Prólogo
Durante la década de los 80 y 90, Estados Unidos no temía a los monstruos de las películas, sino a sus propios hijos. Una ola de histeria colectiva, conocida como el Pánico Satánico, provocada por la publicación de un libro de nombre Michelle Remembers y el caso del Preescolar de McMartin, se filtró por las rendijas de los hogares suburbanos, alimentada por reportajes sensacionalistas y sermones dominicales. Noticias de abuso físico y sexual, abuso infantil, secuestros, asesinatos y presuntos sacrificios mantenían a la población en completa alerta, desviando sus miradas a quienes eran diferentes, considerándolos los inadaptados de la sociedad.
Desde los juegos de rol como Calabozos y Dragones, hasta la música heavy metal, eran considerados como medios de reclutamientos para cultos satánicos que inducían a los jóvenes al suicidio, drogas, crimen, abusos ritualísticos o rebeldía en general. Para la sociedad conservadora, un cassette de Marilyn Manson reproduciéndose en un walkman no era solo música; era una invitación al diablo. Aquellos que vestían con una estética oscura, calzando botas de combate, portando franelas con logos de bandas de rock, cadenas y maquillaje pesado, eran marginados y señalados sin pruebas al momento en que algún incidente considerado «satánico» ocurría en alguna localidad.
Fue en esta época de paranoia, donde la sospecha pesaba más que la evidencia, cuando la tormenta decidió arrastrar a los mellizos Thornwood a un sin fin de acusaciones y acoso en su comunidad únicamente por su aspecto exterior. Sin saber, sin embargo, que realmente se estaban enfrentando a unos verdaderos brujos parte del antiguo aquelarre Némesis.