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Love Me | Jeon Jungkook

Summary

Si no podía amarme en vida, entonces la guardaré en el único lugar donde siempre será mía: en mis recuerdos.

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Complete
Chapters
1
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n/a
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18+

Unico

Desde el primer momento en que vi a Ara, sentí que algo en mi interior se quebraba. No fue el clásico cosquilleo que describen en las novelas ni la sacudida eléctrica que los poetas tanto mencionan. Fue un vacío profundo, un abismo abierto de pronto que me consumió al instante. El mundo a mi alrededor se desdibujó. Solo existía ella.

Estaba sentada en la biblioteca, de espaldas a mí, con la luz tenue que entraba por las ventanas creando un halo alrededor de su figura. El cabello castaño le caía en cascada por los hombros, y cada vez que movía la cabeza, sentía cómo algo en mi pecho se estremecía. No me atrevía a acercarme, ni siquiera a susurrar su nombre. No lo conocía aún, pero mi mente ya lo repetía sin descanso: Ara.

El resto de la semana fue una bruma constante. Cada vez que la veía en los pasillos, durante las clases, en la cafetería, mis ojos no podían apartarse de ella. Estaba obsesionado, lo sabía. Pero ¿cómo podía evitarlo? Cada palabra que salía de su boca me hipnotizaba. Cada gesto suyo me arrastraba más hacia ese abismo en el que solo existíamos ella y yo.

Sabía que no podía continuar así, observándola desde las sombras, como un espectador en mi propia vida. Necesitaba hacer algo. Así que planeé nuestro primer encuentro, un momento en el que todo cambiaría.

Había escuchado, por casualidad, que le encantaban los cafés oscuros y tranquilos, esos rincones ocultos de la ciudad que parecían existir solo para almas melancólicas. Después de días siguiéndola discretamente, de aprender sus rutinas, decidí aparecer "por coincidencia" en uno de esos lugares.

Ahí estaba ella, en su rincón habitual, con un libro entre las manos y una taza de café humeante en la mesa. Me acerqué, con el corazón latiéndome en los oídos, y fingí sorpresa al verla.

—¿Ara? —pregunté, con la voz temblorosa. Sabía su nombre. Me había asegurado de averiguarlo días atrás.

Ella levantó la vista, sus ojos verdes me atravesaron. No hubo reconocimiento en ellos, pero sonrió amablemente. Esa sonrisa me destruyó por completo. Me tomó un momento reunir fuerzas para continuar.

—¿Podría sentarme contigo? —dije, esperando parecer casual. No quería que sospechara de nada.

Asintió y, por un momento, pensé que tal vez había esperado esto. Tal vez, en algún rincón oculto de su mente, yo también ocupaba un lugar. Pero su mirada era inocente, limpia, desprovista de cualquier deseo o emoción que me pudiera dar una señal.

Nos sentamos y hablamos de trivialidades, pero cada palabra que salía de su boca la convertía en un misterio más profundo. Cuanto más la conocía, más inalcanzable se volvía. Cada sonrisa, cada risa que compartíamos, solo me recordaba cuán lejos estaba realmente de ella.

Con el tiempo, empezamos a vernos más seguido. No sé si ella lo percibía, pero siempre fui yo quien planeaba nuestros encuentros, quien la empujaba ligeramente hacia mi mundo. Era como una danza en la que yo guiaba, pero ella no lo sabía. Me sentía como una sombra en su vida, presente pero invisible, siempre al acecho, siempre esperando.

Mi deseo de tenerla para mí crecía con cada día. No solo la quería como novia, como amante. No, la quería como esposa. Imaginaba nuestras vidas entrelazadas, ella despertando a mi lado cada mañana, nuestros nombres compartiendo el mismo apellido. Pero no era suficiente. Sabía que aún no estaba completamente dentro de su corazón. Sentía que algo me retenía, como una barrera invisible que me mantenía al margen.

Una noche, mientras caminábamos por las calles desiertas después de una de nuestras salidas, ella me miró y su rostro se ensombreció. Había algo en sus ojos, algo que nunca había visto antes. Una mezcla de miedo y desconfianza. Me detuve en seco.

—¿Qué pasa? —le pregunté, intentando sonar calmado, aunque mi corazón ya estaba en alerta.

—Jungkook… —susurró, con la voz temblorosa—. Siento que hay algo que no me estás diciendo.

Esa frase me golpeó como una ráfaga de viento helado. ¿Lo sabía? ¿Sabía todo lo que había hecho para tenerla a mi lado? ¿Sabía que la había seguido, que había aprendido cada detalle de su vida en silencio, acechando desde las sombras?

—¿De qué hablas? —intenté sonreír, pero mis manos temblaban. Ella dio un paso hacia atrás, como si de repente mi cercanía la incomodara.

—Es solo que… siento que siempre estás ahí. Como si supieras demasiado. Como si estuvieras demasiado cerca.

El silencio que siguió fue ensordecedor. No podía dejar que esto terminara así, no ahora, no cuando había invertido tanto tiempo y esfuerzo en tenerla. Me acerqué rápidamente y tomé su mano, pero ella la apartó de inmediato.

—¡Ara! —exclamé, con la voz quebrada—. ¡No es lo que piensas!

Pero, ¿acaso no lo era? ¿Acaso no había planeado cada paso, cada palabra, cada encuentro para que ella cayera en mi red? ¿Acaso no había deseado tener el control total sobre su vida, sobre sus pensamientos, sobre sus emociones?

Ella me miró, sus ojos reflejaban algo más que miedo ahora. Había una certeza, una comprensión oscura que me hizo sentir expuesto, vulnerable.

—Jungkook… no puedo seguir viéndote —dijo, su voz rota, como si en algún rincón de su ser también hubiera deseado que las cosas fueran diferentes.

Y antes de que pudiera reaccionar, se giró y se alejó. La vi desaparecer entre las sombras, cada paso alejándola más de mí, cada segundo destruyendo la imagen que había construido en mi mente. Todo lo que había planeado, todo lo que había deseado se desmoronaba frente a mis ojos.

Me quedé allí, solo, bajo la fría luz de la luna, con el eco de su partida resonando en mi mente. Sabía que no había terminado. No podía terminar así. Ara aún no comprendía lo que éramos. Pero lo haría.

Habían pasado solo dos semanas desde aquella noche, pero para mí habían sido siglos. El tiempo, que antes fluía implacable, ahora parecía detenerse en cada rincón de mi vida, como si el universo se burlara de mi desesperación. Todo lo que me rodeaba me recordaba a ella. El aroma a café por las mañanas me asfixiaba, porque me traía de vuelta a esos encuentros en los que nos sentábamos frente a frente, compartiendo palabras banales que para mí lo eran todo. Los libros, las clases, el campus entero eran un reflejo distorsionado de su presencia, una sombra constante que me perseguía sin descanso.

Ara no respondía mis mensajes. Al principio, fueron solo un par. Breves. Cálidos. Preguntando si todo estaba bien, si podíamos hablar. Pero después de días de silencio, mi ansiedad se transformó en una obsesión que ya no podía controlar. Los mensajes se hicieron más largos, más urgentes. A veces, solo miraba su perfil en las redes sociales, como si eso fuera suficiente para acercarme a ella, para sentirla de nuevo en mi vida.

Pero nada. Ara había desaparecido de mi mundo como si nunca hubiera estado en él. ¿Cómo podía hacerme esto? Me decía a mí mismo que lo que sentía era amor, un amor tan profundo que me desgarraba, que me consumía. Pero no podía evitar que, en lo más profundo de mí, una parte más oscura empezara a retorcerse. ¿Qué estaba haciendo mal? La había visto a mi lado, la había sentido. Ara había empezado a sentir algo por mí, lo sabía. Vi cómo sus ojos brillaban en esos momentos de silencio, cuando nuestras miradas se encontraban, cómo su sonrisa se suavizaba cuando nuestras manos rozaban por casualidad.

¿Y ahora? Ahora me ignoraba, me evitaba, como si fuera un extraño.

Pasé días sin apenas dormir, con susurros en mi mente diciéndome que todo era un malentendido, que todo podía solucionarse. Sabía dónde vivía, conocía cada uno de sus lugares favoritos en la ciudad. Podía encontrarla si lo deseaba. Pero algo me detenía. No era miedo. Era algo más, una voz que me susurraba que esperara, que no lo arruinara del todo.

Pero la espera me estaba matando.

Una tarde lluviosa, después de una clase interminable en la que mi mente había estado lejos, decidí que tenía que hacer algo. No podía seguir así. Estaba sentado en mi habitación, con las luces apagadas, mirando el teléfono, esperando un mensaje que sabía que no llegaría. Me levanté de golpe, incapaz de soportar la quietud. El aire en el cuarto era denso, cargado de la opresión de mis pensamientos. Tenía que verla, aunque solo fuera un instante. Tenía que saber que estaba bien, que seguía ahí.

Me dirigí hacia su apartamento, ignorando la lluvia que caía con fuerza. Cada gota que golpeaba mi piel parecía enfriar mi resolución, pero al mismo tiempo, encendía algo dentro de mí. No podía dejarla ir así. No sin luchar por ella.

Al llegar a su edificio, me quedé de pie bajo la lluvia, mirando la ventana que sabía que era suya. La luz estaba apagada, lo que solo aumentaba mi ansiedad. ¿Estaba ahí? ¿Se habría marchado? El miedo a perderla para siempre me quemaba por dentro. Me acerqué a la puerta y mi mano tembló cuando fui a tocar el timbre, pero no lo hice. Me detuve en el último segundo, atrapado entre el deseo de verla y el temor a su rechazo.

De repente, la puerta del edificio se abrió, y allí estaba ella. Ara, envuelta en una chaqueta, con el cabello mojado por la lluvia. Mi corazón se detuvo un instante. No me había visto todavía. Pero cuando levantó la vista y me vio, su rostro se tensó, y un destello de algo parecido al miedo pasó por sus ojos.

—Jungkook… ¿qué haces aquí? —preguntó, con la voz vacilante, mientras daba un paso hacia atrás, como si mi presencia la incomodara.

Mi boca se abrió, pero no encontraba las palabras. ¿Cómo podía explicarle lo que sentía? ¿Cómo podía decirle que, sin ella, el mundo había perdido su color, su sentido?

—Solo… solo quería verte. —Las palabras salieron apenas como un susurro, apagadas por el sonido de la lluvia.

—Ya hablamos de esto —dijo, apretando los labios, su voz firme—. No quiero que me busques más. Esto no está bien.

Sus palabras cayeron como cuchillos sobre mí, pero no podía aceptarlas. No podía creer que todo lo que habíamos vivido hubiera sido en vano. Mi mente se aferraba desesperadamente a esos momentos compartidos, a esas miradas fugaces que había interpretado como señales de que ella también sentía algo por mí.

—Ara, por favor… No puedes simplemente alejarte así. Sé que sientes algo —insistí, dando un paso hacia ella.

Ella dio un paso atrás, y el dolor en su rostro fue como una bofetada. Pero había algo más en sus ojos, algo que no podía descifrar. ¿Era miedo? ¿O era algo peor, como compasión? El pensamiento me revolvió el estómago.

—Lo siento, Jungkook. No es lo que piensas. Esto no puede seguir así —dijo, su voz temblando apenas perceptiblemente.

—No… No, tú me quieres. Yo lo sé. Lo vi en tus ojos, Ara. Sé que lo sentiste —dije, mi voz quebrándose, apenas reconociendo las palabras que salían de mi boca.

Ella negó con la cabeza, y me dolió ver cómo los ojos se le llenaban de lágrimas. Lágrimas que no eran por amor, sino por algo más oscuro, más profundo.

—No puedo hacer esto —murmuró, y antes de que pudiera decir algo más, giró sobre sus talones y desapareció en la lluvia, como un fantasma.

Me quedé allí, empapado, paralizado por la tormenta que rugía tanto fuera como dentro de mí. Mis pensamientos eran una espiral de confusión, rabia y desesperación. No entendía. ¿Cómo había llegado todo a esto? ¿Cómo algo tan puro, tan perfecto, se había convertido en este caos?

Me tambaleé hacia el banco más cercano y me dejé caer, las gotas de lluvia cayendo pesadamente sobre mi cabeza, mezclándose con las lágrimas que no sabía que estaba derramando. Miré mis manos, vacías, temblorosas, y todo lo que había sentido por Ara, todo lo que había imaginado, parecía desmoronarse como un castillo de naipes.

Pero en mi corazón, en lo más profundo de mi alma, algo permanecía. Algo oscuro. No podía dejarla ir. No ahora. No cuando sabía que ella sentía algo por mí, aunque lo negara. La verdad era que nunca habíamos sido nada, no como ella lo veía, pero eso no importaba.

Ara me pertenecía, aunque aún no lo supiera.

Y si no podía tenerla de la manera en que había imaginado, encontraría otra forma.

No estaba dispuesto a perderla.

Las semanas pasaban, pero el dolor no desaparecía. La lluvia que había caído sobre mí aquella noche parecía haberse quedado en mi corazón, una tormenta interminable que azotaba mi alma, sin tregua, sin descanso. No podía dejar de pensar en Ara, en sus ojos brillantes llenos de temor y algo más… algo que no quería aceptar. Había visto un destello de lo que había empezado a sentir por mí, aunque ella lo negara. Lo sabía.

Lo que no entendía era el porqué de su rechazo. Sabía que la había asustado esa noche, pero no podía ser solo eso. Había algo más en su mirada, una distancia que no lograba cruzar. Ella me ocultaba algo, algo que se negaba a admitir incluso ante sí misma.

No podía detenerme ahora. No cuando estaba tan cerca de tenerla. No cuando sentía que su afecto por mí aún existía, enterrado bajo el miedo que ella se había autoimpuesto.

Sin embargo, conforme la perseguía con más intensidad, la situación se volvía más inquietante. Ella huía de mí. Al principio, fue sutil: Ara evitaba mis mensajes, ignoraba las veces que la llamaba. Pero, después de nuestra última conversación bajo la lluvia, su rechazo se había vuelto implacable. Ya no iba a los lugares donde sabía que la encontraría. Tomaba rutas distintas en el campus, y cuando, finalmente, conseguía cruzar su camino, sus ojos me evitaban, como si mi presencia fuera una amenaza.

Pronto, escuché los rumores.

Al principio, eran apenas susurros en los pasillos, murmullos que no lograba comprender del todo. Pero poco a poco, el eco de mi nombre empezaba a resonar con algo más siniestro. Las miradas de mis compañeros de clase se volvían más largas, más cargadas de curiosidad malsana. Sentía su juicio en cada esquina del campus, como si mi simple existencia atrajera la oscuridad.

No entendía lo que ocurría. ¿Qué podía estar pasándole a Ara? ¿Qué era lo que había provocado ese cambio tan drástico? Empecé a escuchar cosas… rumores sobre mí, cosas que no deberían estar ahí. Hablaban de un “pasado” que, según ellos, intentaba ocultar. Mentiras. Todos eran mentiras. No sabía de dónde venían ni quién las había comenzado, pero todo parecía enraizado en algo más antiguo, algo que siempre había intentado dejar atrás.

Una tarde, tras días de seguir sin descanso a Ara, finalmente la vi en la biblioteca. Estaba sola, como siempre, con los libros apilados a su alrededor, sumergida en alguna lectura que parecía absorber su mente. Mi cuerpo reaccionó por sí solo: me acerqué a ella, mi corazón latiendo tan fuerte que me dolía el pecho.

—Ara —dije, sentándome frente a ella antes de que pudiera protestar.

Levantó la vista de su libro, y vi la mezcla de emociones en sus ojos. Temor, sí, pero también algo más profundo. Dolor. Dolor por lo que estábamos viviendo, por la distancia que había crecido entre nosotros. Su boca se movió, intentando formar palabras, pero las mismas parecían atrapadas en su garganta.

—No deberías estar aquí, Jungkook —dijo, su voz temblorosa, cerrando el libro con las manos temblando.

—Solo quiero hablar, Ara —dije, intentando sonar calmado, aunque por dentro estaba roto—. No puedes seguir evitándome.

Ella suspiró, bajando la mirada, y el dolor en su rostro me golpeó como un puñetazo en el estómago.

—No te estoy evitando por lo que crees —murmuró, casi como si hablara consigo misma.

La tensión en el ambiente se hizo palpable. Sabía que había algo más. Siempre lo había sabido. Mi mente empezó a girar, intentando descifrar lo que ella estaba a punto de decirme.

—¿Entonces por qué? —pregunté, inclinándome hacia ella—. Dime la verdad, Ara.

Ella me miró a los ojos, y lo que vi en los suyos no fue solo miedo. Fue algo más oscuro, una mezcla de confusión y… desconfianza.

—He escuchado cosas sobre ti, Jungkook. Cosas que… —su voz se rompió, y ella apartó la mirada, mordiéndose el labio con nerviosismo—. No sé si puedo confiar en ti.

Un frío helado me recorrió la espalda. ¿Había caído en la trampa de esos rumores?

—¿Qué cosas? —dije, la rabia contenida empezando a hervir en mi pecho—. ¿Qué es lo que has escuchado?

—Dicen que… —vaciló, su voz era un susurro cargado de incertidumbre—. Dicen que tienes un pasado oscuro. Que en tu antigua universidad… algo pasó. Algo malo. Que te obligaron a irte.

Mis manos se apretaron sobre la mesa. El mundo parecía detenerse. El pasado que tanto había intentado enterrar, el que había jurado que jamás me seguiría, estaba aquí, amenazando con destruir todo lo que había construido.

—No sabes lo que dices —murmuré, sintiendo cómo mi control se escapaba de mis manos—. No tienes ni idea de lo que ocurrió.

—Entonces cuéntame la verdad —me desafió ella, alzando la vista de nuevo. Había lágrimas en sus ojos, pero también una determinación que no había visto antes.

—¿De verdad quieres saber? —solté, con la voz cargada de frustración—. ¿De verdad quieres conocer lo que pasó? Porque te aseguro que no es lo que piensas.

Ara no dijo nada. Me miró, esperando, y su silencio me obligó a enfrentarme a mis propios fantasmas. La rabia que sentía no era contra ella, sino contra mí mismo, contra ese pasado que nunca había dejado de acecharme.

—Hubo… un accidente —comencé, el peso de la verdad cayendo sobre mis hombros—. En mi antigua universidad, alguien murió. Pero no fue mi culpa.

Vi cómo los ojos de Ara se agrandaban, y su expresión se tensaba.

—La gente… la gente empezó a decir que yo estaba involucrado. Que yo había sido el responsable —continué, mi voz oscura, casi quebrada—. Pero no es cierto. Me expulsaron porque querían encontrar un culpable rápido, alguien en quien descargar toda la culpa. No tenían pruebas, no tenían nada. Pero el rumor se esparció, y mi vida cambió para siempre.

La verdad, una verdad que había intentado esconder durante tanto tiempo, estaba finalmente fuera. El silencio que siguió fue devastador. Ara me miraba, pero no con el miedo que esperaba. Había algo más en su mirada. Compasión, tal vez. O tal vez duda.

—No sabía… —murmuró, y su voz sonaba lejana, como si tratara de procesar la información.

—No querías saber —respondí, con amargura—. Preferiste creer en los rumores. Como todos los demás.

—No es así, Jungkook —protestó ella, aunque su voz temblaba—. Solo… estaba asustada. No es solo lo que escuché sobre tu pasado, es todo esto. La forma en que me has estado siguiendo, observándome…

Mis manos comenzaron a temblar. No había manera de explicarlo. No podía hacerle entender cuánto la necesitaba, cómo mi amor por ella era lo único que me mantenía cuerdo. Sentía que todo lo que había dicho había sido en vano. Ella no podía entender. No quería entender.

—Te amo, Ara —dije, interrumpiéndola, la desesperación filtrándose en mis palabras—. Todo lo que he hecho ha sido porque te amo.

Ella cerró los ojos, respirando hondo, como si mi confesión la hubiera roto por dentro.

—Esto no es amor, Jungkook —murmuró, abriendo los ojos lentamente—. Es algo más. Y me da miedo.

El frío en mi pecho se expandió. Sabía que ella tenía razón. Pero, en lo más profundo de mí, no podía dejar de pensar que Ara simplemente estaba equivocada. Que, si tan solo me dejara entrar en su vida por completo, entendería. Todo se arreglaría.

Pero en ese momento, supe que algo en nuestra relación había cambiado para siempre. Y aunque la amaba, aunque sentía que el destino nos había unido, también sabía que la distancia entre nosotros ya no se podía cruzar tan fácilmente.

Ara se levantó lentamente de su silla, tomando sus cosas. Su mirada se suavizó, pero el dolor en su expresión me destruyó.

—No me busques más, Jungkook —dijo, antes de darme la espalda y desaparecer entre las estanterías.

Y esta vez, no la seguí.

Me quedé solo en la biblioteca vacía, con el eco de sus palabras resonando en mi mente. Sabía que no podía dejarla ir. Sabía que la necesitaba. Pero también sabía que, después de todo lo que había ocurrido, no podría tenerla de la manera que había imaginado.

Ara me pertenecía, de una manera u otra. Y haría lo que fuera para tenerla a mi lado.

Pasaron semanas. Semanas en las que Ara seguía evitando cualquier contacto conmigo, y en las que la distancia que ella había impuesto se volvía insoportable. Ya no podía soportar su ausencia, no podía seguir siendo un espectador más en su vida, viéndola de lejos, huyendo de mí como si fuera un extraño, como si todo lo que habíamos vivido nunca hubiera sucedido. Mi mente se llenaba de pensamientos oscuros, de imágenes que no podía controlar, de una creciente desesperación que cada día me consumía más. Ara me pertenecía. Lo sabía. Ella lo sabía.

Por las noches, no lograba conciliar el sueño. La idea de perderla por completo se volvía más y más insoportable. Cada vez que cerraba los ojos, la veía alejarse, desvaneciéndose en esa neblina inalcanzable que se extendía entre nosotros. Sabía que ella también me amaba, aunque no quisiera admitirlo, aunque el miedo la mantuviera alejada. Solo necesitaba que lo comprendiera. Solo necesitaba que estuviera conmigo.

Y entonces, un día, tomé una decisión. No podía dejar que esto continuara. No podía perder más tiempo. Si Ara no quería venir conmigo por su propia voluntad, la llevaría conmigo de todos modos. Necesitaba tiempo, necesitaba espacio para demostrarle que podíamos ser felices juntos, para que ella pudiera superar sus miedos. Sabía exactamente dónde podíamos estar juntos, lejos de todo, lejos de los rumores, lejos de las miradas inquisitivas y los juicios injustos.

La cabaña.

Era perfecta. Un lugar en el bosque, a kilómetros de cualquier pueblo, oculta entre los árboles, lejos de cualquier presencia humana. Nadie sabía de su existencia. Nadie la buscaría allí. Era el lugar ideal. Nuestro refugio. Nuestro futuro.

El día en que todo cambió, la seguí como siempre lo había hecho. Esta vez no iba a la universidad. Caminaba por el parque, tal vez intentando escapar del caos de su propia mente, o simplemente tratando de encontrar un momento de paz. Sus pasos eran lentos, y su mirada estaba perdida en el suelo, como si el peso de todo lo que había pasado también la estuviera aplastando.

La vi desde lejos, y algo en mi interior se rompió. Era ahora o nunca. No podía seguir observando cómo se alejaba. No podía permitir que el destino que habíamos creado se desmoronara ante mis ojos.

Aguardé hasta que el sol comenzaba a ponerse, cuando el parque estaba casi vacío, sumido en una quietud que parecía eterna. La seguí mientras se adentraba en uno de los senderos más aislados del parque, un sendero que bordeaba el bosque y que rara vez alguien transitaba a esas horas. Mi corazón latía con fuerza, pero mi mente estaba tranquila. Sabía lo que debía hacer.

Aceleré el paso, acercándome a ella sin hacer ruido, hasta que estuve justo detrás. No tuvo tiempo de reaccionar.

—Lo siento, Ara —murmuré mientras me inclinaba sobre ella, presionando un pañuelo empapado en cloroformo contra su boca y nariz.

Sentí cómo su cuerpo se tensaba, cómo intentaba resistirse, cómo sus manos luchaban por liberarse de mi agarre. Pero yo era más fuerte. Más decidido. Sus movimientos se volvieron torpes, débiles, hasta que finalmente, su cuerpo se relajó, cayendo suavemente en mis brazos. La levanté con cuidado, como si fuera una muñeca frágil, sintiendo su peso contra mi pecho.

—Todo va a estar bien —susurré, acariciando su rostro dormido mientras la cargaba hacia el coche que había estacionado a unos metros de distancia. Nadie había visto nada. Nadie nos había seguido. Era perfecto.

La coloqué en el asiento trasero, asegurándome de que estuviera cómoda, y luego arranqué el coche, dirigiéndome hacia el bosque. El camino era largo y serpenteante, pero lo conocía de memoria. La cabaña estaba oculta en lo más profundo, rodeada por kilómetros de árboles y silencio. Nadie vendría a buscarnos allí. Nadie nos encontraría.

Mientras conducía, miraba a Ara a través del espejo retrovisor. Su rostro estaba tranquilo, sumido en el sueño profundo del sedante. Pronto despertaría. Y cuando lo hiciera, estaríamos en nuestro refugio, lejos de todo, lejos de las complicaciones que habían intentado separarnos.

Llegamos a la cabaña justo cuando la oscuridad comenzaba a envolver el bosque. La única luz que brillaba era la de los faros del coche, que iluminaban el sendero frente a nosotros. Salí del vehículo y rodeé hasta la puerta trasera, abriendo cuidadosamente y sacando a Ara de su letargo. Tenía que ser delicado. No quería que se lastimara. La llevé en brazos, notando el peso ligero de su cuerpo, su respiración suave contra mi pecho.

Abrí la puerta de la cabaña con una mano y entré, cerrando detrás de mí. La cabaña estaba tal como la había dejado la última vez que vine: pequeña, pero acogedora. La chimenea estaba apagada, pero la encendería más tarde. Había una cama grande en una de las esquinas, junto a una ventana que daba al espesor del bosque. Coloqué a Ara sobre la cama, cubriéndola con una manta para que no sintiera frío cuando despertara.

Me quedé allí, mirándola durante unos minutos, dejando que la realidad de lo que había hecho se asentara en mi mente. Ahora estábamos solos. Sin interrupciones. Sin rumores. Solo ella y yo.

Encendí la chimenea, y el crepitar de la madera llenó el silencio de la cabaña, dándole un toque cálido, casi familiar. Todo estaba listo. Ahora solo faltaba que Ara despertara, que viera que no había nada que temer. Que estaba a salvo conmigo.

Me senté en una silla frente a la cama, observándola mientras dormía. Mi mente era un torbellino de pensamientos, de emociones encontradas. Había una parte de mí que sabía que lo que había hecho no era del todo correcto, que había cruzado una línea. Pero otra parte, más oscura, más desesperada, justificaba cada acción. Lo había hecho por amor.

Y cuando ella despertara, cuando entendiera mis motivos, todo estaría bien.

El tiempo pasó lentamente, y finalmente, vi cómo sus párpados comenzaron a moverse. Ara empezó a despertarse, agitando ligeramente las manos bajo la manta, como si intentara comprender dónde estaba. Mi corazón se aceleró. Era el momento.

—Ara… —susurré desde la oscuridad de la habitación, dando un paso hacia la cama.

Ella abrió los ojos, desorientada, parpadeando contra la luz suave del fuego. Por un momento, no me vio. Solo miró alrededor, confundida, con el ceño fruncido. Pero cuando su mirada finalmente se posó en mí, algo en su expresión cambió. Primero fue el desconcierto. Luego, el miedo.

—¿Dónde…? —empezó a decir, su voz era un susurro quebrado por el shock—. ¿Qué… qué hiciste?

—Te traje conmigo —respondí suavemente, acercándome un poco más—. No tenías que preocuparte más. Aquí, nadie nos molestará. Nadie te separará de mí.

Sus ojos se agrandaron, llenándose de una mezcla de pánico y desconcierto. Se incorporó lentamente en la cama, sus manos temblando mientras apartaba la manta, mirando alrededor con una creciente sensación de terror.

—Jungkook… ¿Qué has hecho? —repitió, su voz temblorosa.

—Te amo, Ara —dije, dándole un paso más—. Aquí, podemos empezar de nuevo. Solo tú y yo. Nadie más importa.

Pero ella no me miraba con comprensión, ni con la ternura que había esperado. Solo había miedo. Un miedo que crecía con cada segundo que pasaba, y eso me destrozaba por dentro.

—No… esto no está bien —susurró, sacudiendo la cabeza mientras se levantaba de la cama—. Esto no puede estar pasando.

—¡Ara! —dije, levantando la voz, sintiendo cómo el pánico comenzaba a apoderarse de mí también—. ¡No puedes huir de esto! ¡No puedes huir de nosotros!

Ella retrocedió, mirando la puerta, como si planeara escapar. Pero sabía que no había adónde ir. Estábamos en medio de la nada. No había salida.

—Ara… por favor —mi voz se quebró, y mi corazón se sentía como si estuviera siendo arrancado de mi pecho—. No quiero hacerte daño. Solo quiero que estemos juntos.

Ella continuaba retrocediendo, su mirada llena de terror, mientras yo daba un paso más hacia ella.

—Tú me amas. Lo sé. Solo necesitas darte cuenta.

El fuego de la chimenea crepitaba en la cabaña, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de madera. El calor del fuego contrastaba con el frío que sentía en mi interior. Allí estaba ella, la mujer que lo era todo para mí, mirándome con los ojos llenos de terror, como si yo fuera un monstruo. ¿Cómo habíamos llegado a esto?

Ara retrocedía, tambaleándose, aún desorientada, buscando la salida como si escapar fuera una posibilidad. Pero no había adónde ir. La cabaña estaba en medio del bosque, a kilómetros de la civilización. Había planeado todo meticulosamente para que estuviéramos solos, para que pudiéramos tener nuestro momento sin interrupciones. Sin que nadie se interpusiera en nuestro amor.

Pero ahora, mirando sus ojos, viendo cómo me miraba con puro miedo, sentí que algo se quebraba dentro de mí. Ella no lo entendía. No quería aceptarlo. El amor que creía haber visto en sus ojos alguna vez, esa chispa que me había mantenido aferrado a la esperanza, ahora no era más que un espejismo. Se estaba resistiendo a lo inevitable.

—Ara —susurré, mi voz apenas audible, cargada de desesperación—. Solo quiero que me escuches. Solo quiero que entiendas lo que siento.

—Déjame ir… —suplicó ella, sus palabras cortando el aire como un cuchillo. Su voz era apenas un susurro tembloroso, y su cuerpo temblaba bajo el peso del miedo.

Negué con la cabeza, avanzando un paso más hacia ella. No podía dejarla ir. No ahora. No cuando todo estaba tan cerca de ser perfecto. La cabaña, el aislamiento, el tiempo a solas… todo lo había hecho por nosotros. Pero ella se resistía, negándose a ver lo que yo sabía en mi corazón. Éramos el uno para el otro.

—No puedo —dije, casi con suavidad, pero mi corazón latía con furia. Ella no podía marcharse. No podía perderla. —No puedo dejarte ir. Si te vas… no me quedará nada.

Mis palabras flotaron en el aire, cargadas de melancolía. Ara dejó de retroceder, pero sus ojos seguían reflejando un terror absoluto. Intenté acercarme a ella, pero cuando di otro paso, vi cómo su cuerpo se tensaba, como si estuviera dispuesta a correr.

—Por favor, Ara —insistí—. Sé que tienes miedo. Sé que todo esto es difícil de entender ahora, pero con el tiempo… con el tiempo lo verás. Lo verás, ¿verdad? —Mi voz sonaba a súplica, a una última esperanza.

Ella no respondió. Solo me miraba con los ojos llenos de lágrimas, su respiración agitada y su cuerpo rígido. El silencio entre nosotros se hizo insoportable. Yo esperaba amor. Yo esperaba aceptación. Pero lo que me devolvía era el vacío de su rechazo, una distancia que nunca había sido más grande.

Un escalofrío me recorrió la espalda, y en lo más profundo de mi ser, algo oscuro comenzó a despertar. Si no iba a amarme… ¿qué quedaba para mí? Todo lo que había hecho, todo lo que había planeado, se desmoronaba frente a mis ojos. Los días de vigilarla, de estudiar cada detalle de su vida, de imaginar nuestro futuro juntos, ahora se reducía a este instante.

Mi respiración se volvió irregular. El amor se había vuelto envenenado.

—Ara… —mi voz se quebró—. ¿Por qué no puedes aceptarlo? ¿Por qué no puedes verme como yo te veo?

Ella no respondió. Solo comenzó a llorar silenciosamente, abrazándose a sí misma, como si las lágrimas pudieran protegerla de la verdad que estaba a punto de caer sobre nosotros. Y en ese momento, entendí lo que siempre había temido.

Ella nunca me amaría.

El peso de esa revelación me aplastó. Sentí un dolor tan agudo, tan insoportable, que tuve que apoyarme en la pared para no caer. Todo había sido en vano. Todas esas miradas, todas esas sonrisas que había creído interpretarlas correctamente, ahora se revelaban como falsas, como ilusiones creadas por mi desesperación. Ella nunca me amaría.

Una ola de furia empezó a formarse en mi pecho, oscura y pesada, envolviéndome. Mi amor por ella, que había sido tan puro, tan sincero, ahora se estaba pudriendo. Y si no podía tenerla…

La oscuridad en mi corazón susurraba cosas que no quería escuchar, pero que sabía que eran verdad. Si no podía ser mía… entonces no sería de nadie.

Me acerqué a ella con una lentitud inquietante. Ara retrocedió un paso, pero esta vez no trató de escapar. Sus ojos estaban clavados en mí, asimilando algo, entendiendo algo. Sabía lo que iba a hacer, lo sentía en el aire pesado que nos rodeaba, en la desesperación que había cubierto todo como una neblina espesa.

—Jungkook… no… —su voz tembló, ahogada por el llanto.

Mi mano temblaba cuando la levanté, sintiendo el peso de la decisión que ya había tomado en lo más oscuro de mi alma. Si no podía tenerla, si no podía hacerla comprender el amor que sentía por ella, entonces no había otra opción.

—Te amo, Ara —susurré, con la voz rota, llena de la desesperación que me había estado consumiendo durante semanas—. Te amo tanto que duele. Y si no puedes ser mía, entonces no dejaré que nadie más te tenga.

En sus ojos, vi cómo la comprensión la golpeaba con toda su fuerza. El miedo que antes había sido una presencia constante ahora era absoluto. Su respiración se aceleró, y en un último intento de luchar contra lo inevitable, intentó correr. Pero yo fui más rápido.

La agarré del brazo, y ella gritó, luchando con todas sus fuerzas por liberarse. Sentí sus uñas clavarse en mi piel, su cuerpo retorcerse en una batalla desesperada por sobrevivir, pero yo no la solté. No podía soltarla.

—¡Jungkook, por favor! ¡No lo hagas! —su voz era una súplica desgarradora, llena de terror, pero también de algo más. Algo que se parecía al perdón, pero que llegaba demasiado tarde.

No podía detenerme.

La empujé contra la pared, y su cuerpo se tensó por el impacto. Las lágrimas corrían por su rostro, y su mirada me imploraba misericordia. Pero yo ya no tenía más que ofrecer. El amor se había podrido.

—Lo siento —murmuré, mientras mis manos se cerraban alrededor de su cuello.

Su grito se ahogó bajo la presión de mis dedos. Luchó, intentando rasguñarme, intentando respirar, pero no podía dejarla ir. No ahora. No cuando todo lo que había sido nuestro se reducía a este momento.

Su cuerpo se sacudía, su rostro se llenaba de un pánico absoluto, pero lentamente, su resistencia empezó a desvanecerse. Las lágrimas continuaban cayendo de sus ojos mientras su mirada se volvía borrosa, perdida. Mi corazón latía con furia, una mezcla de tristeza, rabia y un dolor insoportable que me atravesaba por completo.

Y entonces, todo terminó. Ara dejó de moverse. Su cuerpo quedó inerte en mis manos.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Ella se había ido.

Me quedé allí, arrodillado junto a su cuerpo, con las manos temblando y el corazón hecho pedazos. Había dicho que la amaba, que todo lo que había hecho era por ella. Pero ahora que ella ya no estaba, ¿qué me quedaba?

El fuego de la chimenea continuaba crepitando, pero su calor no llegaba hasta mí. Estaba sumido en la oscuridad más profunda, un abismo del que sabía que no podría escapar. La mujer que había amado más allá de todo estaba ahora muerta, y yo, el hombre que había prometido protegerla, la había destruido con mis propias manos.

Miré su rostro, ahora en paz, y sentí cómo las lágrimas comenzaban a caer. Mi amor se había convertido en algo monstruoso. Un amor que había nacido puro, pero que había terminado en tragedia. No podía vivir sin ella, y ahora tampoco podía vivir conmigo mismo.

Me acerqué a ella una última vez, susurrando con la voz rota:

—Te amo, Ara. Siempre te amaré.

Me quedé allí, junto a su cuerpo, mientras la oscuridad se cerraba a mi alrededor, sabiendo que no había vuelta atrás. Que nunca la habría.

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