Ch1
El segundero del reloj de pared avanzaba con un eco metálico que parecía rebotar contra las paredes desnudas del pequeño departamento
Tamaki se encontraba sentado en el suelo, con las rodillas pegadas al pecho y la frente apoyada en ellas. Frente a él, sobre la mesa baja de madera, reposaba una libreta abierta con una lista de gastos mensuales y un montón de facturas que parecían mirarlo con reproche
Vivir solo mientras asistía al último año de la prestigiosa escuela de héroes la UA no era una tarea sencilla. Aunque sus padres lo apoyaban desde la distancia, los costos de mantener un departamento independiente, la comida alta en proteínas que requería su quirk para las prácticas y los imprevistos diarios habían comenzado a devorar sus ahorros más rápido de lo esperado. Mirio le había sugerido con entusiasmo que buscara un empleo flexible, pero la sola idea de interactuar con extraños hacía que a Tamaki se le revolviera el estómago
Tamaki: no puedo hacerlo... -susurró para sí mismo, hundiendo el rostro en sus brazos- hablar con la gente... vender cosas... es imposible. Soy solo un rábano insignificante comparado con los demás
Sin embargo...el estómago le rugió en señal de protesta, recordándole que el refrigerador estaba prácticamente vacío. Con un suspiro resignado, se puso de pie, se colocó su sudadera azul marino favorita cuya capucha era lo suficientemente grande como para ocultar su rostro y salió a la calle. Necesitaba caminar, despejar la mente y con un poco de suerte, encontrar una solución que no implicara colapsar socialmente
El sol de la tarde comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados y rojizos. Tamaki caminaba con la mirada fija en sus propios zapatos, esquivando de forma experta a los transeúntes para evitar cualquier tipo de contacto visual. Fue en una de las calles secundarias, a unas cuantas manzanas de su departamento, donde un olor dulce e irresistible interrumpió sus pensamientos. Era una mezcla embriagadora de azúcar tostado, mantequilla fresca y vainilla natural
Instintivamente, levantó un poco la vista. Frente a él se encontraba una cafetería pequeña pero sumamente acogedora. La fachada de madera clara estaba adornada con pequeñas plantas colgantes y un letrero de pizarra que decía en letras prolijas que dicen Café & Dulces Sabor a Hogar. Pero lo que realmente detuvo el corazón de Tamaki fue el trozo de papel blanco pegado en el cristal de la ventana principal "se busca mesero de medio tiempo. Horarios flexibles para estudiantes. Ambiente tranquilo" Tamaki se quedó congelado en la acera. Las palabras "ambiente tranquilo" y "horarios flexibles" parpadearon en su mente como una señal de salvación. Se acercó un paso, luego retrocedió dos
Sus manos comenzaron a sudar dentro de los bolsillos de la sudadera ¿de verdad iba a hacer esto? Habrá mucha gente aunque se viera tranquilo
Tamaki: si Mirio estuviera aquí, me diría que dé el paso con energía... -murmuró, apretando los puños-
Tomando una bocanada profunda de aire, Tamaki empujó la puerta de vidrio. Un suave tintineo de campanas anunció su llegada, seguido inmediatamente por una oleada de calor y el aroma intensificado de los postres recién horneados. El interior del lugar era hermoso con mesas de madera oscura, luces cálidas de tono amarillento y una atmósfera pacífica que, extrañamente, alivió una pequeña parte de su ansiedad. No había gritos, no había multitudes ruidosas. Solo el murmullo de un par de clientes al fondo
X: ¡bienvenido! en un momento te atiendo -una voz suave, melódica y notablemente calmada llegó desde detrás del mostrador principal-
Tamaki dio un respingo y por puro reflejo, caminó hacia la pared más cercana, pegando la espalda contra ella y bajando la cabeza hasta que su flequillo oscuro le cubrió por completo los ojos. Se sentía ridículo...
Escuchó unos pasos ligeros aproximarse. Al levantar la mirada solo un milímetro, vio unos zapatos limpios y el borde de un delantal beige. Elevando los ojos un poco más, te vio
Estabas de pie al otro lado de la vitrina de cristal, sosteniendo una bandeja con un paño de cocina. Lejos de asustarte o mirarlo con extrañeza por su posición tan peculiar contra la pared, le dedicaste una sonrisa genuina, cálida y comprensiva. Tus ojos transmitían una paz tan absoluta que el pulso acelerado de Tamaki comenzó a regularse poco a poco
Tn: hola -dijiste con un tono de voz suave, bajando la intensidad para no abrumarlo- ¿te encuentras bien? ¿buscas mesa o vienes por el anuncio de la ventana?
Tamaki tragó saliva con dificultad. Sentía que las palabras se le atoraban en la garganta. Ver tu rostro tan tranquilo y notar que no lo estabas juzgando lo tomó completamente por sorpresa. Normalmente, la gente se desesperaba o lo presionaba para que hablara rápido, pero tú simplemente esperaste, manteniendo una distancia respetuosa
Tamaki: yo... esto... -comenzó a tartamudear, con las orejas poniéndose completamente rojas- el... el anuncio. Sobre el trabajo. Pero... creo que fue una mala idea. Lo siento, soy un desastre
Estaba a punto de girarse hacia la puerta para huir, pero tus palabras lo detuvieron
Tn: no eres un desastre -dijiste con una pequeña risita suave que sonó como campanillas- de hecho, llegas en el momento perfecto. El dueño salió a hacer unas compras, pero me pidió que si alguien preguntaba por el puesto, lo hiciera pasar. Mi nombre es Tn, soy la repostera y también ayudo en las mesas cuando es necesario
Tamaki se giró lentamente, mirándote con timidez desde debajo de su flequillo
Tamaki: soy... Tamaki. Tamaki Amajiki -logró pronunciar, presentándose con un hilo de voz-
Tn: es un placer, Amajiki -respondiste, ampliando tu sonrisa cálida- ven, no te quedes ahí parado. Acompáñame al mostrador. Te invitaré un té mientras vuelve el encargado. Te noto un poco tenso y el té de jazmín es excelente para los nervios
La amabilidad natural que desprendías actuó como un bálsamo para el estudiante. Caminó con pasos tímidos y torpes detrás de ti hasta sentarse en una de las banquetas altas del mostrador. Desde allí, pudo observar la cocina abierta. Todo estaba impecable, lleno de moldes de repostería y bandejas con galletas con chispas de chocolate que se enfriaban lentamente
Te moviste con una gracia tranquila por la cocina, preparando la tetera sin prisa, dándole su espacio. Mientras esperabas que el agua hirviera, sacaste un pequeño plato de porcelana y colocaste un panecillo dulce, espolvoreado con azúcar glas y relleno de crema. Lo pusiste con delicadeza frente a él
Tn: pruébalo -dijiste, apoyando tus manos en el mostrador, mirándolo con un brillo alegre en los ojos- lo horneé hace menos de una hora. Cocinar dulces es lo que más me gusta en el mundo, porque creo que un buen postre puede reconfortar el corazón de cualquiera, sin importar qué tan mal haya ido su día
Tamaki miró el panecillo y luego te miró a ti. Tu energía era tan reconfortante, tan diferente a la intensidad desbordante de sus amigos, pero igualmente brillante a su propia manera. Era una calidez silenciosa, como la de una fogata en una noche de invierno
Extendió una mano con nervios, tomó el panecillo y le dio un pequeño mordisco. Al instante, sus ojos se abrieron de par en par. La textura era increíblemente esponjosa y la crema tenía el punto exacto de dulzura, con un toque sutil de cítricos que realzaba el sabor. Era... sin duda, el mejor postre que había probado en su vida
Tamaki: está... delicioso -susurró, y por primera vez en toda la tarde, una sincronía perfecta de alivio pintó su rostro, permitiéndote ver una pequeña y casi invisible sonrisa en sus labios- de verdad... es muy cálido
Tus ojos se iluminaron de alegría al ver su reacción. En ese momento, la puerta de la cafetería volvió a sonar, anunciando la llegada del dueño del local. Tamaki se puso tenso de inmediato, pero tú diste un paso al frente, colocándote sutilmente entre él y la entrada, como un escudo protector
Tn: tranquilo, Amajiki -le susurraste guiñándole un ojo- ya verás que el trabajo será tuyo. Haremos un gran equipo aquí dentro
Mientras te dabas la vuelta para llamar al dueño, Tamaki se quedó mirandote, sintiendo un calor extraño y desconocido instalándose en su pecho. El miedo a trabajar seguía ahí, pero la idea de compartir las tardes en esa cocina contigo, rodeado de tu calma y tus postres, hacía que... por primera vez, el futuro no pareciera tan aterrador