EARTH

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Summary

La Tierra, fantástico lugar para existir. > Un caos de mentes colisionando, donde cada una deambula perdida en su propia dimensión. Esta colección de relatos pretende sumergirte en la oscuridad absoluta de la psique humana. Porque, a veces, solo al atrevernos a mirar la oscuridad de frente logramos descubrir la verdadera ruta hacia el crecimiento personal: la luz negra.

Status
Complete
Chapters
14
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

EUA- Los Tres Traidores

El fuego del campamento crepitaba débilmente, arrojando sombras alargadas sobre los rostros exhaustos de los seis soldados. Estaban en el corazón del territorio enemigo, inmersos en una operación encubierta donde el más mínimo error significaba la muerte. El silencio era denso, interrumpido únicamente por el viento frío de la noche.

De repente, el líder del escuadrón, un hombre de mirada gélida y voz inquebrantable, rompió el silencio.

—De entre nosotros seis —dijo, sin apartar la vista del fuego—, hay tres traidores.

La tensión estalló al instante. Los cinco soldados restantes se miraron entre sí, incrédulos y a la defensiva.

—¡Eso es imposible! —reclamó uno de ellos, poniéndose de pie con indignación—. Nos ofendes con esa acusación. Llevamos semanas sangrando juntos. ¿Cómo puedes siquiera sugerir que la mitad del escuadrón nos ha vendido?

El líder levantó la mirada lentamente.

—En la guerra, la supervivencia no depende de la fuerza, sino de la observación. Los he estado mirando. Y he notado actitudes... extrañas.

—¡No nos ofenda, señor! ¡Eso es una completa mentira! —replicó otro.

El líder suspiró, sacó su arma con parsimonia y la apoyó sobre su pierna.

—Levántense las mangas de la camisa. Todos.

Hubo un titubeo general, pero la autoridad del líder era absoluta. Lentamente, comenzaron a remangarse. Cuando llegó el turno del soldado más joven, este se detuvo. Suspiró, bajó la cabeza y dejó caer los brazos, rendido.

—Está bien... es verdad. Yo soy el traidor —confesó, con la voz temblorosa—. Llevo la marca. Pero... ¿cómo lo supiste?

—Lo vi esta tarde, mientras te lavabas la sangre en el río. Fuiste descuidado —respondió el líder con frialdad.

Sin mediar una sola palabra más, el líder levantó su arma. Bang. Le dio un tiro limpio en la frente. El cuerpo del joven cayó pesadamente sobre la tierra seca.

Los demás retrocedieron, aterrorizados.

—Muy bien —dijo el líder, con la misma calma con la que se habla del clima—. Quedan dos.

—¡Eres un maldito desgraciado! —rugió el soldado que estaba a la derecha del muerto, desenfundando su arma con lágrimas de furia en los ojos—. ¡Mataste a mi amigo! ¡Lo vas a pagar!

Bang.

Un segundo disparo resonó en la noche. El soldado cayó muerto al instante, con el arma del líder aún humeante apuntando en su dirección.

El silencio que siguió fue asfixiante. De los seis que iniciaron la noche, ahora solo quedaban cuatro con vida. Los tres soldados restantes apenas se atrevían a respirar, paralizados frente a su líder por el terror de ser los siguientes.

El líder bajó el arma, se acomodó en su lugar y cerró los ojos.

—Muy bien. Estoy cansado. Descansemos. Mañana a primera hora continuaremos el viaje.

Nadie, a excepción del líder, logró pegar el ojo. Los tres subordinados pasaron las horas en vela, aferrados a sus rifles, vigilándose mutuamente en la oscuridad, esperando que el tercer traidor diera su golpe.

Cuando el sol despuntó y los cuatro sobrevivientes comenzaron a recoger el campamento en un silencio sepulcral, uno de ellos, incapaz de soportar la intriga y el miedo, se acercó al líder.

—Señor... —titubeó—. Dijo que había tres traidores. Solo mató a dos. Falta el tercero. ¿Por qué iniciamos la marcha?

El líder se ajustó el equipo y lo miró con una expresión indescifrable.

—A estas alturas, ya no hay de qué preocuparse. No creo que el tercer traidor se disponga a actuar ahora.

—Pero... sigue entre nosotros.

—Que sea un traidor no significa necesariamente que nos vaya a destruir hoy. La muestra del castigo ya aplacó cualquier intento de rebelión; el miedo es el mejor candado. Además —añadió, dándole la espalda para iniciar la caminata—, siempre es mejor tenerlo cerca.

Los soldados intercambiaron miradas de asombro y paranoia, pero obedecieron y comenzaron a marchar, asumiendo que el traidor era uno de los hombres a su lado.

El líder caminaba al frente, inmutable. Lo que nadie en ese escuadrón sabía, ni sabría jamás, es que las palabras que acababa de pronunciar eran una confesión silenciosa.

El tercer traidor soy yo, pensó el líder.

Había vendido esa misión. Sabía perfectamente que la traición no solo habita en el exterior, en los rostros de los aliados y enemigos; a veces, la peor traición es la que se gesta en la oscuridad de la propia mente. Había aniquilado a la disidencia externa para proteger su propia farsa, demostrando que quienes pretenden traicionar se aplacan ante el castigo ajeno. Pero ahora tenía que convivir con el enemigo interno. Y al final del día, uno no puede dudar ni huir de sí mismo.