Chapter 1
═══════‧₊˚🕯️𓉸ִֶָ ࣪˖ ִִֶֶָ🥀་‧₊˚.═══════
¡¡ADVERTENCIA!!
Esta novela contiene temas que pueden resultar sensibles para algunas personas, entre ellos:
Muerte y duelo. Funerales y cuerpos sin vida.
Violencia física. Intento de abuso sexual (mencionado y referido).
Maltrato. Abandono y negligencia familiar.
Pobreza extrema. Asesinatos y muertes gráficas.
Culpa, trauma y autodesprecio. Manipulación emocional.
Relaciones tóxicas y dependencia afectiva.
Obsesión romántica.
Elementos sobrenaturales relacionados con la muerte, almas y rituales.
Temas de autodestrucción y pérdida de la voluntad de vivir. Final trágico.
Esta es una obra de ficción dirigida a un público adulto. Las dinámicas presentadas entre los personajes no pretenden ser ejemplos de relaciones saludables, sino formar parte de una historia de fantasía oscura, romance gótico y horror sobrenatural.
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La lluvia había cesado horas atrás, pero Brumaria seguía empapada de humedad. El barro se aferraba a las suelas de las botas y la niebla se deslizaba por las calles como una piel gris que no quería soltar la ciudad.
Detrás de Eudora, Silea avanzaba sosteniendo con ambas manos una cesta de velas. Desde el amanecer, algo le martilleaba la cabeza: no era dolor corriente, sino un latido profundo, sordo, como si algo vivo golpeara desde dentro del cráneo, buscando abrirse paso hacia el exterior. Aún no se acostumbraba a aquel trabajo. Cada entierro tenía su propio silencio; cada familia lloraba con una voz distinta; y cada muerto dejaba un vacío que nadie más podía ocupar.
—No las inclines —gruñó Eudora sin volver la mirada—. Ya es bastante mala señal enterrar a este desgraciado de noche.
Silea enderezó la espalda y ajustó el peso de la cesta.
—Lo siento.
—No me pidas perdón a mí —masculló la mujer mayor—. Díselo a los espíritus si se sienten ofendidos.
Silea esbozó una sonrisa casi imperceptible. Con tantos años entre tumbas y difuntos, Eudora había terminado creyendo en cada leyenda que circulaba por el pueblo.
—¿Entonces cree que los muertos se quedan rondando por aquí?
—Los buenos no.
La respuesta llegó seca, inmediata.
—¿Y los malos?
Eudora soltó un resoplido que se mezcló con el viento frío.
—Los malos son tercos. No se van hasta que consiguen lo que quieren.
Siguieron caminando. La procesión era pequeña, demasiado pequeña. Silea apenas escuchaba pasos amortiguados por el barro y pocas voces apagadas. Aquel hombre que iban a enterrar había pasado la vida sembrando miedo, y al parecer, la muerte no había cambiado mucho lo que la gente sentía por él. Nadie quería acercarse a su tumba, ni siquiera para despedirse.
Cuando llegaron al camposanto, Eudora revisó las velas una, dos, hasta cinco veces. Susurró frases en voz baja, comprobó el aceite de las mechas y volvió a inspeccionarlas como si una sola imperfección pudiera desatar algo peligroso.
Silea escuchó el ritual en silencio. Se colocó al borde de la fosa y giró su rostro de ojos blancos hacia la niebla gris. El viento de la madrugada arrastraba murmullos entre las lápidas, como si el suelo mismo quisiera hablar.
—Empieza cuando estés lista —le indicó Eudora.
Para la gente de Brumaria, un canto funerario bien entonado servía para guiar el alma y evitar que vagara perdida. Para Eudora, era una ley inquebrantable. Silea tragó saliva. Apenas llevaba unos días haciendo esa labor; temía equivocarse, que alguien notara su inexperiencia… o que descubrieran que, en el fondo, ella tampoco sabía cómo despedir a nadie.
Inspiró hondo y dejó salir la voz. Se elevó suave entre la bruma, cargada de tristeza y de una melancolía que no sabía si era propia o del entorno. Al principio pensó en el difunto: un hombre violento, cruel, que había causado dolor a muchos. Le costaba encontrar compasión por él. Pero entonces recordó sus propias manos, ocultas bajo los guantes negros, y recordó el peso de sus propios errores, de lo que ella misma era capaz, de lo que jamás se atrevería a contar.
Y cantó para él como si fuera alguien digno de ser llorado. Quizás todos, aunque sea una sola vez y demasiado tarde, merecían que alguien se despidiera con ternura.
A varias calles de distancia, una figura se detuvo en seco. Había percibido la muerte horas atrás; era una señal que siempre sentía, un rastro que lo guiaba. Había venido solo buscando alimentarse de lo que quedaba del alma abandonada. Pero al escuchar aquella voz, algo cambió. Se desvió del camino y avanzó entre las sombras del cementerio, invisible y silencioso.
Observó a la mujer que cantaba: vestido gris, velo oscuro, guantes que cubrían hasta la muñeca. Nada que llamara la atención a primera vista. Sin embargo, algo en ella tiró de él con una fuerza antigua, profunda, como una cuerda tensada que conectaba dos extremos separados por siglos. Por primera vez en mucho tiempo, olvidó la tumba y solo tuvo ojos para ella.
El amanecer teñía el cielo de tonos pálidos cuando terminó la ceremonia. Los asistentes se fueron uno a uno, sus pasos borrándose en la niebla. Los pasos fueron desapareciendo y juntamente las conversaciones murieron. Solo quedó ella: una mujer que había llorado sin descanso durante todo el rito. Debía haber tenido un vínculo muy estrecho con el difunto.
Eudora ya se había marchado. Silea también debía irse, pero entonces lo oyó.
Tum. Tum. Tum.
El sonido de un corazón latiendo, nítido y fuerte, como si estuviera pegado a sus oídos. Tan imposible de ignorar que provocó que tensara su cuerpo.
«No. Otra vez no».
El dolor en su cabeza regresó multiplicado, intenso y profundo.
Tum. Tum. Tum.
Silea apretó los dientes; intentó alejarse, moverse, pensar. Pero el sonido estaba clavado en su mente. Sus dedos bajo el cuero de los guantes empezaron a helarse, entumeciendo hasta sus muñecas, como si hubieran sido sumergidos en aguas congeladas. Sintió, con horror, algo oscuro moverse bajo su piel. Con manos temblorosas se arrancó un guante: desde las yemas hasta los nudillos, su carne se había vuelto completamente negra.
—No... susurró.
Era demasiado tarde. Lo sabía.
La mujer seguía de espaldas, ajena al peligro, ajena a todo lo que estaba pasando a su lado. Cuando se giró, Silea ya estaba frente a ella. El grito murió antes de nacer, sustituido por una expresión de terror absoluto que desfiguraba su cara.
Y después...silencio.
Los dedos negros de Silea atravesaron la ropa, la piel y las costillas como si no fueran nada más que humo. Encontraron el corazón palpitante, cálido y vivo, y lo aferraron con una fuerza que no le pertenecía. Por un breve momento solo existió aquella sensación. Un instante de calor intenso, luego la vibración se apagó. Quedó solo una calma fría y vacía. La mujer cayó hacia adelante, deslizándose hasta el fondo de la tumba abierta. Las velas titilaron con violencia, pero ninguna se apagó.
Silea volvió en sí de golpe. El eco del golpe retumbaba en sus oídos. Respiraba entrecortada, con el pecho apretado.
—No...
Se llevó una mano a la boca, mientras la otra desnuda seguía colgando inerte a su lado.
—No… no, no, no…
El horror le recorría todo el cuerpo. «Otra vez». Siempre ocurría lo mismo, y ella no tenía poder para frenarlo.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos blancos, impulsados por la impotencia.
De repente, el aire se movió cerca, entre las ramas de un sauce llorón. Silea sintió una mirada fija en ella, pesada e inescrutable, aunque no escuchó ni un paso ni una respiración. El miedo se mezcló con su desesperación; retrocedió hasta tropezar y, sin pensarlo, echó a correr. Huyó del cementerio como si pudiera dejar atrás su propia esencia.
No sabía que no había estado sola.
En la sombra, la figura permanecía inmóvil. Miraba la tumba donde ahora yacían dos cuerpos, pero no era eso lo que retenía su atención. Sus ojos seguían a la mujer que desaparecía entre la niebla.
Y por primera vez en décadas, sintió algo más que hambre o indiferencia.
Sintió curiosidad.








