Pesadillas
El folclore en la ciudad de Ocastel se ha mantenido medianamente intacto a lo largo de los siglos, a pesar de que tiene menos de doscientos años de antigüedad como metrópoli. Todas las leyendas, mitos, criaturas de pesadilla, las runas y los encantamientos, provienen de unas civilizaciones antiguas que cultivaron en esas tierras las semillas de una magia poderosa capaz de atraer criaturas de todas las especies. Así, a pesar de haberse urbanizado lo que antes era un bosque espeso, todos los cuentos para no dormir siguen vigentes. Lo que llegó se quedó y evolucionó con los años. Y, de todos esos mitos, el que hoy nos concierne le afectó a la joven Valeria.
Nacida y criada en Ocastel, con 26 años encontró un empleo y buscó un apartamento propio a pocos kilómetros de casa de sus padres que comenzó a compartir con su gatita naranja de ocho años llamada Gigi. Su vida era de lo más ordinaria en casi todos los sentidos excepto en su interés por el folclore de la zona. La mayoría de los habitantes de la ciudad sentían cierta vergüenza al tratar esos temas, llamando pecadores o insensatos a todos los visitantes que llegaban desde fuera atraídos por las historias. Pero Valeria no ocultaba sus intereses, aunque siempre mantuvo que era pura curiosidad sin unas creencias reales en la existencia de ese mundo sobrenatural sobre el que se levantó la ciudad.
Conoció a Nisa un día que visitó la biblioteca para recoger otro libro. Era una mujer de pelo gris pero pocas arrugas que vestía siempre con largos vestidos de colores apagados. Le preguntó a Valeria por su interés en la mitología y comenzaron a hablar, forjando una amistad sincera y profunda que duró varios años, hasta que la mujer falleció mientras dormía de lo que su hijo le dijo que fue un ataque al corazón. Valeria visitó el tanatorio para despedirse de ella y allí el hijo de Nisa le entregó un pequeño libro de bolsillo acerca de la mitología de Ocastel. Le explicó a Valeria que Nisa se lo había encargado para su cumpleaños, pero nunca llegó a dárselo. Junto al libro, él le dio también una copia de la llave del apartamento de su madre porque conocía el interés común de ambas mujeres y aún no quería plantearse hacer algo con ese piso.
— Llévate todo lo que te interese. Estoy seguro de que sabrás apreciar sus cosas mucho más que yo.
Valeria miró por última vez a su amiga antes de marcharse y tuvo la sensación de que durante unos segundos una especie de sombra ascendió por la pared de detrás del ataúd y se disipó enseguida. La chica fijó la mirada en el techo buscando una explicación, pero lo achacó finalmente a su fatiga y se fue a casa con el libro en su bolso y la llave enganchada con las de su propio apartamento. Allí, se acurrucó con Gigi en su sillón y se quedó dormida después de llorar un tiempo, agotada y sin haber comido en toda la tarde. Fue aquí cuando tuvo la primera pesadilla. Despertó antes del amanecer con la boca seca, sudores fríos y lágrimas en los ojos, además de un sabor metálico intenso. Gigi la observaba desde la puerta de su dormitorio con las orejas atentas y la expresión intranquila. Cuando Valeria se levantó para dirigirse a su cama, la gatita se apartó de la entrada y se escurrió hasta el otro extremo de la sala de estar escondiéndose bajo la mesita de café.
— ¿Qué te pasa Gigi? —preguntó Valeria con su tono suave. Al acercarse, oyó un bufido asustado que le heló la sangre—. Vamos. Vamos a la cama.
Por mucho que llamara a la gata, ésta no salió de su escondite, y Valeria se metió en la cama vencida por el cansancio. Le quedaban pocas horas de sueño hasta tener que arreglarse para el funeral, pero el mal cuerpo le impedía dormirse. La reacción de Gigi la preocupó, pero su despertar de la pesadilla le causó un miedo incontrolable a volver a ella en caso de cerrar los ojos. Para calmarse, llevó la mano al colgante de plata que siempre llevaba puesto y sujetó entre los dedos el pequeño adorno. Inspiró profundamente y susurró las palabras que Nisa le había enseñado: «Regfario sia». Lo hacía de vez en cuando, siempre ante situaciones estresantes, y solamente servía para ayudarla a calmarse como un mantra, repitiéndolo una y otra vez. Sin embargo, en esta situación, esas palabras sonaron en sus oídos con un timbre que no reconocía como propio, y una sensación eléctrica le recorrió la piel antes de desvanecerse junto al miedo que la había invadido minutos antes. Sintió un alivio instantáneo tan palpable que habría jurado que un manto pesado le fue levantado de la cara permitiéndole respirar de nuevo. Gigi saltó a la cama pocos segundos después acercándose a su cara y olisqueándola. Valeria le acarició la cabeza a la gatita y ésta se acurrucó a su lado bajo las sábanas. Sin entender nada, pero vencida por la fatiga, Valeria cayó dormida de nuevo y despertó en la mañana con la alarma de las nueve.
El funeral fue sencillo, discreto y demasiado cristiano para lo que a Nisa le habría gustado. Más de una vez le había admitido a Valeria que, al morir, quería ser incinerada y que sus cenizas se enterraran en el bosque. Pero su hijo no recibió el mensaje, o prefirió ignorarlo. Así que nada más tener la oportunidad de irse, Valeria se escabulló y volvió a su apartamento a descansar y prepararse para afrontar el día siguiente en el trabajo. Además, para tratar de distraerse un poco, tomó el libro que Nisa le había regalado y se dispuso a leerlo a lo largo de la tarde. Se trataba de un libro de poco menos de ciento cincuenta páginas que parecía un folleto informativo que listaba diferentes sitios de Ocastel donde se especulaba que había actividad sobrenatural. Al inicio Valeria no entendía muy bien por qué Nisa le habría querido entregar algo tan simple teniendo en cuenta todo lo que habían discutido a lo largo de esos años. Sabía que Valeria conocía casi todo el folclore de la zona y algo así le habría sido inservible.
Sin embargo, tras los primeros dos capítulos el libro comenzó a indagar en los aspectos más desconocidos de las historias antiguas de la magia wiccana y la brujería en Ocastel. Valeria conocía por encima prácticas que Nisa empleaba, pero la mujer no le habló en profundidad, siempre diciendo que eso no es algo que uno puede elegir. Sin embargo, en los últimos meses la opinión de Nisa con respecto a Valeria había cambiado por razones que nunca le comentó. Fue entonces cuando le regaló el colgante y el hechizo de protección, pidiéndole que no se lo quitara nunca, sobre todo en el caso de sentir miedo o inquietud ante algo desconocido. También le enseñó a Valeria a distinguir algunas runas y le habló de unos pocos ingredientes que Nisa usaba para mantener su apartamento “libre de energía sucia”.
El cuarto capítulo del libro de Nisa se denominaba “Criaturas selladas”, y era el más extenso. En él se explicaba que, antes de la existencia de la ciudad, el bosque de Ocastel albergaba una energía mágica tan pura que atrajo a diferentes criaturas a lo largo de los siglos. Cuando las brujas y hechiceros que cuidaban de esos bosques se encontraban con criaturas devastadoras, las sellaban con un “nudo de alma” para evitar una guerra o una masacre. Estos nudos son transferibles, manteniendo intacto el sello a lo largo de generaciones. Había una pequeña lista de criaturas sin nombre que se decía que habían sido selladas: un dragón, un hada y un semidios. De todos ellos, el que le llamó la atención a Valeria fue el hada, porque en su descripción se especulaba con el nombre y se le hacía demasiado familiar. Se decía que aquella hada se llamaba Hïleth y vino desde los fiordos noruegos un milenio atrás.
— Ese nombre es tan…
Buscó en internet el nombre, pero no obtuvo respuestas y durante unos minutos le dio vueltas tratando de recordar dónde lo había oído antes. «¿Me lo habrá dicho Nisa?». La idea la recorrió como un parpadeo, iluminándole la memoria.
— Imposible —susurró—. No puede ser la misma. ¿Cómo…?
Valeria se levantó del sillón y soltó el libro, tapándose los ojos con las palmas. Se esforzaba por recordar exactamente lo que Nisa le había dicho antes de un pequeño viaje que hizo días antes de morir.
— “Voy a visitar a una vieja amiga…”. “Quiero saldar una deuda que tengo…”. Hum… Una deuda, una deuda… Sí. “Quiero saldar una deuda que tengo”, dijo. “A Hïleth no le gustan las visitas, así que volveré muy pronto”, dijo. La llamó Hïleth.