La Moneda de Oro
El jardín botánico estaba sumido en la hora azul, ese momento justo antes de que la noche reclame todo. Ren caminaba con las manos en los bolsillos de su abrigo negro, sus botas resonando con firmeza sobre el camino de piedra. Como arquitecto, amaba las estructuras sólidas, pero su vida personal se sentía como un plano mal trazado.
Se detuvo frente a la fuente circular, una reliquia de mármol devorada por el musgo y el olvido. Sacó una moneda de oro de su bolsillo, un amuleto familiar que nunca había tenido el valor de usar.
—He diseñado edificios para miles de personas, pero sigo volviendo a una casa vacía —susurró Ren, mirando su reflejo en el agua estancada—. Deseo a alguien que sea solo para mí. Alguien que no tenga prisa por irse.
Lanzó la moneda. El metal cortó el agua con un sonido cristalino y, por un segundo, todo quedó en calma. Luego, el fondo de la fuente brilló con una intensidad turquesa que obligó a Ren a retroceder. El agua empezó a burbujear y a elevarse, desafiando la gravedad, formando una figura humana que parecía hecha de luz líquida.
De repente, la magia colapsó y un cuerpo cayó hacia adelante. Ren, movido por un instinto protector, se lanzó para atraparlo antes de que golpeara el borde de mármol.
El peso en sus brazos era real. Era un joven de una belleza que hacía que el aire se sintiera escaso. Su piel era pálida y fría como el hielo, y su cabello, de un azul translúcido, caía como una cascada sobre los hombros de Ren. El chico estaba completamente desnudo, temblando contra el pecho del arquitecto, con los ojos cerrados y las pestañas plateadas aún húmedas.
—¿...Tú me llamaste? —la voz del chico era apenas un suspiro, como el eco de una gota cayendo en una cueva.
Ren se quedó mudo. La calidez de su propia sangre contrastaba con el frío del guardián. No era una leyenda, era un ser de carne y hueso que ahora se aferraba a su camisa con dedos temblorosos.
—Yo... yo pedí un deseo —logró decir Ren, su voz volviéndose profunda y protectora mientras envolvía al chico con su propio abrigo, cubriendo su desnudez—. Me llamo Ren. ¿Quién eres tú?
—Soy Kael... el eco de tu moneda —respondió el guardián, abriendo unos ojos de un azul tan profundo que Ren sintió que se ahogaba en ellos—. Ahora mi fuente está seca... y tú eres el único lugar que me queda.
Ren miró la fuente tras ellos: estaba vacía, seca como si nunca hubiera tenido una gota de agua. Miró de nuevo a Kael, que lo observaba con una mezcla de miedo y una curiosidad infinita. El arquitecto sonrió sutilmente, ajustando el agarre sobre el chico.
—Entonces parece que vienes conmigo, Kael. No dejaré que pases frío aquí fuera.
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