Capítulo 1
Regresé a la realidad mientras viajaba en el coche con aquella pareja de desconocidos. Sabía qué hacía seis semanas que él había muerto, la caja con sus pertenencias y las mías se encontraba en el maletero, sin embargo, todo había ocurrido tan deprisa que mi mente parecía haber desconectado de todo.
Por mi mente pasaron una sucesión de imágenes de lo ocurrido: el viaje a Edimburgo, los bosques, el aire puro, la acampada, el regreso…, él dejando caer la cabeza sobre el volante mientras conducía por la autopista, el coche, la oscuridad y sobre todo... La tristeza que llegó después.
Cuando desperté en el hospital me dijeron que papá había sufrido un infarto, élestaba enfermo del corazón y no me había contado nada. Durante el viaje de regreso, se desmayó y nos chocamos contra un árbol que había junto la carretera. Yo solo tenía cortes y magulladuras, nada excesivamente grave.
Yo había sobrevivido… Mi padre no. Solo éramos nosotros, no tenía más familia; mi madre se marchó cuando apenas tenía unos meses.
Al salir del hospital, me llevaron a un orfanato, había visto en las series y en las películas que las chicas de diecisiete años no se adoptan, calculé que permanecería en la institución unos meses hasta cumplir la mayoría de edad, pero tras seis semanas encontraron un hogar de acogida para mí.
Entonces aparecieron Peter y Gail Hughes.
—Te va a encantar Dunkeld, Emily, es como los pueblos de las series de fantasía —dijo Gail mirándome por el espejo retrovisor.
—Seguro que es... muy bonito.
Ella asintió emocionada, su cabello castaño le llegaba hasta los hombros y se movió con el movimiento de su cabeza, cuando la vi me sorprendió su baja estatura, en comparación con su alto y corpulento marido, este parecía que podría aplastar sus huesos con facilidad si la abrazaba muy fuerte.
—Hemos pensado que estaría bien para ti empezar el instituto el lunes, podríamos aprovechar estos días para que te instales e ir a comprar todo lo que necesites —la vi tan contenta, con sus pequeños ojos grises brillando de emoción tras su gafas, que me limité a asentir.
Podría haberle dicho que cualquier cosa que ella hubiera dispuesto para mí, estaba bien, pero me hubiera sentido como una malvada si hubiera roto su ilusión con mi apatía.
—Es un lugar tranquilo, Emily, te adaptarás fácilmente —intervino Peter menos efusivo que su esposa.
En las cinco entrevistas previas a mi acogida, Gail había hablado todo el tiempo, dejando a su marido en segundo lugar, aunque no me parecía que estuviera dominado por ella, al contrario, durante esas reuniones, Peter y yo nos dedicamos a observarnos mientras la directora del centro y Gail hablaban.
Podía sentir que Peter Hughes no pensaba que acogerme fuera una buena idea, pero que había aceptado por su mujer, sus cejas solían fruncirse al verme.
Gail había dicho que ella trabajaba desde casa para una multinacional y él era abogado en el ayuntamiento, no podían tener hijos y no habían profundizado mucho más en ese tema.
Habían pasado tantos años intentando adoptar a un bebé que a esas alturas ya se habían terminado considerado demasiado mayores, ya que ambos rondaban los cincuenta y por ello se habían decidido por acoger a un adolescente.
El coche se detuvo frente a una casa de piedra, Peter apagó el coche y ambos salieron de este, yo les imité observando sorprendida la construcción.
Se encontraba a las afueras del pueblo y la bordeaba un pequeño muro.
—Peter llevará tus cosas, mientras te enseñaré la casa, ¿de acuerdo, cariño? —le dijo Gail a su marido.
—Sí, claro, id primero —él abrió el maletero.
Hubiera prefiero llevar mis cosas, sobre todo la caja con las cosas de mi padre, pero Gail me tomó de la mano y caminó conmigo hasta la entrada.
—Tus cosas estarán bien —dijo ella mientras abría la puerta.
Aunque su exterior de piedra pudiera parecer frio, el interior recubierto de paredes de madera y techos altos le confería un aspecto acogedor. Gail me guió por toda la casa, dejó para el final la que sería mi habitación.
No era muy grande, pero sí más de lo que estaba acostumbrada, con las paredes pintadas de amarillo claro, unas cortinas blancas flanqueaban una ventana que daba a la parte de atrás de la casa desde donde se podía ver el rio; había un armario y una cómoda de color blanco, una chimenea, dos mesitas blancas y una cama de madera con la colcha de flores rosas y cuadros amarillos.
— ¿Te gusta? —preguntó Gail intentando disimular su nerviosismo.
—Sí, claro, es... perfecta —musité, su rostro se relajó en una sonrisa.
—Podemos cambiar cualquier cosa que no te guste, como las cortinas o la colcha, lo que quieras.
—No, no, de verdad, Gail, me parece muy bonita —la comparé mentalmente con mi habitación verde en el diminuto apartamento donde vivía con mi padre, comparado con ese, este era un palacio.
Gail debió imaginar a donde fueron mis pensamientos, ya que se sentó en la cama y palmeó el espacio a su lado para que lo ocupara.
—Sé que es duro para ti, no pasa nada por estar triste, Emily, puedes hablar conmigo siempre que quieras sobre cualquier cosa que te preocupe, ¿vale?
Asentí.
—Te dejaré a solas para que te instales —Gail acarició mi cabello y salió de la habitación.
Revisé de nuevo la habitación con la mirada sin levantarme de la cama. Mi nueva perspectiva me causaba inquietud, antes del accidente me había considerado una persona normal, asistía al instituto en Londres y tenía un par de amigas: Lauren y Dianne con las que me llevaba bien. Ahora empezaría en un lugar nuevo donde sería la nueva, la chica que venía de un orfanato, que se veía diferente y que hablaba con un acento diferente.
Me levanté y me situé frente al espejo que había sobre la cómoda, visualice mi piel pálida, mi pelo rubio casi blanco y los ojos verdes brillantes, sin quererlo llamaría la atención, mi pelo siempre lo había hecho, no me consideraba especialmente guapa, una vez el tono de mi pelo llamaba la atención y me miraban más de cerca, esta se desvanecía.
Escuché unos golpes en la puerta y Peter abrió un poco.
—Traigo tus cosas —dijo con su voz grave y su fuerte acento escoces, terminó de abrir y dejó las cajas sobre la cama.
Luego subió la maleta y comencé a ordenar mis cosas, más porque sabía que era lo que Gail deseaba y esperaba, que por satisfacción propia.
Situé una foto de mi padre y yo en la mesita al lado de mi cama y coloqué mis libros sobre la cómoda, al igual que mis colonias y accesorios para el pelo, organicé el armario, pero dejé la caja con la etiqueta “Cosas de papá (Londres)” sin abrir.
Gail me avisó de que la cena estaba lista y me dije que ese era el motivo por el no pude abrirla, bajé a la cocina y ayudé a Gail a poner la mesa.
—Huele muy bien —le dije cogiendo la fuente con la comida.
—Gracias, espero que te guste “El Haggis” es tipico escoces, la presentación no es la más bonita, pero está muy bueno.
La cocina tenía los muebles blancos y una península que la separada del comedor, Peter llegó justo cuando nos estábamos sentando.
—Nuestra primera cena familiar —dijo Gail alzando una copa de vino con su marido, Peter imitó su gesto sin tanto entusiasmo y yo hice lo propio con mi vaso de zumo.
—He pensado que mañana podríamos ir a Dundee de compras, estaba tan emocionada con tu llegada que no pude resistirme a comprarte algunas cosas, pero me gustaría que tu escogieras tus pantalones, vestidos, camisetas, lo que quieras... ¡Ah y necesitarás un teléfono móvil y un ordenador!
—Pero Gail... No es necesario —repliqué un tanto incómoda, agradecía su amabilidad, pero me hacía sentir abrumada y aún más en deuda con ellos.
—No intentes quitarle la idea de la cabeza, una vez que la tiene no para hasta que la lleva a cabo —dijo Peter con su tono grave, pero con cierta indulgencia.
—Está decidido, mañana iremos a Dundee a por todo lo que necesitas para el lunes en el instituto, creo que la señora Russell me dio una lista de materiales...
Peter sonrió con cariño a su mujer, después me miró y se encogió de hombros, entonces supe que si bien, a él no parecía convencerle mi presencia en su casa, veía a Gail tan emocionada que por eso había aceptado tenerme allí.
✵✵✵
Entré a la habitación después de la cena, había convencido a Gail de ayudarla a recoger la cocina como muestra de gratitud por la cena y por ser tan buena conmigo, sentía que era una persona de la que podría encariñarme con facilidad. Su carácter amable y confiado me recordaba al de una niña inocente, me hacía sentir protectora con ella, tan protectora comohabía sido con mi padre.
Henry Ridgway había sido un bohemio toda su vida y su pasión había sido la pintura, la naturaleza y yo, generalmente había sido en ese orden, aunque siempre me había sentido muy querida por él. Me había sentido afortunada por tenerle como padre, porque era alguien especial, extravagante a veces, pero le adoraba. Tenía un alma artística, a veces un tanto melancólica que se entreveía en sus dibujos, no había triunfado pese a tener el potencial para hacerlo, pero tampoco se había frustrado por ello. A veces pasaba horas pintando y se olvidaba de comer, de dormir...
Tomé la fotografía de la mesita de noche y lo miré, alto, fuerte, de cabello castaño y muy guapo, aparentaba los veintitrés años que tenía en el momento de la fotografía, yo, subido a sus hombros, apenas contaba seis. De pronto me sentí culpable por tener la caja con sus cosas cerrada, era todo lo que quedaba de él, todo lo que yo tenía ahora y había decidido encerrarlo. Mi padre siempre había sido un espíritu libre, odiaba sentirse encerrado, por eso pintaba la naturaleza, por eso fuimos al campo esa vez.
Agarré la caja y la abrí con un nudo en el estómago, pero sabiendo que hacía lo correcto. En interior había un pequeño cuadro de una flor bajo la luna, un maletín con sus pinturas, algunos de sus efectos personales, un bote con el resto de su colonia, una de sus camisas… Supuse que la señora Anderson, nuestra casera, había seleccionado las cosas que pensó, me gustaría conservar de él, ya que el resto se encontraba en un trastero en Londres, la única propiedad que tenía mi padre en el mundo y, por consiguiente, mi única herencia.
Comprendí que allí me aguardaban sus cuadros, el caballete, sus pinturas, sus libros y el resto de su ropa.
Vacié el contenido sobre la cama y cogí la camisa, la olfateé, cerré los ojos e imaginé que se encontraba a mi lado. Suspiré y al abrir de nuevo los ojos mi mirada se detuvo en un sobre que indicaba:
Para cuando Emily cumpla 18
No era la letra de papá, la cogí y la abrí:
“Querida Emily:
¿Cómo te encuentras? Imagino que estarás tan sorprendida... Yo ahora mismo estoy muy nerviosa, ¿sabes? Hace horas que estoy intentando escribir algo coherente, si te soy sincera, ni siquiera sabía cómo empezar esta carta y de pronto has empezado a llorar y ha sido como si de pronto, supiera que decir y como. La Emily que tengo en brazos ahora tiene seis meses de edad y tu padre está dormido delante de la televisión… Creo que es maravilloso pensar que dentro de un montón de años el bebé que tengo en brazos estará leyendo esta carta.
No recordarás que lo hice, pero sí quiero empezar pidiéndote perdón de dejarte, pero me tengo que marchar, Emily, te prometo que no es por ti, sé que Henry no dejará que te culpes por mi marcha, pero he pensado que, en unos años, te vendría bien mi ayuda para lo que estas destinada a hacer. Una madre debe enseñar estas cosas y en la distancia que nos separan los años que tienen que llegar quiero ayudarte.
Sigue mis instrucciones, ¿vale?”
Mi mano temblaba tanto que tuve que parar de leer. ¿Era una carta de mi madre? Papá nunca me había hablado mucho de ella, se limitaba a cambiar de tema cuando preguntaba, decía que lo entendería algún día y cortaba la conversación y él, mientras tanto, había guardado una carta que ella me dejó antes de irse, tomé aire y continué leyendo:
“Colócate frente a un espejo y dibuja una estrella de cinco puntas”
Fruncí el ceño, tenía la impresión de que era como un ritual, no había imaginado a mi madre como alguien esotérico, sin mucha confianza hice lo que mi madre decía.
Cogí pintalabios rosa que tenía entre mis cosas y dibuje la estrella.
“Sitúa la palma de tu mano izquierda en el centro, cierra los ojos y di: Fereastră"
Deje la carta sobre la cómoda.
—No me puedo creer que esté haciendo esta tontería —me dije mientras colocaba la palma de mi mano izquierda sobre el espejo, cerré los ojos—. Fereastră.
Sentí que el espejo se volvía blando y al abrir los ojos vi que en el lugar donde antes estaba el espejo, era como líquido… Mi mano había desparecido hasta la muñeca en su interior, la saqué rápidamente y comprobé que la tenía más fría de lo normal.
Cogí a la carta de nuevo:
“Sé que eres una chica lista y que lo conseguirás a la primera, pero si no es así inténtalo de nuevo.
Y no, no te has vuelto loca, Emily, acabas de abrir una ventana, no tengas miedo e introduce la mano con confianza y saca lo que encuentres”
Mi mano temblaba y aunque ella decía lo contrario, comenzaba a dudar de mi cordura, pero hice lo que me indicaba, volví a introducir la mano en el espejo segura de que no encontraría nada, sin embargo, roce algo con los dedos, metí el brazo hasta el codo y agarré lo que encontré. Al sacar la mano me sorprendí al ver un viejo libro con las pastas en negro y una caja negra atada al cierre, al salir el libro brilló y comenzó a dibujarse un símbolo extraño, tres espirales unidas entre sí, lo solté sobre la mesa. Abrí la caja y encontré una pulsera con una piedra de color rosa.
"Si todo ha salido como deseo que sea, estoy segura de que tendrás mi libro y la pulsera, que ahora son tuyos. Ponte la pulsera, es mi regalo de cumpleaños. Y el libro protégelo, no dejes que nadie se aproveche de su poder, aprende de él y hazlo crecer contigo. Este es mi legado para ti, me encantaría enseñarte, darte todas las respuestas que necesitas, pero siento que ya has visto demasiado por ahora, teniendo en cuenta que acabas de sacar un libro de un espejo.
Emily lamento que sea un camino que debas recorrer sola. El libro siempre será la respuesta a todo lo que necesites.
Te quiere, mama.
P.D.: No olvides cerrar el portal (Închide).”
— ¿Cómo un camino? ¿Qué camino? —le grité a la carta.
Miré al espejo desde donde brillaba la estrella y el libro en mis manos, podría dejarlo en su sitio y olvidarme de todo. Ella se había marchado, no me daba una explicación lógica pero me dejaba un libro extraño que había guardado dentro de un espejo y me había dado las instrucciones para abrirlo como si fuera un bizcocho.
Escuché unos golpes en la puerta.
— ¿Emily? ¿Te encuentras bien?
Miré al espejo y a la puerta con nerviosismo.
—Esto... ¡Sí, Gail! Estoy poniéndome el pijama —coloqué la mano donde la había puesto antes, cerré los ojos y dije—. Închide.
Noté el frio del cristal y de nuevo estaba simplemente el dibujo.
—De acuerdo, querida, buenas noches.
—Buenas noches, Gail —dije sofocada mientras borraba el dibujo de la estrella.
Escondí el libro y la pulsera debajo de mi ropa interior, me puse el pijama e intenté dormir sin mucho éxito.