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Diez años no son nada

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Summary

Mario vuelve a Alcentia con dos nuevos amigos bajo el brazo y ganas de recuperar el tiempo perdido con sus mejores amigas de la infancia. Tras ampliarse, la pandilla nunca volverá a ser la misma. Alcentia es un lugar al que cuesta no querer volver. Si no, que se lo digan a Mario, que regresa a su ciudad natal dejando atrás Jacalarza, su equipo de fútbol y la toxicidad que se respiraba en él. Las hermanas Sandra y Elvira, sus mejores amigas desde que los tres eran unos críos, reciben su regreso con entusiasmo y grandes dosis de nostalgia. Acogen con el mismo agrado a Èric y Anna María, amigos que Mario hizo en Jacalarza y que lo siguen hasta Alcentia por motivos distintos: Èric, para unirse también a las filas del Alcentia C.F. y Anna María, para rodearse de un ambiente más animado. Estas incorporaciones llevan al pequeño grupo a recorrer lugares emblemáticos, comer en restaurantes, entablar conversaciones de las que atrapan, fascinarse con las pasiones del otro... Y es que cada uno de estos cinco jóvenes tiene un sueño que lo mueve y que influye tanto sus decisiones como su forma de relacionarse con la pandilla.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

Prólogo

El sonido de las agujas del reloj quedó silenciado por el de la tiza golpeando la pizarra antes de cada trazo y el murmullo animado de los estudiantes, que trataban de adivinar lo que su profesor estaba escribiendo. Cuando el hombre terminó, se podían leer las palabras «Mis planes para el verano».

Con una pequeña sonrisa, el profesor se giró y paseó la mirada por la clase.

—Esta redacción será uno de los últimos deberes que os mande —dijo—. Os la pongo más que nada porque creo que será interesante ver cómo pasaréis vuestras últimas vacaciones de verano antes de empezar la ESO. Como quedan pocos días de clase y esto cuenta para nota, me gustaría que la tengáis para el lunes 6.

El verde de los pupitres se llenó de agendas abiertas. A pocos días para acabar el curso, no había mucho en sus páginas salvo por unos pocos deberes y un par de exámenes que faltaban todavía. En algunas agendas se veían cosas como «repesca» o «repetir examen de mates». Ignorando de momento esos y otros recordatorios, los niños escribieron bajo el encabezado del lunes 6 que debían entregar ese escrito para clase de Castellano.

—Yo ya tengo claro lo que voy a hacer este verano —le susurró con entusiasmo mal disimulado una de las niñas a su compañero de pupitre—. La semana que viene por fin sale Misterios en Twinbrook, pero esperaré a que acaben las clases para empezar a leerlo. Así lo disfrutaré más.

El niño al que le hablaba dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Yo estoy igual; deseando que acaben las clases para poder tirarme un rato cada día en la playa practicando mi técnica con el balón, que seguro que a partir de ahora el entrenador va a ser un poco más exigente.

—No creo que tengas que preocuparte tanto, tu técnica con el balón está bien como está. —La niña centró su atención de nuevo en el profesor, que aún estaba dando indicaciones sobre el escrito. Se volvió hacia su amigo poco después—. También queda poco para la Fiesta del Patrón de los Pescadores. ¡No nos podemos olvidar de ponerlo!

—Hombre, claro que no. ¡Creo que es lo primero sobre lo que escribiré!

Como los dos niños estaban en la primera fila, al profesor no le costó escuchar la conversación entre ambos. Se dio la vuelta y con una expresión divertida, se colocó las manos en la cintura y les dijo:

—Sandra y Mario, me parece genial que compartáis vuestras ideas para la redacción, pero ahora mismo preferiría que prestaseis atención a la clase.

Los susodichos exhalaron por la nariz y asintieron. Ahora empezaban a ocupar la pizarra frases que iban a desglosar entre todos en busca de elementos como complementos directos, complementos indirectos y demás criaturas del mundo de la sintaxis. El profesor le pidió a una de las niñas de la penúltima fila que dijera cuál era el complemento circunstancial en la oración «María se compra un helado en el chiringuito de una playa tropical».

Mientras la compañera daba su respuesta, Mario le dio un toque en el brazo a Sandra y musitó:

—¿Qué te parece si vamos a mi casa después de clase para empezar las redacciones?

—Me parece bien. Se lo diré a Elvira cuando salga del instituto, así hace los deberes con nosotros.

—Vale.



Tan solo tres horas después, las clases ya habían terminado. Mario sacó las llaves del bolsillo y abrió la puerta de casa. Su madre debía estar allí en esos momentos, pero no se veía a nadie desde el recibidor. El niño saludó para asegurarse de que él y sus acompañantes no estaban solos.

—¡Hola, mamá! He venido con Sandra y Elvira para hacer unos deberes.

Unos pasos ligeros y suaves se acercaron al recibidor. Por el arco que lo separaba del salón apareció Elena, la madre de Mario. La mujer les dedicó una sonrisa mientras se secaba las manos con un trapo de cocina.

—¿Cómo os han ido hoy las clases?

—Han ido bien, como siempre. —Mario se descolgó la mochila—. El profe de Castellano nos ha mandado una redacción sobre lo que vamos a hacer este verano, que va a ser el último antes de pasar a ESO.

—Es verdad, se podría decir que será un verano especial.

—Sí, se va a hacer un poco raro pensar que el próximo curso ya será en el instituto y no en el colegio. —Sandra se quitó también la mochila.

—A mí me pasó lo mismo cuando acabé mi último año en Primaria... —La joven suspiró—. Bueno, yo ya me voy a casa. Vendré a recoger a Sandra cuando me avise.

—¿Y por qué no te quedas con nosotros? —preguntó Elena.

—Claro —le dijo Sandra a su hermana mayor—, si te he dicho que nos acompañes para que hagamos los deberes todos juntos.

Elvira apretó los labios y osciló la cabeza, sopesando la idea.

—Tienes razón, creo que lo pasaré mejor haciendo los deberes con vosotros que estando sola en mi habitación.

Los tres siguieron a Elena al interior y atravesaron el salón. De las paredes colgaban adornos de madera —creados por el padre de Mario, carpintero— y cuadros que mostraban paisajes varios, mayormente de bosque o de playa. Junto a ellos había también alguna que otra foto familiar; en una se podía ver a un Mario de tres años que sujetaba una pelota de fútbol casi más grande que su cabeza.

—¿Habéis comido algo antes de venir? —preguntó Elena antes de llegar a la cocina.

Su hijo se llevó una mano a la frente.

—Pues no, hemos venido aquí directamente y no hemos pensado en comer.

—Vale. Sentaos a la mesa, que enseguida os traigo algo.

Mario y las chicas se sentaron a la mesa del salón, redonda y cubierta con un mantel de rayas rosas y verdes. Poco tiempo después, Elena regresó sosteniendo una bandeja que contenía varias galletas de chocolate rellenas de frambuesa, un brik de zumo multifrutas y tres vasos de cristal.

—Para que tengáis algo en el estómago antes de empezar con los deberes —dijo la mujer dejando la merienda sobre la mesa.

—¡Gracias! —Los ojos de los niños chispearon.

Los tres cogieron sendas galletas casi a la vez. Elena sabía que eran de sus favoritas y justo había comprado un paquete el día anterior, así que ese era el momento perfecto para empezarlo.

Entre bocado y bocado, tuvo lugar una breve conversación.

—Este será uno de vuestros últimos trabajos como alumnos de Primaria, ¿no? —se interesó Elena dedicándoles una sonrisa a su hijo y a Sandra—. ¿Estáis listos para el paso a Secundaria?

—Sí… Pero me preocupa un poco que las clases del instituto sean más complicadas de lo que espero —admitió la niña.

—¿Te acuerdas de la charla del profesor del instituto, diciéndonos a todos que si nos confiábamos nos íbamos a pegar «una leche con la realidad»? —Mario puso los ojos en blanco y tomó un sorbo de zumo.

—Pues yo no creo que vayáis a tener problemas —intervino Elvira. Volvió la cabeza hacia Elena—. Sandra sacó un nueve en el último examen de Castellano que hizo y Mario, un ocho en el de Inglés.

—Sí, me lo enseñó el otro día —Elena se inclinó hacia delante—. Yo pienso como Elvira: mientras sigáis siendo igual de aplicados que siempre, la ESO debería ser pan comido para vosotros —dicho esto, se dirigió a la adolescente de nuevo—. Y tú qué, ¿te apuntarás al curso de Jardinería y Floristería este año?

—¡Claro! Estoy deseando hacerlo por las prácticas, que son a lo que más ganas le tengo, pero sé que primero tendré que esforzarme mucho para llegar a ese punto.

—El curso dura dos años, ¿no?

—Sí, poco más de dos años.

—Bueno, pero se te pasarán volando y seguro que te irá genial —Elena miró al trío con orgullo—. A todos os esperan cambios emocionantes este año. ¡Si es que ser joven es de lo más entretenido!

Los chavales rieron ante el comentario y merendaron a la vez que hablaban con Elena de los momentos más destacados del día. Cuando estuvieron satisfechos con las galletas —y quitaron las miguitas de la mesa—, tomaron sus respectivas mochilas y las abrieron. Sandra y Mario sacaron el libro de Castellano, el cuaderno que dedicaban a la asignatura y el estuche. Elvira hizo lo mismo, solo que su libro y cuaderno eran de Matemáticas.

—No es justo, yo me pongo a calcular integrales y vosotros hacéis una redacción —bromeó Elvira.

—No te preocupes, ya verás la de deberes de mates que nos van a mandar para las vacaciones —contestó Mario con el mismo tono desenfadado de la chica.

Él y Sandra abrieron los cuadernos y anotaron la fecha en la parte superior de la hoja. Era dos de junio, así que a su último curso como estudiantes de Primaria le quedaban veinte días. Un poco más abajo, escribieron el título que su profesor había proporcionado para la redacción.

—Vamos allá —dijo Sandra deslizando el bolígrafo por la hoja del cuaderno.

Los dos niños ya tenían claros sus propósitos para el verano, así que no iban a tardar en tener esa tarea terminada. Lo que no sabían era que a sus redacciones les iba a faltar un evento crucial que ni uno ni otro podían ver venir en ese momento.



Igual que el curso escolar empieza y termina, las vacaciones de verano también llegan a su fin. Los anuncios de material escolar y de coleccionables varios eran molestos recordatorios para los estudiantes, que no los necesitaban para saber que el regreso a sus obligaciones académicas estaba a la vuelta de la esquina.

Ese momento del año siempre se hace raro en Alcentia, donde ni el calor ni el influjo de turistas se retiran de forma definitiva hasta finales de octubre. Muchos lo ven como un choque entre dos mundos: por un lado están los niños y adolescentes que caminan hasta el colegio o el instituto con la mochila a cuestas y la espalda regada en sudor; por otro están los grupos de veraneantes —a menudo familias o pandillas de amigos, pero también se les puede ver en solitario— que se pasean por la acera de enfrente en dirección a la playa, dispuestos a pasar allí gran parte del día. No hace falta decir que a los chavales no les hace mucha gracia ese contraste. Y de los que a veces tienen que llegar tarde a clase porque no paran de pasar coches y taxis mejor ni hablamos. Menos mal que solo era 23 de agosto y todavía les quedaban algunas semanas de libertad.

Una de las zonas de Alcentia donde más se nota este verano extendido es Lago Grande, un lugar de la zona portuaria del municipio conocido por el complejo de apartamentos que allí se encuentra. Se lo considera de lujo por su cercanía a la playa y sus excelentes vistas al mar, lo cual explica que muchas de las residencias tengan grandes terrazas.

En Lago Grande vivían Sandra, Mario y sus respectivas familias. No tenían tanto dinero como los vecinos del complejo, así que vivían a las afueras y sus casas eran mucho más sencillas. Aunque estaban más lejos de la playa, desde los balcones se alcanzaba a ver el mar entre los tejados de los edificios. También se solían ver pequeñas embarcaciones y de vez en cuando, coloridos parapentes de los que colgaban personas con sed de emociones fuertes.

Lo que sí se veía bien desde las casas de Sandra y Mario era el largo canal que desemboca en el lago que le da nombre a la zona. Cómo cada verano, dieron algún que otro paseo bordeando el canal, pero más paseos dieron por la playa. Allí Mario aprovechaba la compañía de Sandra y Elvira para hacer rondos y más tarde, Sandra se sentaba bajo alguna sombrilla para leer sus libros o navegar por internet en el teléfono. Vamos, las cosas que dijeron que harían en su redacción de Castellano.

En aquel momento Sandra se encontraba sentada en el balcón de su casa, leyendo mientras escuchaba música en su MP4. El libro que tenía en sus manos era Misterios en Twinbrook; contaba la historia de Laila Aguirre, una detective que se muda a una pintoresca ciudad industrial donde resuelve casos de los más variados. La pequeña había estado esperando el lanzamiento de esa historia con ganas y al final, cumplió sus expectativas hasta tal punto que esa era ya su tercera lectura.

Inmersa en uno de sus capítulos favoritos, Sandra giró una nueva página. La protagonista estaba a punto de dar con la pista que conduciría a la resolución del caso y Sandra leía sin despegar los ojos de la página, pero antes de llegar a la mitad, su madre la llamó desde la puerta.

—Sandra, Mario ha venido a verte.

—Voy.

La niña dejó el libro y el MP4 en la mesa de la terraza y se dirigió a la entrada de su casa. Al otro lado la esperaba Mario.

—¡Hola! —saludó Sandra con una gran sonrisa. —Justo ahora estaba leyendo el capítulo de Misterios en Twinbrook en el que resuelven el caso de la chica que fue asesinada por su cuñada y enterrada en el jardín de la mansión donde viven su hermano y su otra cuñada.

—Ah sí, el de Lolita Summers —Había un ligero frunce en el ceño de Mario, pero a su amiga le pasó desapercibido.

—Estaba en la parte donde Laila descubre las botas con tierra de la cuñada de… —Sandra se detuvo a estudiar el semblante de Mario: cejas arrugadas, hombros caídos, mirada baja…—. ¿Estás bien?

—¿Podemos ir a tu habitación a hablar?

Aunque a Sandra se le tensó el cuello, se dio la vuelta como señal para que Mario la siguiera. Los dos amigos atravesaron el salón con pasos lentos y pesados y recorrieron en silencio el pasillo donde se encontraban el resto de habitaciones de la caso. Ese silencio se mantuvo cuando Sandra abrió la puerta de su cuarto y ambos entraron. La niña encendió la luz y se giró.

—¿Quieres sentarte?

—Sí. —Mario tomó la silla de escritorio de Sandra, la hizo girar sobre su eje y se sentó en ella. Mientras tanto, Sandra ya se había tomado asiento en el borde de la cama. Mario respiró hondo—. Es que… tengo que contarte algo.

Sandra apretó los labios y exhaló por la nariz.

—¿Tiene que ver con lo desanimado que estás?

Mario se replegó sobre sí mismo. ¡Si es que era como un libro abierto!

—Pues sí —El niño suspiró. Apartó la mirada de Sandra y arrastró las uñas por las bermudas. Salían rayas de un color claro al arañar su tela vaquera. Tras unos segundos de silencio, puso las manos en los reposabrazos de la silla y volvió a mirar a su amiga—. Prométeme que no te vas a enfadar.

Sandra arrugó las cejas y cruzó los brazos sobre el regazo para después forzar una sonrisa. Si sonreía, quizá Mario se relajaría un poco, ¿no?

—¿Cuándo nos hemos enfadado tú y yo así en serio? —respondió la pequeña tratando de hacer que su voz sonara animada—. Cuéntamelo.

—Vale. —Mario se retorció en el asiento, que crujió ante el movimiento. Tragó saliva y miró a su amiga a los ojos—. Voy a ir al grano: hace un mes o así, a mi padre le llegó una oferta de trabajo de una carpintería en Jacalarza. Lo hemos estado hablando entre todos y al final, se ha decidido que nos mudaremos allí dentro de dos semanas.

—¡No puedes irte! —Sandra se alzó de golpe de la cama y se plantó delante de Mario—. No ahora que estamos a punto de empezar la Secundaria. ¡Sí llevamos años soñando con nuestro primer día de instituto!

—Lo sé —murmuró él bajando la cabeza—, pero no puedo hacer nada.

—¿Y no puede ir tu padre a esa carpintería en coche? Así podríais seguir viviendo aquí. ¡Jacalarza tampoco está tan lejos!

—Lo pensó, pero al final decidió que era mejor irnos a Jacalarza porque sería «más cómodo y práctico».

—¿Y por qué no intentaste convencerlo de quedaros en Alcentia?

—Créeme, lo intenté, pero mis padres me dijeron que no me preocupara, que con lo cerca que está Jacalarza de Alcentia podremos venir de visita prácticamente cuando nos venga en gana.

—Ya… pero no es lo mismo —Sandra bajó la cabeza.

El niño se levantó de la silla y abrazó a su amiga, que le correspondió el gesto con un ligero apretón. Mario le dio un par de palmaditas en la espalda y se separaron. Sandra giró un poco la cara para secarse las lágrimas con disimulo, pero Mario las vio de todas formas. Era la primera vez que Sandra lloraba por algo serio delante de él. En otras ocasiones, la había visto mojar la pestaña por cosas como exámenes que no habían salido como esperaba, la retirada de alguno de sus dulces favoritos, personajes ficticios con conclusiones decepcionantes o no resultar premiada en el concurso literario local cuando consideraba que lo merecía. Pero aquello era distinto. Su inminente marcha de Alcentia no era algo de lo que se pudiera olvidar en un par de horas y por desgracia para ambos, Mario no podía hacer más que seguir a sus padres y adaptarse a la situación.

—Tú tampoco tienes que preocuparte por las visitas, ¿sabes? —dijo el chaval—. Podéis venir a vernos cuando queráis.

Sandra forzó una sonrisa y asintió.

—Sí... —Se quedó en silencio hasta que un asunto importante le vino a la mente—. Oye, ¿y el Alcentia qué? —Le dio un toque en el brazo a Mario—. ¿No irás a dejar de jugar por la mudanza?

—No te preocupes, mi padre también ha pensado en eso. ¡Podré empezar a jugar con los del Jacalarza cuando nos hayamos instalado!

—Ah, vale. ¡Menos mal! —Sandra soltó un pequeño bufido y añadió—: Seguro que el entrenador del Jacalarza se siente como Pellegrini cuando fichó a Cristiano Ronaldo.

Los dos rieron y con cada carcajada, sus semblantes y posturas se volvieron un poco menos melancólicas. Cuando se le calmó la risa, Mario suspiró y encorvó la espalda.

—Voy a echar de menos tus ocurrencias. —De pronto, se le iluminó el rostro—. Oye, ¡que podremos seguir hablando por WhatsApp!

A Sandra se le dibujó una gran sonrisa, de esas que entrecierran un poco los ojos.

—¡Es verdad! Me había agobiado tanto con la noticia que ni me había parado a pensar en eso.

—Sé que no será lo mismo que vernos en persona —prosiguió Mario—, pero al menos podremos seguir hablando todos los días como siempre.

La niña dejó que se le balancearan los brazos a los lados. Podrían enviarse mensajes durante el patio, después de clase e incluso por la tarde, para ayudarse mutuamente con los deberes si fuera necesario. Que estuvieran en institutos diferentes no significaba que fueran a tener temarios distintos.

—Se me acaba de ocurrir algo —anunció Sandra—: vamos a hacer un juramento.

—¿Un juramento?

—Sí, consistirá en prometer mandarnos por lo menos un mensaje al día una vez te hayas mudado.

—¡Eso va a estar chupado! —Mario alzó una de sus manos y extendió el dedo meñique—. ¿Qué te parece si sellamos el juramento juntando los meñiques?

Sandra extendió el suyo, pero antes de engancharlo con el de Mario dijo ya en un tono más animado:

—Ah, y debes hacerles buena publicidad de Elvira y de mí a los nuevos amigos que hagas en Jacalarza.

—Eso por supuesto.

Y los dos vincularon los meñiques sacudiendo las manos con firmeza. El juramento había quedado establecido.

—Ah sí, ¿os gustaría que os ayudáramos con la mudanza? —propuso Sandra dejando ir la mano de su amigo.

—Pues la verdad es que nos vendría de lujo. Por cierto —Mario miró la puerta de la habitación de reojo—, hemos acabado de meter cosas en cajas por hoy. ¿Qué te parece si nos vamos a dar un paseo por la playa?

—¡Me parece genial! Ya seguiré con el libro después, que no se va a mover de ahí. —Una vez lo soltó, Sandra carraspeó para evitar generar un silencio incómodo—. Perdón si eso ha sonado raro.

Mario le sonrió con simpatía.

—Qué va, no pasa nada.

—Vale, voy a decirle a mi madre que nos vamos. —Sandra pasó junto a Mario, pero al cruzar el umbral de la puerta, se detuvo y se dio la vuelta—. ¿Vas a decirle ahora lo de que tus padres y tú os vais?

Sandra sabía que Elvira y los padres de ambas tampoco se tomarían bien la noticia. Para Elvira, Mario era como otro hermano; para sus padres, tanto el chaval como sus progenitores eran buenos amigos de la familia, incluso se habían juntado para alguna que otra Navidad.

—Mejor lo digo si cuando volvamos están todos en casa.

Sandra asintió y se alejó por el pasillo diciéndole a su madre que ella y Mario iban a ir a dar un paseo por la playa. Ella le respondió que estaba bien, que llevaran cuidado. A las palabras de la mujer les siguió el sonido de los pasos de Sandra, que regresaba a su cuarto. Le hizo un gesto con la cabeza a Mario en dirección al final del pasillo.

—Vamos.

Sandra echó a andar y Mario fue a hacer lo mismo aunque antes de eso, apagó la luz de la habitación y salió cerrando la puerta.

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