Prólogo .ᐟ.ᐟ
La lluvia caía con fuerza sobre el asfalto de Busan aquella noche de graduación, como si el cielo mismo quisiera borrar las huellas de lo que estaba a punto de suceder.
Jungkook estaba empapado, el uniforme escolar pegado al cuerpo, el corazón latiéndole tan fuerte que temía que el aroma a vainilla y jazmín que intentaba ocultar se filtrara a través de la chaqueta. Esperaba bajo el toldo roto de la estación de autobuses, con una mochila al hombro y una carta arrugada en el bolsillo.
La carta que Taehyung nunca recibió.
Habían quedado allí. “A las diez en punto”, le había dicho Taehyung esa mañana, con esa sonrisa ladeada que siempre hacía que el mundo de Jungkook se detuviera. “No llegues tarde, Kookie. Tengo algo importante que decirte.”
Pero las diez llegaron. Y pasaron.
Las once. Las doce.
A la una de la madrugada, Jungkook seguía allí, solo, con el olor metálico de la lluvia mezclándose con el suyo propio, cada vez más dulce, más vulnerable. Un Omega expuesto en plena noche, en un mundo que no perdonaba esa fragilidad.
Taehyung no apareció.
Ni al día siguiente.
Ni nunca.
Desapareció como si nunca hubiera existido. Como si los años compartidos —las tardes robadas en el techo de la casa de Jungkook, las promesas susurradas al oído, las miradas que decían más de lo que las palabras se atrevían— no hubieran sido reales.
Jungkook esperó semanas. Meses. Luego dejó de esperar.
Y empezó a odiarlo.
O al menos, eso se repetía cada noche, cuando el calor de su ciclo lo golpeaba sin piedad y su cuerpo traicionero recordaba el aroma profundo y terroso de aquel Alfa que se había ido sin explicación.
Años después, en una habitación pequeña y mal iluminada de un motel de mala muerte en las afueras de Seúl, Jungkook se miró al espejo roto. El cabello más corto, la mandíbula más marcada por el entrenamiento duro, los ojos endurecidos por el rencor y la determinación.
Se colocó el parche de feromonas sintéticas en la nuca, justo debajo del cabello. El olor a pino y madera quemada —un Alfa joven y agresivo— invadió la habitación al instante, cubriendo por completo su esencia natural.
Se ajustó el uniforme militar recién planchado. Cabo Jeon Jungkook. Un nombre falso en los documentos, una identidad construida con mentiras y supresores ilegales.
—Te voy a encontrar, Kim Taehyung —murmuró hacia su reflejo, la voz baja y ronca—. Y cuando lo haga… vas a tener que explicarme por qué me abandonaste ese día.
Cerró los ojos un segundo, recordando el último abrazo que se habían dado bajo el cerezo en flor del instituto. El modo en que Taehyung había inhalado su aroma como si fuera oxígeno. El modo en que sus dedos habían temblado contra su cintura.
Ahora Jungkook iba a entrar en un mundo donde los Omegas eran considerados débiles, prescindibles, un lastre. Un mundo de Alfas dominantes, jerarquías brutales y secretos que podían costarle la vida.
Pero nada de eso importaba.
Porque en alguna parte de esa enorme base militar, bajo el título de **Sergeant Kim**, estaba el Alfa que le había roto el corazón.
Y Jungkook estaba dispuesto a quemar todo —su identidad, su orgullo, incluso su propio cuerpo— con tal de mirarlo a los ojos una vez más.
Aunque esa mirada terminara incendiándolo todo.








