no juzgaba, que no pedía diagnósticos y que, por un segundo, pareció leer la soledad que ella guardaba tras sus propios ojos ámbar.

Ella sintió una punzada de pánico. En el mundo de la neurología, las miradas son herramientas de examen; se busca una respuesta pupilar, un signo de daño, una evidencia. Pero el extraño la miraba como si ella fuera la paciente y él tuviera la cura para una dolencia que no aparecía en los libros de medicina: el olvido de sí misma.

—Dra. Castillo, ¿se encuentra bien? —la voz metálica del Dr. Harrison, el director del departamento, la sacó del trance.

Harrison estaba de pie en la puerta de su despacho, con una carpeta en la mano y esa sonrisa condescendiente que Elena tanto detestaba.

—Sí, doctor. Estaba repasando mentalmente un caso —mintió ella, recuperando su máscara de hierro.

—Venga adentro. Tenemos que hablar sobre su "disponibilidad y presupuesto" para las nuevas guardias y estudios de investigación. Y sobre ese ascenso que tanto desea... si es que está dispuesta a hacer los sacrificios necesarios.

Elena entró en el despacho, sintiendo cómo el aire se volvía pesado y tóxico de inmediato. Pero mientras la puerta se cerraba tras ella, la imagen de esos ojos azules y tranquilos permaneció flotando en su mente, como una promesa de que, quizás, al otro lado de ese turno de veinticuatro horas, existía un mundo donde el descanso no era un pecado.