Capítulo 1 en el ojo Capo
TEMPORADA 1: ENEMIGOS DE SANGRE
Para el mundo exterior, el apellido Öztürk era sinónimo de un legado inquebrantable, de barcos cargados de secretos cruzando el Bósforo y de un respeto que se pagaba con la vida. A mis treinta y tres años, yo, Arda Mustafa Öztürk, cargaba con ese peso sobre mis hombros de un metro noventa y uno. No era un peso que me molestara; nací el tres de marzo del noventa y tres con la certeza de que el trono de la mafia turca sería mío por herencia, y lo manejaba con una mano de hierro tan elegante como letal. No ocultaba mis gustos; en mi mundo la debilidad te mataba, pero mi poder era tan absoluto que nadie se atrevía a cuestionar si a mi cama entraban hombres o mujeres. Hacía lo que quería, cuando quería.
Excepto por una sola cosa que se había escapado de mi control. O mejor dicho, por alguien.
En la penumbra de mi oficina principal en Estambul, el humo de mi cigarro flotaba bajo la luz tenue de las pantallas LED. En la pantalla central no había reportes de aduanas ni rutas de contrabando hacia los Balcanes. Había un mapa satelital de América y, al lado, una serie de fotografías que mis analistas de inteligencia actualizaban cada semana.
La foto principal mostraba a un hombre de uno con setenta y ocho, de espaldas en un muelle clandestino de San Juan, Puerto Rico, vistiendo ropa urbana y con una postura que irradiaba una seguridad maldita. Hanzel Yariel Rivera. Veintinueve años. Nacido el cuatro de mayo del noventa y nueve. Un huérfano de las calles caribeñas que empezó sin una sola moneda en el bolsillo, andando solo entre tiroteos y callejones, y que hoy en día había construido un maldito imperio del narcotráfico desde la nada absoluta.
Hanzel era pura calle. Pura astucia. Y en los últimos dos años, se había convertido en mi peor pesadilla... y en mi obsesión más enferma.
-Señor Öztürk -la voz de mi segundo al mando interrumpió el silencio de la sala. Dio un paso al frente, manteniendo una distancia prudencial-. Los reportes de Rotterdam acaban de llegar. El cargamento de las familias locales fue rechazado. Rivera cerró un acuerdo exclusivo con los compradores holandeses esta madrugada. Nos volvió a ganar el territorio.
Mis dedos se apretaron alrededor del vaso de whisky, haciendo crujir el hielo. Hanzel estaba expandiéndose rápido, demasiado rápido. Sus rutas de cocaína desde Sudamérica estaban inundando Europa y Estados Unidos, pisando los talones de mis propios negocios y robándome compradores tradicionales que le pertenecían a mi familia desde hacía décadas. Me estaba desafiando en mi propio juego.
-¿Holanda también? -mi voz sonó baja, arrastrada, peligrosa.
-Sí, señor. El puertorriqueño se les adelantó por pocas horas. Está moviendo fichas en el tablero de una forma muy agresiva. Las familias de Estambul exigen una respuesta de sangre. Quieren que Rivera sea eliminado antes de que toque nuestras rutas en el Mediterráneo.
Me puse de pie lentamente, estirando mi imponente figura. Caminé hacia la pantalla y clavé la mirada en los ojos oscuros de Hanzel reflejados en la fotografía digital. Esos ojos desafiantes, llenos de la soberbia de quien se ha ganado cada centímetro de su vida a base de balas y traición. Mis hombres creían que yo pasaba horas en esa oficina planeando su muerte por negocios. No tenían idea del fuego que me quemaba por dentro. Llevaba años vigilándolo en secreto, fascinado por su ferocidad, devorando cada dato de su ascenso. Sí, era mi rival. Sí, sus negocios atentaban contra mi imperio. Pero el deseo de someterlo, de romper esa mirada de orgullo bajo mi cuerpo y de ver de qué estaba hecho el famoso narco boricua, me estaba volviendo loco.
-Nadie en Estambul le va a tocar un solo pelo a Hanzel Rivera -sentencié, apagando el cigarro directamente sobre la mesa de madera tallada-. Esta no es una guerra que se vaya a pelear desde Turquía con intermediarios. El chico de San Juan quiere territorio en América y Europa. Quiere jugar en las grandes ligas.
Me di la vuelta, abotonando con frialdad mi saco gris a medida. Mis hombres guardaron silencio, sabiendo que contradecirme era firmar una sentencia de muerte.
-Prepara el avión privado. Nos vamos a Los Ángeles mañana mismo -ordené, con una sonrisa fría que no auguraba nada bueno-. Hanzel va a estar ahí para supervisar un nuevo laboratorio de distribución. Es hora de que conozca al dueño de las rutas que está intentando robar. Vamos a ver si en persona es tan valiente como en los reportes.
La guerra comercial estaba declarada, pero la verdadera batalla, la que se libraría entre masacres, pólvora, deseo y sangre, apenas estaba por comenzar en la costa oeste. Hanzel Rivera creía que se había adueñado del mundo, pero no sabía que el Capo más picante de Turquía iba directo a reclamar lo que por derecho, y por obsesión, consideraba suyo.