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El Descanso de la Valquiria

Summary

Solo Sexo entre Siegfried y Bakhar Nabieva.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El suave clic de la cerradura fue el único sonido que rompió el silencio del amplio apartamento. Siegfried empujó la puerta con cuidado, dejando su pesada bolsa de lona en el suelo del vestíbulo con un suspiro que liberaba la tensión de toda una semana. Habían sido siete días interminables en un campamento de entrenamiento intensivo de élite en Europa, rodeado de sudor, pesas, estrategas y la presión constante de mantenerse en la cima del mundo deportivo. Pero todo eso se desvaneció en el instante en que cruzó el umbral de su hogar.

Siegfried se pasó una mano enorme por el cabello, despeinándolo aún más. Una sonrisa cálida, jovial y casi infantil se dibujó en su rostro de facciones marcadas. Estaba agotado, con los músculos adoloridos por el esfuerzo extremo, pero la anticipación de verla inyectaba una nueva ola de adrenalina en sus venas. Se quitó la chaqueta deportiva y los zapatos con movimientos silenciosos, caminando descalzo por el pasillo de madera oscura hacia la habitación principal.

La puerta estaba entreabierta. La única iluminación provenía de la luz ambarina de las farolas de la calle que se filtraba a través de las persianas, dibujando líneas doradas sobre la cama. Y allí estaba ella.

Siegfried se detuvo en el marco de la puerta, sintiendo cómo el corazón le daba un vuelco, cautivado al instante. Bakhar estaba dormida, completamente rendida al cansancio. Su postura era una obra de arte esculpida por el esfuerzo y el descanso: estaba recostada boca abajo, apoyada sobre sus antebrazos y rodillas, con el rostro hundido plácidamente en una gran almohada gris.

La luz tenue delineaba cada curva y cada músculo de su cuerpo extraordinario. Llevaba puesta una camiseta técnica de manga larga negra, ajustada como una segunda piel, con el icónico logo blanco de Nike resaltando en su brazo izquierdo. La prenda se recogía ligeramente en su cintura, dejando al descubierto la piel de su espalda baja. Más abajo, una pequeña prenda de lencería oscura con un estampado sutil apenas cubría lo indispensable, enmarcando la monumental musculatura de sus nalgas y piernas, esas mismas piernas que la habían convertido en una leyenda en el mundo del fitness y el culturismo.

Como atleta, Siegfried sabía perfectamente el sacrificio, las horas de gimnasio, la dieta estricta y el dolor que había detrás de un físico como el de Bakhar. Como su pareja, simplemente la veía como la mujer más hermosa y fascinante del planeta. Su "valquiria" moderna.

Una risa suave y silenciosa escapó de los labios del gigante. Era tan típico de ella. Probablemente había llegado del gimnasio tras reventar sus propios récords en sentadillas, se había tirado en la cama "solo por un minuto" para descansar la espalda, y el agotamiento la había vencido antes de que pudiera cambiarse de ropa.

Con pasos lentos y felinos, Siegfried se acercó al borde del colchón. Se quitó la camiseta, dejando al descubierto su propio torso masivo, cubierto de cicatrices.

Se arrodilló junto a la cama, al nivel de su rostro. Bakhar respiraba lenta y profundamente, sus largas pestañas oscuras descansaban sobre sus pómulos, sus labios ligeramente entreabiertos contra la tela de la almohada. Siegfried se inclinó y depositó un beso increíblemente suave en su sien, aspirando el aroma a su champú dulce mezclado con el tenue y embriagador rastro de su piel salada.

—Mi guerrera hermosa... —murmuró Siegfried con una voz profunda y vibrante, apenas un susurro que se perdió en la penumbra.

Sin querer despertarla de golpe, pero incapaz de resistir la necesidad de tocarla después de una semana de abstinencia absoluta, Siegfried levantó una de sus grandes y ásperas manos. Con una delicadeza que contrastaba con su inmensa fuerza, comenzó a acariciar su larga y oscura cabellera, apartando algunos mechones rebeldes que caían sobre su cuello.

Bakhar no se sobresaltó. Su cuerpo estaba tan sintonizado con el de él, tan acostumbrado a su presencia protectora, que su subconsciente lo reconoció de inmediato. Soltó un pequeño y suave suspiro contra la almohada, inclinando imperceptiblemente la cabeza hacia el calor de la mano de Siegfried.

Animado por su respuesta, Siegfried bajó la mano. Sus dedos trazaron la línea de su columna vertebral, sintiendo la textura de la camiseta Nike bajo sus yemas. Bajó hasta llegar al borde de la tela, donde la piel desnuda de su espalda baja. La acarició con el pulgar, trazando círculos lentos y reverentes. La piel de Bakhar era suave, pero debajo de ella, la densidad muscular era firme como el acero.

Se inclinó de nuevo, rozando con sus labios el hombro cubierto por la tela negra, y luego dejó un rastro de besos húmedos y cálidos a lo largo de su nuca, bajando por la curvatura de su columna.

—Mmm... —Un sonido gutural, ronco y cargado de sueño brotó de la garganta de Bakhar. Sus caderas se movieron ligeramente, un ajuste instintivo buscando más contacto.

La mano de Siegfried continuó su descenso. Su palma grande y cálida envolvió la redondez perfecta y dura de su nalga. Apretó suavemente, maravillado como siempre por la firmeza de sus músculos. La acarició con devoción, deslizando los dedos por la tela de su tanga hasta llegar a la parte posterior de su muslo. Ese muslo legendario, denso y poderoso. Trazó la línea de los isquiotibiales con un tacto firme pero amoroso, su pulgar acariciando la piel con una cadencia hipnótica.

—¿Sig...? —murmuró Bakhar, su voz pesada, arrastrando un poco las consonantes por el sueño, pero con esa inconfundible y magnética entonación suya. No abrió los ojos, simplemente giró el rostro un poco más hacia él, con una sonrisa perezosa curvando sus labios.

Siegfried sonrió ampliamente, sus ojos brillando en la oscuridad con pura adoración y un deseo que empezaba a arder con fuerza. Acarició la parte posterior de su rodilla y volvió a subir, su mano abarcando la cadera de su novia.

—Shh, tranquila, preciosa. Ya estoy en casa —le susurró al oído, su voz siendo un refugio cálido y seguro. Se acercó más, presionando su pecho desnudo contra el costado de ella—. Sigue durmiendo si estás muy cansada. Solo quería tocarte... te he extrañado como un loco.

Bakhar soltó una pequeña risa ronca, un sonido que a Siegfried le pareció la mejor melodía del mundo. Lentamente, los músculos de su espalda se tensaron mientras se desperezaba, arqueando la columna como una leona. Abrió un ojo, mirando a Siegfried desde su posición contra la almohada. Sus ojos oscuros, aún empañados por el sueño, se iluminaron al verlo.

—¿Tú me extrañaste? —Su voz seguía siendo un murmullo íntimo, pero el tono juguetón y seguro que tanto lo volvía loco ya estaba presente—. Mirate, llegas en medio de la noche y lo primero que haces es agarrarme las piernas.

Siegfried soltó una carcajada baja y profunda. Se inclinó y atrapó los labios de Bakhar en un beso, primero suave y dulce, probando el sabor del sueño en su boca, y luego un poco más profundo cuando ella le devolvió el beso, su lengua rozando la de él.

—Es imposible no hacerlo —confesó él, separándose solo unos centímetros, mirándola directamente a los ojos mientras su mano volvía a apretar con firmeza su nalga, delineando la curva con reverencia—. Eres una visión, Bakhar. Entré y estabas ahí, luciendo como una diosa que acaba de conquistar el Olimpo y el gimnasio al mismo tiempo. No podía simplemente irme a dormir.

Ella sonrió con suficiencia y ternura, girando un poco el torso para poder verlo mejor, aunque sin abandonar la posición que le resultaba tan cómoda, y que claramente a él le estaba encantando.

—Fue un día brutal de piernas. Estaba muerta... —murmuró ella, cerrando los ojos por un segundo mientras Siegfried le masajeaba la base de la espalda con los pulgares, deshaciendo los nudos de tensión—. Pero... creo que de repente ya no estoy tan cansada.

La atmósfera en la habitación cambió sutilmente. El cansancio del viaje de Siegfried y el agotamiento del entrenamiento de Bakhar se evaporaron, reemplazados por una corriente eléctrica de anticipación. Siegfried la miró, su sonrisa jovial transformándose lentamente en algo más depredador, más hambriento, aunque sin perder nunca la inmensa nobleza y amor con la que siempre la trataba.

—¿Estás segura? —le preguntó, su voz volviéndose más ronca, acercando sus labios a la oreja de ella y dejando un beso en el lóbulo—. Porque si estás cansada, te juro que puedo solo abrazarte toda la noche...

Bakhar soltó un bufido divertido. Movió sus caderas hacia atrás, rozando deliberadamente la firmeza del muslo de Siegfried, haciéndole saber exactamente cómo se sentía.

—Siegfried... llevamos una semana sin vernos. Si crees que te voy a dejar dormir solo dándome masajes en la espalda, estás muy equivocado.

El gigante sonrió, sus ojos oscureciéndose por completo.

—Tu mandas, mi reina —susurró él, y con un movimiento fluido y lleno de gracia a pesar de su tamaño, subió a la cama, situándose justo detrás de ella.

La tela de la camiseta Nike susurró contra las sábanas cuando ella se ajustó, acomodándose mejor sobre la almohada, pero esta vez no para dormir, sino preparándose para el peso de él. Siegfried se inclinó, cubriendo la espalda de Bakhar con su pecho, sintiendo el calor abrasador de la piel contra la suya. Sus manos, grandes y fuertes, descendieron por la cintura de ella, trazando el borde de su lencería oscura, Siegfried, movido por un instinto que no buscaba la penetración inmediata, sino la rendición absoluta de Bakhar a través del placer, decidió cambiar el curso del encuentro.

Sin decir una palabra, sus manos grandes y expertas se deslizaron de la cintura de Bakhar hacia sus muslos, ejerciendo una presión firme que la obligó a elevar las caderas. Ella, entendiendo la intención de su amante, soltó un suspiro entrecortado y dejó que su cuerpo se ajustara, permitiendo que sus piernas se separaran al máximo. El roce de su piel contra las sábanas era una fricción constante que encendía sus terminaciones nerviosas.

Siegfried se arrodilló entre sus piernas, su torso masivo proyectando una sombra sobre ella. Podía ver cada detalle: la curva de sus nalgas, la tensión en sus músculos tras un día de entrenamiento, y la vulnerabilidad absoluta de estar expuesta ante él. Bakhar, con el pecho apoyado contra la almohada y sus brazos sirviendo de apoyo, hundió el rostro en la tela, preparándose para la embestida sensorial que estaba por llegar.

Siegfried no perdió tiempo. Se inclinó hacia adelante, hundiendo su rostro entre los muslos de Bakhar. El primer contacto de su lengua fue directo, crudo y posesivo. No hubo juegos preliminares suaves; Siegfried atacó el clítoris de Bakhar con una precisión quirúrgica, rodeándolo con su lengua, succionando con una fuerza que hizo que ella se tensara instantáneamente.

—¡Siegfried! —exclamó ella, ahogando un gemido contra la almohada. Sus manos se cerraron en puños sobre las sábanas, arrugándolas, mientras sus caderas buscaban el contacto de su lengua por puro instinto animal.

Él no se detuvo. Sus manos se posicionaron sobre las nalgas de Bakhar, apretando la carne firme y musculosa, manteniéndola anclada al colchón mientras dictaba el ritmo. Cada vez que ella intentaba moverse, él la sujetaba con firmeza, asegurándose de que no escapara ni un ápice de sensación. Su lengua trazaba líneas rápidas y decididas sobre sus labios, explorando la humedad que ya empezaba a brotar con fuerza. Era un acto de dominación total: él era el dueño de su placer, y ella era su territorio.

El sonido de la fricción húmeda llenó la habitación. Siegfried se hundió más profundamente, alternando entre lamidas largas y rítmicas y succiones cortas y agresivas. Bakhar jadeaba, un sonido ronco y gutural que retumbaba en la habitación. Sentía cómo la lengua de Siegfried buscaba cada rincón, estimulando su clítoris hasta que la piel se sintió sensible, casi dolorosamente excitante.

Él la observaba mientras lo hacía, cautivado por la forma en que el cuerpo de ella reaccionaba a su mando. Acariciaba sus muslos con los pulgares, sintiendo la fibra muscular contraerse bajo su tacto. Siegfried era metódico: sabía cuándo aumentar la velocidad y cuándo detenerse un segundo solo para hacer que ella rogara por más.

—Más... —susurró Bakhar, su voz quebrada, su cabeza girando levemente para buscar su mirada—. No pares, Siegfried... no te atrevas a parar.

Él soltó una risa grave entre sus piernas, una vibración que ella sintió en lo más profundo de su ser. Aumentó la intensidad, haciendo que su lengua fuera más rápida, más insistente, enfocándose exclusivamente en el clítoris. Era una tortura deliciosa. Bakhar sentía cómo el orgasmo se construía en su vientre, una marea de calor que ascendía desde la base de su columna hasta su nuca.

El hombre llevaba el ritmo con una maestría salvaje. Cuando notó que ella estaba a punto de llegar, en lugar de suavizar el ritmo, lo aceleró. Siegfried comenzó a usar su lengua como un instrumento de percusión, golpeando y succionando con un frenesí que hizo que Bakhar se arqueara violentamente. Sus uñas se hundieron en la tela, sus músculos se tensaron hasta el punto de la vibración, y un grito ahogado escapó de sus labios cuando finalmente el orgasmo la golpeó como una ola masiva.

Siegfried se mantuvo allí, atrapándola en su clímax, asegurándose de que sintiera cada segundo del espasmo. Sus manos no se apartaron de sus nalgas, sintiendo los latidos eléctricos que sacudían el cuerpo de Bakhar. Solo cuando los temblores finales comenzaron a apaciguarse, él se separó un poco, levantando el rostro para verla.

Bakhar estaba jadeando, con la piel sonrojada y los ojos vidriosos, completamente entregada a la calma que sigue a la tormenta. Siegfried, con una mirada cargada de orgullo y deseo, volvió a acercarse, esta vez para besar su espalda, reconociendo el campo de batalla que acababan de conquistar. El silencio regresó a la habitación, pero la atmósfera seguía cargada de la intensidad de lo que acababan de compartir.

El eco del último jadeo de Bakhar aún flotaba en la penumbra de la habitación, mezclado con el zumbido constante del aire acondicionado. Su cuerpo, una escultura de músculo y esfuerzo, yacía contra las sábanas revueltas, temblando con las réplicas del orgasmo que acababa de sacudirla. La respiración de la atleta era pesada, desordenada, hundiendo el rostro en la almohada mientras intentaba recuperar el control de sus sentidos.

Pero Siegfried no había terminado. De hecho, apenas estaba empezando.

El gigante se enderezó sobre sus rodillas, la luz ámbar de la calle delineando la musculatura masiva de su torso desnudo y las cicatrices que surcaban su piel. Una sonrisa surcó su rostro, ya no era solo la sonrisa jovial y amable del hombre que volvía a casa, sino la mueca depredadora de un guerrero insaciable frente a un festín. Llevaban una semana separados. Una semana de disciplina, de abstinencia, de dormir en camas de hotel vacías. Verla allí, deshecha por su boca, completamente entregada a él, despertó un hambre voraz y primitiva en su interior. No iba a conformarse con una sola victoria esta noche.

—Eres increíble... —murmuró Siegfried, su voz grave y ronca vibrando en el silencio de la habitación.

Levantó una de sus enormes manos, observando por un segundo la piel dorada y sudorosa de la nalga de Bakhar, tenso incluso en el reposo. Sin previo aviso, bajó la palma con firmeza.

*¡Plaf!*

El sonido agudo y secou de la nalgada resonó con fuerza en la habitación. La piel de Bakhar se enrojeció al instante bajo el impacto, y ella soltó un grito ahogado.

—¡Ahhh! ¡Sieg...! —jadeó, abriendo los ojos de golpe y arqueando la espalda, la sorpresa mezclándose instantáneamente con un nuevo latigazo de excitación.

—Aún no terminamos, mi valquiria —le susurró él, acercándose para morder suavemente la curva de su cadera—. Levántate. Apóyate en los codos y las rodillas. Quiero verte entera.

Bakhar, con el corazón bombeando adrenalina pura, no dudó. El tono autoritario pero inmensamente afectuoso de Siegfried era una orden que su cuerpo anhelaba obedecer. Con un gruñido bajo y gutural, *«Mmh...»*, flexionó sus poderosos brazos. Sus bíceps y tríceps se marcaron bajo la tela de la camiseta Nike mientras elevaba el torso, colocando los antebrazos sobre la cama y bajando la cabeza para mantener la columna vertebral completamente recta.

Siegfried la guio, separando aún más las rodillas de ella. Se acomodó justo detrás, arrodillándose entre las piernas de Bakhar de tal manera que los pies de ella quedaron descansando a los lados de sus propias rodillas. La posición la dejaba completamente expuesta, abierta y vulnerable ante él, elevando sus caderas hacia el aire en una exhibición perfecta de su anatomía de élite.

La vista era un espectáculo que cortaba la respiración. Siegfried tragó saliva, sus ojos oscurecidos por un deseo crudo. Sus manos grandes, ásperas por los entrenamientos, se adelantaron y agarraron los gruesos y musculosos muslos de Bakhar. Apretó con fuerza, hundiendo las yemas de los dedos en la carne firme, marcando su territorio.

*¡Plaff!*

Otra nalgada, esta vez más fuerte, aterrizó en la otra nalga. Bakhar gimió con fuerza, *«¡Ahhh, Dios!»*, apretando los dientes mientras un escalofrío de puro placer masoquista le recorría la espina dorsal. Sus caderas se balancearon instintivamente hacia atrás, buscando el contacto, pidiendo lo que él estaba a punto de darle.

—Mía... —gruñó Siegfried, devorándola con la mirada.

Se inclinó hacia adelante. Mientras su mano izquierda se mantenía anclada en el muslo de ella, acariciando la piel tensa, su mano derecha viajó por el costado de Bakhar, deslizándose bajo la camiseta técnica. Sus dedos grandes y cálidos encontraron su teta, acariciando el pezón endurecido a través del sujetador deportivo. Bakhar se estremeció violentamente al sentir el contraste de la mano en su pecho y la respiración caliente de Siegfried chocando directamente contra su vagina empapada.

Sin más preámbulos, Siegfried hundió el rostro en ella.

El primer contacto fue brutal y directo. Su lengua, plana y firme, barrió desde la base de su entrada hasta el clítoris inflamado en un solo movimiento largo y húmedo.

—¡Siegfried! —chilló Bakhar, sus dedos clavándose desesperadamente en la tela de las sábanas.

*Schlack, schlack, schlack...*

El sonido obsceno y húmedo de la saliva y la carne llenó el aire, un ritmo rápido y constante que Siegfried imponía con la experiencia de un maestro. Al estar ella inclinada hacia adelante, el ángulo le daba a él un acceso total y absoluto, no solo a su clítoris, sino a todos sus pliegues y a la sensible entrada de su ano. Siegfried era un perfeccionista, y su lengua trazó caminos de fuego por cada centímetro de piel sensible. Alternaba entre lamer con amplitud y devorar su clítoris con succiones cerradas y sonoras. *¡Slurp!*

Bakhar estaba perdiendo la cabeza. El nivel de estimulación era abrumador. La firmeza de las manos de él en su muslo y en su pecho la anclaban a la realidad, pero su boca la estaba llevando al límite de la cordura. Sus piernas, famosas por su fuerza inquebrantable, empezaron a temblar bajo ella.

—¡Ah, ah! ¡Por favor...! —rogaba ella entrecortadamente, su cabeza moviéndose de un lado a otro sobre sus brazos—. ¡No me tortures, Sieg...!

—Shh, tranquila, preciosa. Déjate llevar... —murmuró él contra sus pliegues húmedos, su aliento caliente enviando una nueva descarga de electricidad por el cuerpo de la atleta.

Siegfried quería llevarla más allá. Deslizó su mano derecha desde su pecho hasta su vientre plano y tenso, bajando hasta encontrarse con su propia boca. Cubrió el clítoris de Bakhar con su pulgar, frotándolo en círculos rápidos y precisos, mientras introducía dos dedos largos y gruesos en la apretada y húmeda entrada de su vagina.

*¡Squish!*

El sonido de sus dedos penetrándola la hizo arquear la espalda con violencia. Estaba tan mojada que él entró sin resistencia, deslizándose profundo. Comenzó a bombearla con los dedos, flexionándolos en el interior para golpear su punto G con una cadencia rítmica y pesada, imitando el ritmo de una penetración real, mientras su boca bajaba para prestarle atención a la sensible entrada trasera, lamiendo y provocando espasmos involuntarios en todo su cuerpo.

El combo era letal. Dedos bombeando, pulgar frotando el clítoris sin piedad, y su lengua cálida explorando y exigiendo su ano. Bakhar era una mujer fuerte, alguien que dominaba el dolor físico y el agotamiento en el gimnasio a diario, pero bajo el toque voraz de Siegfried, se estaba deshaciendo por completo.

—¡Fuerte! ¡Más fuerte! —exigió Bakhar, su voz convertida en un gruñido ronco, abandonando cualquier intento de contenerse. El sudor perlaba su frente y bajaba por su columna, empapando la camiseta negra.

Siegfried sonrió salvajemente y obedeció. Aceleró el ritmo de sus dedos, *chof, chof, chof*, entrando y saliendo con una fricción que la quemaba y la volvía loca al mismo tiempo. Su lengua volvió al clítoris, chupando con una fuerza que le extrajo un gemido agudísimo a la atleta. Con su mano libre, le dio una última nalgada monumental.

*¡¡PLASSS!!*

Ese fue el detonante. El dolor punzante en su nalga, combinado con la fricción despiadada en su vagina y el bombeo de sus dedos, hizo añicos las defensas de Bakhar. Un grito prolongado y liberador rasgó su garganta, *«¡¡AAAHHH, SIEG!!»*.

Sus paredes vaginales se contrajeron violentamente alrededor de los dedos del gigante, ordeñándolos en espasmos rítmicos y poderosos. Sus piernas temblaron tan fuerte que por un segundo pareció que iba a colapsar sobre la cama, pero Siegfried la sostuvo firmemente por las caderas, recibiendo cada temblor de su cuerpo, bebiendo de sus fluidos y de su clímax con una adoración hambrienta.

No se detuvo de inmediato. Siegfried continuó acariciándola, bajando el ritmo poco a poco, usando movimientos suaves de su lengua para aterrizarla lentamente desde el abismo de placer al que la había arrojado. Bakhar respiraba en bocanadas erráticas, su pecho subiendo y bajando bruscamente, totalmente vaciada, derrotada y exquisitamente satisfecha. Siegfried sacó sus dedos lentamente, besó la suave piel de sus muslos y, finalmente, se apoyó sobre la espalda de su valquiria, cubriéndola con su cuerpo masivo.

El silencio en la habitación duró apenas unos segundos. Bakhar seguía hundida en la cama, recuperando el aliento tras el intenso clímax, cuando sintió las grandes manos de Siegfried aferrarse a sus caderas. Ya no había rastro del cansancio del viaje en él.

—No creas que te voy a dejar descansar tan pronto, preciosa —murmuró él, su voz vibrando con un tono juguetón pero profundamente dominante—. Ven aquí.

Con una fuerza que desafiaba toda lógica, Siegfried tiró de sus caderas hacia atrás, arrastrándola por las sábanas hasta el borde mismo de la cama. Bakhar soltó un jadeo de sorpresa, apoyando los antebrazos en el colchón para estabilizarse, dejando sus piernas colgando por el borde. Siegfried se puso de pie en el suelo de madera.

Él separó las piernas de Bakhar, colocándose en medio. Sus manos ásperas agarraron con firmeza la cintura de Bakhar, hundiendo los pulgares en la carne firme de su abdomen bajo. Sin dudarlo, empujó sus caderas hacia adelante, reclamándola en un solo movimiento rotundo y profundo.

—¡Ahhh, Sieg! —gritó Bakhar, arqueando la espalda violentamente.

El impacto inicial fue abrumador. Al estar él de pie, el ángulo de la embestida era completamente diferente, crudo y directo. Siegfried soltó un gruñido ronco desde el fondo de su pecho, apretando los dientes al sentir la estrechez ardiente que lo envolvía.

*¡Plas!*

Su mano derecha se soltó de la cintura por un segundo para estampar una nalgada seca y sonora en el glúteo de ella. El sonido resonó en las paredes de la habitación.

—¡Mmh! —gimió ella, apretando los puños contra la colcha.

—Eres perfecta... maldita sea, eres perfecta —jadeaba él, marcando un ritmo pesado y constante. *Chof, chof, chof*. El sonido del choque de sus cuerpos llenaba el espacio.

La musculatura de Bakhar se tensaba con cada impacto. Sus famosos cuádriceps temblaban por el esfuerzo de mantenerse en la posición mientras Siegfried, implacable, marcaba el ritmo desde atrás, obligándola a recibir toda su fuerza.

Pero Siegfried quería sentir el peso de su propio cuerpo sobre ella. Sin dejar de moverse, empujó a Bakhar hacia adelante, haciéndola gatear de nuevo hacia el centro del colchón. Ella colapsó sobre su pecho, extendiendo los brazos hacia el frente, exhausta pero ardiendo en deseo.

Siegfried subió a la cama tras ella, colocándose de rodillas y cubriendo gran parte de su espalda con su torso sudoroso. Se inclinó hacia adelante, manteniendo el anclaje profundo, mientras sus manos recorrían la curvatura de la espalda de la atleta, apretando sus dorsales definidos.

*¡Schlack, schlack, schlack!*

El ritmo se aceleró. En esta posición plana sobre el colchón, la fricción era máxima. Bakhar hundía el rostro en las almohadas, emitiendo gemidos ahogados que lo volvían loco.

—¡Más... Sieg, no pares! —rogaba ella, con voz arrastrada por el placer.

—No pensaba hacerlo —respondió él con una sonrisa arrogante, besando la nuca empapada en sudor de la mujer mientras aceleraba las embestidas, haciendo que la cama entera rechinara bajo el peso de sus cuerpos.

La resistencia de Bakhar era legendaria; incluso en medio del placer, sus brazos intentaban empujar hacia atrás para ajustar el ritmo a su favor. A Siegfried le encantaba esa rebeldía atlética, pero esta noche él dictaba las reglas.

En un movimiento fluido, Siegfried deslizó sus manos por los brazos extendidos de Bakhar. Agarró sus muñecas con firmeza y tiró de ellas hacia atrás, atrapando ambos brazos tras la espalda de ella en un agarre inquebrantable.

—¡Oye! —exclamó ella, sorprendida, girando el rostro a medias.

—Déjame hacer el trabajo a mí, guerrera —le susurró él al oído, su aliento caliente chocando contra la piel de ella.

Al inmovilizarle los brazos, Bakhar quedó completamente a su merced, con el pecho aplastado contra el colchón y las caderas ligeramente elevadas, recibiendo el embate continuo. El contraste era exquisito: la mujer físicamente imponente de las redes sociales, totalmente rendida ante la fuerza superior de su pareja. Siegfried aprovechó la vulnerabilidad, bombeando con golpes largos y profundos.

*¡Plas! ¡Plas!* Con una sola mano manteniendo sus muñecas unidas, usó la otra para castigar suavemente sus muslos y nalgas, dejando marcas rojizas sobre la piel bronceada. Bakhar gruñía de puro placer, una mezcla de frustración por no poder moverse y sumisión absoluta a la tormenta de sensaciones.

Justo cuando Bakhar pensaba que no podía soportar más, Siegfried soltó sus muñecas. Ella dejó caer los brazos hacia adelante, jadeando, pero antes de que pudiera relajarse, la gran mano del gigante se hundió en su larga cabellera oscura.

Siegfried cerró el puño, atrapando un buen mechón de cabello, y tiró suavemente hacia atrás. Bakhar soltó un quejido agudo, viéndose obligada a levantar el torso y arquear el cuello, exponiendo su garganta a la tenue luz ámbar. Al mismo tiempo, Siegfried deslizó su brazo libre por debajo del cuerpo de ella, levantando sus piernas desde las rodillas y doblándolas hacia arriba, forzando una apertura aún más profunda y extrema.

—Mírame... —gruñó Siegfried, su rostro a centímetros del de ella, mientras la mantenía arqueada.

Sus miradas se cruzaron. Los ojos de Bakhar estaban oscuros, dilatados, brillando de sudor y lujuria. La conexión visual multiplicó la intensidad del momento. Siegfried comenzó a moverse de nuevo, pero esta vez con una lentitud tortuosa, rozando cada pared interna, haciendo que la atleta se mordiera el labio inferior hasta casi hacerlo sangrar.

—Sieg... por favor... estoy cerca —confesó ella, su voz quebrándose, temblando bajo el agarre en su cabello y la posición forzada de sus piernas.

—Lo sé. Pero quiero ver tu cara cuando pase —respondió él, con una sonrisa noble pero feroz.

Sin romper la conexión, Siegfried la tomó de la cintura, levantándola casi en vilo. La fuerza brutal del guerrero se hizo evidente mientras la sacaba de la cama y caminaba los pocos pasos que los separaban de la sala de estar, sin separarse de ella.

—¡Siegfried, estás loco! —rio Bakhar a carcajadas, aferrándose a sus hombros anchos mientras él caminaba.

—Te dije que te extrañé —respondió él, divertido.

Llegaron al gran sofá de cuero del salón. Siegfried la depositó boca arriba sobre los cojines, acomodándose inmediatamente sobre ella. La luz de la luna entraba por el ventanal, iluminando el rostro de la atleta.

Para tener el control absoluto, Siegfried tomó la musculosa pierna derecha de Bakhar y la levantó en el aire, pasándola por encima de su propio hombro masivo. La otra pierna de ella quedó flexionada contra el sofá. Era una apertura total.

Siegfried se inclinó hacia adelante, apoyando su peso sobre sus antebrazos para no aplastarla por completo, y hundió su rostro en el cuello de ella, dejando un rastro de mordiscos y besos húmedos.

—Aquí estamos... —susurró él contra su piel, comenzando la serie final de embestidas.

El ritmo volvió a ser frenético, desesperado. El choque húmedo de la piel resonaba en la sala silenciosa. Bakhar cerró los ojos con fuerza, sus manos clavándose en la ancha espalda del gigante, arañando la piel llena de cicatrices. Con su pierna sobre el hombro de él, la penetración alcanzaba rincones que la hacían perder por completo la cabeza.

—¡Sí... ahhh, Sieg, así! —gritó, su voz perdiendo cualquier atisbo de contención.

Siegfried gruñía a cada golpe, su propio límite acercándose rápidamente. La visión de Bakhar entregada debajo de él, su cuerpo empapado en sudor y sus músculos tensos por el orgasmo inminente, fue el golpe de gracia.

—¡Contigo, Bakhar...! —rugió él.

El orgasmo golpeó a la atleta primero; una oleada de espasmos violentos que hizo que sus paredes se contrajeran como un tornillo de banco alrededor de Siegfried. Él lanzó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras soltaba un gruñido gutural y profundo, rindiéndose a su propio clímax, vaciándose por completo con pulsaciones fuertes y pesadas.

Ambos colapsaron sobre el sofá. Siegfried dejó caer su frente sobre el hombro de Bakhar, su respiración agitada haciendo eco en el salón. Ella, sin fuerzas ni para mover la pierna que seguía apoyada en el hombro de él, simplemente levantó una mano temblorosa y acarició el cabello húmedo del gigante.

—Bienvenido a casa, grandulón... —susurró ella, con una sonrisa exhausta pero inmensamente feliz en los labios.

—Si todos los regresos van a ser así... —murmuró él, besando suavemente la piel salada de su clavícula—, viajaré más a menudo.

El eco de sus respiraciones agitadas llenaba la sala de estar. El sofá de cuero, testigo de la tormenta anterior, estaba tibio bajo sus cuerpos entrelazados. Bakhar tenía los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando erráticamente mientras intentaba recuperar el control de sus pulmones. Siegfried, con su peso descansando a un lado para no aplastarla, acariciaba suavemente el hombro desnudo de su valquiria.

—Eres un animal, Sieg... —murmuró ella, con una sonrisa perezosa curvando sus labios. Su voz era ronca, casi un susurro arrastrado por el cansancio.

—Y tú eres la única que puede seguirme el ritmo —respondió él, depositando un beso tierno en su frente—. Pero el sofá no es lugar para dormir, preciosa. Vamos a la cama.

Con la misma facilidad con la que levantaba pesas olímpicas, Siegfried pasó un brazo bajo las rodillas de Bakhar y el otro por su espalda, levantándola en vilo. Ella pasó los brazos por su cuello, escondiendo el rostro en la curvatura de su hombro, disfrutando de la seguridad que le daba su inmensa fuerza. El gigante caminó de regreso a la habitación, donde la luz ámbar seguía filtrándose por las persianas, y la depositó con una delicadeza infinita sobre las sábanas revueltas.

Siegfried se acostó a su lado. Ya no buscaba dominarla desde atrás ni exhibir su anatomía. Esta vez, quería verla a los ojos. Quería sentir su aliento mezclándose con el suyo.

Se acomodaron de lado, cara a cara. La diferencia de tamaño era evidente, pero encajaban a la perfección. Bakhar levantó un brazo, con los músculos aún tensos por el esfuerzo del día, y rodeó el grueso y cálido cuello de Siegfried, entrelazando sus dedos en su nuca. Él hizo exactamente lo mismo, pasando su brazo izquierdo por debajo de ella para sostener su cuello, acercándola hasta que sus frentes se tocaron.

La cercanía era embriagadora. Siegfried deslizó su mano derecha por la espalda de la atleta, sintiendo la humedad del sudor en su piel, bajando hasta la firmeza de sus nalgas. La apretó con suavidad, un contraste inmenso con las nalgadas brutales de hacía unos minutos.

—Abre las piernas para mí, mi reina —susurró él, rozando la nariz de Bakhar con la suya.

Ella obedeció, soltando un pequeño suspiro. Siegfried deslizó su inmensa pierna derecha entre los muslos de ella. Para acomodarse mejor, Bakhar dobló su propia pierna superior y rodeó con ella la cadera de Siegfried, descansando su pantorrilla sobre la gruesa rodilla de él. La posición los entrelazó por completo, pecho contra pecho, vientre contra vientre, creando una fricción constante y deliciosa con cada respiración.

El ángulo era perfecto. Al estar de lado y con la pierna de ella sobre la de él, la entrada de Bakhar quedó expuesta de una manera diferente.

—Te extrañé tanto... —murmuró Siegfried. Y con un movimiento lento, agónico y terriblemente suave, empujó sus caderas hacia adelante, uniéndose a ella de nuevo.

—Mmm... Dios... —Bakhar cerró los ojos, apretando su agarre en el cuello del gigante.

La penetración no fue profunda ni salvaje como en la sala. Fue corta, superficial, pero ridículamente precisa. El ángulo de la postura de lado permitía que cada suave embestida rozara los puntos más sensibles de Bakhar en la entrada y rozara esa zona interna frontal que la hacía temblar desde los cimientos.

Siegfried estableció un ritmo lánguido. *Roce, presión, retiro*. Era una tortura lenta, un sexo sensual y profundamente apasionado que obligaba a ambos a concentrarse en cada centímetro de piel compartida.

—Siete días... —dijo Siegfried en un susurro ronco, abriendo los ojos para clavar su mirada oscura en la de ella—. Siete días viendo pesas, entrenadores y cronómetros. Y lo único en lo que podía pensar era en el olor de tu cabello y en cómo se siente tu piel.

Bakhar sonrió, una sonrisa genuina que rara vez mostraba en sus fotos de redes sociales, reservada solo para el hombre que conocía a la mujer detrás de la leyenda del fitness.

—Yo tampoco dejé de pensar en ti —confesó ella, levantando un poco el mentón para buscar sus labios—. El martes rompí mi récord personal de sentadillas... todos estaban aplaudiendo en el gimnasio, grabando videos. Pero yo solo quería que tú estuvieras ahí para verlo. Y para que me dieras un masaje después.

Siegfried soltó una carcajada baja que vibró contra el pecho de Bakhar. Se inclinó y atrapó sus labios en un beso lento, saboreándola. Sus lenguas se encontraron en una danza suave que imitaba el ritmo pausado de sus caderas.

—Estoy muy orgulloso de ti —le dijo él al separarse un milímetro de sus labios, su mano derecha masajeando lentamente el glúteo de ella, sintiendo la fibra muscular relajarse bajo su tacto—. Pero ahora mismo, el único masaje que vas a recibir es este.

Bakhar soltó un quejido cuando él modificó ligeramente el ángulo de sus caderas, frotándose exactamente contra su punto más sensible. El ritmo de Siegfried era constante, el hombre marcaba la pauta con una paciencia infinita. Cada vez que ella intentaba empujar hacia adelante, buscando más profundidad por puro instinto, él retrocedía un poco, manteniéndola en esa agonía de penetración poco profunda que la estaba volviendo loca.

—Sieg... entra más... por favor —suplicó ella, con la voz ahogada contra el cuello de él.

—No —respondió él, con una amabilidad que contrastaba con su negativa—. Relájate. Siente esto. Quiero besarte mientras te vuelves loca.

Y lo hizo. Mientras sus caderas mantenían ese vaivén hipnótico y superficial que estimulaba su punto G y su clítoris con cada roce de sus vientres, Siegfried comenzó a repartir besos por todo su rostro. Besó sus mejillas sonrojadas, sus párpados cerrados, la punta de su nariz, y luego bajó al cuello.

Bakhar jadeaba, su pierna apretando con más fuerza la cadera de él. Las caricias de la mano derecha de Siegfried eran una obra de arte: trazaban la línea de su columna, subían para acariciar su omóplato, y luego bajaban pesadamente para amasar sus muslos y nalgas. Era una estimulación completa, envolvente.

—Eres tan hermosa, Bakhar... eres mi hogar —le susurraba él entre besos ardientes en su mandíbula.

—Y tú eres mi gigante... ah... Sieg... —Ella dejó caer la cabeza hacia atrás, dándole más acceso a su cuello. La lentitud del acto estaba construyendo una tensión abrumadora en su bajo vientre. No era un clímax violento como el anterior; era una ola de calor denso que subía lentamente, amenazando con ahogarla.

—Dímelo —exigió él suavemente, deteniendo el ritmo por un segundo, solo rozando las entradas, manteniendo la tensión al máximo.

—¿Decirte qué? —gimió ella, abriendo los ojos de golpe, desesperada por la pausa.

—Dime a quién le perteneces cuando cierras la puerta de esta casa. Cuando no hay cámaras, ni gimnasios, ni fans.

Bakhar lo miró. Vio la nobleza en sus ojos, la devoción absoluta que este guerrero le profesaba. Apretó su agarre en su cuello, tirando de él para unir sus labios en un beso feroz, lleno de hambre y sinceridad, mientras sus caderas se movían solas contra él.

—A ti, Siegfried. Soy toda tuya —murmuró ella contra su boca.

Esa fue la respuesta que él necesitaba. Siegfried soltó un gruñido afirmativo y reanudó el ritmo, esta vez con un poco más de presión, besándola profundamente mientras compartían el aliento. El clímax llegó para ambos envuelto en esa intimidad extrema. No hubo gritos fuertes, solo gemidos compartidos, suspiros ahogados y la fuerza de sus brazos aferrándose el uno al otro mientras las contracciones los sacudían en ese abrazo de lado.

Cuando la tormenta pasó, ninguno de los dos se movió. Siguieron entrelazados, cara a cara, sus piernas enredadas y la mano de Siegfried descansando protectoramente sobre la espalda de su valquiria, listos para finalmente dormir... al menos por un par de horas.

El sol de la mañana apenas comenzaba a filtrarse por las persianas del apartamento. A pesar de la maratónica noche, los cuerpos de estos dos titanes estaban hechos para resistir. Bakhar despertó primero. El dolor sordo y placentero en sus muslos era un recordatorio delicioso de la noche anterior. Miró a Siegfried, quien seguía durmiendo plácidamente en el sofá donde habían terminado su segundo round.

Con una sonrisa pícara, Bakhar decidió que era su turno de tomar el control. Se deslizó sobre el gigante dormido, acomodando sus rodillas a los lados de sus caderas estrechas. Con un movimiento fluido, se hundió en él, despertándolo de golpe.

—¡Uf...! —exclamó Siegfried, abriendo los ojos de par en par al sentir la humedad cálida que lo envolvía.

—Buenos días, dormilón —ronroneó ella.

Bakhar se sentó a horcajadas sobre él en el sofá, con el torso ligeramente inclinado hacia atrás y las manos apoyadas firmemente en los muslos del guerrero. Ella comenzó a cabalgarlo con un ritmo autoritario. *¡Chof, chof, chof!* Sus glúteos de acero se tensaban con cada subida y bajada.

—*¡Ahhh... Dios, Bakhar!* —gruñó Siegfried, agarrando sus caderas para ayudarla con el ritmo—. Qué manera de despertar...

—Tú mandaste anoche, Sieg. Hoy es mi gimnasio, mis reglas —jadeó ella, acelerando el paso.

Para variar el ángulo y buscar una fricción distinta, Bakhar se dejó caer de lado sobre los cojines del sofá, manteniendo la conexión profunda. Entrelazó una de sus piernas en el aire mientras él la abrazaba contra su pecho, permitiendo un movimiento lateral que rozaba su punto más sensible.

—*¡Mmm, sí... ahí!* —suspiró Bakhar, cerrando los ojos.

—Eres insaciable... —murmuró él, besando su hombro. Con su fuerza brutal, Siegfried se incorporó de un solo impulso, levantándola consigo hasta quedar sentados frente a frente. Bakhar rodeó su grueso cuello con los brazos y echó la cabeza hacia atrás en puro éxtasis mientras él empujaba desde abajo.

—*¡Ah! ¡Sieg, qué profundo!* —gritó ella, sintiendo cómo esa postura sentada abría su interior por completo a la inmensidad del guerrero.

La sangre hervía de nuevo. Siegfried, completamente despierto y con el instinto cazador a flor de piel, la levantó en brazos sin desconectarse. Caminó con ella hasta el área despejada del salón, donde Bakhar guardaba su equipo de entrenamiento en casa.

—Ayer te dije que quería verte usar tus juguetes —dijo él con una sonrisa depredadora, soltándola junto a una gran pelota de pilates blanca.

Bakhar entendió de inmediato. Se dio la vuelta y se apoyó de espaldas sobre la esfera de goma, arqueando la columna y dejando caer los brazos y la cabeza hacia el suelo, mientras sus caderas quedaban perfectamente expuestas. Siegfried no perdió un segundo y la tomó desde atrás.

*¡Plaf, plaf, plaf!* El sonido del choque contra sus nalgas y el leve rebote de la pelota creaban un ritmo hipnótico.

—*¡Agh... Sieg... es increíble!* —jadeaba ella, sintiendo la sangre correr a su cabeza por la postura invertida, multiplicando el vértigo del placer.

En un movimiento brusco pero calculado, Siegfried pateó la pelota a un lado. Bakhar cayó al suelo apoyándose en sus antebrazos y rodillas. Él se inclinó sobre su espalda, y para maximizar el acceso, Bakhar levantó una de sus musculosas piernas, apoyándola directamente sobre el muslo del guerrero.

—Esa flexibilidad... me vuelve loco —gruñó Siegfried. Su pecho sudoroso chocaba contra la espalda de ella. *¡Schlack, schlack, schlack!*

Siegfried quería sentirla rendida bajo su peso. La empujó suavemente hasta obligarla a acostarse completamente boca abajo en la alfombra, alzando solo ligeramente sus caderas mientras él se arrodillaba sobre ella, penetrándola desde un ángulo crudo y animal.

—*¡Mmm...! ¡Más fuerte, Sieg!*exigió la atleta, sus dedos clavándose en la alfombra.

—Como ordene mi reina.

Para asegurar su dominio, Siegfried deslizó sus manos hasta las muñecas de Bakhar, tirando de sus brazos hacia atrás y atrapándolos en su espalda, inmovilizándola contra el suelo. Ella soltó un quejido de frustración y placer; amaba pelear, pero amaba aún más cuando este titán le demostraba que era físicamente superior.

El ritmo se volvió salvaje. *¡Plas! ¡Plas! ¡Plas!* Para coronar la tensión, él soltó sus brazos y agarró un grueso mechón de su oscuro cabello con firmeza, obligándola a levantar la cabeza mientras embestía con furia.

—*¡SÍ! ¡Joder, Sieg, SÍ!* —gritó ella, con la voz rota.

—Mírame... mira cómo te reclamo —rugía él, perdiendo cualquier rastro de la nobleza tranquila para dejar salir a la bestia.

Siegfried la levantó del suelo, llevándola de regreso a la habitación principal. La depositó de manera que quedó recostada boca abajo con las piernas colgando por el borde del colchón. Él se quedó de pie en el suelo, abriendo las piernas de ella y reclamándola con embestidas largas y definitivas.

—*¡Uf, uf, uf!* —El aliento de Bakhar golpeaba las sábanas. La fricción en ese ángulo la estaba llevando peligrosamente cerca de su límite.

—Date la vuelta, preciosa. Quiero verte la cara —ordenó él.

Bakhar obedeció exhausta, dándose la vuelta para quedar boca arriba. Él se acomodó sobre ella, entrelazando sus piernas en el aire. Se besaron con desesperación, devorándose la boca mientras compartían el aliento caliente. Pero Siegfried quería más profundidad. Levantó las pesadas y musculadas piernas de la atleta, doblándolas por completo y apoyándolas sobre sus propios anchos hombros.

—*¡Aaaaah!* —Un grito agudo escapó de la garganta de Bakhar. En esa posición, Siegfried estaba tocando el fondo absoluto.

—Estás a punto, lo sé —le susurró él, mirándola fijamente a los ojos—. Vente para mí, Bakhar.

*¡Chof, chof, chof!* Las embestidas finales fueron como martillazos de puro fuego. Bakhar comenzó a temblar, sus cuádriceps tensándose sobre los hombros de él.

—*¡Sieg... Sieg... ahora!* —Aulló ella, arqueando la espalda mientras su interior se contraía violentamente alrededor de él. El espasmo de ella fue el gatillo para Siegfried, quien lanzó un rugido gutural y se vació en su interior con varias pulsaciones pesadas y candentes.

Completamente agotados, Siegfried bajó las piernas de ella y se dejó caer a su lado. Respiraban como si acabaran de correr una maratón en el desierto. Sin decir una palabra, él la atrajo hacia sí, acomodándola de lado y dándole la espalda. Se unieron por última vez en una suave y dulce posición de cucharita, con él abrazándola por la cintura y manteniéndose dentro de ella, moviéndose a un ritmo letárgico, lento y lleno de un amor profundo, arrullándola con el contacto de su piel.

—Eres mi mayor victoria, Bakhar —murmuró Siegfried contra su oído, besando su nuca humedecida por el sudor.

—Y tú eres la mía, gigante hermoso —respondió ella, cerrando los ojos y dejando caer una mano sobre el grueso brazo de él que la abrazaba.

Tras unos minutos, el movimiento cesó por completo. Se separaron lentamente, el frío de la mañana acariciando sus cuerpos desnudos. Siegfried se levantó de la cama, recogió la manta que había caído al suelo y arropó con ternura a la mujer más fuerte que conocía.

Un rato después, el aroma a café recién colado y a huevos revueltos llenó el apartamento. Bakhar apareció en la cocina usando solo una de las camisas inmensas de Siegfried, la cual le llegaba a la mitad del muslo. Lo encontró frente a los fogones, preparando un desayuno digno de campeones.

Ella se acercó por detrás, abrazándolo por la cintura y apoyando la mejilla en su inmensa espalda llena de cicatrices.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó ella suavemente.

—¿Que cocino mejor que tú? —bromeó Siegfried, girándose a medias para mirarla con esa sonrisa radiante y noble.

—No —rio ella, dándole un golpecito en las costillas—. Lo mejor es que, en este mundo loco de gimnasios, fans y cámaras, este es nuestro santuario. Y tú... eres mi paz.

Siegfried apagó la estufa, se dio la vuelta completa y tomó el rostro de Bakhar entre sus grandes manos callosas, besando su frente con una devoción absoluta.

—Mi hogar siempre será donde tú estés, valquiria.

Se quedaron así, abrazados bajo la luz dorada del sol caribeño que entraba por la ventana, sabiendo que, sin importar las batallas que enfrentaran en el mundo exterior, en esa casa, siempre encontrarían su cielo y su infierno juntos. Un final perfecto para dos almas imparables.

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