Prólogo
Andrew Mapan no solo fue mi primer amor; fue mi primer incendio.
A los quince años, le entregué mi devoción; a los diecinueve, solo quedaban cenizas. Cuatro años de una adoración enferma, un ciclo de traiciones constantes y una venganza que terminó por dinamitar los cimientos de nuestro mundo. El último recuerdo que conservo de nosotros es el beso gélido del mármol contra mi espalda mientras rodaba por las escaleras de su mansión, y sus ojos de acero —esos que siempre dictaban mi destino— empañados, por primera vez, por el pánico puro.
Nos rompimos de forma definitiva. O eso quise creer mientras me reconstruía lejos de su sombra.
Tres años después de silencio, el destino o su implacable voluntad nos obligó a compartir el mismo aire. No hubo perdón, porque hay deudas que no se perdonan, solo se reconocen. El hambre seguía allí, intacta, pero ahora vestida de una madurez peligrosa y un poder absoluto.
No volvimos por romance; volvimos porque nuestras almas tenían un contrato de exclusividad firmado con sangre y errores irrevocables. Él buscaba redención a través de una posesión absoluta; yo buscaba la seguridad que solo habita en los brazos del hombre que más daño me ha causado.
Acepté su anillo, su apellido y su dominio, creyendo que esta vez el lujo y la seda nos protegerían de la verdad. Pero en el orden natural de nuestro mundo el pasado nunca muere. Solo espera el momento perfecto para cobrar los intereses, con un precio que quizá no pueda pagar.
Esta es la crónica de un amor que fue dictado antes de que naciéramos; la historia de una mujer que ama con la fuerza de un huracán, pero que debe aprender a no perder su alma en el proceso de pertenecerle a él.