golden omega ✧ heejake (ov)

Summary

Heeseung, es un alfa francotirador con autismo, un arma perfecta de la familia Lee. En cambio, Jaeyun, es un omega, agente de policía obsesionado con derribar a los Lee. Cuando es capturado, su destino es la muerte. Pero al entrar en celo, su aroma paraliza a Heeseung, despertando algo en él que nunca había sentido. ╰►heeseung + jaeyun ❥ ╰►mafia ; romance ╰►omegaverse ╰►historia completamente mía © angehee

Genre
Action/Thriller
Author
Ange
Status
Complete
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

uno.

El puerto de Incheon olía a sal de mar y a hierro oxidado de los contenedores abandonados, una mezcla que el alfa encontraba extrañamente reconfortante. Los olores no mentían nunca. Las personas, en cambio, eran expertas en tejer mentiras con sonrisas y promesas vacías.

Desde su posición elevada, a doscientos treinta y siete metros del muelle principal —distancia calculada—, escudriñaba cada detalle a través de la mira telescópica de su rifle. Las hormigas. Una colonia entera serpenteaba por una grieta en el contenedor a su izquierda, diminutas. Al inicio cuarenta y dos, luego cuarenta y tres. Una acababa de emerger del hormiguero subterráneo, cargando una partícula blanca. Un huevo. Era temporada de reproducción, y ellas seguían su instinto.

Heeseung ajustó su respiración, sincronizándola con el ritmo pausado del océano. Su lobo se mantenía quieto y alerta. Su dedo índice rozaba el gatillo. Esperando su momento. Abajo, en el muelle, las figuras humanas se movían.

—Heeseung.

La voz de su padre irrumpió en el auricular, obligándolo a parpadear dos veces. Se forzó a despegar la vista de las hormigas —aún fascinantes en su marcha— y reenfocar la mira en los hombres que se congregaban en el muelle principal. Su padre odiaba aquellas distracciones, incluso las llamaba “cosas insignificantes”. Como si la precisión con la que las hormigas transportaban sus huevos —siguiendo un patrón algorítmico para maximizar su supervivencia— no fuera un espectáculo mucho más interesante que otro intercambio de armas.

—Cambio —respondió con voz neutra.

—¿Qué ves? —La pregunta llegó con ese tono impaciente que siempre precedía a las reprimendas.

—Tres contenedores azules, apilados en formación de L. Dos grises al fondo. El objetivo llegará en quince minutos y veintitrés segundos, calculado por la velocidad del barco y la marea actual.

Silencio al otro lado de la línea, roto solo por el crepitar estático y el familiar ruido de su padre exhalando humo de cigarro.— Quince minutos. Bueno —gruñó el mayor finalmente—. Jungkook está abajo. Vigila cualquier movimiento extraño. No quiero sorpresas.

Heeseung no respondió. Las sorpresas, por definición, eran anomalías impredecibles, para los ciegos que tropezaban en la oscuridad. Su mirada se deslizó de nuevo hacia el muelle, captando el brillo de un chaleco reflectante moviéndose. Jungkook. Su hermano mayor, siempre el líder, el que dirige cada una de las operaciones. Heeseung lo vio gesticular discretamente hacia un tipo fornido con una caja metálica bajo el brazo.

El pelinegro ajustó el rifle con un movimiento perspicaz, apenas un giro de 0.2 grados en el tornillo de elevación. El viento soplaba del noreste a once kilómetros por hora, con ráfagas ocasionales que mecían las cadenas oxidadas de los contenedores. Podría acertar a un hombre en el entrecejo incluso con los ojos cerrados. Sus ojos, de un negro que absorbían la escasa luz crepuscular, recorrían el perímetro con precisión.

Nadie. Estaban solos. O al menos, eso parecía. El pelinegro inhaló el aire cargado de yodo y metal, procesando todo.

Abajo, en el muelle, Jungkook se ajustó los puños de la camisa, mientras fingía inspeccionar un manifiesto de carga falsificado. A su lado, el menor de los Lee —Jaehyun, el genio de los 19 años con dedos que volaban sobre teclas— tecleaba en una tablet vinculada a una red de drones y sensores distribuidos estratégicamente por la zona.

—Ya han confirmado la entrada en el perímetro —murmuró Jaehyun sin levantar la vista—. El barco de los Petrov avanza. Nada sospechoso en los scans iniciales.

—¿Nada? —Jungkook esbozó una sonrisa, pero sus ojos permanecieron fríos—. Siempre hay algo sospechoso, hermanito. Solo tenemos que estar atentos. ¿Drones listos? —Jaehyun asintió, un brillo de adrenalina en sus pupilas dilatadas.

A unos metros, apartado junto a una pila de cajones de madera astillada, Jaeyun simulaba revisar documentos en una carpeta, su postura encorvada para pasar por uno más de los burócratas corruptos. El corazón le martilleaba, un pulso errático que traicionaba sus nervios. Tres meses. Tres meses infiltrado en las entrañas de esta hidra criminal, escalando desde capas intermedias, hasta este momento. El intercambio más esperado entre los Lee y los Petrov. Si conseguía las coordenadas exactas de los almacenes ocultos, los nombres de los contactos en aduanas y los protocolos de encriptación, podría detonar toda la operación de un solo golpe.

—Jake —la voz de Jungkook cortó el aire, haciendo que levantara la cabeza con naturalidad—. ¿Tienes los certificados de origen?

—Todo en orden —respondió, desplegando los documentos con una sonrisa calibrada a la perfección, ensayada durante semanas frente al espejo empañado de su motel barato. Neutralizando en ocasiones su propio aroma, para evitar conflicto, escondiéndose por todos y haciéndose pasar por beta—. Los Petrov son meticulosos con el papeleo. Quieren asegurarse de que, si hay una inspección sorpresa de aduanas, todo cuadre al milímetro.

—Los Petrov son unos paranoicos de mierda —indicó Jungkook con una risa seca, mientras escupía al suelo—. Pero sus armas son de primera. AK modernizadas, sin rastro balístico. Así que jugamos a su juego... por esta noche.

Shim asintió, sosteniendo la sonrisa. Por el rabillo del ojo, captó al alfa menor manipulando algo en su tablet —un gesto rápido, dedos danzando sobre la pantalla táctil bajo la luz azulada que parpadeaba en su rostro juvenil—. El chico no levantaba la vista, completamente absorto en sus hacks y contramedidas digitales, ajeno a todo. Jaehyun, probablemente nunca había disparado un arma ni sentido sangre caliente en las manos. Ingenuo en sus algoritmos. Si las cosas se complicaban, por ahí podría escapar.

Pero las cosas no iban a complicarse. No si él lo jugaba bien. Tenía a su unidad apostada a unos metros río arriba, camuflada entre los contenedores abandonados. Cuando diera la señal —un pulso codificado desde su reloj inteligente—, irrumpirían. Pruebas irrefutables de grabaciones, huellas digitales en las cajas de armas, los Petrov y los Lee pillados con las manos en la masa. Sería el golpe de su carrera, el ascenso que lo sacaría y lo pondría en las luces de la central de Seúl.

—Cambio —susurró, en un momento cuando nadie lo estaba viendo, en su micrófono oculto bajo el cuello de la camisa—. Todo tranquilo en el perímetro. El objetivo llegará en minutos. Preparados para todo.

Esperó la respuesta. Un segundo, dos y tres. El viento silbaba en sus oídos, llevando sonidos de motores lejanos. Silencio absoluto. Frunció el ceño —apenas una fracción de segundo, un tic que traicionaba su fachada—. Repitió el comando, rozando el dispositivo con el mentón para activar el respaldo. Nada. Solo el vacío zumbante de una línea muerta.

El sudor brotó frío en la base de su nuca, resbalando bajo el chaleco antibalas pese al aire frío del puerto. Sus ojos barrieron el muelle de nuevo. Jungkook y Jaehyun ajenos, el barco aproximándose.

—Jake —la voz de Jaehyun irrumpió desde atrás, tan cercana que tuvo que contener un respingo instintivo, su mano rozando disimuladamente el reloj con la señal de emergencia—. ¿Te encuentras bien? De repente te has puesto tenso, como si hubieras visto un fantasma.

Jaeyun se giró lentamente, componiendo una expresión neutral mientras su pulso se disparaba en latidos erráticos. El menor de los Lee lo escrutaba con ojos penetrantes, no exactamente una sonrisa en los labios —más bien una curva depredadora—. Sostenía la tablet con ambas manos, la pantalla iluminando su rostro pálido con un resplandor. El omega alcanzó a vislumbrar el gráfico antes de que el alfa lo inclinara sutilmente, frecuencias ondulantes y picos de radio encriptados. Su frecuencia. La del equipo, estaba siendo hackeada.

—Estoy bien —respondió, forzando una calma que no sentía, su mente gritando alertas y su lobo calmándose, antes de un colapso por las feromonas que empezaba a sentir del alfa—. Solo nervios. Esta es mi primera operación grande con ustedes. El papeleo me tiene paranoico.

—Claro —asintió, demasiado rápido y complaciente, mientras guardaba la tablet en su mochila—. Nervios. Tiene todo el sentido del mundo. —Sus ojos se detuvieron un segundo extra en la camisa de Jaeyun, donde un pequeño punto parecía algo extraño—. Relájate, hermano. Los Petrov están a tres minutos. Todo saldrá como la seda... si nadie la enreda.

Y entonces, Jaehyun sonrió. Era una sonrisa fría, calculadora y hambrienta, que el omega no había visto desde los días que pasó infiltrado.— Oye, hyung —dijo alzando la voz con fingida inocencia—, creo que Jake tiene algo en el cuello. ¿Puedes mirar? Parece un grano inflamado...

—¿Qué? —los ojos negros de Jungkook lo observaron con atención, más en la parte de su cuello.— ¿Qué mierda tienes ahí?

El tiempo se detuvo. El aire del muelle se espesó y el rugido creciente del convoy Petrov aproximándose. Jake no esperó más. Simplemente su cuerpo reaccionó por instinto —adrenalina inundando venas y sus músculos tensándose—, girando sobre sus talones para huir hacia la oscuridad de los contenedores apilados. Dos pasos. Solo dos pasos resonando en el cemento húmedo, el corazón aporreándole las costillas.

El golpe le alcanzó desde atrás, en la base del cráneo. Un estallido de dolor lo encogió. No vio quién fue. Solo sintió el mundo inclinarse en espiral, sus rodillas cediendo, su cara impactando contra el suelo. El sabor metálico de la sangre inundó su boca, mezclándose con grava que se clavaba en su mejilla. Visiones borrosas, botas pesadas rodeándolo. Antes de que la oscuridad lo engullera, oyó la voz de Jungkook.

—Bien visto, Jae. —una sonrisa torcida se forma en sus labios, luego volteó a ver a dos de sus hombres— Ustedes —indicó—, Atarlo fuerte y descubrir de dónde cojones ha salido esta rata. Quiero nombres y... todo de él.

Y así sus ojos finalmente se cerraron.

🌷

—Heeseung.

La voz de su padre crepitó de nuevo en el auricular, rompiendo el silencio. El alfa lo había visto todo desde su posición, procesando lo ocurrido.

—Heeseung, responde. ¿Ves algo ahí abajo? —urgió su padre, con ese filo de impaciencia que precedía a las tormentas.

Veía muchas cosas. Veía a un hombre —el intermediario— desplomado en el cemento, semi-inconsciente con las manos atadas. Y también, a los hombres de Jungkook inmovilizándolo cerca.

Y también veía más a un tipo con walkie-talkie asomando la cabeza tras un contenedor azul oxidado, silueta recortada contra la niebla. Luego otro, agachado. Otro más, ajustando un chaleco. Ocho en total. Vestidos de negro con armas, moviéndose coordinadamente. «Policías», pensó. El barco de los Petrov llegaría en dos minutos.

—Sí —respondió Heeseung con su voz plana de siempre, desprovista de cualquier emoción—. Ocho policías camuflados en los contenedores del este. Armamento MP5 y pistolas Glock. El objetivo Petrov sigue en ruta.

Silencio al otro lado. Luego, un gruñido y un sonido de algo rompiéndose: quizás una taza de porcelana hecha añicos contra la pared o, quizás el teléfono mismo partiéndose en la ira de su padre. Con él, nunca se sabía, el hombre era un volcán bajo control aparente.

—¿Ocho? —La voz de su padre emergió peligrosamente calmada, un susurro letal que Heeseung conocía bien, preludio a la furia—. ¿Ocho policías? ¡Qué acaba de ocurrir ahí abajo! ¿Cómo mierda dejamos que un infiltrado se cuele?

—Solo ocho —informó con precisión, su ojo pegado a la mira mientras barría el sector—. Jungkook noqueó a alguien parece que era uno de ellos. Los ochos restantes parecen acercarse más.

—¡Maldita sea, Heeseung! —gruñó su padre, la calma hecha trizas—. ¿Puedes encargarte de eliminar al resto?

Su aroma se espesó. Heeseung consideró la pregunta en fracciones de segundo. Sí, podía. Dieciséis segundos. Iniciar por el del walkie-talkie, luego los dos del flanco izquierdo, expuestos en formación de cuña. Los tres del derecho, semocultos tras contenedor gris. Los dos de apoyo atrás. Ocho disparos. Once balas en el cargador. Suficiente.

—Sí —respondió.

—Entonces hazlo —ordenó—. Pero primero, asegúrate de que mi hijo menor está a salvo. Si algo le pasa a Jaehyun...

—Lo sé —lo interrumpió, algo inusual en él, cortando el torrente paternal— Jungkook lo protegerá.

Otra pausa. Más larga esta vez, el crepitar estático amplificando el peso. Abajo, el muelle hervía, Jungkook arrastraba al hombre noqueado.

—Tú también eres mi hijo, Heeseung.

Sus feromonas se desestabilizaron. El mencionado parpadeó, procesando las palabras. No encajaban con los patrones habituales de su padre. Él no decía esas cosas, solo daba órdenes. Incluso, se frustraba cuando él se distraía, cuando no podía mirarle a los ojos o cuando respondía con honestidad a preguntas que requerían mentiras.

—Lo sé —respondió, porque era lo que se esperaba que dijera. Pero no lo sabía. No realmente. Las relaciones familiares eran algo que había aprendido a imitar, no a comprender.

Allá abajo, en el muelle, la situación se deterioraba. Los policías, alertados por el silencio, abandonaban la cobertura estática y avanzaban de forma desorganizada. Mal movimiento, calculó Heeseung. Debían haber esperado.

El primero cayó sin sonido audible —silenciador amortiguando el chasquido de retención respiratoria—. La bala penetró justo entre sus ojos, seccionando tronco encefálico, colapso inmediato. El segundo ni siquiera tuvo tiempo de girarse, flanco expuesto en su avance torpe y desesperado, impactó en su sien izquierda, su cráneo se fracturó como porcelana bajo presión. El tercero, con una trayectoria en zigzag errático de 1.1 miliradianes, su glabela fue perforada. Al cuarto, agachado tras un contenedor, le dio dos tiros alto-bajo perforando su axila y corazón.

El del walkie —objetivo prioritario— intentó elevar el dispositivo a su boca, sus labios en un intento por articular “¡Oficial caído, solicito—”, entonces la bala le atravesó la garganta en segundos, destrozando su tráquea y yugular, un gorgoteo rojo se presentó y colapsó de rodillas antes de impactar contra el suelo.

Seis y siete. Los dos de apoyo traseros en posición elevada, intentaron correr, pero sus visores nocturnos les traicionaron con reflejos verdes. Heeseung ajustó su mirada, viendo al noroeste y luego con disparos sincronizados, le dio a uno en la nuca y al otro en el fémur seguido de un último, directo a su pecho, cortando su respiración. Al último, flanco derecho, con radio en mano y girando hacia el muelle, le dio en el centro-masa torácica para inmovilización y luego, uno directo en el pecho para matarlo.

—Hecho —dijo en el auricular. Su lobo estaba satisfecho de tal acción, mientras él permanecía neutral.

Justo a tiempo. Abajo, en el muelle, el barco de los Petrov se detenía, faros TAL cegadores barriendo el asfalto. Los hombres rusos —ocho figuras fornidas con chalecos tácticos y AK-12 colgadas— bajaban, sus botas sonaron e incluso escanearon el lugar sin lograr detectar a los ocho policías yacientes a menos de unos metros, sus cuerpos enfriándose en charcos. Sin saber que el intermediario que debía facilitar el trato estaba atado en el suelo, con una bolsa negra cubriéndole la cabeza. Dentro de uno de los almacenes traseros, resguardado por los hombres de Jungkook.

El alfa mayor recibía a los europeos con una sonrisa, impecable pese a la adrenalina de minutos antes, su mano extendida para un apretón con el hijo mayor de los Petrov. “Bienvenidos, Ivan. El papeleo está listo; las cajas en el contenedor esperan inspección. ¿Problemas en la ruta?”. Jaehyun se mantenía a su lado derecho, observando la escena con esa misma expresión de tiburón, ojos entrecerrados y sonrisa corta; mientras el mayor hablaba con el otro alfa que acaba de llegar.

Y en lo alto, Heeseung permanecía inmóvil, respiración sincronizada con el oleaje. La mira de su rifle recorría la escena con metodología. Las hormigas seguían transportando sus huevos en el contenedor de la izquierda. Cuarenta y ocho, ahora. Cinco más que antes. El alfa las contó.

—Puedes bajar, los Petrov están por irse. Jungkook quiere hablar contigo, así que acércate. —comentó, la voz de su padre en el auricular—. Buen trabajo, hijo. Limpio como siempre.

El alfa menor guardó el rifle —cargador y cañón enfriado al tacto—, desmontando en silencio.

🌷

Despertó de la ensoñación. Todo era borroso. Parpadeó una, dos, tres veces, pero la imagen no terminaba de enfocarse. Estaba amarrado a la silla del almacén, iluminado únicamente por una bombilla colgante. El círculo de luz bailaba sobre su cuerpo, creando sombras que se alargaban y encogían al ritmo. Las manos atadas a la espalda, con una fuerza que le cortaba la circulación. Sus dedos comenzaban a dormírsele, un hormigueo incómodo que trepaba por sus antebrazos. Intentó moverlos y supo, con una certeza, que si no las soltaba pronto, el daño podría ser permanente.

El olor a sangre y pólvora aún flotaba en el aire. El omega intentó moverse y el dolor le atravesó el cráneo. El golpe que le dieron en la nuca, le retumbaba con fuerza. La náusea ascendió por su garganta en una oleada ácida que le quemó el esófago. Tragó saliva, obligándose a no vomitar.

—¡Mierda! —la palabra salió de su garganta.

Tiró de las cuerdas. Nada. Intentó girar las muñecas, el truco que había aprendido en la academia para liberarse de las ataduras. Aquel movimiento preciso de rotación que, con la presión suficiente, podía hacer ceder. Pero las malditas estaban demasiado apretadas. Quien lo había inmovilizado sabía lo que hacía. No había espacio alguno para maniobrar.

—¡Hey! —gritó, y el sonido rebotó en las paredes, multiplicándose en ecos—. ¡Maldita sea! ¡¿Alguien me escucha?!

Silencio. Solo el zumbido de la bombilla, ese sonido constante que taladraba los oídos. Jaeyun contuvo la respiración, aguzando el oído. Nada. Ni pasos, ni siquiera voces y nada de tráfico. Era como si el mundo exterior hubiera dejado de existir. Cerró los ojos e intentó respirar. El aire olía hierro oxidado, agrio, amargo y metálico, acompañado de algo ciertamente dulzón que no podía identificar —apenas filtrándose—, aunque esperaba que no fuera lo que creía.

«Controla el pánico», se ordenó a sí mismo. «Controla el puto pánico. Eres policía. Tienes entrenamiento. Sabes cómo funciona esto.»

Pero su lobo no escuchaba. Este se acurrucaba en un rincón gimiendo bajito e intentando hacerse pequeño. Atrapado. Rodeado de olores que no podía identificar pero que su instinto reconocía con una claridad escalofriante. Alfas, muchos alfas. Shim sintió el vello de la nuca erizarse. Su lobo percibía lo que su mente consciente aún no terminaba de procesar. En ese almacén, más allá de la puerta cerrada, había media docena de ellos. Sus feromonas impregnaban el ambiente, mezclándose en un cóctel nauseabundo que hacía que su estómago se revolviera y su lobo quisiera esconderse bajo tierra.

—Vamos —susurró, hablándose a sí mismo, utilizando el mismo tono que empleaba cuando se preparaba para un golpe—. Vamos, joder. Solo son unos imbéciles.

Su lobo aún gimoteaba y él no entendía. Incluso un calor le recorrió el cuerpo. Jaeyun lo atribuía a que su lobo estaba con miedo.

Dejando de lado. Intentó recordar. El muelle. A Jaehyun, con su tablet y su sonrisa cómplice. El golpe. Después de eso, solo fragmentos inconexos. Las voces que hablaban de él como si no estuviera allí, como si ya fuera un cadáver.

—Este es el rata —había dicho alguien.

—Bonito disfraz llevaba —otra voz, con acento extranjero—. ¿Seguro que es poli?

—Segurísimo. Le han pinchado la frecuencia. Iba a vendernos a todos.

—Y además es un omega. —añadió alguien más—. Pienso que deberíamos divertirnos con él.

Jaeyun apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió crujir sus dientes. Odiaba al último por su comentario asqueroso, por esa forma de decir divertirnos, que no dejaba espacio a la imaginación. Pensó en lo que le haría si salía de ahí, en cómo le haría tragarse cada una de esas palabras. Se sentía frustrado y enojado. Pero sobre todo, se sentía estúpido. Por no haberse dado cuenta de que ese alfa, Jaehyun, había estado interfiriendo en su comunicación. Por no haber confiado en su lobo cuando este le decía que el chico lo había descubierto. Por haber subestimado al enemigo.

Odiaba a Jaehyun. Odiaba a Jungkook. Odiaba al señor Lee y a toda su organización. Odiaba a todos los malditos alfas del mundo, con su actitud prepotente y dominante, con esa seguridad de que el mundo les pertenecía, con esa forma de mirar a los omegas como si fueran objetos, como si su única función en la vida fuera inclinar la cabeza y mostrar el cuello.

Necesitaba saber cuánto tiempo había pasado. Cuántas horas llevaba inconsciente. Cuánto llevaban sus compañeros esperando su informe. Pero no tenía forma de saberlo. El lugar no tenía ventanas. Solo una puerta, la cual estaba cerrada. Probó las cuerdas otra vez. Nada. Intentó mover la silla a la que estaba atado, pero estaba atornillada al suelo. Por supuesto que lo estaba. Esa familia no eran aficionados. Sabían manejar muy bien sus cartas. Habían hecho esto cientos de veces antes, con decenas de personas antes que él.

—¡Vamos! —gritó de nuevo, con todas sus fuerzas, desgañitándose—. ¡Si van a matarme, háganlo de una puta vez, cobardes! ¡Pero no me dejen aquí pudriéndome!

Silencio. Y luego, un ruido. Al otro lado de la puerta, unos pasos. El tipo de pasos de alguien que no tiene prisa alguna, porque sabe que su presa no puede huir. Estás resonaron en el lugar. El corazón de Jaeyun se aceleró. Su lobo gimió, intentó hacerse pequeño. Pero él lo obligó a enderezarse, a levantar la cabeza, a poner las orejas hacia delante. No mostraría miedo. No les daría esa satisfacción. Él era un omega, sí. Catálago como débil en su jerarquía. Pero también era un agente de policía, hijo de un marine que le había enseñado a no rendirse nunca. También era el nieto de una mujer que había sobrevivido a una guerra, que había cruzado medio país a pie con un bebé en brazos y había construido una vida desde cero. Llevaba esa sangre de guerra en sus venas. Ningún alfa de mierda iba a verle temblar.

La puerta se abrió. La persona que ingresó era Jungkook. El alfa que tanto odiaba el omega. El hombre al que había estado investigando durante meses, al que había visto en fotografías borrosas y vídeos de vigilancia, al que había oído mencionar en conversaciones como si fuera un monstruo. Llevaba la camisa manchada de algo que el omega prefirió no identificar. Sangre, probablemente. No sabía de quién, no sabía si reciente o seca. Las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto antebrazos musculosos cubiertos de cicatrices. Algunas parecían viejas. Otras más recientes. El cabello, negro y brillante, caía desordenado sobre su frente, y un mechón inrrumpía en su visión, pero no parecía importarle.

Pero nada de eso parecía generar reacción alguna en el omega. Hasta que, Jungkook emanó sus feromonas fuertementes, haciendo que el lobo de Jaeyun se asqueara y encogiera. Café y naranja. Era agrio. Extremadamente agrio y amargo para su gusto. Una combinación que le revolvía el estómago y provocaba molestia. Aunque, para él ningún aroma de los alfas le genera alguna reacción, todos le parecen desagradables.

Aunque bajo esas feromonas, también había algo más. Ira. Una ira de un alfa dominante, de esas que no se apagan rápidamente. Por haber sido engañado. Porque habían intentado tenderle una trampa a él. Porque habían intentado hacerle caer. Y aunque no lo hubieran conseguido, el simple intento era una afrenta que su orgullo no podía tolerar.

El omega lo miró directamente a los ojos. No apartó la mirada. No bajó la cabeza. No le mostró el cuello en sumisión. Se quedó quieto, con la barbilla levantada y los hombros rectos a pesar del dolor que le atravesaba la espalda. Jungkook se detuvo a tres pasos de distancia. La bombilla oscilaba entre ellos, creando sombras que se alargaban y acortaban. Durante un largo momento, ninguno habló. Solo existía la respiración de ambos, entrecortada la de Jaeyun, controlada la del alfa.

Luego, el alfa sonrió.

—¿Sabes cuánto tiempo llevamos buscando a la rata que filtraba información a la policía? —preguntó. Su voz era baja. Eso era lo más aterrador, que no necesitara levantar la voz para imponer su presencia, su dominio—. Seis meses. Seis putos meses. Y resulta que eras tú. Tan cerca. Tan jodidamente cerca, moviéndote entre nosotros como si fueras invisible. —Negó con la cabeza, una mezcla de admiración y resentimiento en el gesto—. Me cago en todo, Jake. O... ¿cómo te llamas de verdad? ¿Jaeyun? ¿Shim Jaeyun?

El alfa dio un paso más. Su olor se intensificó, volviéndose casi sofocante. El lobo de Jaeyun gimió de nuevo, se removió molesto y asqueado, como si quisiera arañarle las entrañas para salir de ahí. Jaeyun apretó los dientes. Notaba el sudor deslizándose por su espalda, pero se negaba a temblar.

—¿No hablas, omega? —Jungkook inclinó la cabeza, el menor gimió, había sido descubierto—. Tienes buen olor. Pero bueno, ya que no hablas, eso tiene arreglo. Todos hablan, al final. Los omegas que se creen duros como tú son los que más rápido se rompen, ¿sabes? Porque llevan dentro tanta rabia contenida, que cuando empiezan a soltarla, no pueden parar. Y luego lloran, y suplican, y cuentan hasta lo que no saben con tal de que pare.

—Vete a la mierda —las palabras salieron de los labios de Jaeyun antes de que pudiera detenerlas.

Jungkook parpadeó. Una vez. Dos veces. Y entonces, se rió. Era una risa auténtica, casi infantil. Salió de forma inesperada, rompiendo toda la tensión del momento. El omega no supo qué hacer. Esperaba ira, violencia, o cualquier cosa menos esa risa que llenaba la habitación y rebotaba en las paredes.

—¿Sabes qué? —dijo Jungkook cuando recuperó el aliento, secándose una lágrima imaginaria con el dorso de la mano—. Me caes bien. De verdad. Hacía tiempo que nadie me mandaba a la mierda en persona. Y menos un omega. La gente suele esperar a que me dé la vuelta para susurrarlo, o directamente no se atreven ni a pensarlo.

Jaeyun frunció el ceño. Esto no era lo que esperaba. Esto no encajaba con ningún patrón de interrogatorio que hubiera estudiado en la academia, ni con ningún manual de psicología criminal. Los alfas dominantes no se reían cuando los insultaban. Estos respondían con violencia e intimidación, que se suponía inherente a su naturaleza.

—Pero —continuó, y su voz se volvió de nuevo peligrosa, el tono bajando varios registros hasta convertirse en un rumor— que me caigas bien no significa nada. No significa absolutamente nada. Tú, pequeña rata, has intentado joder a mi familia. Has intentado meter tu nariz donde no debías.

Jaeyun mantuvo el silencio. Pero no bajó la mirada. Jungkook se acercó un paso más. Inclinándose tan cerca que Jaeyun podía ver la pequeña cicatriz de su mandíbula, los poros de su piel. Podía ver el agotamiento en sus ojos, ese cansancio profundo. Podía sentir el calor de su cuerpo a través del frío de la habitación.

—Así que te voy a hacer una oferta —dijo Jungkook, inclinándose para quedar a su altura, sus ojos a la misma altura que los de Jaeyun—. Una sola. Háblame de tu unidad. Dime quién más está infiltrado. Dime qué pruebas tienes. Dónde están tus compañeros, qué saben, qué planean. Y te prometo que solo recibirás un tiro. Ni siquiera lo sentirás. O simplemente...

Hizo una pausa. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Jaeyun de arriba abajo, lentamente, como si estuviera evaluando una mercancía. Jaeyun sintió un escalofrío que no pudo controlar.— ... tengo algo mejor para ti —completó, y en su voz había la certeza de que no sería nada bueno.

Jaeyun lo miró. Vio sus ojos, sin un ápice de piedad. Vio la tensión en sus hombros, la forma en que sus manos se abrían y cerraban rítmicamente, como si estuvieran acariciando la idea, como si echaran de menos el peso de un arma o el contacto con una garganta. Vio al depredador, al asesino, al hombre que había ordenado la muerte de decenas de personas sin pestañear.

Y entonces, sonrió.

—Que te folle un pez —dijo.

Jungkook se quedó quieto. Tan quieto que parecía una estatua. Ni un músculo se movió en su rostro.

—¿Qué?

—Que te folle un pez —repitió, saboreando cada palabra, dejando que rodaran por su lengua como un caramelo—. No pienso decirte nada. Puedes matarme ahora mismo si quieres, aquí, en este momento. Pero no te voy a dar la satisfacción de verme suplicar. No te voy a dar esa puta satisfacción, hijo de puta.

El alfa lo observó durante un largo momento. Su olor cambió. El agrio se intensificó, se volvió casi insoportable, una oleada que invadió la habitación y lo impregnó todo. Jaeyun sintió a su lobo encogerse, intentar obligarlo a someterse con una presión. Odiaba el poder que tenía sobre él, ahora que estaba vulnerable. Pero se mantuvo firme. Mirada a los ojos. Barbilla levantada. Hombros rectos. Su lobo gemía, advirtiendo de una cosa importante pero él lo ignoró.

—Interesante —murmuró Jungkook finalmente—. Muy, muy interesante. Un omega con actitud. No veía uno desde... —Sacudió la cabeza, como si apartara un recuerdo—. Da igual.

Dio media vuelta y caminó hacia la puerta. Sus pasos sonaban huecos en el silencio.

—¿Eso es todo? —preguntó Jaeyun, sin poder evitar el sarcasmo, sin poder morderse la lengua—. ¿Ya te rindes, alfa de pacotilla? ¿Tanto cuento para nada?

Jungkook se detuvo con la mano en el picaporte. No se volvió para mirarlo. Su espalda era una línea tensa bajo la camisa manchada.

—No —dijo, y su voz resonó en la habitación—. Esto no ha hecho más que empezar. —Abrió la puerta. La luz del pasillo, iluminó su silueta por un instante, creando un halo alrededor de su cuerpo—. Normalmente, te torturaría un poco. Sacarte información sobre quién más sabe de esta operación, sobre cómo llegaste hasta nosotros, sobre todo lo que has visto. Pero hoy... hoy tengo algo especial para ti.

Se asomó al pasillo. Habló con alguien que Jaeyun no podía ver, en un tono casi casual.— Traigan a Heeseung.

El omega frunció el ceño. El nombre no le resultaba vagamente familiar. En ninguno de los informes aparecía, el tal Heeseung. Del Clan solo conocía a los dos hermanos, con quiénes había estado conviviendo esos meses. Ahora todo parecía tomar un rumbo diferente.

Su lobo se agitó. Algo en el ambiente cambió. Las feromonas de los alfas del pasillo se intensificaron, pero también se volvieron diferentes. Más respetuosas, quizá. Más temerosas. La puerta se abrió del todo. Un hombre más alto entró caminando. Vestía pantalones negros y una sudadera con capucha del mismo color, la capucha subida ocultando parcialmente su rostro. Llevaba un estuche largo en la mano derecha. No miraba a nadie más que al suelo, como si el resto de la habitación no existiera, como si Jaeyun fuera tan insignificante que no mereciera ni un segundo de su atención.

Jungkook habló con un tono que Jaeyun no le había escuchado antes. Casi afectuoso y orgulloso.

—Este es mi hermano, Lee Heeseung. Un buen francotirador y sus disparos nunca fallan.

El joven alfa se detuvo a unos metros del omega. Y entonces, por fin, levantó la mirada. El omega sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Los ojos del alfa eran oscuros y penetrantes, tan negros que parecían absorber la luz. No reflejaban emoción alguna, solo una atención, como si estuviera calculando algo en su cabeza.

Su rostro era hermoso. Jaeyun tuvo que reconocerlo, aunque le doliera. Pómulos altos, mandíbula definida, labios perfectamente dibujados. Parecía salido de una revista de moda, de esas que a su hermana pequeña le gustaba hojear. Pero no sonreía. No parpadeaba más de lo necesario. No hacía ningún gesto. Parecía una estatua que hubiera cobrado vida.

Jaeyun sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral, erizándole la piel bajo la ropa. Por primera vez en su vida, su lobo parecía no solo aceptar, sino anhelar a un alfa; movía la cola con una excitación, gimiendo bajito en lo más profundo, como si ya lo reclamara como propio. El calor regresó, extendiéndose desde su vientre hasta las puntas de sus dedos, haciendo que su cuerpo traicionero respondiera sin permiso.

Bajó la mirada, mordiéndose el labio inferior con fuerza hasta saborear un leve regusto metálico a sangre, desesperado por ahogar el gemido que pugnaba por escapar de su garganta. Sus piernas se debilitaron desde su posición. Entonces lo sintió, un líquido caliente y viscoso filtrándose entre sus muslos, empapando la parte trasera de sus pantalones. «Maldita sea», pensó, el pánico lo abordó.

En ese instante, todo encajó. Su lobo había estado aullando y encogiéndose en advertencia desde que despertó, intentando hacerle entender que su celo se adelantaba, y no solo por el estrés de la situación sino también por el alfa frente a él —con su aroma a pino y sándalo— lo había terminado de provocar por completo. El corazón le martilleaba en el pecho, mientras su mente le advertía de lo aterrador y abrumador que estaba resultando todo.