Hyunlix - Lixjin đŸ–€âƒđŸ€ OneShots

Summary

¿Y si el hilo rojo no solo nos uniera en esta vida, sino en todas las posibles? Diferentes universos, diferentes reglas, pero siempre los mismos corazones: Hyunjin y Félix. Porque para ellos, una sola vida nunca serå suficiente. Contenido variado | One-Shots | Diversos Universos (AU)

Status
Ongoing
Chapters
1
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n/a
Age Rating
18+

MĂĄs que un deber.

Félix, el joven Duque Consorte de Ashford, creía que su matrimonio pactado sería una jaula dorada de soledad. Tres meses sin que su esposo lo tocara lo llevaron a cuestionar si alguna vez sería reclamado.

Pero Hyunjin, el Gran Duque, guardaba un secreto: su alejamiento no era

frialdad, sino miedo a lastimar a alguien tan precioso.

Cuando Félix finalmente se atreve a confrontar a su marido, descubre que

a veces el deber se convierte en deseo, y la soledad se transforma en

la conexiĂłn mĂĄs profunda.

Una historia de romance histĂłrico donde aprender juntos es la mayor

aventura.

+18 | Hyunlix | Romance | Contenido ExplĂ­cito

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"Esta historia contiene una visión idealizada del romance histórico. Se centra en el consentimiento, el descubrimiento mutuo y la superación de las barreras sociales de la época."

Para Félix, ahora el "Duque Consorte de Ashford", la vida se había convertido en una sucesión de días monótonos y noches gélidas. Su matrimonio con el Gran Duque no fue mås que un pacto de sangre y poder, una alianza sellada entre dos de las familias mås importantes del reino. Sin embargo, a pesar del peso de su corona y la opulencia de su nueva posición, el vacío en su alcoba era absoluto. Félix sabía que su deber principal era concebir un heredero para el ducado, pero ¿cómo podría lograrlo si su esposo ni siquiera cruzaba el umbral de su habitación?

El matrimonio fue orquestado por su padre, el poderoso Marqués de Sterling, Sir Christopher Bang. Christopher adoraba a su hijo menor y, aunque sabía que Félix no podía escapar a las leyes de la nobleza, le había permitido imponer sus condiciones antes de entregar su mano: su futuro esposo no debía ser un anciano, debía ser reconocido por su caballerosidad para evitar una vida de maltratos, y su hogar debía estar lo suficientemente cerca para que Félix pudiera visitar a su familia.

Hwang Hyunjin, el Gran Duque de Ashford, cumplía con cada requerimiento. Había heredado el título siendo apenas un joven tras la repentina muerte de su padre, y se convirtió råpidamente en el noble mås cotizado de la corte. Reservado, de una cortesía impecable pero de una frialdad que asustaba, Hyunjin era un misterio que Félix no lograba descifrar.

FĂ©lix no era un joven hueco. Bajo sus rizos dorados y sus pecas, poseĂ­a mĂșltiples talentos: era un pianista excepcional, diestro en la reposterĂ­a y el tejido, pero tambiĂ©n dominaba las finanzas, una educaciĂłn inusual que su padre le habĂ­a permitido adquirir. A sus veinte años, era el soltero mejor posicionado de la aristocracia, y su padre habĂ­a rechazado cuatro propuestas de otros nobles antes de aceptar la del Gran Duque. Ashford vivĂ­a a solo un dĂ­a de distancia en carruaje; era, en papel, la uniĂłn perfecta.

No hubo cortejo previo. Se vieron por primera vez en el altar y compartieron la mesa en una cena de bodas llena de protocolos. Félix recordaba con amargura las palabras de su hermano mayor, Jeongin, ahora el Marqués de Ravenel tras su matrimonio con el imponente Marqués Seo Changbin.

-El lecho puede ser abrumador al principio, mi querido hermano -le habĂ­a dicho Jeongin con seriedad, mientras acariciaba su vientre de seis meses de gestaciĂłn-. Pero es nuestro deber gestar a los herederos. Si te permites confiar, descubrirĂĄs que los toques de tu marido pueden volverse placenteros.

Félix, sonrojado pero curioso, había escuchado con atención los consejos de su hermano, sintiéndose afortunado de tener a alguien con experiencia que lo instruyera. Pero la realidad de Ashford resultó ser muy distinta a las promesas de Ravenel.

En su noche de bodas, vestido con un delicado camisón de seda y el corazón latiendo desbocado, Félix esperó. Pero en lugar del Duque, apareció su valet personal con una reverencia que pareció una sentencia:

-Mi señor, ruego que disculpe a Su Gracia. Un asunto urgente en la frontera requiere su partida inmediata. Volverå en tres semanas.

Félix asintió con dignidad, pensando que solo era un retraso temporal. Pero las semanas se convirtieron en meses y la ausencia se transformó en indiferencia. Cada vez que Hyunjin volvía a la mansión, compartían cenas donde el duque le preguntaba por qué había hecho en su ausencia y desayunos llenos de cortesías vacías. Al caer el sol, Hyunjin simplemente se retiraba a su propia alcoba.

Habían pasado tres meses desde la boda y la inocencia de Félix seguía intacta. «¿Es que acaso soy tan poco atractivo?», se preguntaba frente al espejo de su tocador. «¿O es que el Gran Duque de Ashford solo quería un esposo para guardar las apariencias mientras su corazón late por alguien mås?».

Félix ya no estaba dispuesto a seguir siendo una sombra en su propio hogar. El linaje de los Sterling no se rendía sin luchar, y si Hyunjin no venía a su lecho, él tendría que buscar respuestas en el suyo.

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Félix esperó a que la noche cayera por completo, envolviendo la mansión Ashford en un silencio sepulcral. Con el corazón latiendo desbocado, se puso un camisón de seda transparente que se ceñía a su piel como una caricia prohibida, y sobre él, un chal que lograba ocultar su osadía. Así, se dispuso a cruzar los pasillos hacia los aposentos del duque.

Con un toque dulce y tembloroso en la madera noble de la puerta, esperó a que la puerta fuera abierta. Hyunjin de pie con su mano en la manija se topó con la mirada de Félix, sus ojos reflejando una sorpresa genuina.

-¿Qué hace aquí, Mi señor? -preguntó Hyunjin, su voz rompiendo la quietud del pasillo-. ¿Es que acaso se encuentra mal?

-Le ruego, Su Gracia, que me permita una audiencia ahora mismo, en el interior -dijo Félix, forzando a su voz a mantener un tono suave, educado y firme.

Hyunjin le sonrió apenas, un gesto cargado de una amabilidad que Félix no lograba descifrar, y se hizo a un lado para dejarlo entrar. Ya ahí, Félix se sentó en la pequeña sala de la habitación, mientras su marido tomaba asiento frente a él, observåndolo bajo la luz åmbar de las velas.

-Su Gracia, le ruego me disculpe por mi atrevimiento -comenzó el menor, entrelazando sus dedos sobre su regazo-. Pero debo preguntar respecto a un tema que nos concierne a ambos. Tengo entendido que mis obligaciones matrimoniales imponían dar vida a su descendencia... y no veo cómo podré cumplir mi deber si nunca visita mi lecho.

Hyunjin lo miraba sin poder creer las palabras que escuchaba. Por supuesto que deseaba que ese chico quedara encinta, pero Félix era tan joven, tan radiante, que el duque temía lastimarlo. Ademås, Hyunjin también guardaba su propio secreto: él era inexperto. Tenía mil dudas referente a cómo concebir el acto de una forma que fuera agradable para su esposo. La poca ayuda que recibió de sus conocidos era ruda; le decían que simplemente debía "tomarlo" y ya.

Pero Hyunjin no quería una vida ruin para aquel chico que lo había deslumbrado con su mirada dulce desde el primer encuentro. Si en sus manos estaba que Félix disfrutara de su toque, haría lo necesario. Por eso había contratado los servicios de un cortesano reconocido; no para cometer una infidelidad -pues Hyunjin se consagraría en cuerpo y alma solo a su esposo-, sino para que aquel hombre lo instruyera. Necesitaba saber cómo tratar a su bello amado para no herirlo jamås.

Una sonrisa sincera y cargada de alivio se formó en los labios del duque. Félix lo miró fijamente, sin apartar la vista, pensando en lo hermoso que era aquel hombre.

-Verå, mi señor... -comenzó Hyunjin con voz suave-. Yo... soy algo inexperto en las pråcticas de alcoba. Estaba esperando a sentirme un poco mås listo para poder tomar su inocencia sin lastimarlo. Quería que todo fuera perfecto para usted.

La mirada de Félix se volvió indescifrable por un segundo. Al parecer, su padre, el Marqués de Sterling, había hecho un trabajo excelente al elegir a su marido. Esto era mås de lo que jamås soñó encontrar: un hombre que no solo era bueno y amable, sino que se preocupaba genuinamente por mejorar para él.

-Su Gracia... -dijo Félix, acortando la distancia entre ambos-. Permítame aprender junto a usted. No es necesario estar "listos"... podemos aprender juntos si es que me...

Los labios de Hyunjin interrumpieron sus palabras, sellando la propuesta con un beso que quemaba. En ese instante, Félix recordó con claridad las palabras de su hermano Jeongin: "Podrås disfrutar mucho de su toque". Y vaya que lo hacía.

Las manos del duque comenzaron a viajar por su cuerpo cubierto, y en cuanto el chal cayó al piso, la figura de Félix quedó al descubierto. El camisón delgado de seda era como una segunda piel ajustada a sus curvas; la luz de las velas delineaba su cadera, revelaba el tono rosado de sus pezones y hacía evidente su propia erección, que buscaba con ansias el contacto con el hombre que finalmente lo reclamaba como suyo.

Hyunjin observaba con una fijeza casi devota cada detalle del cuerpo de su esposo. No era solo que FĂ©lix poseyera una anatomĂ­a perfecta, digna de los mejores mĂĄrmoles de la corte; la realidad era que a Hyunjin la apariencia fĂ­sica le habĂ­a pasado a segundo plano desde el primer encuentro. Lo que realmente lo habĂ­a cautivado era la mente de aquel joven, su educaciĂłn y su espĂ­ritu. Él no buscaba simplemente un heredero o un adorno para sus salones; anhelaba un compañero de vida, un amigo que amortiguara la soledad de su tĂ­tulo.

-¿Acaso le decepciona mi apariencia, Su Gracia? -preguntó Félix con un hilo de voz, temblando bajo su mirada-. Si es así, permítame cubrirme.

Hyunjin sintió una punzada en el corazón. ¿Cómo podía ese ångel dudar de sí mismo? El deseo que sentía era tan potente que temía perder el control antes de empezar, pero sabía que si no hablaba, la mente de Félix maquinaría las peores inseguridades.

-Le ruego que disculpe mi distracción, Mi señor -respondió Hyunjin, dando un paso hacia él hasta que sus alientos se mezclaron-. No hay decepción en mi mirada, sino todo lo contrario. Estoy tratando de grabar cada detalle en mi memoria; después de todo, esta es nuestra primera entrega y deseo que el recuerdo sea eterno. ¿Me lo permite?

Félix asintió, cautivado por la profundidad de su voz. Entonces, el Duque tomó uno de sus pezones entre sus dedos, acariciåndolo con una destreza que arrancó de Félix un suspiro exquisito. Hyunjin intensificó el toque, recordando las lecciones del cortesano:

«Recuerde su gracia que en la alcoba todo es vĂĄlido. Él no es solo un deber, es su otra mitad. Conozcalo, explorelo, amelo».

Y eso haría cada día de su existencia. Con sus manos reconoció cada curva, explorando los rincones mås secretos de su piel. Tomó a Félix en brazos con una fuerza protectora y lo depositó sobre el amplio lecho de seda. Mientras besaba el arco de su cuello y descendía hacia su pecho, sus manos subieron el camisón hasta la cintura, descubriendo la intimidad de su esposo. Era una visión sublime.

Hyunjin se arrodilló entre las piernas de Félix, y el joven reaccionó de inmediato, intentando cubrirse por instinto.

-Su Gracia, usted no deberĂ­a...

-Le ruego, Mi señor, que olvide lo que "debería" o no hacerse -lo interrumpió Hyunjin, miråndolo a los ojos con una pasión oscurecida-. En esta alcoba no hay protocolos. Usted es mi compañero, mi amado, y quiero explorar cada posibilidad a su lado. Planeo conocernos en todos los sentidos posibles.

Félix sintió que el alma le daba un vuelco ante la palabra "compañero", pero perdió toda capacidad de habla cuando la lengua habilidosa de Hyunjin comenzó su labor. El Duque recorrió sus muslos y su vientre antes de entregarse a su hombría con una devoción absoluta. Félix no sabía que un hombre podía ser tratado con tal delicadeza y ardor a la vez; el placer era tan abrumador que las palabras se perdieron en gemidos.

Mientras su boca trabajaba, Hyunjin usó un poco de aceite para preparar el camino hacia el interior de su esposo. La intromisión de un primer dígito causó una tensión evidente, pero Félix no se negó; al contrario, se abrió para él. Poco a poco, Hyunjin sumó un segundo y luego un tercer dedo, abriéndose paso con una paciencia infinita. Cuando Félix no pudo soportar mås la intensidad, se derramó dentro de la boca de su marido.

Avergonzado, Félix intentó apartar la mirada, pero Hyunjin recibió su esencia con gusto, tomåndolo como la prueba de que lo estaba haciendo bien. El Duque se incorporó para admirar el espectåculo: Félix tenía la mirada perdida, las mejillas encendidas de un carmín profundo y el camisón de seda enmarcando sus pezones erectos.

Con un movimiento decidido, Hyunjin se puso de pie, deshaciéndose de su propia camisa y bajando sus pantalones. Félix no perdió ni un segundo del despliegue de virilidad de su esposo; cuando Hyunjin se reveló ante él, el joven soltó un gemido ahogado. El Duque estaba listo, erguido y palpitante, deseoso de sembrar su semilla, pero determinado a no perder la ternura.

Se posicionó sobre él, atrapando su mirada con una intensidad que parecía quemar.

-Es momento de entrar en usted, Félix. Espero que me lo permita.

Escuchar su propio nombre saliendo de los labios de Hyunjin, pronunciado con esa voz ronca, espesa y cargada de una excitación que ya no intentaba ocultar, provocó en Félix una sacudida eléctrica que le recorrió la columna vertebral. No era solo la sorpresa de la confianza, sino el tono posesivo y deseoso de su esposo lo que hizo que sus pupilas se dilataran y un calor líquido se instalara con fuerza entre sus muslos. Aquella voz vibró en su interior, transformando cualquier rastro de duda en una necesidad desesperada por ser reclamado.

Félix asintió con rapidez, aferråndose a los hombros de su marido mientras ansiaba, mås que nada en el mundo, sentirse lleno por él. Centímetro a centímetro, Hyunjin ingresó. El dolor inicial fue como un fuego que consumía a Félix, una presión abrumadora que le hizo contener el aliento, pero no se apartó; se entregó a la sensación con una devoción absoluta.

Su marido se detuvo de inmediato, besando sus labios y su cuello con una dulzura protectora que ayudó a que el dolor se disolviera en una neblina de placer ascendente. Hyunjin comenzó a moverse entonces con un ritmo lento y calculado, buscando el ångulo exacto que no lo dañara. Poco a poco, el instinto tomó el mando de ambos; el ritmo se volvió mås fluido, mås urgente, y pronto sus caderas se encontraron en una danza perfecta, fundiendo a Ashford y Sterling en un solo latido bajo las såbanas.

La danza rítmica de sus cuerpos se volvió una sinfonía de piel contra piel. Los sonidos de la habitación se redujeron al compås de sus respiraciones entrecortadas; Hyunjin soltaba gruñidos de una entrega absoluta, mientras que Félix, abrumado por la intensidad, no podía acallar los suaves gemidos que brotaban desde lo mås profundo de su pecho.

Hyunjin observaba con devoción cómo su esposo se entregaba al goce que él mismo le propiciaba. Se recriminó internamente por no haber acudido al lecho de su amado con anterioridad, lamentando cada noche desperdiciada en la que no habían sido uno solo. Mientras continuaba arremetiendo con firmeza y ternura, sintió una reacción distinta en el cuerpo de Félix. ¿Acaso había encontrado aquel "punto dulce" del que le había hablado el cortesano?

La confirmación llegó de inmediato. Al alcanzar ese lugar exacto, Félix soltó gritos de placer imposibles de contener, arqueando la espalda y aferråndose a las såbanas de seda. Todo estaba siendo un éxito absoluto. Cuando Hyunjin sintió las contracciones en el interior de su esposo, una ola de calor incontenible lo recorrió; supo entonces que la entrega debía culminar sembrando su semilla. Juntos, en un estallido de sensaciones que pareció detener el tiempo, derramaron su esencia y sellaron el acto con un apasionado beso que sabía a victoria y alivio.

El protocolo dictaba que, tras compartir el lecho, el Duque debĂ­a retirarse a sus propios aposentos. FĂ©lix, educado en el recato y las normas estrictas del ducado, supuso que Hyunjin buscarĂ­a sus encuentros de vez en cuando y Ă©l simplemente deberĂ­a recibirlos. Por ello, con las piernas aĂșn temblorosas y el corazĂłn latiendo con fuerza, FĂ©lix se dispuso a ponerse de pie para marcharse.

Hyunjin, que aĂșn respiraba con dificultad, lo mirĂł confundido.

-¿Ocurre algo, Félix? -preguntó con una tranquilidad que escondía su preocupación.

Félix le regaló una breve reverencia, aunque su cuerpo apenas respondía.

-Estoy profundamente agradecido, Su Gracia. Debo retirarme a mi propio lecho; sé que se dispone que un Duque no comparte la alcoba con su esposo.

Hyunjin se quedó petrificado un segundo. ¿Acaso era una broma? Mientras Félix intentaba dar pasos torpes hacia la salida, Hyunjin se puso de pie de un salto. Sin previo aviso, lo tomó en brazos con una fuerza protectora y lo llevó de vuelta a la cama.

-Perdone, querido -susurrĂł Hyunjin con la voz ronca cerca de su oĂ­do, depositĂĄndolo con suavidad sobre las almohadas-. Pero usted ya no se irĂĄ de esta alcoba. JamĂĄs.

-Disculpe, Su Gracia, yo...

-Hyunjin... dĂ­game Hyunjin -le interrumpiĂł el Duque, sellando la peticiĂłn con un beso breve pero intenso.

Félix lo miró con los ojos empañados en lågrimas mientras Hyunjin se acomodaba a su lado.

-Lo que dije antes es verdad, querido. De ahora en adelante, usted estarå aquí conmigo. No quiero que compartamos el lecho solo para el deber; quiero que este sea nuestro refugio propio. Quiero conocerlo, que me conozca, que hagamos el amor y que también durmamos abrazados cada noche. Estaré consagrado solo a usted; sus deseos serån mis órdenes eternas.

Hyunjin tomó la mano de Félix, besando sus nudillos con devoción.

-Deseo que me ame, Félix. Deseo que no sienta solo el deber de dar a luz a mi descendencia; deseo que criemos juntos a nuestros hijos y que usted elija estar a mi lado. Si me permite eso, haré lo necesario para ser el hombre que usted merece. Solo debe hablar conmigo.

FĂ©lix no pudo contener las lĂĄgrimas. Él siempre habĂ­a temido la soledad de las reglas del ducado, pero Hyunjin era distinto. No era el hombre frĂ­o que la sociedad describĂ­a; era alguien entregado, apasionado y, sobre todo, amoroso. Satisfecho y con el alma llena, FĂ©lix asintiĂł y lo abrazĂł con fuerza. Hyunjin enterrĂł el rostro en su cuello, dejando dulces besos hĂșmedos sobre su piel.

-Si me concede el permiso, querido -murmurĂł Hyunjin contra su piel-, yo quisiera repetir nuestros actos carnales ahora mismo... para asegurar que mi semilla eche raĂ­ces en su interior esta misma noche.

Félix, con una timidez que pronto se transformó en deseo renovado, asintió.

-Hyunjin... deseo recibirlo cada vez que usted lo quiera. Por favor, concédame sentirme suyo nuevamente cada noche. Estaré mås que complacido de recibir a mi amado.

"Amado". Esa palabra provocĂł un vuelco en el corazĂłn de Hyunjin. Era el sonido mĂĄs hermoso que habĂ­a escuchado jamĂĄs. Se fundieron nuevamente bajo las sĂĄbanas, besĂĄndose con una devociĂłn nueva, explorando, conociendo y aprendiendo juntos. Lo que pasaba en aquella alcoba era solo de ellos, y en su intimidad, era perfecto.

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En su primer aniversario de bodas, la mansión de Ashford se llenó de vida con el llanto de un recién nacido. Le dieron la bienvenida a su pequeño hijo, Seungmin Hwang, el legítimo heredero de Ashford.

Aquella espera dolorosa por consumar el matrimonio quedĂł en el olvido total, pues desde esa primera noche, el Gran Duque siempre fue recibido con los brazos abiertos bajo las sĂĄbanas de su esposo, uniendo sus cuerpos y sus almas en cada oportunidad con el mismo deseo de siempre.