Capitulo 1
El ventilador de techo giraba con un traqueteo monótono, cortando el aire caliente y húmedo de la habitación. Afuera, el sol del mediodía en San Pedro Sula caía a plomo sobre el asfalto, pero el interior mantenía una oscuridad asfixiante. Siegfried terminó de pasar la cremallera de su maleta de lona. Sus manos, grandes y marcadas por venas gruesas, se detuvieron un segundo sobre el tirador de metal. Estaba sudando. El clima centroamericano no daba tregua, menos para un hombre acostumbrado al frío del norte de Europa.
Se enderezó. Medía casi dos metros, una presencia ancha y sólida que hacía que la modesta habitación de alquiler pareciera aún más pequeña. Llevaba una camiseta básica de algodón gris, ya húmeda en la espalda, y unos pantalones oscuros de viaje. Su vuelo hacia Frankfurt salía en tres horas. El viaje había terminado.
Apoyada contra el marco de la puerta abierta, observándolo en silencio, estaba ella.
Llevaba el mismo atuendo con el que la había visto días atrás: un top ajustado, sin tirantes, dividido en franjas azules y blancas con las cinco estrellas de la bandera de Honduras cruzándole el pecho. Debajo, una falda de mezclilla oscura, ceñida y desgastada. Su cabello castaño oscuro caía lacio, con un par de mechones pegados a la frente y al cuello por la misma humedad que lo empapaba todo. Tenía los brazos cruzados y una postura relajada, pero su mirada oscura y fija delataba que no estaba allí por simple casualidad.
Siegfried levantó la vista y se encontró con sus ojos. No hubo sorpresa. Sabía que ella estaba ahí. La había escuchado entrar minutos antes, sus pasos ligeros sobre las baldosas de cerámica gastada.
—Ya tienes todo —dijo ella. Su voz fue clara, sin vacilaciones, rompiendo el zumbido constante del ventilador.
—Sí —respondió Siegfried. Su español era correcto, duro, marcado por un acento germánico que no se molestaba en ocultar—. Solo me falta el pasaporte y el billete. Los tengo en la chaqueta.
Ella asintió despacio. Descruzó los brazos y dio un par de pasos hacia el interior de la habitación. No había distancia para mucho más. Se detuvo a un metro de él. El contraste entre ambos era evidente. La altura de Siegfried la obligaba a levantar el mentón, pero en su actitud no había sumisión ni timidez. Había una seguridad frontal, casi desafiante.
Siegfried la observó con la misma frialdad analítica que aplicaba a todo. No había adornos en ella, ni maquillaje excesivo, ni necesidad de llenar el silencio con palabras vacías. Era una mujer que ocupaba su espacio con naturalidad. Durante las semanas que él había pasado recorriendo el país, desde las ruinas del occidente hasta la costa norte, ella había sido una constante inesperada. Una guía, una compañía ocasional, y algo más que ninguno de los dos había sentido la necesidad de etiquetar.
—Tu vuelo es largo —comentó ella, mirando la maleta en el suelo y luego volviendo a los ojos de él.
—Catorce horas. Una escala en Madrid.
—Vas a extrañar este calor cuando llegues allá y te congeles.
—No lo creo —dijo él, sin rastro de ironía—. Pero extrañaré otras cosas.
Ella sonrió. Fue una sonrisa corta, un leve levantamiento en la comisura de los labios. No apartó la mirada. La respiración de ella movía la tela tensa del top de la bandera, un movimiento rítmico que Siegfried registró sin inmutarse, con la misma objetividad con la que registraba el calor o la luz que se filtraba por las persianas.
—Viniste a despedirte —dijo Siegfried, rompiendo el silencio.
—Vine a verte antes de que te fueras. Es diferente —corrigió ella. Dio medio paso más. El olor de ella, una mezcla de jabón, sudor limpio y el clima tropical, llegó a él con claridad—. Me gustó mucho conocerte, Siegfried.
Lo dijo directo. Sin inflexiones sentimentales, sin dramatismo. Era un hecho. Una afirmación sobre la mesa.
Siegfried mantuvo las manos a los costados. Su expresión, normalmente una máscara impenetrable, se suavizó una fracción de milímetro. En su mundo en Europa, las interacciones estaban codificadas, llenas de cortesía y distancias calculadas. Aquí, con ella, todo había sido táctil, crudo y real.
—A mí también me gustó conocerte —respondió. Y era verdad. No tenía motivos para mentir ni para embellecer sus palabras.
Ella bajó la mirada por un segundo, como si estuviera procesando la respuesta, y luego volvió a mirarlo con intensidad. Se llevó una mano al bolsillo delantero de su falda de mezclilla.
—No soy de las que hacen despedidas largas —dijo ella, con el tono de voz un poco más bajo, más íntimo, pero igual de firme—. Pero antes de que te vayas y tomes ese taxi, te quiero dar un regalo. Algo para que te lleves de aquí.
Siegfried notó el movimiento de su mano, la tensión muscular en sus hombros.
—No tenías que comprar nada —dijo él.
—No lo compré —lo interrumpió de inmediato—. Y para dártelo, tienes que hacer algo por mí.
Siegfried enarcó una ceja.
—¿Qué?
Ella se plantó frente a él, tan cerca que él podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo, separado del suyo por escasos centímetros.
—Cierra los ojos.
Siegfried la miró. Analizó la petición, el entorno, la mujer frente a él. No había trampa, y sin decir una palabra, Siegfried cerró los ojos.
La oscuridad detrás de los párpados de Siegfried no trajo alivio al calor. Al contrario, al anular la vista, el resto de sus sentidos se agudizaron de golpe. Escuchó el crujido sutil de la mezclilla cuando ella cambió el peso de su cuerpo de un pie a otro, y luego el sonido elástico de la prenda superior al ser estirada. Ella no dudó. Con un movimiento seco y ascendente, se despojó del top con las franjas azules y las cinco estrellas, dejándolo caer de sus manos.
Siegfried sintió la proximidad física antes de que el tejido tocara su piel, la tela suave y tibia del top fue presionada directamente contra su rostro, cubriéndole la nariz y la boca.
—Inhala —ordenó ella, con una voz baja que resonó pastosa debido a la cercanía.
Siegfried obedeció. Expandió su enorme tórax, llenando los pulmones con el aroma atrapado en las fibras del algodón. La prenda estaba empapada del calor de su cuerpo. Olía a una mezcla cruda de sudor limpio, el rastro de un perfume cítrico barato que se desvanecía por la humedad de San Pedro Sula y la esencia pura de su piel. Era el olor de los últimos días, de las calles calientes, del trópico encajado en el cuerpo de una mujer. Él mantuvo el aire dentro de sí durante varios segundos, registrando cada matiz de esa fragancia directa, antes de exhalar despacio contra la tela.
Ella retiró el top de su cara con un movimiento lento, dejando que el aire pesado de la habitación volviera a golpear la piel del hombre.
—Abre los ojos —dijo ella.
Siegfried separó los párpados. La luz del mediodía que cruzaba las persianas cortaba la habitación en líneas diagonales de polvo y claridad. Frente a él, a menos de treinta centímetros, ella estaba completamente desnuda de la cintura para arriba. La falda de mezclilla oscura seguía ceñida a sus caderas, marcando la curva de sus muslos, pero su torso estaba expuesto por completo.
El hombre experimentó una sacudida interna, una sorpresa física que se reflejó en la fijeza de sus pupilas claras.
Sus senos eran firmes, redondos y pesados, coronados por aureolas anchas y oscuras que reaccionaban visiblemente al aire del ventilador y a la tensión del momento. La piel de su pecho tenía un brillo tenue debido a una fina capa de sudor que nacía en la base de su cuello y moría entre sus pechos.
Siegfried quedó maravillado. No fue una admiración mística ni poética; fue una apreciación directa, de una madurez aplastante. Sus ojos recorrieron la caída natural de los senos, el contraste de la piel canela con la sombra de la habitación y la firmeza con la que ella sostenía su postura, consciente del impacto que causaba en el gigante europeo.
Ella no esperó a que él rompiera el silencio. Dejó caer el top al suelo y dio el paso definitivo que eliminó cualquier espacio sobrante. Sus muslos chocaron contra las piernas de Siegfried, que seguía de pie junto a su maleta de lona. Con un movimiento fluido y decidido, ella levantó los brazos y los enredó alrededor del cuello grueso del hombre, obligándolo a inclinarse ligeramente.
La mujer se empinó, pegando sus senos desnudos directamente contra el pecho de Siegfried. El contacto de la piel viva y húmeda contra la tela gris de la camiseta de algodón provocó un calor inmediato. Ella buscó su boca con un beso pesado, húmedo y directo. No hubo timidez en sus labios; se abrió paso con una presión constante, saboreando la boca de él con la urgencia de quien sabe que el tiempo se mide en minutos. Siegfried respondió con la misma fuerza, aferrándola por la cintura con sus manos masivas, hundiéndose en la textura de la falda de mezclilla.
Ella interrumpió el beso por un instante, respirando agitadamente contra los labios del hombre. Sin deshacer el agarre de su cuello, dobló las rodillas y saltó, subiéndose encima de él. Siegfried, previendo el movimiento con sus reflejos intactos, la sostuvo por debajo de los muslos, levantándola del suelo como si no pesara nada. Ella enredó sus piernas alrededor de la cintura del hombre, acomodando su intimidad protegida por la mezclilla contra el frente de los pantalones de él.
El peso de la mujer y el impulso los llevaron un paso atrás, hasta que la parte posterior de las piernas de Siegfried chocó contra el borde del colchón de la cama de alquiler. Él se dejó caer sentado, manteniéndola a ella a horcajadas sobre su regazo. La posición los dejó cara a cara, con los senos de ella a la altura perfecta de la vista y las manos del hombre.
Ella le tomó el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla fijamente a los ojos. Su mirada era oscura, desprovista de cualquier rastro de duda.
—Tócame —dijo ella, con un tono uniforme, plano y sin rodeos—. Tócame y chúpame las tetas todo lo que quieras. Hazlo fuerte si quieres. No tengo otra cosa que darte ahora mismo.
Siegfried la observó, sintiendo el latido acelerado de la mujer contra su propio cuerpo. Sus manos seguían fijas en los muslos de ella, sintiendo la dureza de la mezclilla.
—No podemos ir más allá de esto —continuó ella, hablando con una claridad madura que rehuía de cualquier romanticismo falso—. Estoy con la regla, Siegfried. Y sigo siendo virgen. No voy a perder mi virginidad así, ni voy a sangrar en esta cama antes de que te subas a un avión. Así que no vas a entrar en mí. Pero esto es tuyo hoy. Toma lo que quieras.
La declaración de la mujer eliminó cualquier ambigüedad. Estableció el límite con la misma crudeza con la que ofrecía su cuerpo desnudo. Siegfried asintió una sola vez, aceptando los términos con la solemnidad de un pacto de sangre.
El hombre soltó sus muslos y subió sus enormes manos callosas hacia el torso de ella. El contraste de tamaño era brutal. Una sola de las manos de Siegfried era capaz de cubrir casi por completo uno de sus senos. Cuando sus dedos entraron en contacto con la piel caliente, ella soltó un gemido corto que se ahogó en el traqueteo del ventilador de techo.
Siegfried apretó. Sus dedos se hundieron en la carne firme, amoldándola a su palma. La textura era suave, pero ofrecía una resistencia elástica que incrementaba la solidez del agarre. Él movió los pulgares con lentitud, rozando las aureolas oscuras hasta detenerse en los pezonas que ya estaban completamente rígidos por la excitación y el roce rudimentario.
Ella echó la cabeza hacia atrás, arqueando la espalda para ofrecerle más acceso. Sus manos se aferraron con fuerza a los hombros anchos de Siegfried, clavándole las uñas a través de la camiseta gris.
Siegfried se inclinó hacia delante. Su rostro quedó a milímetros de la piel de ella. El olor que había inhalado del top ahora emanaba directamente de los poros de su pecho. Abrió la boca y cubrió el seno izquierdo, atrapando el pezón y parte de la aureola entre sus labios. Comenzó a chupar con una fuerza medida pero constante, usando la lengua para presionar la punta dura contra su paladar.
Un temblor recorrió el cuerpo de la mujer. Sus muslos se tensaron alrededor de las caderas de Siegfried, presionando su pelvis contra la de él de manera rítmica. El calor dentro de los pantalones de mezclilla era evidente, una fricción seca que buscaba un alivio que ambos sabían que no llegaría por la vía completa, lo que aumentaba la intensidad de lo que sí estaba permitido.
Siegfried cambió de objetivo sin soltar el control físico de la situación. Mientras su boca seguía trabajando en el pezón izquierdo, succionando y mordiendo con suavidad milimétrica para no romper la piel, su mano derecha se cerró sobre el seno derecho. Lo apretó desde la base, levantándolo y moldeándolo, sintiendo el peso completo del órgano. Los dedos del hombre se movían con una precisión implacable, explorando la geografía térmica de ese cuerpo centroamericano.
El sudor de ambos comenzó a mezclarse, corriendo en hilos delgados por el abdomen de ella y cayendo sobre los pantalones de él. Cada vez que Siegfried succionaba con más fuerza, ella respondía apretando las piernas, emitiendo sonidos roncos que se quedaban atrapados en las paredes desnudas del cuarto.
Él se retiró del seno izquierdo por un segundo, dejando la piel húmeda y brillante bajo la luz que se filtraba por la persiana. El pezón quedó erecto, oscuro y cubierto de saliva. Sin perder tiempo, el hombre inclinó la cabeza hacia el lado opuesto y tomó el derecho entre sus labios, repitiendo el proceso con una voracidad contenida.
—Así —susurró ella, con los ojos cerrados y los dientes apretados—. Más fuerte. No te detengas.
Siegfried incrementó la presión de su succión. Su lengua trabajaba la base del pezón mientras sus manos continuaban amasando los costados de sus senos, hundiéndose en la carne con la fuerza de quien toma posesión de un territorio efímero.
El calor en el interior del cuarto parecía duplicarse con cada segundo que pasaba, pero ya ninguno de los dos prestaba atención al zumbido del ventilador de techo. La boca de Siegfried seguía fija en el seno izquierdo de la mujer, ejerciendo una succión rítmica, pesada y constante que extraía espasmos eléctricos desde el centro de su pecho hacia el resto de su cuerpo. Ella mantenía las piernas fuertemente apretadas alrededor de las caderas del europeo, sintiendo cómo una ola de calor interno, densa y líquida, comenzaba a concentrarse en su pelvis, acentuada por la fricción de la falda de mezclilla contra los pantalones oscuros de viaje de él.
El placer no era sutil; era un golpe directo que la hacía jadear con la boca abierta, buscando aire en una habitación que carecía de él. La saliva del hombre cubría por completo la aureola oscura, manteniéndola sumamente sensible bajo el constante vaivén de su lengua fuerte y áspera. Siegfried la sostenía por la espalda con la mano izquierda, hundiéndole los dedos en la piel descubierta, mientras que con la mano derecha continuaba apretando el otro seno, deformándolo por la fuerza del agarre sin llegar a lastimarla. Ella echó el torso aún más hacia atrás, entregada por completo a la sensación del norteño devorándola en mitad de la tarde tropical.
Siegfried interrumpió la succión por un instante. Sus labios se separaron de la carne húmeda con un sonido húmedo, dejando el pezón izquierdo completamente rígido, brillando bajo las líneas de luz que cortaban la penumbra. El hombre la miró fijamente; sus ojos claros reflejaban una fijeza animal, una determinación absoluta que no admitía espacio para el romanticismo blando. Sin decir una sola palabra, Siegfried la tomó por los muslos con ambas manos, se levantó de la silla con la facilidad de quien no lleva carga alguna y la movió dos pasos hacia la cama de alquiler.
La dejó caer sobre el colchón de resortes gastados, que protestó con un crujido sordo. Ella quedó tendida de espaldas, con el cabello castaño esparcido sobre la sábana descolorida y la falda de mezclilla ligeramente subida, revelando la curva oscura de sus muslos. Su torso desnudo subía y bajaba con rapidez debido a la respiración entrecortada.
Siegfried se colocó de rodillas entre sus piernas abiertas, obligándola a separar los muslos aún más. Se inclinó hacia delante, apoyando el peso de su torso sobre una mano al lado de la cabeza de la mujer, y volvió a atacar sus senos.
Esta vez no hubo preámbulos. Su boca se cerró sobre el pezón derecho con una fuerza salvaje, mordisqueando ligeramente con los dientes incisivos antes de succionar profundamente, como si quisiera arrancar el placer directamente de su carne. Al mismo tiempo, demostraba la técnica precisa de un experto; sabía exactamente cuánta presión ejercer con los labios y cómo mover la punta de la lengua en círculos concéntricos alrededor de la aureola para maximizar la respuesta nerviosa de la mujer.
Ella soltó un grito ronco que rebotó contra las paredes desnudas del cuarto. Sus manos subieron de inmediato al cabello de Siegfried, aferrándose a los mechones para empujarlo más contra su pecho, incapaz de contener la intensidad del estímulo. Los espasmos de placer le recorrían el abdomen, tensándole los músculos debajo de la piel canela.
Mientras su boca continuaba destrozando cualquier rastro de compostura en el pecho de ella, Siegfried levantó su mano libre y la llevó directo al rostro de la mujer. Sin pedir permiso, introdujo dos de sus gruesos dedos callosos entre sus labios entreabiertos. Ella los recibió de golpe, sintiendo el sabor salado del sudor del hombre y la textura áspera de sus falanges, marcadas por el trabajo físico.
—Muérdelos —ordenó Siegfried desde el pecho de ella, con la voz ahogada por la carne del seno.
La mujer obedeció por puro instinto. Cerró los dientes suavemente sobre los dedos del hombre mientras su lengua los envolvía, empapándolos de saliva. La combinación de tener la boca invadida por sus dedos y los senos succionados con una violencia experta rompió cualquier resistencia mental que le quedara. Comenzó a succionar los dedos de Siegfried con un ritmo desesperado, conteniendo los gemidos en el fondo de su garganta, mientras el europeo continuaba alternando entre ambos senos con un hambre que parecía aumentar en lugar de saciarse. La saliva de ella corría por los dedos de él, goteando por la comisura de sus labios hacia el cuello, mezclándose con el sudor que ya empapaba la sábana.
Siegfried extrajo los dedos de la boca de ella con un movimiento firme y se enderezó sobre sus rodillas. La luz del sol ponía en evidencia el rastro húmedo que cubría todo el torso de la mujer: sus senos estaban rojos, hinchados por la succión salvaje y cubiertos por una capa brillante de fluidos combinados. El europeo llevó las manos a la hebilla de su cinturón. La soltó con un chasquido metálico y bajó la cremallera de sus pantalones oscuros.
De entre la ropa interior surgió su miembro, completamente erecto, grueso y venoso, pulsando con una temperatura que superaba la del ambiente de San Pedro Sula. El tamaño correspondía a su estructura de casi dos metros; una pieza sólida de carne que delataba la acumulación del deseo contenido durante semanas de viaje por el territorio hondureño.
Ella abrió los ojos y lo miró. A pesar de que la situación de su período y su virginidad intacta establecían un límite claro para la penetración, la visión del miembro de Siegfried no le causó temor. Había una fascinación cruda en su mirada oscura.
Siegfried se inclinó nuevamente, arrodillándose justo por encima de su vientre. Tomó su propio miembro con la mano derecha y lo colocó en medio de los senos de la mujer. Comenzó a frotarlo de arriba abajo, utilizando la hendidura natural entre las dos masas firmes de carne como un canal estrecho. El roce de la piel caliente y venosa del miembro contra los costados de sus senos húmedos provocó un sonido siseante de fricción líquida.
Ella juntó los hombros por iniciativa propia, presionando sus senos con fuerza hacia el centro para apretar el miembro de Siegfried entre ellos. El contacto era masivo. El calor de la erección de él quemaba la piel de su pecho, y cada deslizamiento hacia delante golpeaba la base de su cuello. Siegfried aceleró el ritmo del frote, usando la saliva que él mismo había dejado sobre las tetas de ella como lubricante natural. El miembro subía y bajaba con fuerza, golpeando rítmicamente el mentón de la mujer en el extremo superior del recorrido.
El placer en el rostro de ella era evidente. Tenía los ojos entreabiertos, desenfocados, y las manos apretadas contra el colchón, hundiéndose en la tela. Nunca había experimentado el peso ni la textura de un hombre de esa manera, pero la madurez de su cuerpo respondía por encima de cualquier falta de experiencia previa.
Siegfried detuvo el frote entre las tetas después de unos minutos de fricción intensa. El miembro estaba completamente cubierto por los fluidos de ambos. Agarró a la mujer por la nuca con una mano firme, obligándola a levantar ligeramente la cabeza de la almohada gastada, y colocó la punta ensanchada de su miembro directamente contra sus labios húmedos.
—Ábrela —dijo él, con un tono seco y autoritario.
Ella abrió la boca. Jamás en su vida había realizado un acto semejante; su historial sexual estaba en blanco, resguardado por las decisiones de su juventud en su entorno local. Sin embargo, en ese cuarto asfixiante, frente al extranjero que estaba a punto de marcharse para siempre, el instinto tomó el control total de sus movimientos. No hubo asco, ni vacilación, ni torpeza moral.
Introdujo la punta del miembro de Siegfried en su cavidad bucal. La primera sensación fue el calor abrumador y el grosor que estiraba las comisuras de sus labios al límite. Siegfried no esperó; empujó la pelvis hacia delante con lentitud, introduciendo la mitad del miembro dentro de su garganta. El choque inicial provocó un espasmo reflejo en los músculos del cuello de la mujer, pero ella obligó a su cuerpo a relajarse, cerrando los labios firmemente alrededor del tallo venoso.
Comenzó a mover la cabeza hacia delante y hacia atrás de manera instintiva. Descubrió de inmediato cómo acomodar la lengua debajo del miembro para suavizar el paso de las venas gruesas y cómo usar las manos para sostenerse de los muslos de Siegfried para mantener el equilibrio. El sabor del hombre, mezclado con la sal de la tarde y el fluido propio de la excitación previa, la inundó por completo. Le gustaba. El poder de tener esa parte del gigante europeo confinada en su boca le producía una excitación que se traducía en una succión cada vez más fuerte y rítmica.
Siegfried cerró los ojos por primera vez en todo el encuentro, dejando escapar un gruñido espeso desde el fondo de su pecho. Sus manos bajaron a la cabeza de la mujer, hundiéndose en su cabello castaño largo, no para detenerla, sino para guiar el movimiento, estableciendo el ritmo rústico y directo que caracterizaba toda su existencia. La habitación continuó sumida en ese compás de respiraciones forzadas y fluidos rozando contra la piel, consumiendo los últimos cartuchos de tiempo antes de la llegada del taxi.








