Capítulo 1 La pesadilla del niño
20 de febrero de 2005
Hay decisiones que se toman por amor... y otras que se toman por el reino.
El niño despertó sobresaltado.El corazón le golpeaba el pecho con fuerza y su rostro estaba húmedo por las lágrimas. La habitación aún permanecía en penumbra cuando su voz temblorosa rompió el silencio.-¡Mamá!
Los pasos apresurados no tardaron en escucharse por el pasillo. La puerta se abrió suavemente y su madre apareció con el cabello suelto y el gesto preocupado.-¿Qué pasa, cariño?
El pequeño la miró con los ojos brillosos, todavía atrapado en el eco de la pesadilla.-Tuve un sueño horrible...
Ella se sentó a su lado y lo envolvió entre sus brazos.-Tranquilo, mi niño. ¿Qué soñaste?
El niño respiró hondo.-Me veía mayor... como si tuviera veinticinco años. Había mucha gente... creo que era mi boda.
Frunció el ceño.-Pero yo no quiero casarme. Quiero ser rey sin pareja. Tener a alguien solo estorba.
Su madre dejó escapar una risa suave, más llena de ternura que de burla.-Ay, mi niño... eso no funciona así. El matrimonio une dos almas. Dos cabezas siempre piensan mejor que una. Cuando seas rey, tendrás que casarte, aunque ahora no quieras escucharlo.
El niño negó con la cabeza, terco.-¿Por qué, mamá? Yo no me voy a casar nunca.
Ella suspiró con paciencia mientras le acariciaba el cabello.-En la realeza siempre hay un rey con su esposo o esposa... o una reina con su esposo o esposa. Nunca gobiernan solos. Es una regla tan antigua como la corona misma.
El niño la miró con desaprobación.-Pues yo seré el primero.
La mujer sonrió, divertida.-¿Y cómo crees que naciste, hijo?-Por la cigüeña -respondió él con total seguridad.
Esta vez su madre soltó una risa clara.-No, amor. Naciste de mamá y papá. Y cuando seas mayor, también tendrás esa responsabilidad. Es parte del deber real.
El pequeño guardó silencio durante un momento, pensativo.-¿Y qué pasa si un rey se casa con otro hombre... y quieren tener hijos?
Su madre lo observó con calma.-Hace algunos años se creó un método especial para esos casos -explicó con suavidad-. La sangre real debe continuar, sin importar la forma.Luego añadió, con una voz más baja y seria:-En este mundo, quienes nacen con sangre real solo pueden ser reyes, reinas o consortes. Los demás... los plebeyos... solo pueden aspirar a ser concubinos. Y pueden existir tantos como el rey o la reina deseen.
Los ojos del niño se abrieron con sorpresa.-¿Papá cuántos tiene?-Tres -respondió ella sin titubear.-¿Y no te dan celos?
La sonrisa de su madre se tensó apenas un segundo.-No tengo permitido sentirlos... o al menos aprendí a guardarlos. Todo es por el reino. Por la población. Por el deber.
El niño hizo una pequeña mueca.-Entonces los reyes también tienen amor con ellos...-Sí, hijo.
Él arrugó la nariz.-Qué feo.
Luego sonrió, convencido de algo que todavía no comprendía del todo.-Lo bueno es que yo seré rey.
Su madre se levantó lentamente y besó su frente.-Descansa, Damián.
Con los ojos cada vez más pesados y el miedo ya disipado, el niño volvió a dormirse... sin saber que, algún día, aquella pesadilla podría convertirse en su destino.
30 de abril de 2015
Damián se levantó como cualquier otro día, sin sospechar que su rutina estaba a punto de romperse. Se vistió con calma, acomodó el cuello de su camisa frente al espejo y bajó las escaleras del palacio.A mitad del camino, unas voces lo hicieron detenerse.
Provenían del salón general.Eran bajas. Serias.
Con la curiosidad que aún no había perdido del todo, se acercó con cuidado, procurando que nadie notara su presencia. Se asomó apenas por la entrada.
Su madre estaba de pie frente a una mujer que nunca había visto.Ambas mantenían la postura recta, casi rígida. No sonreían. Aquella no parecía una visita común.
Algo importante se estaba decidiendo.Damián no alcanzó a escuchar mucho. Solo palabras sueltas.“Reino”.“Alianza”.“Estabilidad”.“Trono”.
Horas después, la mujer se marchó. El sonido de la puerta principal cerrándose resonó por el pasillo.
Damián se acercó a su madre, intentando ocultar su inquietud.-Mamá... ¿quién era esa señora?
Ella pareció sorprendida al verlo allí.-Ah... ella es la madre del nuevo rey del reino vecino. Su esposo falleció hace unos meses. Su hijo heredó el trono recientemente.
Damián frunció el ceño.-¿Y qué quería?
La expresión de su madre cambió ligeramente. Sus ojos se volvieron más duros.-Hijo... escucha con atención. Lamento no habértelo dicho antes, pero es tu deber. Y también una obligación.
El corazón de Damián dio un pequeño salto.-¿Qué...?
Ella respiró hondo.-Te casarás con su hijo.
El silencio que siguió fue pesado.Las palabras quedaron suspendidas en el aire.Casarte.La palabra retumbó en su mente una y otra vez.-¿C-casarme? ¿Yo? -su voz salió más pequeña de lo que pretendía.-Sí, hijo -respondió ella con firmeza-. Y no aceptaré un no por respuesta.
El mundo pareció moverse más lento.-Pero... ni siquiera sé quién es. ¿Así de la nada? ¿Casarme? ¿Por qué?Ahora en su voz había algo más que sorpresa.Había enojo.-Es por el bien de ambas familias -dijo su madre-. Ellos necesitan nuestro apoyo. El reino necesita estabilidad.Reino.Deber.Estabilidad.Siempre esas palabras.
Damián cerró los puños, intentando controlar la mezcla de miedo y frustración que le subía por el pecho.-Está bien... me tranquilizaré, madre. Perdón.
Ella lo abrazó con fuerza.-Gracias, hijo. De verdad.Pero aquel abrazo no se sintió como consuelo.
Se sintió como una despedida.Damián se separó lentamente.-¿Cuándo es la boda?... ¿O al menos lo conoceré antes?-Mañana comenzarán los preparativos para que se conozcan.Mañana.Demasiado pronto.
Damián asintió en silencio y caminó hacia su habitación. Cada paso parecía más pesado que el anterior.
Al cerrar la puerta, apoyó la espalda contra la madera fría.
Tenía quince años. Y su vida acababa de dejar de pertenecerle.
Gracias por leer el capítulo.
¿Qué opinan del sistema de concubinos? ¿Les parece justo cómo funciona la realeza en esta historia? ¿Creen que ese “método especial” tendrá consecuencias?








