El parque

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Clara y Miguel se adentran en un parque de diversiones abandonado, solo para descubrir que no estaba tan vacío como parecía.

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1
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n/a
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16+

El parque

El sol iluminaba el viejo parque de diversiones, cuyos colores, una vez vibrantes, ahora estaban desvanecidos y cubiertos de óxido. Las atracciones, que antes resonaban con risas y gritos de alegría, ahora estaban sumidas en un silencio inquietante.

Clara y Miguel, impulsados por la curiosidad, decidieron explorar aquel lugar olvidado por el tiempo. Mientras caminaban por el sendero cubierto de malezas, el viento susurraba entre los restos de los carteles descoloridos: "¡Vengan a jugar!", decía uno, pero los dos chicos sintieron un escalofrío recorrer sus espaldas. Se voltearon, pero solo había aparatos abandonados.

A medida que se adentraban más, el aire se volvía más pesado y el aroma a moho los envolvía. De repente, un chirrido rompió el silencio. Los chicos se detuvieron; sus corazones latían con fuerza. Ambos, a la vez, miraron hacia la montaña rusa, donde un carrito oxidado se movía lentamente, como si algo o alguien lo hubiera empujado.

Los dos niños, con desconfianza pero con una curiosidad mayor, se acercaron. En ese instante, una risa resonó en todo el parque.

Los niños miraron nerviosos a su alrededor, pero la risa se desvaneció en el aire, dejando una sensación de desasosiego. Clara y Miguel decidieron regresar antes de que oscureciera, pero el camino parecía haber cambiado. Todo se oscureció, resaltando las luces parpadeantes de las atracciones que comenzaron a encenderse, revelando figuras sombrías que danzaban en la oscuridad.

"¿Quieren jugar con nosotros?" susurró una voz. Clara y Miguel sintieron un frío helado recorrer sus cuerpos.

Los rostros de los niños, pálidos y demacrados, aparecieron entre las sombras; sus ojos vacíos los miraban fijamente. Sin poder moverse, comprendieron que el parque no estaba tan vacío como parecía. Aquellos que habían venido a jugar nunca se habían ido.

En un instante, las risas se convirtieron en gritos y el parque se llenó de ecos de desesperación. Clara y Miguel intentaron correr, pero las figuras los rodearon, atrapándolos en un juego del que no podrían escapar. La luna continuó brillando sobre el parque, mientras las risas de Miguel y Clara se unían a las de los otros, resonando en la noche eterna.