La mosca
No era un dragón el que atacaba e interrumpía sus intentos de escribir las palabras que su mente dictaba y que sus dedos obedientes iban convirtiendo rápidamente en un relato. Era una mosca enorme, ruidosa, que revoloteaba alrededor de su cabeza provocando que la piel de los brazos y la nuca se le erizara como una prehistórica reacción ante el peligro.
Intentó concentrarse en el personaje que iba cobrando vida en el papel, pero el zumbido era amenazador y crecía; volaba alrededor como si estuviera en todas partes, propagándose por el espacio con el ruido de un motor ensordecedor, de un caza pilotado por un kamikaze dispuesto a morir por alcanzar el aterrizaje perfecto sobre su cabeza.
Se levantó de un salto; no podía soportar sentado el aumento de adrenalina que galopaba por su cuerpo, hacía hervir la sangre y desencadenaba un deseo profundo y ancestral de empuñar una espada para enfrentarse al monstruo vil que le acechaba. La adrenalina rugía y él también. La espada resultó ser, finalmente, un matamoscas de madera que había comprado en Alemania, en uno de esos viajes por pueblecillos diminutos y llenos de historia, a un vendedor de traje típico que parecía haber salido directamente de un cuento de Grimm.
Y tal como uno de los personajes famosos de esos cuentos, embistió ferozmente al dragón alado que no escupía fuego, sino un zumbido como un bramido feroz. Se entabló una lucha cuerpo a cuerpo, sin piedad ni clemencia, donde la vida de uno no podía más que significar la muerte del otro: la derrota total.
Pero el brazo había acumulado toda la adrenalina, toda la fuerza, toda la pasión del combate, convirtiéndolo en una potencia aniquiladora que se lanzó, con todo el poder que da el miedo, sobre el animal en vuelo, que se desplomó finalmente sin un suspiro.
Respiró profundamente, con el corazón aún saliéndole por la boca y los pulmones exigiendo oxígeno al mismo tiempo que lo derrochaban, y dejó caer el brazo aniquilador, ya sin fuerza, a lo largo de su cuerpo. Miró al suelo, donde yacía el cadáver del enemigo que ya no parecía tan amenazador sin su zumbido mecánico. Y todo en él se relajó.
Recogió la silla, que había rodado lejos para no convertirse en víctima inocente del encarnizado ataque. La puso en su lugar y, tomando asiento, recuperó la pluma y continuó escribiendo el relato comenzado.








