Una vez más, Agatha miró inquisitiva la pantalla de la computadora. Sus ojillos de ratón se movían de un lado a otro del rectángulo luminoso, al momento que ajustaba los lentes sobre el puente de la nariz. Ahora, ¿a quién “jodería”?, ¿a quién le haría la vida imposible?
Ser jefa tiene sus bondades y ser una “bully” sin consecuencias es una de ellas.
Recordaba cómo había despedido a Dante solo por darle la contra y como tenía acobardada hasta los huesos a Maqui; esa ridícula “cáeme bien”: Ma-rí-a de la In-ma-cu-la-da Con-cep-ción (frunció los labios con sorna al pronunciar el nombre completo). ¿Quién se llama así hoy en día?
Maqui, como la conocían en la oficina, le recordaba a su madre y eso la enfurecía. ¿Cómo alguien puede estar siempre contenta y positiva. Detestaba a esos seres de luz; sí, esos que tarde o temprano te dejan a oscuras. Así como su madre.
Ahora mismo sostenía una conversación de chat con Alejo. A este lo torturaba haciéndole trabajar a deshoras, pidiéndole una y otra vez el mismo reporte y desechando sus resultados como si fueran basura. Esa tarde Alejo había osado contestarle de forma irrespetuosa frente a la directora del área y eso no se lo iba a perdonar.
En la sesión fingió una compasión impostada (ya sabes, los del departamento de recursos humanos tienen orejas en todas partes). Entonces aparentó que nada había ocurrido, pero ahora aguardaba, paciente y venenosa; lista para hundir un par de estocadas en aquel simplón sonriente.
-¿De qué te ríes, imbécil?-, se dijo con un destello de furia. -No hay nada que celebrar... salvo tu propio funeral.
Una sonrisa lenta y reptante se deslizó por sus comisuras secas, ofídicas; como el presagio de un veneno que se anuncia antes de morder.
Ella era una sicópata. Así se autodenominaba pues se le daba bien mortificar a los demás, sin sentir culpa. Debía serlo. Se sentía la encarnación perfecta de la maldad a sangre fría. Sin embargo, en los pasillos solían llamarla bruja; mayormente por su tez cetrina y su voz cascada y ronca como de anciana.
Al recorrer el listado de subordinados, se detuvo en el nombre de Fercho, un cincuentón del área creativa que hablaba con palabras muy correctas y corteses. Intuía que era el único que se había dado cuenta de su falta de profesionalismo y de conocimientos, hasta ahora disimulados bajo aquel falso carácter de inquebrantable disciplina y severa dureza. ¡Pedazo de mierda! – siseo en voz baja-, también a ti te daré tu merecido.
Alguna vez, Fercho la corrigió sobre su estrategia y planes de trabajo (eso, mi amigo, es una afrenta inaceptable). Fercho estaba a punto de jubilarse y ese plan podría venirse abajo muy fácilmente si ella se lo proponía. Siempre había lugar para un chivo expiatorio a la hora de justificar el mediocre desempeño de ella. Por lo pronto, disfrutaba haciéndole creer que le pedía tareas en el pasado y que este las olvidaba. Una buena treta que siempre le funcionaba para regañar públicamente a cualquier integrante de su equipo, ya que nadie tenía las “pelotas” para contradecirle.
Agatha sintió el golpe, primero, como un ruido sordo en su cabeza y, luego, como un dolor intenso que penetraba de forma punzante desde la coronilla hasta los hombros. Se le nubló la vista. Se le apagó la mente. Quedó recostada sobre el teclado y algunas chispillas de sangre cubrieron la parte superior del monitor.
*******
Despertó atontada y dolorida de la nuca. El olor le causó náuseas y vomitó un poco de ácido estomacal. Sentía el cabello hecho un amasijo de sangre seca y mechones enredados. Le costó trabajo enfocar, pero, al final pudo distinguir la silueta de Fercho. Estaba de pie frente a ella con la cabeza ladeada, lo que le recordó a los cachorros cuando los estas adiestrando.
Estaba amarrada a una columna en una bodega sucia y oscura, llena de óxido y pedazos de metal enmohecidos. Estaba parada sobre lo que parecía un montón de pedazos de madera seca.
-¿Qué hago aquí? ¿A dónde me has traído? ¿Cómo entraste a mi casa? ¿Por qué me amarraste?
Fercho enderezó el cráneo y no dijo una sola palabra. Agatha no podía ver los ojos de su captor porque los reflejos en los lentes de él se lo impedían.
-¿Que pasa contigo capullo, imbécil? ¿A qué estás jugando? ¡Suéltame inmediatamente! ¡Te lo ordeno subnormal, zoquete! ¡Te estoy hablando!
Fercho seguía inmóvil con las manos en la espalda. Agatha ciega de ira vociferaba balbuceante:
-¿Quién te crees que eres? Yo soy tu jefa. ¡Debes respetarme! ¡Debes temerme, honrarme y obedecer! No sabes en la que te has metido. ¡No conoces el peso de mi ira y te vas a arrepentir! No tienes la menor idea de cómo una psicópata, como yo, puede doblegarte y rendirte.
Finas líneas de saliva se disparaban desde su boca al tiempo que escupía cada una de sus palabras. Sus ojos de ratoncillo enloquecido bailaban detrás de los cristales de sus lentes como pequeños basaltos tintineando en una botella. Su voz, de por si seca y estropajosa, parecía salir con la sibilante amenaza de un reptil enjaulado.
-¡Cuando me libere, acabare contigo y con tu carrera! Todo lo que has construido para tu familia quedará hecho guijarros; ¡polvo! No te vas a retirar nunca. Tendrás que trabajar en los peores empleos solo para subsistir. ¡Así que olvídate del tu retiro y de vivir a tus anchas! No podrás apagar mi cólera; mi eterna y despiadada cólera. Seré tu pesadilla por los siglos de los siglos. ¡No sabes lo que es enfrentarte a una verdadera psicópata!
¿Psicópata?, tú no eres una psicópata. Tú eres solo una bruja -Sentenció Fercho con voz baja y sin emoción.
Él la miraba con una mirada vacua y, a la vez, como la de un chiquillo que ve como se sacude entre sus dedos el rabo de una lagartija, que ha escapado en autotomía.
El encendedor apareció en su mano derecha con un chasquido, al tiempo que dejaba escapar una pequeña lengua de fuego azul y ambar. De pronto, Agatha se dio cuenta de que ese olor nauseabundo era gasolina. Estaba empapada en ella. Su corazón y aliento se detuvieron un segundo.
Aquí el único psicópata soy yo, - continuó Fercho, al tiempo que lanzaba el encendedor prendido a los pies de Agatha- tú solo eres una bruja. Una pobre bruja.
Los alaridos de Agatha, indescriptibles.




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