Entre pataditas y calcetines
El aire de Seúl a mediados de diciembre comenzaba a picar agradablemente la punta de la nariz. Las pequeñas y grandes tiendas ya llevaban el espíritu navideño en su decoración, los parques de a poco se iban iluminando con las pequeñas luces neón y las estatuas navideñas. Todos los que caminaban por aceras llevaban una bolsa grande y sonrisas en sus rostros.
La navidad estaba cerca y con ello, los villancicos, el chocolate caliente, las postales, los calcetines en la chimenea, los regalos bajo el árbol navideño, eran preparados para pasar momentos de unión y felicidad en familia.
— Me ayuda con los calcetines rojos por favor— una orden fue pedida en la pequeña tienda de ropa.
—Yo también quiero unos— se acercó una señora de edad, pidiendo el mismo par que el joven había mencionado.
Las dos personas se miraron por un instante, una chispa de electricidad recorrió por su cuerpo.
—Efectivo— dijo la señora mientras colocaba el dinero sobre el mostrador.
—Eh— soltó el joven— yo lo pedí primero— regresó a mirar a la vendedora.
Aun nadie ha podido descifrar por qué los calcetines rojos se terminaban apenas llegaban a las tiendas, la gente enloquecía por un par, era como si fueran zombies al estar frente a su nueva presa, todos se abalanzaban sin importar la edad de quien estuviera a su lado. Era una lucha de ganar o ganar.
Y en ese momento se había desatado una nueva guerra por el último par de calcetines rojos, las miradas iban y venían desde la anciana hacia el joven y luego pasaba a la vendedora, el momento era de tensión donde el silencio los inundo insinuando que solo ellos estuvieran en la tienda sin nadie a su alrededor cuando no era así.
—Di el dinero primero muchachito.
—Yo lo pedí primero señora.
Sus miradas lanzaban rayos, nadie quería retroceder.
—Disculpen... —la voz de la vendedora se hizo presente llamando su atención— también tenemos de color verde— señalo hacia el par de calcetines que yacían colgados.
—No— esbozaron al unisonó.
—Quiero el de color rojo— se apresuró el joven a hablar— yo llegué primero— miró con desesperación a la vendedora.
—Jovencita, véndamelos a mí— dijo con voz temblorosa y rostro de gato apachurrado, dando lastima.
La cara del joven era expresiva por quien lo mirara, se estaba haciendo la victima para robarle el calcetín.
—Pero....
—Por favor, mis piernas ya no dan más para ir más lejos en busca de unas— la miró con tristeza.
—Pero yo también las necesito— susurró el joven.
—Tú jovencito, puedes buscar más adelante.
—Ya lo hice y están agotadas, de verdad necesito los calcetines— su voz era un hilo de súplica— es un regalo para mi esposo— susurró muy bajito.
—No puedes hacer una excepción, por esta abuela.
Tanto la vendedora como las demás personas que se encontraban a su alrededor lo miraron esperando su respuesta. La presión era fuerte, no quería cederle los calcetines, pero tampoco quería desanimar a la abuela, aunque a decir verdad todo parecía un complot de su parte por salirse con la suya. Los murmullos de los demás fueron evidentes y sus miradas ni que decir.
—Bien— había cedido y con ello perdió el regalo que tanto había estado buscando— me da las verdes— pidió a la vendedora con una leve sonrisa.
Todos al escucharlo sonrieron y miraron a la anciana con cariño.
—Gracias muchachito— agradeció con una sonrisa, a la cual no pudo ser indiferente o mostrar mala cara.
—Aquí tienen— extendió las bolsas— gracias por su compra— hizo una leve reverencia.
Tanto el joven como la anciana salieron de la tienda, el aire frío los golpeó de frente en el rostro, la noche había caído y las luces de los faroles se iban encendiendo uno tras uno. La anciana se abrazó a sí misma y el joven lo notó enseguida.
—Esto la cubrirá un poco— dijo sacando una bufanda para entregársela.
—Estoy bien, no vivo muy lejos.
—Aun así, tómela— le extendió— el frío es fuerte— sonrió levemente.
—Eres un joven muy educado y atento ante una anciana— la tomó en manos— a cambio te daré esto— indicó la bolsa donde le habían colocado los calcetines rojos.
La expresión en el rostro del joven se iluminó tanto que la anciana sonrió por tal acción, era como ver a un niño cuando está recibiendo el juguete que tanto había deseado.
—A tu esposo le encantara— palmeó su hombro.
—Eh— no pensó que lo había escuchado cuando lo mencionó en la tienda— gracias— hizo una reverencia— de verdad gracias.
—No cambies tu humildad y ámalos tanto o más que ayer, cuídalos porque ellos también te cuidaran. Su amor es puro y verdadero.
Fueron las palabras que la anciana dijo antes de colocarse la bufanda y caminar en dirección contraria. Para cuando el joven reaccionó y regresó a mirar a la anciana ya no se encontraba, había desaparecido en segundos ¿acaso era posible? Su mirada viajó buscándola en la amplia acera e incluso al otro lado de la carretera, pero no la encontró.
—Cuidarlos— susurró a la vez que sonreía— ¿Cómo lo supo? —Se cuestionó, pero aun con la intriga y no dándole muchas vueltas a lo sucedido y alegre de tener en sus manos los anhelados calcetines rojos se puso en marcha hacia su hogar.
La vida de vez en cuando nos regala apariciones que rompen la monotonía de nuestra vida justo cuando menos lo esperamos. Se dicen que estas personas son almas o guardianes que el destino coloca en nuestro camino de forma anónima, en donde con breves interacciones evalúan la humildad que llevamos y observan si estamos transitando por el sendero del bien. Cuando confirman su propósito se marchan tan rápido como llegaron, si es lo contrario y perciben que necesitamos un guía se quedan para ser una luz y un apoyo en nuestra vida.
La luna haciéndose presente en lo más alto del cielo y la brisa recorriendo su cuerpo eran los testigos de un hombre enamorado que regresaba a casa tarareando una melodía.
—Cariño llegue— dijo apenas puso un pie dentro del cálido departamento que era su hogar.
—Kookie— respondió con cariño asomando su cabecita por la entrada de la cocina— ¿Por qué has tardado? — preguntó mientras sostenía una taza de chocolate caliente.
—Los amo— se acercó y con cuidado lo abrazó.
— ¿Qué te sucedió? — lo miró con curiosidad. Amaba lo tierno y amoroso que solía ser.
—No me lo creerás— se separó para acariciar la notoria pancita de su esposo.
—Pues cuéntamelo— le sonrió tiernamente como solo él lo podía hacer. Una sonrisa cálida que transmitía amor y paz.
—Ven— lo tomó delicadamente de la mano caminando hacia el sofá.
Recostándose sobre este hizo que su esposo se arrimara en su pecho, se cubrieron ligeramente con una manta y los dos bebían sorbos pequeños de la taza de chocolate mientras le contaba lo sucedido. Las caricias en la pancita se hicieron presentes como si estuvieran arrullando al bebé.
—Eres el mejor hombre del mundo— habló cuando terminó de contar— el mejor que incluso casi tienes una batalla con una ancianita— sonrió— y todo por los calcetines, pero me alegro que se los hayas cedido.
—Pero tu los querías.
—Si, pero quien sabe y la ancianita los necesitaba más que yo— acarició su mano con ternura.
—Lo dudo— enarcó una ceja recordando como se había hecho la victima para obtenerlo.
—Jeon— pronunció a la vez que se sentaba bien para mirarlo directamente a la cara.
Jungkook se tensó por un instante porque sabía que cuando lo llamaba por su apellido la cosa era seria.
—Mi amor— sostuvo sus manos, no le había contado hasta el final de lo sucedido— la ancianita no era lo que parecía— hablaba con seriedad— sus ojos lanzaban rayos por querer ganarme.
Jimin quien pretendía ser serio se le era difícil al ver a su esposo seguir relatando la historia como un niño.
—Al final no pude ganarle y... perdí— colocó la mano en su frente haciendo una escena de drama ocasionando que Jimin no aguantara la risa y un golpecito leve en su vientre se hiciera presente dando a entenderle que el bebé también sonreía.
—Hasta mi pequeña bendición se ríe— dijo con alegría y acariciando su vientre.
—Se burlan y en mi cara— negó ofendido— bebé, eso no está bien, no puedes reírte de tu padre —se acercó al vientre a acariciarlo, en eso otra patadita dio— e incluso me respondes— hizo puchero mirando a Jimin para que este hiciera algo.
—Yo no sé— miró a un costado aguantando la risa.
—Entonces no te daré el regalo que te compre— se colocó de pie.
— ¿Regalo? — sus ojos brillaron ante lo mencionado— pequeño bebé no puedes responderle de esa manera a papá— cuestionó sobándose el vientre.
—Lo reprendes solo porque mencione el regalo— negó divertido— y tu mi bebé— aclaró su voz queriendo sonar serio, mientras lo apuntaba con el dedo— eres su cómplice.
Como si el bebé lo hubiera entendido, pateó suavemente el vientre haciendo que Jimin lo mirara sorprendido. Días atrás habían comenzado a notar que cuando hablaban con él, el bebé les respondía con pataditas, a veces leves y otras veces algo fuertes, como si estuviera en desacuerdo. Sus ojos se iluminaban ante tal interacción; no veían la hora en que su pequeño Mochi, como lo habían apodado, estuviera finalmente en sus brazos.
La vez que se enteraron que serían padres fue un caos total. Jimin, con la prueba de embarazo en manos, no paraba de llorar de la emoción. Cuando Jungkook lo escucho, corrió tan rápido hacia su esposo que se encontraba en el baño, que derribó la puerta sin decir nada, con la agitación a mil y sus pensamientos alborotados miró como su esposo se tapaba la boca, sorprendido, pero sus lágrimas no se detenían.
Tratando de calmarlo para que le contara por qué lloraba, Jimin le mostró la prueba y cuando Jungkook analizó de que se trataba, tanta fue su sorpresa que la terminó dejándola caer en el inodoro.
Sus rostros no tenían expresión alguna ante su asombro. Sin embargo, las risas, los abrazos y los besos no se hicieron esperar, ¡iban a ser padres! Juntos terminaron llorando mientras se consolaban mutuamente en un solo abrazo. Como testigos de aquel momento, quedaron la puerta derribada y la prueba de embarazo flotando dentro del inodoro.
Mientras los meses transcurrían, la pancita de Jimin iba creciendo un poco cada día. Con ello sus cambios de humor también se hicieron presentes, además de sus antojos para nada exquisitos y a un horario fuera de lo normal.
Muchas veces, a Jungkook le tocó salir a la madrugada en busca de un nuevo antojo para su esposo, agradecía enormemente a quien se le ocurrió la idea de las tiendas 24/7, le había salvado la vida en más de una ocasión y con ello, había evitado el llanto y tristeza de su esposo por su pequeño antojito.
Las visitas al médico siempre fueron juntos, el llanto una vez más los invadió cuando escucharon el latir del corazón de su bebé. Eran padres primerizos, claro que sí, pero el amor que se tenían y el amor que le daban a su bebé, aun cuando se estaba formando en el vientre de Jimin, era único y especial: un lazo que nadie podría cortar.
Ese mismo día en que supieron el sexo del bebé, el medico les dio un aproximado de cuándo nacería. Como si fuera un milagro enviado por Dios, el bebé estaría en sus brazos en navidad. Sin duda alguna, sería el regalo más preciado que podrían recibir, y eso los mantenía felices.
Las pequeñas compras de ropa no se hicieron esperar, Jungkook quería comprar de todo, pero Jimin lo detenía y tan solo elegían lo necesario.
—Estás castigado— sentenció Jimin a su esposo la vez que se le ocurrió comprar tres docenas de calcetines para el bebé— ¡sube las manos! — le había señalado con el dedo.
Jungkook estaba en un rincón de la sala, arrodillado y con las manos al aire, cumpliendo su castigo. Desde aquella vez siempre preguntaba cuánto era lo necesario de algo que quería comprar y Jimin, aguantando la risa, le decía un número exacto.
— ¡Anda, Kookie, dame mi regalo! — hizo un puchero adorable.
Jungkook era débil ante sus encantos y apretándose la nariz en señal de rendición, no tuvo más remedio que ir por la bolsa. Jimin lo miraba con emoción y susurraba calladito, acariciando a su pancita: — papá es el mejor.
—Cierra los ojos— dijo una vez frente a su esposo y este hizo caso al instante mientras estiraba las manos.
La mirada de Jungkook hacia su esposo estaba llena de amor. Sacando lo que contenía la bolsa, lo colocó en las manos extendidas
—Puedes mirar mi amor.
Cuando Jimin abrió los ojos estos se cristalizaron y no pudo evitar hacer un puchero.
— ¿Qué sucede mi amor? — se acercó con preocupación.
— ¡Son los calcetines que tanto quería! — rompió en llanto.
Días atrás había mencionado que anhelaba tener un par de calcetines rojos con dibujitos de renos, duendes y Papá Noel. Eran muy pocas las versiones que se distribuían de ese diseño y se vendían apenas las colocaban en las estanterías. Jungkook había visitado tantas tiendas como pudo, pero no lograba encontrarlos, no hasta que las halló en la pequeña tienda en la que tuvo un duelo con la ancianita por ellos, en el cual perdió. Cuando pensó que lo había perdido, la vida le dio una sorpresa.
—Mi pequeño llorón— lo atrajo a su cuerpo para abrazarlo y posteriormente limpiar con delicadeza las lágrimas que recorrían sus rechonchas mejillas.
—No soy llorón, ¡son las hormonas! — se defendió, haciendo que Jungkook le robara un beso.
Era de esos besos tiernos, que demostraba un amor puro, un amor que no tiene prisa y que sabe que era correspondido al cien por ciento. Un beso que hasta el bebé sintió ya que dio una patadita leve como diciendo: — ¡también estoy aquí!
—Mis pequeños llorones— volvió a hablar, pero esta vez dirigiéndose a su bebé— Te amamos pequeño Mochi— acarició la pancita y esta le devolvió una patadita como su respuesta.
El bostezo que salió de Jimin indicaba que estaba cansado y con sueño, después de todo cargar con una barriga inmensa por todo el departamento no era tarea fácil. Jungkook no esperó y lo llevó hacia la habitación para que se recostara.
Los calcetines rojos fueron colocados con delicadeza en la mesita de noche, ya los estrenaría al día siguiente.
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El nuevo amanecer dio inicio, y con él, el frío se hacía presente, una mañana nublada se podía divisar por la ventana del hogar que Jungkook y Jimin habían formado.
Jungkook se encontraba en la cocina preparando el desayuno mientras Jimin se cambia de ropa.
— ¡Oh vamos por favor! — decía mientras se inclinaba hacia delante.
Su barriga era una barrera formidable, un escudo protector ante cualquier intento de flexión abdominal.
Soltando un suspiro volvió a hablar:
—De acuerdo.... Solo necesito— intentó inclinarse una vez más mientras hacia una mueca— alcanzar mi pie. Uno solo. No es tanto pedir.
El bebé pateó, fuerte.
—Pequeño. ¿Qué fue eso?, no crees que es muy temprano para este tipo de golpes— se quejó.
En ese momento, Jungkook ingresó, aun con el cabello despeinado y ese brillo perezoso y adorable en sus ojos que Jimin tanto amaba, llevaba una taza humeante y una sonrisa tranquila, hasta que miró la escena.
— ¿Por qué tar...— detuvo su hablar— ¿Qué te pasa ahora? — preguntó preocupado... y divertido, porque ya conocía esa mirada.
Jimin tan solo lo miró dramáticamente.
—Tu hijo no quiere cooperar.
— ¿Estás intentando ponerte los calcetines otra vez, tu solo?
— ¿Acaso me estas subestimando Jeon Jungkook? — yo he bailado en escenarios durante mucho tiempo sin descanso. ¿y ahora me va a derrotar un bebé, no lo creo?
El bebé respondió con otra patadita.
— ¿Ves? ¡Se está burlando de mí! — se cruzó de brazos indignado.
No era la primera vez que Jimin quería colocarse un par de calcetines por su cuenta y al final terminaba siendo su esposo quien se los colocaba. Esta vez pensó que podría y más porque era el regalo que tanto había querido.
Jungkook dejó la taza en el velador y se arrodilló frente a su esposo, como si fuera un médico profesional... pero sin antes colocarse las orejas de reno, era diciembre y él amaba esas pequeñas cosas.
— A ver— dijo con seriedad falsa— muéstrame la zona afectada.
—Mis pies— dijo Jimin siguiéndole el juego, viendo trágico— mis pies están muy lejos.
Kook tomó los calcetines rojos y los miró detenidamente, aun no entendía como era que le gustaba ese tipo de diseños, y mientras más los miraba sintió que tanto los renos, los duendes y Papá Noel lo estuvieran juzgando.
—Dame tu pie, yo puedo hacerlo.
Jimin se mordió los labios para no reír.
— ¿Seguro? Se que eres fuerte pero no sé si estas preparado para esta misión.
—Confió ciegamente en mi entrenamiento— posó como si estuviera levantando pesas imaginarias.
Jimin no pudo más y estallo en risas. Amaba esa pequeña parte de Kook, esa parte de niño y sus ocurrencias que solo lo demostraba a él.
Jungkook tomó suavemente su pie, pero justo cuando iba a poner el calcetín... Jimin se movió sin querer al sentir otra patada medio fuerte en su vientre.
El pie terminó estampándose en la cara de Jungkook.
— ¡Auch! — dijo con el rostro aplastado contra el talón de Jimin— ¡Creo que tu hijo me golpeó a mí también!
— ¡No fui yo! ¡Fue él! — se defendió entre risas— creo que es su saludo de buenos días, a su estilo claro.
Jungkook no se daría por vencido por lo que volvió a intentarlo, pero no conto con que Jimin estaría aun riendo y con algo de nervios que levantó demasiado la pierna. Jungkook perdió el equilibrio y en segundos los dos se encontraban en el suelo: Jimin sentado y Kook tumbado boca arriba y el calcetín volando por los aires como si fuera una escena dramática de acción.
En eso el bebé dio dos pataditas que fueron notarias para sus padres.
— ¿Ves? Se está riendo de nosotros.
Jungkook se incorporó, lo miró con una sonrisa suave y le puso la mano en la barriga.
—O quizás nos está animando, fueron pataditas de ¨¡Vamos papis, ustedes pueden!¨
Jimin lo miró, pero tuvo que morderse la sonrisa y finalmente extendió su pie con su dignidad herida.
—Muy bien señor superpadre, inténtelo una vez más.
Volviendo a su seriedad Jungkook se acomodó, inhaló profundo como si de un deportista olímpico se tratase y... PUM, el calcetín entró. Perfecto, a la primera.
Jimin ante su acción abrió los ojos como si hubiera presenciado un milagro navideño.
— ¿Lo lograste? — susurró y este levanto los brazos como si hubiera ganado una medalla.
— ¡Nací para este momento!
El bebé respondió con una patadita suave como si aplaudiera por el logro.
— ¿Lo vez mi pequeño amor? — Kook acarició la barriga— sabía que eras mi fan.
Jimin no pudo aguantar la risa que tanta fue que tuvo que abrazar a su esposo para no perder el equilibrio.
Un día más lleno de momentos inesperados y únicos habían vivido. Pero esta vez fue un poquito más especial porque no fue cualquier par de calcetines con lo que estaban luchando, esta vez fueron los calcetines rojos que tanto había anhelado.
—Muy bien papá héroe, tanto tu hijo como yo te felicitamos, te has ganado una taza de chocolate caliente— sonrió tiernamente.
— ¿Con extra malvaviscos?
—Extra amor también— tomó su mano.
Jungkook sonrió como si fuera el mejor regalo u oferta que le habían hecho.
—Trato hecho— se encaminaron hacia la cocina para poder desayunar después de una gran batalla de pataditas y calcetines.
Su hogar era cálido y estaba lleno de amor, amaban la navidad y eso se reflejaba en la decoración, un árbol, luces, esferas una gran estrella, un pesebre, guirnaldas y muchos otros adornos que llenaban su departamento, cada pieza había sido colocada con amor y entre los dos, momentos llenos de alegrías e interrumpido con pequeños antojos era muy apreciado por la pareja.
—Ya falta poco— dijo Jimin mientras acariciaba su barriga y veía la televisión recostado en el sofá.
— ¿Tienes miedo? — preguntó Kook, mirándolo. Él si lo tenía, pero no lo daba a notar.
—Mentiría si dijera que no— movió tiernamente sus pies, apreciando con un brillo en los ojos los calcetines que tanto amaba— sé que va doler y estoy preparado para ello, pero... — soltó un ligero suspiro— lo que me da miedo es que el parto se dificulte y nuestro bebé— sus ojos se cristalizaron, había visto una noticia sobre un parto que no salió bien y el bebé murió, aquello le daba pavor y su cuerpo se erizaba de tan solo pensarlo.
—Hey amor, mírame— tomó su rostro en sus manos limpiando delicadamente las lágrimas rebeldes que resbalaban— yo estoy contigo y no dejaré ni permitiré que nada le pase a nuestro hijo— besó su frente— haría hasta lo imposible por ustedes y por su bienestar.
—Pero ¿y sí...?
—Basta no pienses de esa manera mi amor— besó la comisura de sus ojos— nada de eso pasara, nuestro bebé es fuerte ¿verdad campeón? — se inclinó a la pancita y este le respondió con una patadita que ambos sintieron— ¿Ves?, Él dice que si— lo abrazó con ternura, transmitiéndole esa confianza y fuerza que tenían como pareja.
—Te amo Kook.
—Y yo a ti mi amor. Te amo tanto que la palabra se me hace corta ante su significado.
—También te amamos pequeño Mochi— soltaron al unisonó al sentir una patadita cuando solo ellos se dijeron ¨te amo¨.
El resto del día lo pasaron juntos. Habían decidido cerrar su cafetería para descansar y, sobre todo, para que Jimin no se sobre esforzara en ella.
Los días que transcurrieron estuvieron llenos de risas y hormonas alteradas que los llevaron a una pequeña discusión en medio de la noche.
— ¡Vamos Jimin, por favor, no seas terco!
La voz de Jungkook se podía escuchar retumbar en toda la sala donde se encontraban.
— ¿Terco? ¡en serio! — colocó sus manos a los costados de su cintura, esa pose le quitaba toda la imagen de una persona enojada, y más bien le daba ternura, se veía adorable. Pero Jungkook no podía dejarse vencer.
—Si, terco— recalcó— sabes que lo digo por tu bienestar y la del bebé, pero eres tan terco que no quieres escucharme— trató de acercarse— ya faltan pocos días para tener a nuestro hijo en brazos y lo que menos quiero es que estés de un lado a otro en la cafetería.
La discusión surgió por el hecho de que Jungkook no quería que Jimin volviera a la cafetería a atenderla, quería que reposara aun cuando su esposo le decía que no estaba cansado. Por su lado Jimin no quería quedarse en casa solo, pero su orgullo no le permitía decirlo en voz alta.
—Estaré sentado.
—Mentiroso, sabes que no puedes quedarte quieto, te conozco y estarás buscando algo que hacer. Quédate en casa mi amor— tomó una de sus manos.
— ¿Quién miente a quién? — se soltó de su agarre y se cruzó de brazos— seguro es porque no quieres que nadie de los clientes me mire— hizo un puchero entre enojado y tierno a la vez— te vi la última vez que estuve ahí, vi cómo mirabas a los clientes que por poco y salían corriendo.
—Bien, es verdad, odio cómo te miran, esas miradas lascivas que tienen, me dan ganas de golpearlos, ¿quién entra a preguntar la hora? — frunció el ceño— esos idiotas cabezas de chorlito— restregó sus manos en su rostro— odio que te miren porque eres demasiado hermoso y te ves aún más con esa barriguita que cargas.
— ¿Ves? No es que no quieres que no vaya porque me pondré a hacer algo, sino porque no quieres que nadie me mire— arregló uno de los mechones que habían caído sobre la cara de su esposo— y yo quiero ir porque no quiero quedarme solo aquí— lo miró con ternura __ queremos estar cerca de ti, por eso es mi terquedad, como tú la llamas.
—Perdón— susurró— no pensé en cómo te sentirías aquí solo.
—No hay nada que perdonar mi amor. Debí ser claro en porque quería ir a la cafetería, pero mis hormonas no me lo dejaban.
— ¿Tus hormonas o tu orgullo? — jugó con sus cejas mientras lo atraía a su cuerpo.
—Jeon Jungkook, tú....
No pudo articular otra palabra porque sellaron sus labios, Jungkook lo besó con pasión y amor, esa mezcla perfecta que hace que todo a tu alrededor se olvide.
Ese beso que sellaban juntos también lo selló el bebé con dos ligeras pataditas.
Al separarse no dijeron nada, solo sonrieron y juntando sus manos acariciaron a su bebé.
—Tú ganas, como siempre— sonrió— iremos juntos, pero... — tomó su mano— cada vez que un cliente ingrese, alzarás tu mano e indicaras el anillo que llevas en ella.
— ¿No quieres que mejor lleve un cartel en mi pecho donde diga "estoy casado, embarazado y tengo dueño"?
—Esa es una gran idea— sonrió ampliamente— ¿porque no se me ocurrió algo así? — ladeo su cabeza.
—Que quede claro Jeon— lo miró con seriedad— yo no tengo dueño, pero tú... — golpeó su pecho despacio— tú si tienes dueño y soy yo.
Sus miradas eran cómplices con lo que decían. Jungkook amaba esa parte autoritaria de Jimin cuando decía que era solo suyo, pero así mismo, sabían que los dos se pertenecían el uno al otro sin necesidad de palabras o aclaraciones.
Las estrellas en el cielo despejado se hacían presentes, indicando una hermosa vista a quien la viera. Jimin y Jungkook habían decidido salir a un pequeño recorrido por las estrechas calles cerca de donde vivían. Las luces iluminaban todo a su alrededor tentándolos a ingresar en cada pequeña tienda que había.
—Esto es hermoso, debemos llevarlo.
—No, claro que no— negó con una ligera sonrisa.
—Pero amor, es precioso a nuestro hijo le encanta— lo miró con un brillo exorbitante en sus ojos, esperando que aceptara.
— ¿A tu hijo o a ti? — acarició su barriguita.
—A los dos— desvió la mirada para luego acercarse al vientre de su esposo y esperar una aprobación de su parte. Y como si el bebé estuviera de acuerdo una patadita fue dada— ¿Ves? eso es un "si quiero", papi— sonrió ampliamente.
—Dos contra uno, es así como van a jugar— palmeó su barriga.
—Anda amor, este traje de conejito es perfecto.
Jimin sabía que no había sido buena idea salir porque su querido esposo, si por él fuera, compraría toda la tienda. Pero este lo había convencido de hacerlo y ahora no sabía cómo negarse a esa sonrisa de conejo y al brillo hermoso en sus ojos cuando veía cada cosita tierna que quería para su bebé.
—Bien, pero no compraremos nada más, ya tenemos muchas cosas en casa— sentenció con voz y mirada seria.
Hubo un ligero silencio por parte de Jungkook.
—Jeon— lo miró con seriedad— no compraremos nada más.
—Okey, okey— se hizo un tanto el desentendido.
El recorrer los pequeños estantes cansó a Jimin, sus pies comenzaron a doler y Jungkook lo notó, era hora de volver a casa.
—Me esperas en la salida, pagare y nos vamos a casa.
—Bien, no tardes mucho.
Mientras Jimin esperaba a su esposo en la entrada de la tienda y este se dirigía a caja para cancelar, pequeños copos de nieve comenzaron a caer llamando la atención de todos, era la primera nevada que veían.
—Tan hermoso como lo eres tú— susurró Jungkook cerca de Jimin, quien miraba con ternura hacia el cielo y acariciaba su barriguita.
—Kook— apenas dijo para reposar su cuerpo en el de su esposo y los dos mirar el acontecimiento de la primera nevada.
—Tarán— puso a la vista de Jimin el juego de calcetines que de última hora había tomado sin que su esposo se diera cuenta. Eran calcetines rojos tanto para él, para su esposo y para el bebé, calcetines que esta vez solo llevaba la imagen de copos de nieve.
— ¿Tú...?
No pudo decir nada más porque el bebé comenzó a dar no solo una patadita sino varias, haciéndose presente en el acto.
Jimin y Jungkook juntaron sus manos y acariciaban la barriga dándole a entender que ellos también estaban felices.
Los días que le siguieron pasaron tan rápido que no supieron en qué momento Jimin estaba en labor de parto. Ninguno de los dos olvidará sus caras cuando pensaron que Jimin se había hecho pipí en la cama, Jimin con vergüenza y Jungkook con esa sonrisa de "esto merece una foto de recuerdo". Después de ello los dolores y quejidos de Jimin se hicieron tan frecuentes y fuertes que ir al hospital era necesario. Pero no todo es fácil, ¿verdad?, ahí se dieron cuenta que tener un auto siempre sería necesario.
Taxis un 24 de diciembre en la noche era difícil de conseguir, todos querían uno y se peleaban por ellos.
—Jungkook ¡has algo o tu hijo nacerá en la calle! — exclamó tratando de aguantar el dolor.
— ¡TAXI! — se colocó en medio de la calle con la mano al frente como si pudiera detenerlo.
Las almas de quienes estaban presentes por poco dejaban sus cuerpos.
— ¡JEON JUNGKOOK!, ¿ACASO ESTAS LOCO?! — gritó sosteniéndose la barriga y los demás al fin notaron al hombre embarazado.
—Lo siento, lo siento— se acercó— pero mi esposo me va a dar al mejor hijo del mundo y necesito un taxi— decía mirando a su alrededor.
— ¡Aquí! — la voz del taxista que había frenado de golpe se hizo escuchar. Jimin quiso argumentar unas cuantas palabras más, pero los dolores le impidieron e hicieron que Jungkook y los de su alrededor los ayudaran a subirse al taxi.
Sin duda era una noche de locos: alguien tirándose a media calle, otro gritando a más no poder y un bebé que estaba inquieto por conocer el mundo.
El sonido de las ruedas deslizándose por los pasillos y las voces de las enfermeras era lo que se podía escuchar. Jimin había sido colocado en una camilla apenas puso un pie en el hospital. Jungkook quien en su hombro cargaba la maleta con todas las cosas necesarias, sostenía su mano con fuerza, transmitiéndole que todo saldría bien.
El agarre fue disuelto cuando llegaron hasta la puerta del quirófano. Un agarre que ninguno quería ceder, pero era necesario para seguir con el procedimiento. Jimin lo miró y asintió y Jungkook aflojó.
—Todo saldrá bien, está en las mejores manos— fue lo que le dijo una de las enfermeras antes de ingresar y dejarlo solo en la sala.
Su respiración se sintió pesada al igual que su todo su cuerpo, sus manos comenzaron a sudar y el nerviosismo estaba a flor de piel. Comenzó a caminar en círculos, sentía que el tiempo pasaba con pesadez y nadie salía con información.
—Jovencito, harás un agujero en el piso.
Fueron las palabras que hicieron que se detuviera y girara para ver quién le había hablado.
—Es... solo que estoy un poco nervioso— respondió con educación.
—Padre primerizo, supongo.
—Sí— se rascó la nuca, algo dentro de él en ese momento dudaba de si conocía a la persona que tenía en frente.
—Todo, irá bien— le sonrió con una calidez que se podía sentir en todo el cuerpo.
Cuando estuvo por decir algo el sonido de la puerta abriéndose hizo que girara al instante, pero la enfermera que salía no se detuvo a su lado y solo paso a toda prisa. Su rostro demandó preocupación, ¿Por qué corría?, ¿había complicaciones?, ¿Por qué nadie le decía nada?
—Respira— la mano ajena tocó su hombro y su cuerpo se relajó— ellos están bien— dijo con una seguridad que Jungkook solo pudo asentir sin apartar la mirada de la puerta.
—Feliz navidad— susurró para luego desaparecer del pasillo, dejando a Jungkook con una calma inquebrantable y miles de preguntas rondando en su cabeza, y una de ellas ¿Por qué una bufanda colgaba de su hombro?
Al mismo tiempo que parecía regresar a la realidad, las puertas fueron abiertas dejando ver la camilla que en ella estaba Jimin junto a su bebé. Y el reloj marcó las doce de la noche.
—Feliz navidad— susurró Jimin mirando a su esposo, quien no pudo esconder las lágrimas que se deslizaban por su mejilla.
—Fe... liz, navidad— apenas pudo articular la oración.
Ver a su esposo quien llevaba a su hijo en brazos fue el mejor regalo de navidad que el destino y el mundo entero le pudieron ofrecer. Agradeció a los doctores y enfermeras por su trabajo y no dudo en abrazar a su familia.
—Feliz navidad, pequeño Mochi— susurraron a la vez que acariciaban delicadamente su manito.
El pequeño Mochi quien los miraba fijamente esbozó una pequeña sonrisa y soltó una patadita sobre la cobija: "feliz navidad, papis", sería su respuesta. Ante tal acción Jimin y Jungkook sonrieron y sus lágrimas se hicieron presentes. Todo el embarazo que vivieron al fin dio su fruto, tenían a su pequeño Mochi en brazos. Era un bebé hermoso, fuerte y sobre todo sano.
Muchos podrían decir que pasar navidad en un hospital es deprimente y quizás algunos tengan razón, pero para Jimin y Jungkook no fue así, para ellos era la navidad perfecta porque estaban juntos, estaban en familia.
Gracias a que todo salió bien en el parto, Jimin fue dado de alta al tercer día. El regreso a casa esta vez fue sencillo, sin pasar vergüenza ajena y los días que le siguieron estuvo lleno de aprendizajes nuevos que juntos como pareja lo sabían resolver, claro, también estaba los famosos tips de YouTube, Google y porque no Tik Tok. "Plataformas que resuelven", decía Jungkook.
Bebé Mochi, quien solo sabía juzgar con las pataditas que daba era el pan de cada día para todos. No faltaban ni sobraban las sonrisas y el amor que se transmitían.
—Perfecto— esbozó Jungkook al mirar a su esposo e hijo ¡Listos! — los miró y Jimin asintió a la vez que movía la manito de su pequeño en señal de afirmación.
El sonido de clic, clic, clic se escuchaba en la sala del departamento mientras Jungkook corría a toda prisa como si ya llegara a la meta para sentarse en el sofá y posar para la foto.
El destello de la cámara capturando la imagen de la familia sentada en el sofá mostrando los calcetines rojos en sus pies, se capturó. Una imagen tierna y llena de amor sería guardada en el álbum que habían decidido crear. Crear momentos únicos para recordar los días posteriores de su vida, recordar el amor, la paciencia y como eran.
—Te amamos pequeño Mochi— susurraron a la vez que dejaban un tierno y cálido beso en cada mejilla del bebé y este pataleo sonriendo.
FIN



