Prólogo
Diana estaba sentada en la sala de espera del hospital. Con las piernas cruzadas y los dedos entrelazados, sentía una extraña agitación que no lograba comprender. Esperaba algo, o a alguien, pero no sabía el qué. El tiempo parecía haberse congelado en ese pasillo silencioso. Sobre una reposera cercana descansaban algunas revistas viejas y una pequeña bandeja con una sustancia grisácea que se asemejaba a la arena; la miró un instante, extrañada, pero no le prestó mayor atención.
Se levantó para disipar la ansiedad y se acercó al gran ventanal. Afuera, el sol resplandecía con fuerza, recortando la silueta de una cruz roja colgada en la pared del edificio contiguo. En ese momento, un cuervo alado se posó justamente en la rama del árbol que quedaba frente a ella. Diana lo contempló fijamente. Parecía que el animal la miraba de vuelta, con una fijeza inteligente que le erizó la piel. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Morfeo… —susurró.
—¡Diana!
Una voz nítida la sacó de su letargo. Giró sobre sus talones y descubrió que su madre, Hipólita, estaba acostada en una camilla a pocos pasos. Diana se acercó a toda prisa, con el corazón en la boca.
—¿Mamá? —preguntó.
Hipólita la miró con una ternura infinita y le dedicó una leve sonrisa. Diana estiró el brazo e intentó tomarle la mano, pero sus dedos solo atravesaron el aire. Lo intentó de nuevo, con más énfasis, poniendo todas sus fuerzas en ello, pero fue inútil. La desesperación comenzó a cerrarse en su pecho: su madre estaba allí mismo, pero una barrera invisible e infranqueable le impedía tocarla.
De pronto, la imagen de Hipólita comenzó a desdibujarse, volviéndose borrosa. Diana empezó a gritar, suplicándole que no se fuera, mientras la figura de la reina se volvía cada vez menos perceptible. Un grito ahogado resonó en el lugar, aunque parecía provenir de un sitio lejano. En un parpadeo, el día dio paso a una noche cerrada; el sol se extinguió por completo. Volvió a escuchar el eco de ese grito sordo e Hipólita mencionó su nombre una última vez. Diana reconoció la voz, aunque ya no había nada que ver en la oscuridad.
—¡Mamá!
Diana se despertó de golpe, transpirada y con la respiración agitada. Miró a su alrededor en un intento de ubicarse: el departamento estaba vacío y sumido en un silencio sepulcral. Por la ventana ingresaba la tenue luz de la luna llena, demostrando que todo había sido una pesadilla. Sin embargo, al mirar hacia el rincón más oscuro de la habitación, divisó dos puntos brillantes. ¿Unos ojos? ¿Era otro cuervo?
Encendió rápidamente la luz de la mesa de luz, pero la esquina estaba vacía. Se levantó de la cama, caminó hacia el ventanal y corrió la cortina. La noche parisina se extendía tranquila ante ella, con la silueta de la Torre Eiffel recortándose a lo lejos. Diana se quedó inmóvil, procesando el frío que aún sentía en el cuerpo.
—¿Era Morfeo?
Se dio un baño rápido para quitarse el rastro del sudor y regresó a la cama. Le costó bastante, dando varias vueltas entre las sábanas, pero finalmente logró conciliar el sueño.
—Ya sé cómo está la situación, Damian, pero te lo pido por favor —decía Diana horas más tarde a través de una videollamada. En la pantalla aparecía un maduro Damian Wayne—. En serio. El sueño fue demasiado real. Necesito volver a mi isla.
—No lo sé, Diana —contestó Damian, pasándose una mano por el cabello, donde ya asomaban varios mechones blancuzcos—. Ella no quiere que la encuentren. Y le di mi palabra.
—Por favor, Damian. Sé que ella lo entenderá si se lo explicas.
—Okey, te lo digo. Pero que conste que, si pasa algo, yo no sé nada —respondió él, con un tono que demostraba lo poco convencido que estaba—. Aunque también podrías hablar con Clark. El ñoño podría ayudarte con esto.
—No. Él está pasando por su propio duelo; perder a Lois fue un golpe demasiado duro. Esto tengo que hacerlo sola.
—Bueno, no tan sola al parecer… —ironizó Damian, acercándose más a la cámara con una mueca cómplice.
—Ya hablas igual que tu padre —lo cortó ella, con una media sonrisa.
—Ahí te envío las coordenadas —concluyó él.
—Gracias, Damian.
Diana cortó la comunicación justo cuando un mensaje encriptado hacía sonar su dispositivo. Al ver los datos en la pantalla, sonrió. Salió decidida al balcón, se aseguró de que nadie la observara desde las calles de París y se arrojó al vacío, emprendiendo un vuelo veloz que la alejó por completo de la civilización.
Tras un largo viaje cruzando los cielos, los finos tacos de sus zapatos tocaron suavemente el suelo de piedra que rodeaba el monasterio. La intrusión no pasó desapercibida: un grupo de guardias armados con lanzas salió rápidamente a cerrarle el paso.
—Alto. Por favor, no vengo a pelear —pidió Diana, levantando las manos en señal de paz—. Solo quiero ver a alguien.
—¿Andas buscando a alguien que tal vez no quiere hablar contigo? —intervino una voz femenina a sus espaldas.
Diana se giró despacio.
—Solamente quiero hacer una pregunta simple.
Frente a ella, un arco de energía oscura comenzó a materializarse en el aire, rasgando el entorno hasta formar un portal. De su interior emergió una figura encapuchada que, con un movimiento pausado, se echó la tela hacia atrás. Un rubí místico resplandecía en su frente. El aura oscura que solía rodearla en el pasado había desaparecido; ahora vestía un ropaje completamente blanco.
—Ya eres toda una mujer —la elogió Diana, suavizando la mirada.
—¿Qué es lo que quieres, Mujer Maravilla? —preguntó ella, con un tono seco y distante.
—Necesito encontrar el camino de regreso a mi isla.
La mujer de blanco guardó silencio un segundo ante de dejar escapar un suspiro de fastidio.
—Mataré a Damian en cuanto lo vea —susurró—. ¿Y cómo es posible que tú no sepas cómo volver a Themyscira?
—Porque mis recuerdos son vagos… —admitió Diana, llevándose una mano a la sien, frustrada.
Sin decir más, la anfitriona le indicó que la siguiera. Ambas mujeres caminaron juntas hacia el resguardo del monasterio, mientras en el aire invernal comenzaban a flotar los primeros copos de nieve.








