Iteraciones Olvidadas

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Summary

¿Qué harías si el mundo se reiniciara cada semana, se llevara a alguien… y borrara hasta el recuerdo de que existió? En Villavera, solo Álex lo recuerda. Cada cara que el pueblo ha olvidado. Cada nombre que ya no figura en ningún buzón. Cada silencio en el sitio donde antes había alguien. Ahora el bucle ha empezado a cometer errores, y nadie, ni siquiera él, sabe qué queda cuando un mundo así se rompe del todo.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Tomás Roldán – Iteración 14*

Aquella mañana encontré la taza otra vez al fondo del armario, a pesar de vivir solo y haberla dejado la noche anterior en la mesa del comedor. Estaba justo ahí, detrás de los vasos altos. Blanca. Con la línea azul alrededor del borde y el asa pegada con aquel pegamento amarillento que yo juraría no haber comprado nunca.

Me quedé mirándola un momento.

Yo tenía treinta y cinco años cuando “desperté” y era el empleado de la única ferretería del pueblo. Vivía solo en el piso de arriba. Mi rutina abajo, entre las estanterías, era puramente mecánica: ordenar las cajas de herramientas y clasificar los tornillos por tamaños, sabiendo que al cambio de semana todo regresaría exactamente al mismo desorden de origen. Una rutina vacía. Como la taza. En Villavera siempre era la misma semana gris de octubre. Un bucle casi perfecto.

Pero a mí no me preocupaba el bucle en sí, eso me daba igual, no podía hacer nada por cambiarlo así que ya había asumido que la vida era de esta manera. Repetir la misma semana una y otra vez.

Lo que quería hacer era reconstruir quién había sido yo antes de que todo esto empezara. No tenía pruebas, solo una intuición terrible de que no solo estaba en bucle, sino que en cada repetición esto se llevaba a gente, y a los que no se lleva los reescribe para que concuerde con la falta de quien se ha ido. Te altera el pasado. Te fabrica una biografía nueva y limpia, una donde todo encaja a la perfección salvo por algún detalle insignificante que se ha quedado fuera de sitio.

Hacía cincuenta y dos semanas que recordaba a solas cuando lo vi a él. Fue en el bar de la plaza, a las cuatro de la tarde. Marina, la camarera, cruzaba el local con una bandeja cargada como hacía cada lunes, pero aquella tarde, justo antes de que tropezara con la esquina de la barra, Álex se levantó de golpe y atrapó el plato de porcelana en el aire un segundo antes de que se estrellara contra el suelo. Nadie más reaccionó. Los pocos clientes siguieron a lo suyo, inmóviles en su inercia, pero Álex se quedó de pie en mitad del bar, sosteniendo el plato con las manos temblorosas y una expresión de terror absoluto. Miraba la porcelana y luego sus propios dedos, paralizado por el espanto puro de quien acaba de descubrir que el tiempo se ha roto.

Me acerqué a su mesa, le quité el plato de las manos antes de que se le cayera de verdad y me lo llevé de allí. Tardé horas en conseguir que dejara de temblar. Para convencerlo de que no se había vuelto loco, abrí el armario de la cocina y le enseñé mi colección: la taza con el asa pegada, una moneda de una libra cuando yo nunca he ido a Inglaterra, y aquel jersey azul de lana que había aparecido en mi cajón. Le expliqué que esos objetos eran las costuras sueltas de una realidad enferma y que el bucle no solo repetía los días, sino que era una fuerza ciega que se cobraba un precio en cada repetición.

Le confesé que, durante mis sesenta semanas a solas, había descubierto que en Villavera cada vez éramos menos; que el pueblo se estaba vaciando en silencio. Pero el verdadero terror no era ese, sino que la marea borraba los rostros de las fotos, cambiaba los nombres de los buzones y nos reescribía la memoria a los demás para que el mundo cuadrase con la ausencia, haciendo que nadie echara de menos a los que ya no estaban.

Hemos pasado catorce iteraciones juntos. Catorce semanas de tregua de esta soledad repetida en mitad de un pueblo congelado donde Álex se ha acabado convirtiendo en lo único real que tengo. Hasta hoy.

Ahora el reloj de la cocina marca las seis de la mañana. Es lunes. Sostengo la taza entre las manos y el café todavía está caliente, pero de repente el aire se vuelve denso y el tiempo se estira como un hilo a punto de romperse. Es una sensación extraña. Todo gira y empieza a desvanecerse. Comprendo perfectamente lo que me está ocurriendo en este mismo instante. Estoy desapareci…


[1] (Nota: Las iteraciones se cuentan desde el despertar de Alejandro Vidal).*