Una noche para dos... u ocho?

Summary

Sergio y Max buscan un momento para darse amor, pero ciertas situaciones los harán detenerse. ¿Podrán Max y Sergio lograr su misión?

Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

La preparatoria suele ser esa etapa donde crees que el mundo se acaba por cualquier cosa que te salga mal, pero para Max, el mundo se detuvo por completo el primer día que vio a Sergio caminando por el pasillo. Fue un flechazo de esos a primera vista; Checo iba con su mochila al hombro, riéndose de algo que le dijeron, y Max simplemente supo que estaba perdido.

El problema fue que a Checo no le impresionó ni tantito el chico alto y rubio que lo miraba como si fuera la ultima coca del desierto.

Max tuvo que picar piedra durante meses. Le llevaba dulces que a veces Checo compartía con otros, le ofrecía ayuda con tareas que Checo ya tenía hechas y lo seguía a los partidos de fútbol escolar con una paciencia de santo. Cualquiera se hubiera rendido ante tantos rechazos, pero Max no se dio por vencido.

Al final, su insistencia rindió frutos. Una tarde, después de clases y con el pretexto de un proyecto en equipo, Max por fin le robó el sí para ser novios.

Pero claro, la adolescencia es fuego. Entre las hormonas a tope y esa sensación de que son invencibles, una tarde que se quedaron solos en casa de Checo, la curiosidad y las ganas les ganaron. Fue torpe, fue intenso y fue la primera vez para los dos. Lo que no midieron fue que "una vez" es más que suficiente para cambiar la vida de un par de mocosos de 17 años.

Cuando la prueba casera marcó las dos rayitas, el mundo de colores de Max se volvió gris de golpe.

—¿Qué vamos a hacer, Max? —preguntó Checo, pálido y con las manos temblorosas.

—Pues… afrontarlo —respondió Max, aunque por dentro quería salir corriendo por cigarros.

Max hablo primero con sus papás, ellos no se anduvieron con rodeos. Hubo gritos, decepción y una maleta mal hecha siendo lanzada por la puerta principal.

"Si ya eres tan hombre para andar haciendo hijos, sé tan hombre para mantenerte", le soltó su padre antes de cerrarle la puerta en la cara.

Pero eso no era nada comparado con lo que venía: tener que hablar con Don Antonio, el papá de Checo.

Max llegó a la casa de los Pérez sintiendo que caminaba hacia su propia muerte. Checo estaba en la sala, con los ojos rojos de tanto llorar porque ya le había soltado la sopa a su mamá.

Cuando Max entró y vio a Don Antonio sentado en su sillón, el aire se puso tenso.

—Buenas tardes, señor… ya saben que soy el novio de Sergio, verdad y… bueno, vamos a ser papás —soltó Max con la voz quebrada.

Don Antonio no dijo nada, solo se levantó, caminó hacia el pasillo y regresó con su escopeta de caza.

—¡Corre, Max! —gritó Checo saltando del sillón.

Max no necesitó que se lo dijeran dos veces. Salió corriendo con Don Antonio detrás, gritándole hasta de lo que se iba a morir.

Fueron diez cuadras eternas, Max sentía que el corazón se le salía por la boca, saltando banquetas y esquivando vecinos, mientras el señor, con una energía que no parecía de su edad, no se daba por vencido.

—¡Papá! ¡Ya déjalo, por favor! —gritaba Checo desde la esquina, tratando de alcanzarlos.

—Déjalo, hijo —le dijo Doña Marilú, que había salido con más calma—, solo es el orgullo herido de un padre, solo dejalo que se canse.

Finalmente, en la esquina de un parque, Don Antonio se detuvo a recuperar el aliento. Max, apoyado en un poste, estaba rojo, sudando y rezando por su vida. Jamás pensó que el suegro fuera tan rápido.

—A ver… —jadeó Don Antonio, bajando el arma pero sin dejar de señalarlo con el dedo— Te vas a hacer responsable del chamaco, ¿verdad? Porque si no, la próxima vez no fallo.

—Sí, señor —respondió Max, todavía intentando recuperar el aire— No pienso dejar a Checo solo. Me voy a hacer cargo de todo el paquete.

—Y se me van a casar, mañana mismo vemos lo de la iglesia.

Checo, que ya los había alcanzado, saltó de inmediato:

—¡Ah no, apá! Todavía estamos muy jóvenes para eso, no manche.

Don Antonio se le quedó viendo con una ceja levantada.

—¿Ah, sí? ¿Muy jóvenes? ¿Y para andar haciendo las cochinadas que hicieron no estaban muy jóvenes?

Tanto Max como Checo agacharon la cabeza al mismo tiempo, no había forma de ganar esa discusión.

—¿Y tus papás qué dicen? —preguntó Don Antonio, un poco más calmado pero igual de rudo.

—Pues… ya saben y me corrieron de la casa, señor. No tengo a dónde ir ahorita.

Doña Marilú, que siempre tenía el corazón de pollo, se llevó las manos a la cara.

—¡Ay, Dios mío, mijo! ¿Cómo que te corrieron? No te preocupes, te puedes quedar aquí con nosotros.

Don Antonio casi vuelve a levantar la escopeta.

—¡Ah no, eso sí que no, mujer! Primero me embaraza al muchacho y ahora hasta casa le voy a dar, déjalo que viva debajo de un puente.

—Ándale, papá —rogó Checo, agarrándole el brazo— Se puede quedar conmigo en mi cuarto, así me ayuda con los mareos y todo eso. Por favor…

Don Antonio soltó un bufido, miró a Max —quien todavía parecía que se iba a desmayar del cansancio— y luego a su hijo. Al final, bajó los hombros derrotado.

—Está bien, quédate. Pero te advierto una cosa, muchachito: si oigo un solo ruido raro en ese cuarto por las noches, juro que te meto un plomazo.

Max asintió, agradecido de seguir vivo y de tener, al menos, un techo donde empezar esta nueva y repentina vida junto a Checo.

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La rutina se volvió pesada de un día para otro.

Max ya no era el adolescente que solo se preocupaba por si le alcanzaba para los videojuegos; ahora, sus días empezaban antes de que el gallo cantara.

Por la mañana le tocaba aguantar las clases de la preparatoria, tratando de que no se le cerraran los ojos mientras anotaba ecuaciones. Al salir, apenas le daba tiempo de llegar corriendo a la casa de los Pérez para comer algo rápido, y de ahí, directo a su trabajo de medio tiempo en una bodega cargando cajas.

Llegaba a casa pasadas las diez de la noche, con la espalda deshecha y los pies hinchados, pero el cansancio se le olvidaba en cuanto cruzaba la puerta.

—Ya llegó el responsable —soltaba Don Antonio desde el sillón, sin despegar la vista de la tele— Cuidado con lo que haces, muchacho, que todavía no olvido que me dejaste al Checo en ese estado.

Max solo bajaba la cabeza, murmuraba un "buenas noches, señor" y subía las escaleras. No importaba cuántas cajas cargara, lo más difícil seguía siendo lidiar con los comentarios de su suegro, que no dejaba pasar ni una oportunidad para recordarle su pecado.

Para Checo la cosa no era más fácil. Se aferró a seguir estudiando a pesar de que el uniforme ya no le cerraba y de que los mareos lo traían de bajada. Hubo mañanas en las que Max tenía que sostenerle el cabello mientras Checo devolvía hasta el alma en el baño, y tardes en las que Max tenía que salir corriendo a la tienda a las once de la noche porque a Sergio se le antojaban unos esquites con mucho chile y limón o, peor aún, una combinación extraña de fruta con chamoy.

Pero su momento favorito llegaba siempre al final del día. Max se quitaba los tenis, se acostaba a un lado de Checo y ponía su mano sobre esa panza que cada día crecía más.

—Ya llegué, campeón —susurraba Max pegando la cara al vientre.

Sentir la patadita de respuesta era su mejor pago. Era como si el bebé reconociera su voz entre todo el ruido del mundo. Se quedaban así, planeando un futuro que les daba miedo pero que estaban dispuestos a enfrentar, hasta que el sueño los vencía a los dos.

Ese futuro los alcanzo un 6 de mayo, a mitad de la madrugada.

Checo se despertó sintiendo una humedad extraña. Al principio, en su aturdimiento, pensó que se le había salido la pipí, pero de inmediato un dolor agudo le cruzó el vientre, obligándolo a doblarse.

—Max… Max… —susurró, tratando de no armar un escándalo para no despertar a sus papás.

Max, que venía de una jornada de doce horas de estudio y trabajo, estaba en el quinto sueño, roncando como si nada pasara.

Checo lo zarandeó, le picó las costillas y hasta le jaló el pelo, pero el rubio no desperto.

Una segunda contracción, mucho más fuerte, le quitó a Checo la paciencia. Levantó la mano y le acomodó una cachetada.

Max saltó de la cama, desorientado y agarrándose el cachete.

—¡¿Y eso por qué fue?! —reclamó, parpadeando rápido.

—¡Va a nacer tu hijo, imbécil! ¡Muévete! —le gritó Checo, ya sin importarle el volumen.

—¿Qué? ¿Ya? ¡Pero si faltaba una semana! —Max empezó a dar vueltas en círculos como pollo sin cabeza.

Los gritos, por supuesto, atravesaron las paredes. Unos segundos después, Don Antonio entró al cuarto en calzoncillos y con cara de pocos amigos, seguido de Doña Marilú.

—¿Por qué gritan tanto? —preguntó Don Antonio, tallándose los ojos— Ay de ti que le estés haciendo algo a mi niño, mendigo menonita. Si lo hiciste llorar, ahorita mismo saco la escopeta otra vez.

—¡Que ya va a nacer, Toño! —le gritó Doña Marilú, dándole un empujón— ¡Muévete, saca el carro!

Max, que por fin había reaccionado, empezó a meter todo a la maleta: pañales, mamelucos, hasta sus propios calcetines sucios por la prisa.

"¡Ya está todo!", gritó agarrando a Checo del brazo. Sergio inhalaba y exhalaba como le habían enseñado en el curso, aguantando las ganas de morder a Max cada vez que el carro pasaba por un bache de camino al hospital.

Fueron horas eternas en la sala de espera. Max se terminó las uñas de las manos y estaba empezando con las de los pies cuando, finalmente, el llanto de un bebé se escuchó.

Patricio Verstappen Pérez nació sano, fuerte y con los pulmones potentes.

Cuando Don Antonio entró a la habitación y vio a ese pedacito de gente envuelto en una manta azul, todo el coraje que le tenía a Max se evaporó en un segundo. Se le ablandó el corazón de piedra al ver que el niño tenía los ojos de su hijo y, quizá, un poquito de la terquedad del rubio. Se quedó callado un buen rato, mirando a su primer nieto, hasta que carraspeó para recuperar su postura de hombre rudo.

—Bueno —dijo Don Antonio, mirando a los dos muchachos de diecisiete años que ahora eran padres— Ya nació el chamaco, les salio bonito y todo. Pero ahora sí, ya no tienen escusa, se me tienen que casar.

Checo, que apenas estaba recuperando el color, soltó un suspiro cansado mientras acomodaba a Patricio en su pecho.

—Ay, papá, otra vez con eso… deja que el pequeño crezca un poco más. Tal vez cuando tenga unos meses más o el año, ¿no crees?

Max asintió, aunque sabía que, tarde o temprano, Don Antonio se saldría con la suya. Por ahora, lo único que le importaba era que Patricio estaba ahí, que Checo estaba bien, no cambiaría ese momento por nada del mundo.

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La planificación familiar nunca fue el fuerte de estos dos.

Mientras Max y Checo seguían debatiendo si la boda debía ser en un jardín o en un salón, y si el pequeño Pato ya caminaría para entonces, la vida les ganó la carrera otra vez. Checo empezó a sentir ese cansancio sospechoso y ese asco al olor del café que ya conocían y se les hacía sospechoso.

Cuando Don Antonio vio la segunda prueba positiva sobre la mesa del comedor, no dijo ni una palabra. Se levantó, fue por la escopeta que ya tenía a su alcance en la sala y Max, por puro instinto de supervivencia, ya estaba saltando la ventana antes de que el suegro cargara el arma.

—¡Ahora sí te vas al cielo, desgraciado! —gritaba Don Antonio mientras le daba la vuelta a la manzana.

El pequeño Pato, que a sus cuatro meses ya se sentaba con ayuda, observaba la escena desde su periquera, soltando risitas y balbuceos felices, viendo cómo su papá corría por su vida mientras su abuelo le recordaba todo su árbol genealógico a gritos. Para el bebé, era el mejor entretenimiento de la tarde.

Al final, la boda se tuvo que hacer sí o sí, pero no fue la ceremonia que Checo imaginó. Se casaron por lo civil y por la iglesia con un Checo que ya tenía un vientre muy abultado que apenas dejaba que el chaleco del traje cerrara.

Las fotos del evento eran memorables: Max con cara de alivio por seguir vivo y Checo sosteniendo a Pato con una mano y su panza con la otra.

El proceso se repitió de nuevo.

Un 27 de mayo del año siguiente, mientras sus amigos de la preparatoria estaban preocupados por el examen final o por qué se iban a poner para la graduación, Max y Checo le daban la bienvenida a Franco Verstappen Pérez.

Terminar la preparatoria fue un logro para esos did. Se graduaron entre pañales, biberones y desveladas que no eran por fiestas, sino por cólicos.

Checo, con una vocación de hierro, logró entrar a la universidad para cumplir su sueño de ser maestro de primaria, mientras que Max, motivado por la necesidad de defenderse (y quizá para saber legalmente cómo evitar que su suegro le disparara), se inscribió en la carrera de Derecho.

Pero parece que la fertilidad los perseguía. Apenas iban en el primer semestre de la universidad cuando Checo volvió a aparecer con la noticia. Entró a sus clases de pedagogía con una libreta nueva y un tercer embarazo a cuestas.

—Es que parecemos conejos, de verdad —le decía Max mientras le daba un masaje en los pies por la noche.

—Tú cállate, que bien que te gusta verme con la pancita —le respondía Checo con una sonrisa cómplice.

—No te lo voy a negar, te ves precioso, pero ya no cabemos en el cuarto —reía Max.

Y así pasaron los nueve meses entre leyes, planes de clase y antojos. En abril, justo antes de que se terminara el ciclo escolar, nació el tercer integrante, Oscar Verstappen Pérez.

Para ese punto, la casa de los Pérez era una guardería completa. Pato ya con dos añitos, corriendo por todos lados y queriendo "ayudar" con sus hermanos, mientras Franco apenas celebraba su primer año intentando dar sus primeros pasos.

Doña Marilú, que aunque amaba a sus nietos ya no sentía lo duro sino lo tupido, sentó a Checo un día en la cocina.

—Mira, hijo, yo los apoyo en todo, pero por favor, ya usen condón —le dijo sacando un billete del mandado— Si quieren hasta yo se los compro, pero otra bendición más y a tu papá le da un infarto o nos quedamos sin patio de tanto que corretean a Max.

La vida era un caos, pero era su caos.

Mientras Max estudiaba sus códigos legales y trabajaba medio tiempo en un despacho haciendo mandados para juntar el enganche de una casita propia para los cinco, Doña Marilú y Don Antonio se convirtieron en el pilar fundamental. El suegro, aunque seguía gruñendo, ya se dejaba ver en el piso jugando a los carritos con Pato y Franco.

Incluso los papás de Max, al ver que su hijo no había salido huyendo y que realmente se estaba partiendo el lomo por su familia, decidieron acercarse. Hubo una reconciliación tensa que terminó en abrazos y, finalmente, en un apoyo real.

Ahora, los fines de semana, Pato, Franco y Oscar pasaban tardes con los otros abuelos, dándole un respiro a Checo para terminar sus planeaciones de clase y a Max para estudiar para sus exámenes de derecho.

No eran la familia tradicional que imaginaron a los 17, pero en esa casa llena de juguetes y gritos, no faltaba ni un gramo de amor.